El Fuego que Nos Habita
En los confines de la Cordillera de los Espejos, la hechicera se plantó frente al Dragón Escarlata con las trenzas sueltas y el violín de cerezo apoyado en el pecho. No llevaba armadura; cargaba la certeza de quien conoce la trampa del mundo.
—Has venido a vencerme —rugió la bestia, exhalando un fuego milenario—. Pero para destruirme necesitas apagar mi calor, y para apagarlo necesitas avivarlo con tu propia tristeza. Cuanto más intentas matarme con tus lágrimas, más me alimentas.
La paradoja era perfecta. Para enfrentarlo con confianza, Clara tuvo que dudar de todo; para sostenerlo con temple, dejó que su alma se quebrantara; y para desafiarlo con valentía, aceptó que el mayor coraje no consiste en destruir al monstruo, sino en abrazar aquello que la devora.
Levantó el arco y tocó una contradicción viva: una melodía que quemaba más que las llamas y abrazaba al mismo tiempo. El dragón, envuelto en ese llanto de madera, comprendió la gran broma del universo y se desvaneció despacio en un humo tibio, convertido en un recuerdo feliz.
Comprendió entonces una verdad tan honda como antigua: pasamos la vida afilando armas para matar a nuestros demonios, sin saber que, si logramos destruirlos, nos quedaremos sin la única compañía que daba sentido a nuestro viaje. La victoria no es aniquilar al monstruo, sino aprender a bailar con él en la penumbra, sabiendo que el héroe y la bestia siempre fueron el mismo reflejo.