La Huella del Dragón...
El silencio que siguió a la tormenta no era un vacío, sino un territorio sagrado. El aliento del dragón, que antes amenazaba con incinerar el mundo, ahora apenas exhalaba un vapor tibio que se enredaba con la bruma de la caverna. La hechicera seguía allí, con el arco inmóvil entre los dedos y el violín pegado al pecho, sintiendo cómo los latidos de la madera se sincronizaban con los suyos.
Fue la bestia quien rompió el sortilegio del silencio, con una voz que resonaba no en los oídos, sino directamente en los cimientos del alma.
—Tu música sangra, mujer —retumbó el dragón, con una suavidad extraña en su tono colosal—. Has venido a matarme creyendo que yo era el carcelero de tu destino, pero el único sitio donde estás prisionera es en el recuerdo de quien ya no camina a tu lado. ¿Por qué golpeas a las puertas del infierno cuando el verdadero fuego te quema por dentro?
La hechicera levantó el rostro. Sus ojos, enrojecidos por las lágrimas de una larga vigilia, brillaron con el reflejo de las escamas obsidianas. Acarició la madera ajada del instrumento, como si en ella tocara la piel invisible de su amigo ausente.
—No vine a destruirte, dragón... Vine a exigirle explicaciones al universo —susurró ella, su voz temblando con la fragilidad de un hilo de cristal—. Él era mi ancla en este mar de brumas. Y cuando se fue, el mundo entero se convirtió en un eco vacío. Este violín no busca venganza; es el único puente que me queda para alcanzarlo. Llevo un duelo invisible, un peso tan denso que a veces temo que mis propios huesos se conviertan en cenizas. He vagado tanto tiempo buscando a un culpable, que olvidé cómo sostener mi propio vacío.
El dragón inclinó su inmensa cabeza, acercando sus ojos dorados y profundos como abismos a la altura de la mujer. En su mirada brillaban mil años de soledades acumuladas, la comprensión total de los ciclos de la vida y la pérdida.
—El dolor por los que amamos y parten no es una herida que deba sanar borrando la cicatriz, pequeña hechicera —aconsejó la bestia, con la solemnidad de un oráculo milenario—. Es el tributo que pagamos por haber conocido la luz. Pretendes pelear contra el tiempo como si la muerte fuera una injusticia, cuando en realidad es solo la otra orilla del río. Quien te acompaño no se ha ido del todo; vive en cada fibra de esa madera que tañes, en cada nota que desafía al olvido. No mates tu propia alma buscando a los fantasmas del ayer. Abraza el hueco que dejaron, porque es ahí, precisamente en ese abismo, donde ahora brota tu verdadera magia.
La hechicera sintió que un nudo antiguo se deshacía en su garganta. Ya no había rabia; solo una profunda, inmensa paz. Miró el violín y este respondió con un leve y cálido destorchó de luz dorada, como si el alma de su compañero asintiera desde el fondo de las notas.
El dragón retrocedió lentamente, fundiéndose otra vez con la penumbra de su montaña, pero su presencia ya no era la de un enemigo, sino la de un espejo eterno.
—Los caminos de los solitarios siempre vuelven a cruzarse cuando el viento cambia de dirección —dijo el dragón, cerrando los ojos con lentitud en un gesto de absoluta confianza—. Ve en paz, guardiana de acordes rotos. No estás sola en la tormenta.
La hechicera sonrió por primera vez en eras. Guardó el violín, dio media vuelta y comenzó el descenso, sabiendo que su herida ya no era una condena, sino el inicio de una leyenda compartida entre la magia y la bestia....
Reflexión....
A menudo, cuando el alma sangra, alzamos la espada contra el mundo buscando culpables donde solo hay ausencias. Olvidamos que la furia es el refugio efímero del miedo, y que ninguna armadura, por impenetrable que sea, resiste el peso de un duelo no llorado. La verdadera valentía no reside en destruir a quienes se cruzan en nuestro camino con la guardia alta, sino en tener el valor de bajar las armas, abrazar nuestro propio vacío y comprender que el dolor compartido deja de ser una condena para convertirse en el puente que une a los solitarios.