EPÍLOGO FINAL — EL ÚLTIMO DÍA
Habían pasado muchos años desde la última batalla.
Tantos que incluso las historias habían comenzado a convertirse en leyendas.
En los ocho mundos ya nadie hablaba del antiguo sistema como algo real.
Los niños escuchaban historias sobre un ser que alguna vez había derrotado al Vacío, vencido a los Observadores y alcanzado un poder capaz de superar la existencia misma.
Algunos decían que había sido un dios.
Otros aseguraban que jamás había existido.
Y unos pocos contaban la verdad.
Que alguna vez había sido simplemente un humano.
Un humano que había perdido sus recuerdos.
Un humano que había conocido a Luna.
Un humano que, poco a poco, había llegado a convertirse en el dueño del Todo y de la Nada.
Pero nadie sabía dónde estaba.
Porque él había elegido desaparecer de los ocho mundos.
Había elegido una vida tranquila.
Capítulo 1 — Una mañana normal
El sol entraba por la ventana.
Abrí los ojos lentamente.
—Cinco minutos más…
—Llevas diciendo eso durante media hora.
Abrí un ojo.
Luna estaba frente a mí con los brazos cruzados.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
Ella sonrió.
—Entonces levántate.
—¿Por qué?
—Porque prometiste llevar a nuestros hijos a la ciudad.
Me quedé inmóvil.
—Ah.
Luna levantó una ceja.
—¿Lo olvidaste?
—No.
—Sí lo olvidaste.
—Tal vez.
Ella empezó a reír.
—El antiguo Señor del Todo y de la Nada olvidando una promesa.
—Ese título ya no existe.
—Para mí siempre existirá.
Me levanté.
En la otra habitación escuchamos pasos.
—¡Papá!
Dos pequeñas voces llegaron corriendo.
Nuestros hijos aparecieron por la puerta.
Uno de ellos tenía una energía extraña alrededor del cuerpo.
El otro podía hacer pequeñas luces con las manos.
Suspiré.
—Les dije que no usaran poderes dentro de la casa.
El mayor escondió las manos.
—No fui yo.
El menor señaló al otro.
—¡Fue él!
Luna me miró.
—Se parecen demasiado a ti.
—Eso me preocupa.
Capítulo 2 — El paseo
Salimos de casa.
Nadie sabía quiénes éramos.
Para el mundo éramos una familia normal.
Caminamos por las calles.
Compramos comida.
Visitamos una pequeña tienda.
Nuestros hijos corrían delante de nosotros.
Luna caminaba a mi lado.
—¿Te arrepientes?
La miré.
—¿De qué?
—De haber abandonado todo.
Observé a nuestros hijos.
Después miré el cielo.
—No.
—¿Ni siquiera un poco?
Sonreí.
—Antes quería ser más fuerte que todos.
—Lo recuerdo.
—Después quería descubrir quién era.
—También lo recuerdo.
—Después quise proteger a todos.
Luna tomó mi mano.
—Y ahora…
Miré a mi familia.
—Ahora solo quiero que ellos puedan crecer sin tener que cargar con mi historia.
Luna apoyó la cabeza sobre mi hombro.
—Entonces hicimos bien.
Capítulo 3 — Una visita inesperada
Esa noche, cuando regresamos a casa, algo cambió.
Sentí una presencia.
Me detuve.
Luna también la sintió.
—¿Quién es?
Miré hacia el jardín.
Una pequeña sombra apareció.
Era el Vacío.
Pero ya no tenía la forma aterradora de antes.
Parecía simplemente una figura oscura.
—¿Qué haces aquí?
El Vacío respondió:
—Vine a comprobar que sigues siendo débil.
Me reí.
—¿Débil?
—No has utilizado tus poderes en años.
—Exactamente.
Nuestros hijos se escondieron detrás de Luna.
El Vacío los observó.
—Así que estos son los descendientes del Señor del Todo y de la Nada.
—No les metas ideas.
El Vacío soltó una pequeña risa.
—No se parecen a ti.
—Eso es bueno.
Luna sonrió.
—¿Qué querías realmente?
El Vacío guardó silencio.
—Nada.
Lo miré.
—¿Seguro?
—Sí.
Después añadió:
—Solo quería verte.
Me quedé sorprendido.
El ser que alguna vez había intentado destruirlo todo ahora simplemente había venido a visitar a un viejo amigo.
—Entonces quédate a cenar.
El Vacío se quedó inmóvil.
—¿Cenar?
—Sí.
—Nunca he comido.
—Pues hoy vas a aprender.
Capítulo 4 — Los viejos amigos
Esa noche no fuimos solo nosotros.
Uno por uno aparecieron antiguos compañeros.
Los cinco comandantes.
Los cinco Observadores.
Los ocho soberanos.
La entidad fusionada.
Incluso Origen.
Todos habían dejado sus responsabilidades por una noche.
La pequeña casa se quedó demasiado pequeña.
Luna me miró.
—¿No dijiste que querías una vida tranquila?
—Sí.
Miré alrededor.
—Esto no es tranquilo.
Todos comenzaron a reír.
Por primera vez…
los antiguos enemigos, guerreros y seres trascendentes estaban sentados alrededor de una mesa como una familia.
No hubo batallas.
No hubo órdenes.
No hubo jerarquías.
Solo historias.
El antiguo dueño del sistema contó cómo había sido antes de conocerme.
Los Observadores discutieron sobre quién había sido el más fuerte.
Los comandantes comenzaron a presumir sus hazañas.
El Vacío descubrió que le gustaba el postre.
Luna se rio durante toda la noche.
Y yo simplemente los observé.
Pensé en todo lo que habíamos vivido.
Parecía imposible que aquella misma gente hubiera estado alguna vez luchando por la supervivencia de los mundos.
Capítulo 5 — La última ventana
Cuando todos se fueron, me quedé solo en el jardín.
Luna apareció detrás de mí.
—¿Qué haces?
—Pensando.
—¿En qué?
—En todo.
Ella se sentó a mi lado.
Durante unos segundos no dijimos nada.
Entonces apareció una ventana.
Hacía años que no veía una.
SISTEMA ORIGINAL DETECTADO
¿Deseas abrir la ventana de estado?
Me quedé mirando.
Luna también.
—¿Vas a abrirla?
Negué con la cabeza.
—No.
La ventana permaneció frente a mí.
¿Seguro?
Todavía puedes evolucionar.
Sonreí.
—Ya no necesito hacerlo.
La ventana cambió.
¿Quieres renunciar a tu autoridad?
Luna me miró.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé.
Miré mis manos.
Durante toda mi vida había tenido miedo de perder mi poder.
Ahora entendía algo.
El poder no era lo que me hacía especial.
Era lo que había decidido hacer con él.
—No voy a renunciar a él.
Luna sonrió.
—¿Entonces?
Cerré la ventana.
—Simplemente no necesito usarlo.
Capítulo 6 — El último amanecer
Pasaron algunos años más.
Nuestros hijos crecieron.
Aprendieron a controlar sus poderes.
Pero nunca quisieron convertirse en conquistadores.
Uno quería explorar los mundos.
El otro quería protegerlos.
Y Luna y yo los apoyamos.
Una mañana, nuestros hijos nos encontraron en el jardín.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Es verdad?
—¿Qué cosa?
—Que alguna vez fuiste el ser más fuerte de todo lo que existe.
Miré a Luna.
Ella sonrió.
—Sí.
—¿Y derrotaste al Vacío?
—Sí.
—¿Y a los Observadores?
—También.
—¿Y al ser que estaba fuera de la existencia?
—Sí.
El menor abrió los ojos.
—¿Entonces realmente eras invencible?
Me quedé pensando.
Finalmente respondí:
—No.
Los dos se sorprendieron.
—Pero mamá dice que eras el más fuerte.
Luna se rio.
—Lo era.
—Entonces ¿por qué dices que no?
Los miré.
—Porque siempre hubo algo que podía vencerme.
—¿Qué?
Sonreí.
—El miedo a perder a quienes amo.
Nuestros hijos guardaron silencio.
—Pero aprendí algo.
Me levanté.
—Ser fuerte no significa no tener miedo.
—¿Entonces qué significa?
Miré a Luna.
—Seguir adelante a pesar de tenerlo.
Capítulo 7 — La despedida
El tiempo siguió avanzando.
Nuestros hijos formaron sus propias familias.
Los mundos continuaron prosperando.
La leyenda de nosotros se hizo cada vez más antigua.
Hasta que llegó un día tranquilo.
Estábamos Luna y yo sentados en el mismo jardín.
El mismo donde habíamos hablado tantas veces.
Ella tomó mi mano.
—¿Sabes?
—¿Qué?
—Creo que finalmente tuvimos la vida que queríamos.
Sonreí.
—Sí.
—¿Cambiarías algo?
Pensé.
Los ocho mundos.
El sistema.
Las guerras.
El Vacío.
Los Observadores.
El Origen.
Mis poderes.
Mis derrotas.
Mis victorias.
Y finalmente Luna.
—No.
Ella apoyó su cabeza sobre mi hombro.
—Yo tampoco.
Cerré los ojos.
Por última vez miré el cielo.
Las estrellas seguían allí.
Los ocho mundos seguían existiendo.
Mi ejército seguía protegiéndolos.
Mis hijos seguían viviendo sus propias historias.
Y Luna estaba conmigo.
Todo estaba bien.
Epílogo — La última página
Mucho tiempo después, una niña encontró un viejo libro.
Estaba cubierto de polvo.
En la portada había un título:
EL SEÑOR DEL TODO Y DE LA NADA
La niña comenzó a leer.
Leyó sobre un joven que apareció en otro mundo.
Sobre el sistema.
Sobre Luna.
Sobre los soberanos.
Sobre los comandantes.
Sobre los Observadores.
Sobre el Vacío.
Sobre el Origen.
Sobre la última guerra.
Y finalmente llegó a la última página.
Allí solo había una frase:
«Al final, después de conquistar el Todo y dominar la Nada, comprendió que su mayor tesoro nunca había sido el poder.
Había sido tener un lugar al que llamar hogar.»
La niña cerró el libro.
—Qué historia tan bonita.
Su madre sonrió.
—¿Te gustó?
—Mucho.
—¿Sabes que algunos dicen que fue real?
La niña miró por la ventana.
—¿De verdad?
Su madre respondió:
—Quién sabe.
La niña volvió a mirar el libro.
Entonces una pequeña sombra apareció sobre la portada.
Una voz susurró:
—Sí fue real.
La niña abrió los ojos.
—¿Quién dijo eso?
La sombra desapareció.
Y, muy lejos de allí, en un pequeño jardín de una pequeña ciudad…
una vieja fotografía mostraba a una familia sonriendo.
Un hombre.
Una mujer.
Sus hijos.
Y detrás de ellos, casi imperceptible…
una pequeña sombra con forma de zorro.
El mismo zorrito que había recibido al joven perdido en su primer mundo.
El que había sido su enemigo.
Su amigo.
Su mano derecha.
Y finalmente…
parte de su familia.
El hombre de la fotografía sonreía.
No como un dios.
No como un rey.
No como el Señor del Todo y de la Nada.
Sino como lo que siempre había querido ser.
Un humano feliz.
Y así terminó la historia.
No cuando derrotó al último enemigo.
No cuando alcanzó el poder absoluto.
Sino cuando finalmente dejó de necesitar demostrar quién era.
Porque después de haberlo perdido todo…
y después de haberlo conquistado todo…
había encontrado algo que ningún poder podía crear.
Un hogar.
FIN
Y esta vez sí…
FIN DE LA HISTORIA.