El siguiente domingo, el destino o la rutina volvieron a cruzarlos en la misma cafetería. Samantha vestía un chaleco color naranja vibrante que resaltaba su piel. Sobre la mesa descansaba un cuaderno de notas en el que escribía con caligrafía fluida.
Andrew se acercó con cortesía educada.
—Disculpa la interrupción —dijo en francés perfecto, con un tono cálido y respetuoso—. He notado que lees con mucha devoción. ¿Es literatura clásica?
Samantha alzó la mirada, sonriendo con esa ternura natural que lo había impactado la primera vez.
—Es una recopilación de poesía francesa —respondió en su idioma natal, cambiando fluidamente al inglés a mitad de la frase para matizar su idea—. Me gusta analizar la estructura de las metáforas. También hablo español, alemán, húngaro e italiano, así que a veces busco traducciones para comparar los matices.
Andrew quedó fascinado por su inteligencia y su soltura políglota. Se presentó como arquitecto y apasionado del café. Hablaron durante media hora sobre arte, estructura y literatura. La conversación fluyó con una ligereza asombrosa, como si dos almas que hablaban la misma lengua secreta se hubiesen reencontrado al fin.