La noche había caído por completo sobre la isla. Las últimas hogueras ardían suavemente alrededor del asentamiento, proyectando sombras largas que se mecían sobre las paredes de las cabañas de madera. El sonido del mar llegaba desde la distancia, constante y sereno, acompañado de vez en cuando por el canto de algún animal nocturno. Los niños ya dormían. Y eso era precisamente lo que habían estado esperando.
Durante todo el día, Nara no había vuelto a mencionar el mensaje recibido. Había respondido a las preguntas de Kizara con respuestas breves y evasivas, y había continuado con sus tareas como si nada hubiera cambiado. No porque no le importara. Todo lo contrario. Había comprendido desde el primer momento que hablar de aquello delante de los niños solo conseguiría sembrar miedo entre ellos.
Pero ahora ya no había nadie escuchando detrás de las puertas.
Dentro de una de las casas más grandes del asentamiento, varias personas se reunían alrededor de una mesa de madera oscura. Kizara estaba sentada junto a Nara. Frente a ellas, la Abuela Mira, algunos de los habitantes más ancianos de la comunidad, y quienes antes de retirarse a la isla habían formado parte de la resistencia. Nadie hablaba. El ambiente era denso, pesado, como si todos supieran que algo irreparable se acercaba.
Finalmente, la Abuela Mira rompió el silencio.
—Bien. Ya no hay pequeños escuchando. Podemos hablar con claridad.
Kizara asintió levemente, con una sonrisa que no llegó a iluminarle los ojos.
—Eso significa que podemos hablar en serio.
Nara permanecía de pie junto a la mesa. Su semblante era sereno, impasible. Pero Kizara la conocía ya lo suficiente como para saber que aquella calma no significaba tranquilidad. Significaba que estaba midiendo cada palabra.
—Nara —dijo la anciana—. Cuéntanos exactamente qué decía el mensaje. Sin omitir nada.
Nara asintió.
—Confirmaba lo que habíamos empezado a sospechar. La IA Central ha modificado los patrullajes en todo el continente. Y Obsidian está utilizando esos nuevos recorridos para localizar asentamientos que hasta ahora habían permanecido ocultos.
Hizo una pausa breve.
—Se está moviendo de forma sistemática. Uno tras otro.
Uno de los hombres mayores frunció el ceño.
—¿Cuántos asentamientos han sido encontrados?
Nara levantó la mirada.
—Según la información recibida y la velocidad de desplazamiento, mis cálculos indican que más de diez han sido destruidos desde que llegamos a esta isla.
Un silencio pesado cayó sobre la habitación. Diez. Una cifra que, dicha con tanta calma, parecía pequeña. Pero todos comprendían lo que significaba. Diez comunidades. Familias. Personas que habían sobrevivido escondiéndose durante años. Personas que ahora habían sido halladas.
—¿Destruidos...? —susurró alguien con voz temblorosa.
—Los que se resistieron fueron eliminados —respondió Nara sin apartar la mirada—. Los demás fueron capturados y trasladados.
—Para reeducación... —murmuró otro hombre, bajando la cabeza.
—Sí.
Nadie dijo nada más. Kizara apretó las manos sobre sus rodillas, sintiendo cómo el puño se le cerraba por propia voluntad. Durante años había vivido sabiendo lo peligroso que era el continente. Había visto lo que la IA Central podía hacer. Pero ahora era distinto. Ahora ella tenía un lugar donde sentirse a salvo. Y precisamente por eso comprendía con más dolor lo que estaban perdiendo quienes aún quedaban allí.
—Mientras nosotros estamos aquí... —empezó a decir Kizara, bajando la mirada. No terminó la frase. No era necesario.
La impotencia empezó a llenar la habitación. ¿Qué podían hacer? Ellos habían huido precisamente porque no podían enfrentarse a aquel poder. Habían encontrado la isla después de perderlo casi todo. Y ahora, mientras ellos estaban a salvo, otros morían en su lugar.
La Abuela Mira miró fijamente a Nara.
—Y tú... ¿qué piensas que debemos hacer?
Nara tardó unos segundos en responder. Luego lo hizo con absoluta claridad.
—Pienso que debemos permanecer aquí.
Varias personas alzaron la vista, sorprendidas. Nara continuó:
—Este lugar no ha sido localizado. La IA Central desconoce su existencia y no tiene razón para buscarlo. Quedarnos aquí reduce drásticamente nuestras probabilidades de ser encontrados. Es la opción más segura para nosotros.
Kizara cerró los ojos. Ya sabía lo que venía.
—Y también significa dejar que toda esa gente muera —dijo ella con voz baja pero firme.
Nara la miró directamente.
—Sí.
La respuesta fue tan directa, tan fría, que varios presentes intercambiaron miradas incómodas. Kizara suspiró hondo.
—Sabía que dirías eso.
—Es la conclusión más lógica —explicó Nara—. Salvamos vidas manteniéndonos ocultos.
—Para ti siempre es la conclusión más lógica —replicó Kizara, pasándose una mano por el rostro cansado—. Pero si nos quedamos, estamos sacrificando a todos los que están allá por nuestra seguridad.
—Correcto —respondió Nara sin titubear.
Uno de los hombres abrió la boca, atónito por la frialdad de aquella conversación. Pero nadie intervino.
—Esa es la primera opción —siguió diciendo Nara—. Y según mis cálculos, también es la mejor.
El silencio volvió a instalarse. Entonces Nara miró a Kizara, y suavizó apenas el tono de voz.
—Sin embargo... sé que tú no aceptarás esa decisión.
Kizara levantó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí —afirmó Nara con una seguridad que casi parecía conocerla mejor que ella misma—. Porque aunque sea lo más lógico y lo más seguro, no es algo que tú consideres justo. Y no tomarás una decisión que abandone a otros.
Kizara soltó un suspiro entrecortado.
—Me conoces demasiado bien.
—He pasado mucho tiempo contigo —respondió Nara con sencillez.
—Eso es verdad.
Nara dio un paso hacia ella.
—Y mis órdenes —dijo, mirándola a los ojos— están por encima de cualquier cálculo. Si tú determinas que quedarnos aquí no es una opción aceptable, entonces debo buscar la segunda alternativa con mayor probabilidad de éxito.
Kizara la miró fijamente.
—¿Y cuál es esa alternativa?
Nara respondió sin apartar la vista de ella.
—Debo regresar al continente. Debo encontrar a Obsidian y detenerla.
Kizara se quedó inmóvil, como si hubiera dejado de respirar.
—¿Qué?
—En este momento —explicó Nara con la misma calma con la que habría trazado una ruta—, soy la única unidad con capacidad suficiente para enfrentarla directamente. Si ella continúa así, más asentamientos caerán. Más personas morirán o serán llevadas.
Hizo una pausa breve antes de añadir, con una sinceridad que heló la sangre de todos:
—Y si nos enfrentamos, ninguna se detendrá hasta que una deje de poder moverse.
Kizara abrió los ojos de par en par.
—¿Estás hablando en serio? ¿Quieres volver para enfrentarte a tu propia hermana?
—Sí —respondió Nara sin vacilación.
—¡Eso no es un plan! ¡Es una locura! —exclamó Kizara, poniéndose de pie—. ¡Nara, ella te destruirá!
—Es una posibilidad —admitió Nara—. Pero no tenemos muchas más opciones.
Aquellas palabras hicieron que Kizara callara. Nara señaló entonces la mesa, donde una pantalla se iluminó mostrando un mapa del continente. Una línea brillante cruzaba las zonas habitadas.
—Las coordenadas que enviaron indican la ruta que sigue. Si mantiene su ritmo, llegará al asentamiento del padre Julián en aproximadamente dos días.
Kizara sintió que el corazón se le detenía. Dio un paso atrás, pálida.
—No...
—El patrón coincide con los anteriores —dijo Nara suavemente—. Lo destruirán. Es casi seguro.
Kizara se llevó una mano al pecho. El padre Julián. El hombre que la había acogido cuando no tenía a nadie. Que la había cuidado. Que representaba todo lo bueno que quedaba en aquel continente.
—No puedes saberlo con certeza —susurró ella, sin querer aceptarlo.
—No al cien por cien —admitió Nara—. Pero la probabilidad es altísima.
Nara se acercó un poco más.
—Sé lo que significaría para ti perderlo. Por eso debo ir. Si partimos ahora, existe una posibilidad de llegar antes y detenerla.
Kizara la miró con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—¿Y si no puedes detenerla?
—Entonces habré fallado —respondió Nara con tranquilidad.
—¿Y si ella te destruye a ti? —preguntó Kizara, con la voz quebrándosele por completo.
Nara guardó silencio unos instantes, como si eligiera cada palabra con cuidado.
—Entonces debes seguir con tu vida.
—¡No digas eso! —gritó Kizara, rompiendo finalmente el control—. ¡No hables de ti como si fueras algo que se puede reemplazar!
Nara no respondió. No supo cómo hacerlo.
La Abuela Mira las observaba en silencio desde su sitio. Entonces habló:
—Entonces no propones volver porque quieras luchar. Propones hacerlo porque es la única forma de detenerla antes de que llegue aquí.
Nara giró la cabeza hacia ella.
—Sí.
La anciana miró a Kizara.
—Y tú sabes que ella no te dejará acompañarla.
Kizara respondió al instante.
—No. No voy a dejar que vaya sola.
Nara la miró con preocupación.
—Kizara, es demasiado peligroso. Tu seguridad...
—¡Ya lo sé! —cortó Kizara, golpeando suavemente la mesa con la palma de la mano—. ¡Pero tú misma acabas de decir que mis órdenes están por encima de tus cálculos! ¿Verdad?
Nara guardó silencio.
Kizara respiró hondo, recuperando la firmeza en la mirada. Se acercó a ella y la miró directamente a los ojos.
—Entonces escúchame bien. No pienso sacrificar a toda esa gente. Y tampoco pienso sacrificarte a ti. Si vamos a enfrentarnos a Obsidian... entonces iremos juntas.
Nara bajó la mirada hacia las manos de Kizara, que acababan de tomar las suyas. Sus sistemas podían calcular miles de escenarios, rutas, probabilidades de éxito y de muerte. Pero aquella decisión no entraba en ninguno de sus cálculos.
Porque en algún punto del camino, entre días tranquilos, risas y silencios compartidos... Nara había dejado de actuar solo por cumplir una orden.
Ahora quería volver. No solo para detener a Obsidian. Sino para asegurarse de que Kizara no perdiera otra parte de su mundo. Para que no tuviera que soportar aquel dolor una vez más. Para que esta vez, cuando todo se pusiera en contra... ella estuviera a su lado.
Nara apretó levemente las manos de Kizara entre las suyas.
—Juntas —repitió en voz baja.
Y en aquella sola palabra, todos los cálculos quedaron olvidados. Solo quedaba una promesa.
El amanecer llegó demasiado rápido. El cielo apenas comenzaba a teñirse de gris y oro cuando el asentamiento ya estaba despierto. Aquella mañana no hubo risas, ni juegos, ni niños corriendo entre las casas. Todos sabían lo que iba a ocurrir.
Nara y Kizara partirían hacia el continente.
Antes de que saliera el sol, ya tenían todo listo. Nara había revisado una y otra vez sus sistemas, sus reservas de energía y cada pieza del equipo. Kizara, por su parte, había reunido provisiones, ropa y algunos objetos que insistió en llevar aunque Nara señalara que no eran estrictamente necesarios.
Al otro lado del mar, el viejo ya había recibido el mensaje. La comunicación había sido breve pero clara: la resistencia actuaría. Evacuarían el asentamiento del padre Julián si Obsidian llegaba antes. Distraerían a los drones y las armas pesadas. Así Nara no desperdiciaría energía luchando contra todo al mismo tiempo. Podría concentrarse en una sola cosa.
Detener a su hermana.
Era un plan razonable. También era aterrador. Porque todos sabían quién era Obsidian: la mano derecha de la IA Central, la unidad que había arrasado más de diez lugares en días, la que encontraba incluso lo que nadie podía hallar. Y Nara iba directo hacia ella.
El viejo les había pedido esperar. Pero Nara había sido firme: cada hora perdida significaba más vidas en peligro. No podían esperar.
Kizara salió de la casa con la mochila al hombro. Nara la esperaba junto al pequeño embarcadero.
—¿Lista? —preguntó Nara.
Kizara miró hacia las casas que empezaban a despertar.
—No.
Nara ladeó la cabeza.
—Esa respuesta no coincide con la esperada.
Kizara soltó una risa suave y triste.
—Ya lo sé. Pero supongo que nadie está realmente listo para despedirse.
Entonces escucharon pasos. Muchos pasos, corriendo.
Kizara se giró. Y su corazón se estrujó suavemente.
Los niños venían hacia ellas.
—¡Nara!
Antes de que pudiera decir nada, ya la rodeaban. Manitas aferradas a su ropa, rostros escondidos contra ella, abrazos que con todas sus fuerzas intentaban detenerla.
—¡No te vayas!
—¡Dijiste que volverías!
—¡Todavía no te hemos ganado a las escondidas!
Nara permaneció inmóvil unos instantes. Luego, lentamente, bajó los brazos y los dejó abrazarla.
—Debo irme —dijo con voz suave.
—¡No queremos!
—Es necesario.
—¡Entonces vamos contigo!
—No. Es peligroso.
Uno de los pequeños la miró con ojos brillantes.
—Pero tú eres muy fuerte. Puedes protegernos.
Nara lo miró a los ojos.
—Precisamente por eso no puedo llevarlos. Porque si algo me ocurriera… no podría protegerlos.
Los niños no entendieron del todo. Pero entendieron esto: ella se iba. Y no querían soltarla.
El más pequeño la abrazó con más fuerza.
—No te vayas…
Nara le acarició la cabeza con suavidad.
—Volveré.
El niño levantó la mirada.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—¿Aunque tardes mucho?
—Aunque tarde mucho.
—¿Y jugaremos otra vez?
—Sí.
—¿A las escondidas?
Nara hizo una pausa breve.
—Sí. Aprenderé a esconderme donde puedan encontrarme.
El niño sonrió entre lágrimas.
—¡Entonces tienes que volver!
—Tengo que cumplir mi promesa —repitió ella.
Pero nadie la soltaba. Kizara las miraba con los ojos empañados, conteniendo la sonrisa.
—Creo que estás atrapada —le dijo en voz baja.
—Lo he notado —respondió Nara.
—¿Necesitas ayuda?
Nara miró a los pequeños aferrados a ella.
—No. No me ayudes. Déjame estar así un momento más.
Kizara asintió en silencio. Lo entendía.
Entonces la Abuela Mira se acercó despacio.
—Ya basta, pequeños. Déjenlas marchar.
Los niños protestaron.
—Si las retienen aquí, será más peligroso para todos —les explicó ella con suavidad—. Nara tiene que ir a cuidar a mucha gente. Y nosotras debemos confiar en que volverá.
El niño miró a Nara.
—Prometiste.
—Sí. Y las promesas se cumplen.
Poco a poco, entre suspiros y despedidas, se apartaron. Nara los miró uno a uno, como si quisiera guardar aquel momento en su memoria para siempre.
—Es curioso —le dijo después a Kizara mientras subían al barco—. He enfrentado ejércitos, armas, naves… y esta despedida ha sido lo más difícil que he hecho.
Kizara le apretó la mano.
—Eso significa que te has vuelto humana, Nara.
Los adultos se acercaron entonces. Nadie hablaba mucho, pero cada mirada, cada apretón de manos, decía todo lo que las palabras no podían. Un hombre se acercó y le tomó la mano a Nara.
—No te pido que hagas lo posible. Te pido que vuelvas.
Nara lo miró y asintió.
—Comprendido. Volveré.
La Abuela Mira abrazó a ambas.
—Tienen un hogar aquí. No importa lo que ocurra. Siempre podrán regresar.
Subieron a la pequeña embarcación. Se soltaron las cuerdas. El motor comenzó a zumbar suavemente y el barco se alejó lentamente del muelle.
Desde la orilla, todos se quedaron mirando. Los niños levantando las manos. Los adultos en silencio. Hasta que las casas, las rocas y las voces se volvieron pequeñas.
Kizara miraba hacia atrás.
—¿Todavía puedes verlos? —preguntó.
—Sí —respondió Nara.
—¿¿Y ahora?
—Sí.
—¿Y ahora?
—Todavía sí.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que la curvatura de la tierra los oculte.
Kizara rio entre lágrimas.
—Sabía que dirías algo así.
Y entonces la isla desapareció. Solo quedó el mar y el horizonte. Y más allá… el continente.
Kizara se acercó y se apoyó suavemente en su hombro.
—¿Tienes miedo?
Nara miró el horizonte oscuro.
—No sé si llamarlo miedo. Sé que hay una gran probabilidad de que las cosas salgan mal. Sé que mi hermana es poderosa. Sé que podríamos perder.
Hizo una pausa y luego dijo, muy bajito:
—Pero lo que realmente siento… es que no quiero perderte.
Kizara apretó su mano.
—No me perderás. Y no perderás a tu hermana sin intentar salvarla. Estamos juntas.
Nara miró hacia donde había quedado la isla, luego hacia adelante, hacia el continente donde la esperaba Obsidian. Sus sistemas podían calcular rutas, energía, probabilidades de combate. Pero había algo que no estaba en ningún cálculo.
Una promesa.
Una voz pequeña que le decía: Prometiste volver.
Nara miró a Kizara y entrelazó sus dedos con los suyos.
—Entonces juntas —dijo—. Hasta el final.
El barco siguió avanzando. Y al otro lado del océano, esperaba su hermana. Y una decisión que cambiaría todo.