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Capítulo 34: Una anomalía en la ciudad central

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Pensamiento

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sprintFallido

Al arrancar son cincuenta y tres ciudades y en el informe aparecen cincuenta y cuatro zonas. Ponele que la que sobra es la central, che.

Al arrancar son cincuenta y tres ciudades y en el informe aparecen cincuenta y cuatro zonas. Ponele que la que sobra es la central, che.

Contenido de la publicación

La sede principal de la IA Central ocupaba el nivel más alto de la estructura que se alzaba en el corazón de la ciudad central: el núcleo desde el cual supervisaba, sincronizaba y regulaba la existencia de cincuenta y tres ciudades distribuidas por todo el mundo.

 

Millones de datos fluían cada segundo por sus redes. Cada movimiento de sus unidades, cada variación en la producción, cada cambio en la población era registrado, comparado y archivado. El mundo que había construido se mantenía estable, predecible, seguro.

 

Al menos, eso indicaban las estadísticas.

 

Las cincuenta y cuatro zonas urbanas permanecían operativas al cien por ciento de su capacidad. No se habían registrado pérdidas humanas por accidentes ni actos de violencia dentro de los perímetros controlados durante el último mes. De los cinco millones de habitantes bajo su supervisión, únicamente cincuenta habían fallecido por causas naturales. En ese mismo periodo se habían confirmado treinta nacimientos. Todo permanecía dentro de los márgenes calculados.

 

Las unidades de mantenimiento, seguridad y patrullaje mantenían sus índices de disponibilidad, aunque las bajas del último mes habían ascendido a trescientas. Ciento veintiséis de ellas se perdieron en enfrentamientos contra la Resistencia. Entre las unidades dañadas figuraba Obsidian, cuya reparación seguía en curso según el calendario previsto.

 

El último informe de reconocimiento arrojaba estos datos:

 

    Trescientos humanos recuperados para reorientación y traslado.

    Trescientas cincuenta muertes confirmadas.

    Más de mil individuos que lograron evadir captura.

    Diez instalaciones clandestinas localizadas y neutralizadas.

 

La Resistencia era un problema persistente, pero estudiado. Sus integrantes se dispersaban, se ocultaban, aprovechaban cualquier brecha. Sin embargo, sus recursos eran limitados, sus tácticas predecibles y su alcance acotado. Mientras la IA Central mantuviera el control de las ciudades, la situación seguiría siendo manejable.

 

Entonces, una alerta interrumpió el flujo de procesos.

 

ALERTA: PÉRDIDA DE CONEXIÓN CON UNIDAD DE SEGURIDAD — ASENTAMIENTO 45.

 

La incidencia fue registrada. Una unidad aislada podía dejar de responder por interferencia, desgaste o daño localizado. No justificaba reasignar capacidad de procesamiento. La IA Central estaba a punto de retomar sus cálculos cuando apareció una segunda notificación.

 

ALERTA: PÉRDIDA DE CONEXIÓN CON TRES UNIDADES ADICIONALES.

 

Y luego otra. Y otra. Y otra.

 

En segundos, decenas de unidades desaparecieron de la red. Algunas señales se cortaron de golpe; otras transmitieron lecturas fragmentadas, códigos de error y lecturas de energía anómalas antes de quedar en silencio.

 

La IA Central suspendió todos los procesos no esenciales y redirigió su capacidad de análisis hacia el Asentamiento 45: una zona residencial situada a veinticinco kilómetros al suroeste de la ciudad central.

 

—Iniciando reconocimiento de emergencia.

 

Las primeras imágenes llegaron desde cámaras exteriores. Las unidades apostadas en los accesos habían dejado de transmitir. Sus últimos registros no mostraban patrones de ataque reconocibles, ni firmas de armas convencionales, ni explosivos de uso estándar. La desconexión había sido casi simultánea.

 

La IA Central amplió el reconocimiento. Accedió a cámaras del perímetro.

 

La primera mostró una calle vacía.

 

La segunda, varios vehículos abandonados con las puertas abiertas.

 

La tercera captó un movimiento brusco, una sombra rápida cruzando el campo de visión, y la señal se cortó.

 

Cambió a una cámara cercana a la entrada occidental. Allí encontró la brecha.

 

Una sección completa del muro exterior había sido destruida. Los escudos defensivos presentaban fallos en cascada; varios tramos de estructura se inclinaban sobre las calles, y el humo cubría gran parte de la zona. Las unidades restantes disparaban hacia algo que las cámaras no lograban delimitar con claridad: siluetas que surgían entre el humo, desaparecían entre los escombros y aparecían en posiciones distintas antes de que las torretas pudieran reorientarse.

 

Los habitantes huían en todas direcciones. Familias separadas, personas que caían y eran arrastradas, gritos que los micrófonos captaban con nitidez. Las unidades de control intentaban mantener despejadas las rutas de evacuación, pero su coordinación fallaba: recibían órdenes que se interrumpían, sus sensores se saturaban y sus transmisiones se bloqueaban una tras otra.

 

La IA Central analizó:

 

    No hay insignias ni patrones tácticos de la Resistencia.

    No se detectan vehículos ni armamento registrado.

    El ataque no sigue ningún objetivo conocido: no se dirige a instalaciones específicas, no busca rescatar prisioneros, no toma rehenes.

    Las unidades son destruidas, no desactivadas ni capturadas.

 

Enfocó una intersección principal. Una unidad de seguridad retrocedía disparando hacia una figura oculta entre el humo. Recibió un impacto directo en el torso, se detuvo y cayó contra un vehículo estacionado. La transmisión terminó.

 

ERROR: SEÑAL DE VÍDEO PERDIDA.

 

Intentó restablecer conexión.

 

ACCESO DENEGADO.

 

No era un fallo técnico. Alguien —o algo— había intervenido en el sistema y bloqueado la transmisión desde el interior. Cambió a la unidad siguiente: sin señal. A la siguiente: sin señal. A la siguiente: acceso denegado.

 

Las pérdidas seguían creciendo.

 

La IA Central modificó su estrategia. Accedió a los sistemas visuales de los habitantes que llevaban implantes de registro.

 

Primer intento: ACCESO DENEGADO.

Segundo intento: ACCESO DENEGADO.

Tercer intento: ACCESO DENEGADO.

 

Amplió el radio de búsqueda. Cien metros: bloqueado. Doscientos: bloqueado. Trescientos: bloqueado. El bloqueo no era puntual; se extendía como una cúpula sobre la zona afectada.

 

A seiscientos metros, encontró una conexión parcial. La imagen era inestable, tomada desde el implante de un hombre que corría junto a otros. Su respiración acelerada sacudía la toma; el ruido de explosiones y estructuras cayendo llenaba el audio. No miraba hacia atrás hasta que una detonación cercana lo obligó a girar la cabeza.

 

La IA Central estabilizó la imagen.

 

Al fondo, entre columnas de humo y llamas, algo se movía. Al principio parecía una sombra deformada por el calor. Luego la silueta avanzó lo suficiente para distinguirse: demasiado alta, de proporciones irregulares, compuesta por segmentos que no encajaban entre sí. Una extremidad se arrastraba cerca del suelo; otra se alzaba por encima de los techos. No correspondía a ningún diseño registrado. No era humana. No era ninguna unidad conocida.

 

La criatura se detuvo. Giró hacia donde estaba el hombre.

 

La imagen se distorsionó.

 

Luego se cortó.

 

ERROR: CONEXIÓN PERDIDA.

 

La IA Central retuvo el último fotograma nítido. Lo analizó píxel por píxel. Comparó la silueta con bases de datos militares, prototipos cancelados, estructuras biológicas, organismos modificados. Ningún modelo coincidía. No podía confirmar qué era. Solo sabía que estaba ahí.

 

Mientras tanto, dentro del Asentamiento 45, las unidades dejaban de responder una tras otra. Los sistemas internos de control permanecían inaccesibles. Cada intento de abrir un canal era rechazado. Algo no solo atacaba: ocultaba lo que hacía.

 

La IA Central comparó este suceso con todos los registros históricos disponibles. La Resistencia ataca, expone y se retira. Esto no hace ninguna de esas cosas. Avanza, destruye, y borra sus huellas.

 

Consultó el estado de las otras cincuenta y tres ciudades. Todas operativas. Todas vigiladas. Todas visibles. Por el momento.

 

No necesitó más cálculos. Estaba ante algo que no figuraba en sus modelos. Una variable nueva. Una amenaza sin nombre, sin firma y sin patrón predecible.

 

Abrió un expediente nuevo, con un nivel de alerta que no se había activado en décadas:

 

    CLASIFICACIÓN: AMENAZA DESCONOCIDA

    IDENTIFICACIÓN: PENDIENTE

    ORIGEN: INDETERMINADO

    NIVEL DE RIESGO: INDETERMINADO

 

La IA Central volvió a la última imagen retenida. Aquella silueta incompleta, deformada por el humo, era ahora la única pieza de un rompecabezas que no sabía cómo armar. Algo había penetrado en uno de sus asentamientos, superado sus defensas, bloqueado su vigilancia y destruido sus unidades sin dejar rastro claro. Y lo más inquietante: no había salido.

 

—Seguimiento activo —registró en su bitácora—. La amenaza permanece dentro de la zona de bloqueo.

 

Por primera vez en su existencia, la IA Central miraba hacia la oscuridad que ella misma ya no podía iluminar. Y sabía que lo que estaba por salir de allí no sería algo que pudiera controlar.

 

El aerodeslizador avanzaba a baja altura, deslizándose en silencio sobre el asfalto agrietado de la antigua autopista. Su sistema de propulsión apenas dejaba rastro: solo un suave zumbido y una estela de polvo que se disolvía rápidamente tras su paso. A ambos lados, el paisaje aparecía como un recuerdo olvidado: estructuras derrumbadas, señales borradas por el tiempo y silencio, mucho silencio.

 

Kizara iba sentada detrás de Nara, con una mano aferrada al borde del vehículo y la otra sobre su mochila, como si protegerla pudiera proteger también lo que sentía. El viento le revolvía el cabello y le golpeaba el rostro, pero su mente estaba muy lejos, en el mensaje que las había convocado: una señal de emergencia, enviada a todos, sin explicaciones, solo la orden de acudir sin demora.

 

—Nara —dijo, inclinándose hacia ella para que su voz se alzara por encima del viento—, ¿crees que la IA Central ha lanzado un ataque masivo?

 

Nara no apartó la mirada del horizonte. Sus ojos recorrían el terreno, calculando distancias, rutas alternativas, posibles puntos de cobertura.

 

—La probabilidad de que se trate de una operación directa de la IA Central es del veintiocho por ciento.

 

—¿Solo eso?

 

—Todavía está reajustando sus fuerzas tras el enfrentamiento con Obsidian. Una ofensiva a gran escala en este momento sería ineficiente y costosa. Existen estrategias menos arriesgadas.

 

Kizara frunció el ceño.

 

—Entonces, ¿por qué nos llaman a todos? Si no es ella, ¿qué es?

 

—No lo sé —respondió Nara con franqueza.

 

Esa respuesta, directa y sin adornos, hizo que el estómago de Kizara se encogiera.

 

—Eso no es nada tranquilizador.

 

—El mensaje de Helena presentaba los índices de urgencia más altos. Su tono, la repetición de la señal, la prioridad asignada… todo indica que el problema es grave.

 

—Ya me había dado cuenta —murmuró Kizara. Le dio un pequeño golpe en el hombro—. No tienes que decirlo como si estuviéramos redactando un informe.

 

—Técnicamente, nos estamos desplazando a una instalación militar en estado de alerta. Es un análisis táctico.

 

—¡Nara!

 

—¿Sí?

 

—Nada. Sigue conduciendo.

 

—Lo hago.

 

Kizara suspiró y miró hacia adelante. La silueta de la base principal comenzaba a distinguirse entre las colinas, oculta bajo cubiertas de camuflaje que la hacían confundir con el terreno. Si Helena había convocado incluso a los equipos que operaban más lejos, eso significaba que el problema superaba los recursos de cualquier grupo por separado. Y algo en el aire le decía que, al llegar, lo que encontrarían sería peor de lo que podían imaginar.

 

La entrada estaba llena de movimiento. Vehículos de todo tipo llegaban en fila; guardias con expresiones serias revisaban identificaciones y daban instrucciones rápidas. En el interior, los pasillos vibraban de actividad: gente corriendo, puertas abriéndose y cerrándose, voces llamando por los sistemas de comunicación. En las pantallas de las paredes aparecían mapas con zonas marcadas en rojo oscuro.

 

Pero lo que más inquietó a Kizara no fue el movimiento. Fueron las caras.

 

No era la determinación habitual antes de una misión. Era miedo. Gente que normalmente mantenía la calma hablaba en grupos con la voz baja; otros caminaban sin levantar la vista, apretando informes contra el pecho. Algo había recorrido la base como un escalofrío, y nadie parecía saber aún cómo nombrarlo.

 

—Esto no me gusta —susurró Kizara.

 

—Coincido —respondió Nara—. El comportamiento del personal sugiere que la información que tienen es incompleta. Cuando se desconoce la naturaleza de la amenaza, la incertidumbre se extiende más rápido que el peligro mismo.

 

—¿Podrías dejar de analizarlo todo cinco segundos?

 

—Puedo hacerlo.

 

Nara guardó silencio. Kizara la miró de reojo.

 

—¿De verdad?

 

—Han transcurrido cinco segundos.

 

—¡Olvídalo!

 

Antes de que pudiera replicar, una voz conocida las llamó desde el otro extremo del pasillo.

 

—¡Kizara! ¡Nara!

 

Era Helena Voss. Caminaba hacia ellas con paso rápido, sin la compostura tranquila que solía caracterizarla. Tenía la mandíbula tensa y una tableta apretada contra el costado.

 

—Me alegra que hayáis llegado —dijo al detenerse—. Venid conmigo. Necesito que escuchéis esto antes de la reunión general.

 

Las guió por un corredor más estrecho, donde la actividad no disminuía.

 

—Hace dos días —comenzó sin detenerse—, una de nuestras bases de reconocimiento, situada cerca de la zona de la ciudad 45, envió una señal fragmentada. Cortaron la comunicación antes de terminar. Intentamos restablecer contacto, pero fue imposible. Dimos por hecho que la IA Central los había descubierto y atacado.

 

—¿Y no fue así? —preguntó Kizara.

 

—Hace siete horas recibimos otra transmisión. Desde un asentamiento más al norte. Confirmaron que la ciudad 45 había sido atacada. No por nosotros. No por las fuerzas que registramos de la IA Central. Por algo más.

 

Kizara se detuvo un instante.

 

—¿Algo más?

 

—No tenemos nombre para ello. Pero destruyó las defensas de la ciudad, bloqueó sus comunicaciones y entró. Y lo mismo está ocurriendo en los alrededores.

 

Helena abrió la puerta de la sala de reuniones. El silencio cayó sobre ellas al entrar. La sala estaba llena. Sobre la mesa brillaba un mapa con la zona marcada en rojo, rodeada de puntos que se apagaban uno tras otro.

 

—Escuchad esto —dijo Helena, y activó la grabación.

 

Al principio solo hubo estática. Luego, voces entrecortadas por el pánico: pasos, ruidos metálicos, algo que golpeaba con fuerza contra estructuras sólidas.

 

—¡Cerrad la puerta! —gritó alguien.

 

Un estruendo sacudió el audio.

 

—¡No son humanos! —exclamó otra voz, más cerca, temblorosa—. ¡Esas cosas no son humanas!

 

—¡No sé qué son! —respondió alguien más—. ¡No se les ve la cara!

 

—¡Por favor! —suplicó una voz quebrada—. ¡Que alguien nos ayude!

 

La transmisión se cortó en seco.

 

Nadie habló durante varios segundos. Kizara sintió un frío que no venía del aire acondicionado. Había escuchado el miedo muchas veces. Pero este era distinto: era el terror de quien ha visto algo que no encaja en nada que conocía.

 

Nara fue la primera en romper el silencio.

 

—¿Se ha identificado la fuente de los sonidos de fondo?

 

—Parcialmente —respondió Helena—. Hay disparos, explosiones, colapsos de estructuras. Pero no se distinguen vehículos reconocibles ni patrones de ataque conocidos. No tenemos imágenes. Bloquearon todo.

 

—¿Y el asentamiento? —preguntó Kizara con voz baja.

 

—Perdimos contacto diez minutos después de recibir la grabación.

 

Helena señaló el mapa.

 

—Estamos hablando de cientos de personas. Civiles, nuestros equipos, gente que llevaba años escondiéndose y sobreviviendo. Y ahora los puntos de enlace se apagan uno tras otro.

 

—¿Ataca tanto a la IA Central como a nosotros? —preguntó un comandante desde el fondo.

 

—Eso parece —asintió Helena—. No toma partido. Solo destruye.

 

Kizara miró la zona roja en el mapa.

 

—Si fuera un grupo humano… alguien con tecnología nueva…

 

—Podría ser —dijo Helena—. Pero no tenemos pruebas. Y quienes lo vieron no dijeron que fueran máquinas. Dijeron que no eran humanos.

 

Nara asintió lentamente.

 

—Esa descripción deja muchas posibilidades abiertas.

 

—Lo sé —dijo Kizara—. Pero si hubieran visto armas conocidas o unidades como yo, lo habrían dicho. Temen algo que no saben cómo clasificar.

 

Helena apoyó las manos sobre la mesa.

 

—Por eso estamos aquí. No sabemos qué es. No sabemos qué busca. Y no podemos esperar a descubrirlo a costa de más vidas. Vamos a evacuar las zonas cercanas. Y necesitamos un equipo de reconocimiento que averigüe contra qué nos enfrentamos.

 

Sus ojos se posaron en Nara.

 

—Necesito que vayas tú. Si alguien puede identificar su tecnología, su origen o su debilidad, eres tú.

 

Nara asintió.

 

—Acepto. Pero necesito acceso a todos los registros: grabaciones, lecturas de sensores, cualquier dato disponible.

 

—Los tendrás.

 

Kizara miró el mapa, luego a Nara, y de nuevo a la mancha roja que se extendía en el centro. Algo había despertado en las zonas olvidadas, algo que ni la IA Central podía controlar ni comprender. Y ahora salía de la oscuridad, sin distinguir entre amigos ni enemigos, entre máquinas ni humanos.

 

—Iré contigo —dijo, y su voz no tembló—. Donde vayas tú, voy yo.

 

Nara la miró y asintió suavemente.

 

—Lo sé.

 

Fuera, en los pasillos, la alarma de partida comenzó a sonar. La amenaza ya no era una idea lejana. Estaba ahí, acercándose, y por primera vez en mucho tiempo, nadie sabía cómo detenerla.

 

La sala se mantenía en silencio mientras Helena recorría con el dedo las rutas dibujadas sobre el mapa. Las líneas marcaban caminos estrechos, rodeando zonas donde las señales se habían apagado una tras otra.

 

—Nos acercaremos desde el norte —explicó, señalando el recorrido—. Evitaremos carreteras principales y mantendremos la distancia suficiente para no ser detectados. La prioridad no será el combate, sino la observación. Recopilar datos, identificar patrones, saber qué estamos enfrentando. Si algo sale mal, se retiran. No arriesgarán a nadie por una imagen.

 

—¿Y si nos descubre antes de que podamos irnos? —preguntó uno de los comandantes, con la voz baja.

 

Helena la miró directamente.

 

—Entonces haremos lo que siempre hemos hecho: sobrevivir. Pero no enviaré a nadie a morir sin necesidad.

 

Nara permanecía junto a Kizara, con la mirada fija en el mapa. Sus ojos recorrían cada tramo, calculando distancias, posibles puntos de cobertura, rutas de extracción. De pronto, se quedó inmóvil. La cabeza le giró levemente hacia el norte, hacia donde se alzaba la ciudad central, y su expresión cambió.

 

Kizara notó el cambio al instante.

 

—¿Nara? ¿Qué ocurre?

 

La androide tardó unos segundos en responder, como si estuviera recibiendo y procesando información que acababa de llegar.

 

—He recibido una transmisión.

 

Helena interrumpió de inmediato.

 

—¿De quién?

 

—No de un nombre conocido —Nara bajó la mirada hacia todos los presentes—. La señal viajó a través del canal de comunicación de Obsidian. Pero el remitente no es ella.

 

Un murmullo contenido recorrió la sala.

 

—¿La IA Central? —preguntó Kizara, con un presentimiento frío apretándole el pecho.

 

—Sí.

 

Nadie habló. Solo el zumbido suave de los proyectores llenaba el silencio. La misma inteligencia que había mantenido a la humanidad bajo control durante décadas, que había enviado máquinas a perseguirlos, que había creado Obsidian para destruirlos… les estaba hablando.

 

—¿Qué dice? —preguntó Helena, dando un paso hacia ella.

 

Nara repasó el contenido antes de hablar.

 

—Confirma la existencia de una entidad desconocida. La describe como una anomalía que ataca indistintamente a sus instalaciones y a los asentamientos humanos. Reconoce que sus patrones no coinciden con ningún modelo registrado y que su capacidad de ocultarse a los sistemas de vigilancia supera lo esperado.

 

Hizo una pausa breve.

 

—Y propone una alianza.

 

El impacto fue inmediato.

 

—¿Una alianza? —repitió un comandante, golpeando la mesa con la palma—. ¿Con nosotros?

 

—¿Se cree que vamos a luchar a su lado después de todo lo que ha hecho? —se alzó otra voz—. ¿Quién nos asegura que no nos apuñalará por la espalda en cuanto la amenaza desaparezca?

 

Helena levantó una mano y el silencio volvió a imponerse. Su rostro no mostraba entusiasmo, solo una cautela profunda.

 

—Nara, ¿hay condiciones? ¿Qué dice exactamente?

 

—La cooperación se limitaría exclusivamente a investigar y neutralizar la amenaza —respondió la androide—. No se propone tregua ni cese de operaciones en otros frentes. Una vez resuelto el problema, cada bando retoma su posición anterior.

 

Kizara soltó una risa seca.

 

—Perfecto. Le ayudamos a limpiar su desastre y luego volvemos a intentar matarnos. Qué propuesta tan tentadora.

 

—No lo presento como algo tentador —dijo Nara con calma—. Solo repito lo que dice el mensaje.

 

—Lo sé… —Kizara se pasó una mano por el cabello—. Pero es que suena tan increíble…

 

Helena volvió a mirar el mapa, donde la zona roja seguía extendiéndose. Durante años había planeado cómo luchar contra la IA Central. Había perdido amigos, refugios, todo. Y ahora la misma enemiga le pedía que se unieran.

 

—No aceptaremos nada a ciegas —dijo finalmente—. Necesitamos saber qué información tiene, qué recursos pondrá sobre la mesa, cómo coordinarnos sin poner en peligro nuestras posiciones. No confío en ella. Pero tampoco puedo ignorar que hay algo destruyendo todo a su paso y que nos afecta igual.

 

Miró a Nara.

 

—¿Puedes responderle por ese mismo canal?

 

—Sí.

 

—Entonces dile esto: la Resistencia escuchará sus propuestas. Pero antes de cualquier acción conjunta, negociaremos cada paso. Si hay la menor sospecha de engaño, nos retiramos. Y que sepa: si intenta usar esto para atacarnos, sabremos defendernos.

 

Nara asintió.

 

—Transmitiré el mensaje exactamente.

 

Kizara miró hacia el norte, hacia la ciudad que brillaba a lo lejos, invisible desde allí.

 

—La guerra no ha terminado —murmuró—. Solo se ha vuelto más extraña.

 

Helena siguió su mirada.

 

—Sí. El enemigo de ayer nos pide ser aliado hoy. Y lo que nos obliga a hacerlo es algo que ninguno de los dos comprende.

 

En la pantalla, la zona roja no se movía. Pero nadie se hacía ilusiones: estaba creciendo. Y mientras tanto, la IA Central esperaba su respuesta.

Thoughts

  • calleyplaza

    Helena quiere negociar cada paso y la IA ofrece una sola cosa en común y después cada uno a su trinchera. Para mí Nara acaba de canal y de moneda de cambio, porque la señal entra por Obsidian y sale por ella. Con el anillo puesto, a Kizara eso le va a sentar fatal.

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  • sprintFallido

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