Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 32: Consecuencias

DNavarrete

Contenido de la publicación

El silencio que siguió al enfrentamiento con Reiner se prolongó durante horas, denso e incómodo. Tras la orden de Kizara, Nara había desactivado la hoz de luz y retrocedido hasta colocarse de nuevo a su lado. Nadie se atrevió a acercarse. Nadie quiso arriesgarse. La imagen de aquel arma dirigida al cuello del comandante había quedado grabada en la mente de todos, y nadie estaba dispuesto a probar si se repetiría.

 

Cuando la batalla terminó y los últimos vehículos regresaron a la zona de seguridad, llegó el momento que ninguno deseaba: enterrar a los caídos. No hubo ceremonias largas ni discursos elaborados. El tiempo no lo permitía. Solo pequeños grupos reunidos alrededor de montículos de tierra recién removida, con palabras breves y silencios que pesaban más que cualquier despedida.

 

Kizara permanecía en silencio, con la mano rozando levemente el brazo de Nara. La androide observaba las tumbas sin hablar. No porque no comprendiera el significado de la pérdida, sino porque estaba procesando algo mucho más difícil de calcular: aquellas personas habían muerto protegiendo a otros. Y ella no había llegado a tiempo para salvarlas a todas.

 

Cuando terminaron, comenzaron los preparativos para el regreso. Se cargaron los heridos, se aseguraron las unidades capturadas, se revisaron provisiones y equipos. Torin, sin embargo, se quedó unos minutos más junto a las fosas. Kizara se acercó a él.

 

—Torin.

 

El veterano levantó la mirada.

 

—¿Sí?

 

—Reiner no va a quedarse callado después de lo ocurrido —dijo ella con firmeza—. Intentará conseguir a Nara.

 

Torin soltó un suspiro cansado.

 

—Lo sé.

 

—¿Crees que Helena podrá detenerlo?

 

—Tiene autoridad suficiente para impedir que haga una estupidez —respondió él—. Y después de lo que vio hoy, creo que incluso él se lo pensará dos veces antes de volver a intentarlo.

 

Kizara sonrió levemente, aliviada. Torin miró hacia donde Nara permanecía de pie, observando cómo cargaban el equipo.

 

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó al acercarse.

 

—Mis sistemas se están recuperando —respondió ella sin apartar la vista de los vehículos—. Las nanomáquinas tardarán algunas horas en reponer sus reservas por completo.

 

—Entonces descansa. Lo necesitas.

 

Nara guardó silencio unos instantes. Cuando volvió a hablar, su tono había cambiado: era más serio, más preciso.

 

—Obsidian ha sido retirada del campo de batalla. Eso tendrá consecuencias.

 

Torin frunció el ceño.

 

—¿Qué clase de consecuencias?

 

—La IA Central ha perdido una unidad que consideraba prácticamente invencible. Y por primera vez, nosotros la hemos obligado a retroceder.

 

El veterano apretó los dientes. Comprendía lo que eso significaba antes de que ella lo dijera.

 

—Ahora nos tomará en serio.

 

—Exacto. Antes éramos una molestia. Mientras no atacáramos sus instalaciones principales, no merecíamos un esfuerzo mayor. Eso ha terminado. Saben que podemos hacerles daño. Y su respuesta será más agresiva.

 

Torin miró hacia el horizonte, donde las montañas se fundían con el cielo.

 

—¿Vendrán con más unidades?

 

—Con unidades mejor preparadas. Más rápidas. Más letales.

 

—¿Qué debemos hacer?

 

—Alejar a los sobrevivientes —respondió Nara sin dudar—. Lo más lejos posible. Si es necesario, fuera del continente.

 

—¿Las islas?

 

—Sí. Reducirá nuestra capacidad de actuar, pero aumentará enormemente las probabilidades de supervivencia. No debemos permanecer concentrados. No debemos dejar rastro fácil de seguir.

 

Torin asintió lentamente.

 

—Tiene sentido. Hablaré con Helena hoy mismo.

 

Hizo una pausa, y luego formuló la pregunta que llevaba rondándole la cabeza desde que vio a Nara enfrentarse a Obsidian.

 

—Nara… si atacáramos directamente a la IA Central. ¿Podríamos derrotarla?

 

Kizara lo miró sorprendida, pero también atenta. Nara permaneció inmóvil unos segundos.

 

—Existe una posibilidad.

 

Torin abrió los ojos, con una chispa de esperanza.

 

—¿Real?

 

—Sí. Pero las probabilidades son extremadamente bajas. Si asaltamos sus ciudades fortificadas, la estimación de pérdida total de la Resistencia ronda el noventa y cuatro por ciento.

 

El silencio cayó sobre ellos.

 

—Noventa y cuatro por ciento… —repitió Torin, como si las palabras pesaran demasiado.

 

—Casi todos —confirmó Nara—. Y aun así, hay un setenta por ciento de probabilidad de que la operación falle antes de llegar siquiera a su núcleo.

 

Torin cerró los ojos.

 

—Entonces no es una oportunidad. Es un suicidio.

 

—Es una posibilidad —corrigió ella con la misma calma—. Existe una alternativa mucho más segura.

 

Ambos la miraron.

 

—¿Cuál? —preguntó Kizara.

 

—Comunicación. Si logramos establecer contacto con suficientes personas dentro de las ciudades, podremos obtener información sobre sus defensas, sus rutas, sus puntos débiles. Sin necesidad de lanzar un ataque directo.

 

Torin sonrió con amargura.

 

—Ya lo estamos intentando. Llevamos meses. Hemos conseguido aliados dentro, sí… pero otros tienen miedo. Otros no confían en nosotros. Y otros creen que ya estamos perdidos. Si los descubren, la IA Central los elimina. No podemos obligarlos.

 

—Lo comprendo —asintió Nara—. Es la opción más prudente.

 

Miró a Kizara.

 

—Nosotros regresaremos a la Base 17. Necesito recuperar reservas y reparar daños.

 

—Nos quedaremos unos días —confirmó Kizara—. Luego volveremos a buscaros.

 

Torin le estrechó la mano.

 

—Gracias.

 

—No me agradezcas todavía —dijo ella—. Esto apenas comienza.

 

Subieron juntas al deslizador. Cuando el motor cobró vida y la nave se elevó, Nara levantó una mano en despedida. Torin se quedó mirando cómo desaparecían entre las montañas.

 

La guerra no había terminado. Pero todo había cambiado. La IA Central sabía que existía algo capaz de hacerla retroceder. Y la Resistencia sabía que no estaban solos. Ambos lados conocían ahora la verdad: Nara existía. Y la IA Central, por primera vez en su existencia, había aprendido que podía sangrar.

 

La Base 17 seguía prácticamente igual que cuando la habían abandonado. Los pasillos metálicos, las luces de tono pálido y el zumbido suave y constante de los sistemas de ventilación las recibieron tras aquel largo viaje de regreso.

 

Para Kizara, sin embargo, aquel lugar nunca había sido tan bienvenido.

 

Después de la batalla, del ruido, del miedo y de todo lo que habían visto, necesitaba descansar. Y sobre todo, necesitaba algo que llevaba demasiado tiempo anhelando:

 

—¡Agua caliente! —exclamó, casi corriendo hacia las instalaciones sanitarias—. ¡Por fin!

 

Nara la siguió con paso tranquilo, sosteniendo una toalla limpia doblada con esmero.

 

—He regulado la temperatura a cuarenta grados. Considerando tu estado de fatiga, debería resultarte confortable.

 

—¡Perfecto! ¡Eres la mejor, Nara!

 

La puerta se cerró. Poco después, el sonido del agua llenó la habitación. Nara esperó fuera, inmóvil, escuchando aquel suspiro largo y profundo que salió desde el otro lado:

 

—Ahhh… ¡Esto sí que es vida!

 

Nara ladeó levemente la cabeza. No terminaba de comprender por qué permanecer sumergida en agua caliente la hacía tan feliz, pero había aprendido que hay cosas que no necesitan utilidad para ser importantes.

 

Cuando el agua dejó de correr, la puerta se abrió. Kizara salió sin prisa, con el cabello goteando, la piel rosada por el calor y una expresión de absoluta dicha. Tomó la toalla de las manos de Nara sin detenerse y se dirigió directa a la cama.

 

—Ahhh… No pienso moverme de aquí en una hora.

 

Se hundió entre las sábanas y comenzó a secarse el cabello con gesto perezoso. Nara revisó la lectura del termómetro de la habitación.

 

—Kizara, la temperatura es de dieciséis grados. Tu piel sigue húmeda. Existe una probabilidad elevada de que sientas frío. Deberías ponerte algo de ropa.

 

—Estoy bien así —murmuró ella sin abrir los ojos—. Déjame disfrutar de este momento, por favor.

 

Nara guardó silencio unos instantes, procesando. Kizara estaba relajada, confiada, sin ninguna vergüenza de su presencia. Y entonces recordó lo que le había dicho Abuela Mira en la isla.

 

—Comprendo —dijo con suavidad.

 

Kizara entreabrió un ojo.

 

—¿Qué comprendes?

 

—Así que esta es la vida de los recién casados.

 

Kizara se incorporó de golpe.

 

—¡¿QUÉÉÉÉÉÉÉ?! —su rostro se encendió hasta las orejas—. ¡¿PERO QUÉ ACABAS DE DECIR?!

 

—He dicho que así debe de ser la vida de los recién casados —repitió Nara con total naturalidad—. Cuando una persona se queda desnuda delante de otra sin sentir incomodidad, es porque hay tanta confianza que terminan casándose. Me lo explicó Abuela Mira.

 

El silencio cayó sobre la habitación. Kizara se llevó ambas manos a la cabeza.

 

Esa mujer… ¡ESA MUJER OTRA VEZ!

 

—¿Qué más te dijo? —preguntó con voz temblorosa.

 

—Que la confianza es el primer paso —respondió Nara sin dudar—. Y por eso quería preguntarte algo. ¿Acaso quieres casarte conmigo?

 

Kizara se dejó caer de espaldas y se cubrió la cara con la toalla.

 

—¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!!!

 

El grito resonó en todo el pasillo.

 

—¡MALDITA ABUELA MIRA! —gritaba revolcándose entre las sábanas—. ¡¿POR QUÉ LE ENSEÑAS ESAS COSAS?! ¡¿POR QUÉ NO PUEDES DEJARTE DE TRAVESURAS?!

 

—No comprendo tu reacción —dijo Nara, genuinamente confundida.

 

—¡Pues porque me vas a matar de vergüenza!

 

—Solo formulé una pregunta.

 

—¡UNA PREGUNTA QUE NO SE HACE ASÍ COMO SI NADA!

 

Nara asintió lentamente.

 

—Entiendo. El momento fue inadecuado.

 

Kizara la miró por encima del borde de la toalla.

 

—…¿Eso es lo único que entendiste?

 

—Sí.

 

Kizara volvió a esconderse. Voy a tener que hablar con ella… No, mejor no. Si voy, me enseñará algo peor.

 

Unos segundos después, la voz tranquila de Nara volvió a sonar:

 

—¿Puedo hacerte otra pregunta?

 

Kizara levantó la cabeza con desconfianza.

 

—¿Qué?

 

—¿Qué significa estar casados?

 

Kizara se quedó inmóvil. La miró fijamente. Nara le devolvió la mirada con ojos claros y sinceros, sin la menor idea de por qué aquello importaba tanto.

 

—Tú… —empezó Kizara, y la voz se le quebró—. Tú me preguntas si quiero casarme contigo… sin saber siquiera qué es…

 

—Parecía importante saberlo primero —admitió Nara.

 

Kizara hundió la cara en la almohada y soltó un grito ahogado:

 

—¡¡¡NARAAAAAAAAAAAAAAAA!!!

 

—Definitivamente —murmuró Nara—, el matrimonio provoca reacciones emocionales muy intensas.

 

—¡NO VUELVAS A MENCIONAR ESA PALABRA! —ordenó Kizara, envolviéndose completamente en la sábana.

 

—Entendido.

 

Kizara suspiró aliviada.

 

—Aunque todavía necesito saber qué significa —añadió Nara.

 

—¡¡¡ABUELA MIRA, TE ODIOOOOO!!!

 

Y en la isla, en su pequeña casa junto al mar, Abuela Mira estornudó con fuerza.

 

—Qué extraño… —se frotó la nariz mientras se servía té—. Juraría que alguien habla de mí.

 

El padre Julián levantó la vista de su libro.

 

—Conociéndote, seguramente alguien tiene motivos de sobra.

 

—¿Yo? ¿Qué pude haber hecho esta vez?

 

—Prefiero no saberlo —sonrió él, volviendo a la lectura.

 

Mientras tanto, en la Base 17, Kizara seguía hecha un ovillo entre las sábanas.

 

—Voy a fingir que no existes durante diez minutos —dijo con voz apagada.

 

—Entendido —respondió Nara—. Esperaré once para asegurarme de que hayas terminado.

 

Kizara soltó un gemido.

 

—Esto va a ser muy largo…

 

Nara la observó en silencio. Y aunque no terminaba de comprender por qué todo la ponía tan colorada, había algo en aquella escena —ella segura a su lado, ella cuidándola, ella preguntando cosas sin miedo— que le hizo sentir algo suave y cálido en el pecho. Quizá, pensó, aquello de lo que hablaba Abuela Mira no era tan malo después de todo.

 

La Base 17 estaba en silencio.

 

Después del desastre emocional de aquella tarde, Kizara había tomado una decisión que consideraba vital para su tranquilidad mental: vestirse. Se puso la ropa interior y su pijama con esmero, asegurándose de que no quedara ni un solo motivo para que Nara sacara conclusiones extrañas.

 

—Maldita Abuela Mira… —murmuró mientras se sentaba frente a la mesa de trabajo—. ¿Qué demonios le enseña a una inteligencia artificial?

 

Al otro lado de la habitación, Nara trabajaba en silencio. Sobre la mesa había piezas metálicas diminutas, componentes electrónicos y herramientas que sus manos movían con una precisión delicada, casi amorosa. Kizara suspiró y abrió los informes que Nara había enviado a la Resistencia: patrones de combate de Obsidian, tiempos de respuesta, estimaciones de mejoras de la IA Central… información valiosa, sí, pero cada pocos segundos su mirada se desviaba hacia la androide.

 

Desde que llegó a mi vida…

 

Al principio no había sido más que una desconocida encerrada en una cápsula, fría y literal, casi imposible de comprender. Luego vinieron los viajes, las huidas, las batallas. Y después llegaron los días tranquilos: la isla, los niños que la rodeaban, las preguntas curiosas, las noches en que se quedaba despierta vigilando mientras ella dormía. Y esa manera suya de ponerse delante de cualquier peligro, como si su propia vida no importara mientras Kizara estuviera a salvo.

 

Kizara apoyó la barbilla en la mano.

 

—Mamá…

 

La palabra se le escapó en un susurro. No era que Nara se pareciera a ella. Su madre había sido cálida, expresiva, siempre lista para regañarla con cariño. Pero había algo igual en ambas: la forma de protegerla, de ponerla antes que todo lo demás.

 

Recordó entonces la soledad que siguió a la partida de sus padres. Los años difíciles, la desconfianza, la necesidad de ser fuerte cuando no tenía a nadie. Si no hubiera sido por el padre Julián, quizá no habría sobrevivido. Pero incluso con él, algo faltaba. Algo que no volvió a aparecer hasta que Nara entró en su vida.

 

No eres mi madre… lo sé. Pero haces que sienta que no estoy sola.

 

Y eso la asustaba. Porque después de perder tanto, volver a querer a alguien significaba volver a arriesgarse.

 

Estaba tan perdida en sus pensamientos que no escuchó los pasos. Solo reaccionó cuando Nara se sentó a su lado, tan cerca que Kizara dio un respingo hacia atrás.

 

—¡N-Nara! ¿Qué haces tan cerca?

 

—Quería entregarte algo —respondió ella con total serenidad.

 

Tomó la mano de Kizara con delicadeza y deslizó algo en su dedo anular. Kizara bajó la mirada. Era un anillo, hecho a mano, con piezas recuperadas de la propia base: metal plateado, fragmentos oscuros, una pequeña piedra azul que brillaba suavemente. Sencillo, un poco irregular, pero evidentemente hecho con paciencia y cuidado.

 

—¿Qué es esto…?

 

—Un anillo —dijo Nara—. Según lo que he averiguado, las personas que están casadas llevan uno en ese dedo. Representa un compromiso mutuo.

 

Kizara contuvo el aliento.

 

—¿C-casadas…?

 

—Todavía no comprendo el significado completo —continuó Nara—. Hay muchas definiciones y a veces se contradicen. Pero considerando lo que me explicó Abuela Mira, calculo un setenta por ciento de probabilidad de que esto sea lo correcto para nosotras.

 

—¿Tú… lo hiciste tú? —susurró Kizara, acariciando el metal.

 

—Sí. Con piezas que sobraron aquí. Revisé que no tuviera bordes afilados y que resistiera el uso diario. Podría haberlo perfeccionado más, pero quería dártelo esta noche.

 

—¿Por qué esta noche?

 

Nara la miró a los ojos.

 

—Porque te vi triste. Mientras revisabas los informes, mencionaste a tu madre. No conozco todos tus recuerdos, pero sé que cuando estás así, necesitas saber que no estás sola. No puedo sustituir a tus padres. No puedo prometer que siempre te protegeré de todo. Pero… quiero estar a tu lado mientras me lo permitas.

 

El corazón de Kizara latía tan fuerte que creyó que Nara podría oírlo.

 

—No sé si esto es exactamente lo que significa casarse —dijo la androide—. Pero lo hice pensando solo en ti.

 

Kizara sintió las mejillas arder.

 

—Tú… no puedes decir esas cosas con esa cara tan seria…

 

—¿Qué cosas?

 

—¡ESAS COSAS!

 

—Necesito que seas más precisa.

 

—¡NO ME PIDAS PRECISIÓN!

 

Se puso de pie de golpe, pero las piernas no le respondieron y se desplomó. Nara la atrapó antes de que golpeara el suelo y la acomodó suavemente sobre la cama, con la cabeza sobre su regazo.

 

—Pulso acelerado, temperatura elevada, sin lesiones —murmuró Nara—. Reacción emocional intensa. ¿Debo quitarte el anillo?

 

La mano de Kizara se cerró con fuerza sobre la joya. Ni siquiera inconsciente estaba dispuesta a soltarlo.

 

—Entiendo —dijo Nara, acariciando su cabello—. Lo conservas.

 

Kizara murmuró algo entre dientes.

 

—…Maldita Abuela Mira…

 

—¿Quieres que hable con ella?

 

—…No…

 

—¿Estás enfadada con ella?

 

—…Sí… pero… gracias…

 

Nara sonrió levemente.

 

—Descansa, Kizara. No comprendo todo esto todavía. Pero sí sé una cosa: quería darte algo hecho solo para ti.

 

La cubrió con una manta y se quedó allí, inmóvil, cuidándola. Los informes podían esperar. La guerra también, al menos esa noche.

 

—Mañana le preguntaré a Abuela Mira qué significa realmente estar casados —susurró.

 

Desde su regazo, Kizara soltó un gemido dormido:

 

—…¡Abuela Miraaa…!

 

Nara miró el anillo brillando en la penumbra.

 

—Sí. Definitivamente necesito hablar con ella.

 

Y muy lejos, en la isla, Abuela Mira estornudó por segunda vez aquella noche.

Thoughts

  • jmoreno77

    Nara usa casi el mismo setenta por ciento para que falle el asalto y para que el anillo sea lo correcto. Con esas cuentas me fío bastante más del anillo que de la guerra.

    Permalink

Related posts

  • ARLEQUÍN

    ARLEQUÍN

  • La Hechicera y el violín mágico

    El silencio que siguió a la tormenta no era un vacío, sino un territorio sagrado. El aliento del dragón, que antes amenazaba con incinerar el mundo, ahora apenas exhalaba un vapor tibio que se…

  • Capítulo 2: El abrazo que nunca desapareció

    Haruki estaba soñando. Pero no era un sueño cualquiera.

  • Gigantes Nobles

    Según los cuentos que se contaban a los niños, los gigantes nobles son aquellos gigantes puros de sangre en su mayoría, los cuales vivían según los cuentos en las montañas con los enanos, siendo…

Pública 0 conversaciones 1 pensamiento 7 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

El silencio que siguió al enfrentamiento con Reiner se prolongó durante horas, denso e incómodo. Tras la orden de Kizara, Nara había desactivado la hoz de luz y retrocedido hasta colocarse de nuevo…

En series

En grupos