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Capítulo 22: Un paso más ligero

DNavarrete
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Cuando por fin se levantaron de la mesa, la cafetería ya había recuperado por completo su ritmo habitual. Las conversaciones volvían a fluir entre las mesas, el sonido de tazas y cubiertos volvía a…

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Cuando por fin se levantaron de la mesa, la cafetería ya había recuperado por completo su ritmo habitual. Las conversaciones volvían a fluir entre las mesas, el sonido de tazas y cubiertos volvía a ser parte del ambiente, y aunque de vez en cuando todavía aparecían miradas curiosas, ya no había esa tensión pesada que había flotado en el aire antes.

 

Era solo una tarde más, como cualquier otra, en un lugar lleno de gente.

 

Minori los acompañó hasta la salida, sosteniendo aún su vaso de café mientras atravesaban el pequeño pasillo que conectaba el local con la puerta de vidrio que daba a la calle. Afuera, la luz de la tarde comenzaba a bajar suavemente, teñendo de tonos cálidos y dorados los edificios del centro comercial. El aire se sentía fresco al salir, mezclado con el ruido suave de coches y pasos de gente que caminaba por la avenida principal.

 

Antes de cruzar la puerta, se detuvieron un momento.

 

—Bueno —dijo Minori mientras se acomodaba la correa de su bolso sobre el hombro—. Creo que aquí es donde me separo de ustedes.

 

Ayaka levantó una mano con una sonrisaja tranquila.

 

—Gracias por todo hoy, Minori-sensei. De verdad nos ayudaste mucho.

 

Reika inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto y agradecimiento.

 

—Apreciamos mucho que nos haya escuchado y entendido.

 

Minori hizo un pequeño gesto con la mano como si quisiera restarle importancia al asunto.

 

—Ya hablamos de eso. Lo importante ahora es ver cómo manejamos las cosas dentro de la escuela con cuidado y cabeza fría.

 

En ese momento, justo a un lado de la salida, Yuuto se había detenido frente a una vitrina de una tienda pequeña que exhibía collares y accesorios de colores suaves. Sus ojos estaban fijos en los diseños que brillaban detrás del cristal, completamente absorto en mirar sin darse cuenta de lo que estaban hablando las otras dos.

 

Era la oportunidad que Minori estaba esperando.

 

Miró primero a Ayaka, luego a Reika, bajando un poco la voz para que solo ellas pudieran escucharla, con una expresión que cambiaba de su seriedad habitual a algo más juguetón y amable.

 

—Aunque tengo que admitirles algo en privado —dijo ella con una sonrisa traviesa—. Estoy un poquito celosa de ustedes.

 

Ayaka parpadeó sorprendida.

 

—¿De qué? —preguntó, frunciendo levemente el ceño.

 

Minori se apoyó ligeramente contra el marco de la puerta, cruzando los brazos y mirándolas con objetividad.

 

—Miren esto con calma. Ese chico que está mirando la vitrina… Kanzaki es mucho más lindo que la mitad de las chicas que conozco.

 

Hizo una pequeña pausa antes de continuar, señalando apenas con la cabeza hacia la figura de Yuuto, que seguía distraído.

 

—Tiene el cabello largo y plateado que brilla con la luz, rasgos tan delicados que parecen sacados de una ilustración, y una figura elegante que se ve bien con cualquier ropa. Cualquiera diría que es una chica muy hermosa.

 

Su sonrisa se volvió un poco más divertida mientras miraba a ambas.

 

—La verdad es que cualquiera estaría muy feliz de tenerlo como alguien cercano… o incluso como novio.

 

Las palabras cayeron con suavidad, pero hicieron efecto de inmediato.

 

Ayaka sintió que sus mejillas se calentaban de golpe, volviéndose de un tono rojizo que no podía ocultar. Reika, por su parte, también perdió un poco su compostura habitual, con las puntas de sus orejas y sus mejillas teñidas de un color rosado claro.

 

—¡Minori-sensei! —protestó Ayaka de inmediato, intentando ocultar su cara con la mano.

 

—Eso es completamente inapropiado y fuera de tema —añadió Reika, tratando de mantener su tono serio aunque su voz sonaba un poco más suave de lo normal.

 

Minori soltó una pequeña risa suave, ni burlona ni molesta, sino satisfecha. Había visto la reacción que esperaba, y eso le bastaba.

 

—¿Qué? Solo estoy diciendo lo que cualquiera puede ver si lo mira con atención —dijo ella con tranquilidad, levantando ambas manos en señal de inocencia—. No digo nada malo.

 

—Pero él está justo ahí —murmuró Ayaka, todavía tratando de recuperar el aire.

 

—Además, no estábamos habando de eso —completó Reika, intentando volver a la seriedad.

 

—Claro, claro —asintió Minori, riendo bajito—. No se preocupen, no le diré nada. Solo quería que supieran que entiendo perfectamente por qué se preocupan tanto por él.

 

Se enderezó y se acomodó su cabello con calma.

 

—Bueno, no los entretengo más. Mañana nos vemos en el instituto. Y recuerden: cuiden bien a Kanzaki.

 

Sin esperar más, dio media vuelta y cruzó las puertas automáticas hacia la calle, alejándose con paso tranquilo y una sonrisa que todavía no desaparecía de su rostro.

 

Detrás de ella, Ayaka seguía intentando bajar el color de sus mejillas, mientras Reika se aclaraba la garganta para recuperar su compostura habitual.

 

Yuuto, por su parte, seguía de espaldas a ellas, todavía mirando con interés los accesorios de la tienda, sin haber escuchado ni una sola palabra de lo que habían hablado a sus espaldas.

 

Pero a pesar de todo, algo había cambiado en el aire.

 

Por primera vez desde que había salido de casa aquella mañana, el día había terminado sin miedo, sin tensión ni silencio pesado. Había terminado con algo mucho más simple: una sensación de alivio, y una pequeña risa que flotaba entre las tres.

 

Cuando finalmente se dieron vuelta y se acercaron a él, la tarde parecía un poco más ligera, un poco más brillante que antes.

 

Porque ese día, sin darse cuenta, Yuuto había dado pasos que antes le habrían parecido imposibles. Y lo había hecho no solo, sino acompañado de personas que ya no eran extrañas, sino quienes estaban dispuestas a caminar a su lado.

 

La tarde continuó después de salir de la cafetería, cargada de una calma ligera que ninguno de los tres quiso romper a primera hora. El aire fuera se había vuelto más fresco, y el flujo constante de gente por las calles del centro comercial les daba esa sensación extraña de estar dentro de un mundo enorme, donde todos avanzaban rápido sin detenerse en nadie… aunque en el caso de Yuuto, eso no fuera del todo cierto.

 

Aun cubierto por el cubrebocas, las gafas oscuras y el gorro que intentaba reducir su presencia, seguía llamando la atención. Era inevitable. Su cabello largo y plateado brillaba incluso bajo la sombra de las telas, demasiado inusual para pasar desapercibido, y su figura tan delicada hacía que más de una persona girara la cabeza por simple curiosidad.

 

Pero algo había cambiado.

 

Yuuto ya no caminaba con esa tensión rígida de antes. No estaba completamente relajado, todavía no, pero sus pasos ya no tenían esa urgencia silenciosa de quien quiere cruzar el mundo sin dejar rastro. Caminaba entre Ayaka y Reika, escuchando sus voces y sus bromas, y eso parecía suficiente para mantenerlo en paz.

 

—Todavía no entiendo cómo puedes comer cosas tan picantes sin dejar de respirar —decía Ayaka mientras caminaba con las manos detrás de la espalda, mirando a su compañera con incredulidad—. La otra vez probé una salsa que decía “nivel medio” y juraría que vi a mis antepasados en ese momento.

 

Reika la miró de reojo, con esa calma que siempre la caracterizaba.

 

—Eso explica muchas cosas.

 

Ayaka giró hacia ella con una expresión de ofensa fingida.

 

—¿Qué se supone que significa eso?

 

—Que tu tolerancia al picante es cuestionable —respondió simplemente.

 

—¡Mi tolerancia no es cuestionable! Solo no quiero terminar en la enfermería por una salsa.

 

Reika se acomodó sus gafas con tranquilidad.

 

—Entonces confirmas mi punto.

 

Ayaka soltó un bufido y luego se giró hacia Yuuto, como si fuera a acusarlo de algo.

 

—No me mires así.

 

Yuuto ya había sacado su libreta y, sin prisa pero con claridad, escribió unas pocas palabras y se las mostró:

 

    “No dije nada.”

 

Ayaka entrecerró los ojos, fingiendo severidad.

 

—Tu libreta se está volviendo demasiado insolente.

 

Reika soltó una pequeña risa, tan baja que casi se perdía entre el ruido del lugar.

 

—Yo diría que apenas está empezando.

 

Ayaka se llevó una mano al pecho con dramatismo exagerado.

 

—Increíble. Primero Minori-sensei y ahora ustedes dos. He sido traicionada demasiadas veces en un solo día.

 

Yuuto volvió a escribir, esta vez con una sonrisa invisible detrás del cubrebocas:

 

    “La salsa ganó.”

 

Reika se cubrió la boca con la mano para ocultar la risa que le brillaba en los ojos. Ayaka leyó la frase, se quedó mirándola unos segundos y luego se llevó la mano a la frente, rindiéndose.

 

—Está bien… perdimos. Ahora también hace bromas.

 

Yuuto cerró apenas la libreta. Aunque seguía cubierto, su postura había ganado una ligereza nueva: una comodidad pequeña, pero real, que nadie podía dejar de notar.

 

Continuaron caminando así, rodeados por el ruido suave de las tiendas, las voces de los demás visitantes y la luz dorada de la tarde que se reflejaba en los grandes ventanales. Fue entonces, en medio de ese paseo sin rumbo fijo, cuando algo cambió.

 

Ayaka dio un paso más adelante.

 

Reika también.

 

Y tras un par de segundos, ambas se dieron cuenta al mismo tiempo: el espacio entre ellas estaba vacío.

 

Se detuvieron en seco y giraron la cabeza casi al unísono.

 

Yuuto ya no estaba a su lado.

 

No se había alejado mucho, solo se había quedado atrás, a unos metros de distancia. Estaba quieto frente a una tienda iluminada por luces de colores que parpadeaban, pantallas brillantes y melodías digitales que salían cada vez que la puerta automática se abría y cerraba.

 

Era un arcade.

 

Allí había filas de máquinas de garra, luces que cambiaban de tono y una mezcla de música, efectos de victoria y voces pregrabadas que llenaban el ambiente de energía.

 

Yuuto se había quedado parado frente a la entrada, como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor. Llevaba todavía los lentes puestos, así que sus ojos no se veían con claridad, pero ni eso bastaba para ocultar lo que sentía. Había algo en su postura, en la forma en que su cuerpo se inclinaba levemente hacia el interior, en cómo su atención estaba completamente atrapada por el brillo y el ruido… lo decía todo por él.

 

Sus ojos brillaban.

 

No hacía falta verlos directamente para entenderlo.

 

Ayaka fue la primera en sonreír: una sonrisa lenta, divertida y tierna al mismo tiempo.

 

—Ah… —murmuró.

 

Reika también lo notó de inmediato. Y por una vez, su expresión seria se suavizó con una claridad imposible de ocultar.

 

—Ya veo.

 

Yuuto seguía mirando el interior del local, como si estuviera intentando convencer a sí mismo de seguir caminando. Como si entrar fuera pedir demasiado. Como si desear algo tan simple todavía le pareciera difícil.

 

Ayaka cruzó los brazos, con decisión.

 

—Quiere entrar.

 

Reika asintió sin dudar.

 

—Definitivamente quiere entrar.

 

Yuuto reaccionó solo cuando escuchó sus voces. Giró la cabeza hacia ellas con un pequeño sobresalto y levantó ambas manos de inmediato, negándolo todo con gestos apurados y nerviosos.

 

No. No es eso.

 

Podemos seguir caminando.

 

No hace falta entrar.

 

Sus manos se movían con torpeza, intentando borrar con pura negación muda lo que su propio cuerpo ya había confesado.

 

—Yuuto —llamó Ayaka con voz suave pero firme.

 

Reika dio un paso hacia él.

 

—Esa ha sido la negación menos convincente que he visto en mucho tiempo.

 

Yuuto bajó un poco la cabeza, un poco avergonzado, y abrió su libreta con prisa para escribir:

 

    “Solo estaba mirando.”

 

Ayaka leyó y levantó una ceja.

 

—Claro.

 

Reika miró la frase y añadió sin dudar:

 

—Eso no mejora tu caso.

 

Yuuto volvió a escribir, esta vez con más lentitud, pero con resignación:

 

    “No hace falta entrar.”

 

Ayaka y Reika se cruzaron una mirada rápida y breve.

 

Fue una mirada llena de complicidad… y una pequeña decisión tomada sin necesidad de hablar mucho.

 

Yuuto la reconoció demasiado tarde.

 

Porque apenas levantó la vista, Ayaka ya lo había tomado de una muñeca y Reika de la otra.

 

Sus ojos se abrieron más detrás de los lentes oscuros. Intentó resistirse, no con fuerza real, sino con esa clase de protesta simbólica de quien ya sabe que perdió, pero debe intentarlo por dignidad.

 

Ayaka sonrió con una energía imposible de detener.

 

—Demasiado tarde.

 

Reika, serena pero firme, tiró de él hacia la puerta.

 

—Entraremos.

 

Yuuto sacudió apenas las manos, intentando decir algo más, pero su protesta llegó demasiado tarde. En su lugar, la única palabra escrita que salió fue:

 

    “¡Esperen!”

 

Pero ya estaba hecho.

 

Ayaka soltó una risa alegre.

 

—No.

 

Reika empujó la puerta automática justo cuando esta se abría.

 

—Considéralo una decisión grupal.

 

Y así, arrastrado entre ambas antes de poder recuperar su compostura, Yuuto Kanzaki cruzó la entrada del arcade.

 

Su corazón latía rápido, los ojos todavía brillaban detrás de los cristales oscuros, y aunque seguía cubierto, la emoción que sentía era tan clara que ni todo su escudo habitual lograba esconderla.

 

Porque, por primera vez en mucho tiempo, no lo estaban empujando hacia algo que temiera.

 

Lo estaban arrastrando directo hacia algo que quería.

 

Apenas cruzaron la entrada del local, Yuuto intentó una vez más recuperar algo de dignidad.

 

Se soltó con suavidad de las manos de ambas, acomodó su libreta contra su pecho y movió una mano en un gesto apurado, tratando de insistir en que no era necesario, que podían seguir caminando, que de verdad no hacía falta entrar solo porque se había detenido a mirar unos segundos desde afuera.

 

Pero esa pequeña resistencia duró muy poco.

 

Bastaron unos instantes dentro del lugar para que su postura cambiara.

 

No fue algo brusco ni evidente al principio. Fue una transformación sutil, casi delicada, como si una tensión antigua empezara a aflojarse centímetro a centímetro sin que él mismo se diera cuenta. Sus hombros, siempre un poco encogidos, se relajaron. La rigidez de sus pasos desapareció. Su cabeza ya no estaba tan baja.

 

Comenzó a mirar alrededor.

 

No había pantallas de juegos complejos ni música ruidosa. Era un espacio tranquilo, lleno de luces de colores que parpadeaban suavemente, filas de máquinas de garra y vitrinas repletas de premios: peluches de diferentes tamaños, llaveros, artículos suaves y pequeños recuerdos brillantes. El ambiente tenía esa luz cálida y acogedora que solo tienen los lugares donde se guardan cosas bonitas para ganar.

 

Yuuto giró lentamente la cabeza de una máquina a otra.

 

Luego hacia otra.

 

Y después hacia otra más.

 

Ayaka y Reika lo observaron en silencio, notando el cambio en él de inmediato.

 

Yuuto estaba emocionado.

 

No lo decía con palabras, por supuesto. Pero se le veía en cómo avanzaba despacio entre las filas, deteniéndose unos momentos frente a cada una, mirando con atención los controles, el mecanismo y lo que había dentro. Su curiosidad era tan clara que, por un instante, toda la imagen solemne y contenida que solía proyectar se desvaneció por completo.

 

Parecía alguien que, por fin, había encontrado un lugar hecho solo para mirar y desear cosas sencillas.

 

Y en cierto modo, eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.

 

Ayaka lo vio detenerse frente a una máquina más grande, donde había peluches de diferentes formas y tamaños, y su expresión reflejaba una asombro tranquilo. No era la emoción de quien quiere ganar a toda costa, sino la de alguien que simplemente estaba contento de ver todo aquello.

 

Reika, que solía analizar todo con cierta distancia, no pudo evitar que su expresión seria se suavizara.

 

—No esperaba verlo así —murmuró.

 

Ayaka sonrió despacio, observándolo mientras él se quedaba un poco más cerca de una vitrina.

 

—Yo tampoco.

 

No era solo curiosidad.

 

Había algo más profundo.

 

Yuuto no estaba fingiendo calma ni midiendo cada movimiento como hacía siempre afuera. Estaba absorto. Dejándose llevar. Mirando todo con una emoción limpia, casi inocente.

 

Y ambas entendieron por qué ese momento tenía un peso tan especial.

 

Ellas no lo sabían con exactitud todavía, pero para Yuuto esto no era una salida cualquiera.

 

Era la primera vez.

 

La primera vez que entraba a un lugar así, lleno de cosas que se pueden ganar con un poco de suerte y paciencia.

 

La razón era sencilla y, al mismo tiempo, triste.

 

Cuando los cambios comenzaron en su cuerpo y su aspecto dejó de encajar en lo que los demás esperaban de él, sus conocidos fueron alejándose uno por uno. Al principio hubo silencios incómodos, luego excusas, y al final solo quedó la distancia.

 

Y cuando ya no quedó nadie con quien ir a lugares como este, la idea misma de entrar solo se volvió imposible. Demasiadas miradas. Demasiadas preguntas. Demasiado riesgo.

 

Así que nunca vino.

 

No hasta ahora.

 

No hasta tener a Ayaka y Reika a su lado.

 

—Creo que si lo dejamos aquí solo unos minutos más, se quedaría toda la tarde —comentó Ayaka en voz baja.

 

Reika acomodó sus gafas con calma.

 

—No lo descartaría.

 

En ese momento, una voz alegre y conocida sonó justo detrás de ellas.

 

—¡Ah! ¿Ustedes dos aquí?

 

Se giraron y vieron a Kaito, un chico de su mismo año que siempre andaba con energía y amistad con el consejo estudiantil. Llevaba una mochila ligera y se acercaba con una sonrisa amplia.

 

Pero al llegar frente a ellas, sus pasos se detuvieron de golpe.

 

Sus ojos se abrieron mucho al ver a Yuuto de pie entre las máquinas, con el cabello plateado cayendo libre por sus hombros y la expresión llena de interés. Kaito se quedó mirándolo sin poder moverse, como si hubiera visto algo que no esperaba para nada.

 

—¿Quién… quién es esa chica? —preguntó con voz casi susurrada, totalmente absorto y sin disimular su asombro—. Parece una princesa que salió de un libro de cuentos. Es tan linda…

 

Ayaka y Reika apretaron los labios con fuerza para no reírse a carcajadas. Era demasiado obvio que él no tenía ni idea de quién era realmente.

 

Ayaka se aclaró la garganta, poniendo una expresión seria pero divertida.

 

—Ah… él es Mika. Es una amiga nuestra.

 

Reika lo apoyó de inmediato, manteniendo la compostura.

 

—Sí, es muy tímida. No le hables mucho, por favor.

 

Yuuto, que hasta ese momento no había prestado atención a lo que decían, al escuchar su nombre leído de esa forma y ver que todos lo miraban, se dio cuenta de la situación. Bajó la mano donde tenía su libreta y, con un poco de duda pero amabilidad, levantó suavemente una mano en señal de saludo.

 

Hola.

 

Kaito parpadeó varias veces, recuperándose poco a poco de su sorpresa y devolvió el saludo con entusiasmo.

 

—Ah… hola! Mucho gusto, Mika-san. Es un placer conocerla —dijo él con una sonrisa muy sincera—. Me llamo Kaito.

 

Luego miró a Ayaka y Reika, aún con curiosidad en los ojos.

 

—De verdad… es increíble que haya alguien así en la escuela. Nunca lo había visto antes.

 

Ayaka se llevó una mano a la boca para ocultar la risa.

 

—Bueno… no sale mucho.

 

Reika asintió.

 

—Es mejor así. Es muy sensible.

 

Yuuto, que había entendido la broma, bajó la cabeza un poco pero no se molestó. Sencillamente se mantuvo callado y escondió su libreta un poco más dentro de su bolsillo, cuidando de que Kaito no notara que en realidad no era una chica, tal como había pasado con Minori-sensei.

 

Kaito no insistió más, contento de haberlas encontrado.

 

—¿Puedo unirme a ustedes? Me aburría un poco caminando solo.

 

—Claro que sí —dijo Ayaka rápidamente.

 

Reika asintió.

 

—Estamos probando suerte en las máquinas de garra.

 

—Perfecto —sonrió Kaito—. Yo también quiero probar.

 

Así, el grupo se unió. Kaito estaba muy animado, hablando de todo y ayudándoles a elegir qué máquinas probar, mientras Yuuto caminaba entre todos con más confianza de lo habitual.

 

Poco a poco, se olvidó un poco de la timidez. Ayaka y Reika lo cuidaban, Kaito lo trataba con amabilidad sin hacer preguntas innecesarias, y por primera vez en mucho tiempo, Yuuto pudo disfrutar de estar ahí sin sentirse fuera de lugar.

 

Se quedaron allí un buen rato: probaron varias máquinas, se rieron de los intentos fallidos de Kaito, y Yuuto, poco a poco, fue perdiendo el miedo a equivocarse.

 

Finalmente, se detuvieron frente a una de las máquinas más grandes, donde había una fila de peluches suaves y coloridos. Justo en el centro había uno pequeño, con orejas redondas y una expresión tierna que llamó su atención de inmediato.

 

Yuuto se quedó mirándolo unos segundos.

 

Ayaka lo vio y sonrió.

 

—¿Te gusta ese?

 

Él asintió despacio.

 

Reika ya había sacado unas monedas.

 

—Vamos. Tú lo intentas.

 

Yuuto dudó un momento, pero luego tomó la moneda con cuidado y la introdujo en la ranura.

 

Aprendió a mover la garra, ajustó la posición con mucha concentración, estudió el ángulo y esperó el momento justo. Era muy cuidadoso, muy preciso, y aunque todavía tenía un poco de nerviosismo, su forma de hacerlo era increíblemente hábil.

 

El primer intento falló por poco.

 

La garra bajó, agarró el peluche… pero se soltó justo antes de dejarlo caer.

 

Yuuto suspiró suavemente, pero no se rindió.

 

Lo intentó una segunda vez.

 

Y la tercera.

 

Y en el cuarto intento, logró lo que había querido.

 

La garra bajó, se cerró firmemente alrededor del peluche pequeño, lo levantó lentamente a través de la pantalla y lo soltó justo en la zona de premios.

 

—¡Lo lograste! —exclamó Ayaka sin poder contenerse.

 

Reika asintió, con una sonrisa genuina.

 

Kaito aplaudió de felicidad.

 

—¡Eso es genial! No pensé que lo lograrías a la primera.

 

Yuuto se agachó y tomó el peluche entre sus manos.

 

Cuando lo tuvo ahí, algo en su rostro cambió de una forma tan transparente que ni siquiera intentó ocultarlo. Lo abrazó con suavidad contra el pecho, como si fuera algo muy valioso, casi frágil. Había tanta felicidad sencilla y pura en ese gesto que todos lo miraron en silencio unos segundos más de lo normal.

 

Pasado un rato más, decidieron irse ya que el sol comenzaba a ocultarse.

 

—Bueno, nos vamos entonces —dijo Ayaka despedirse.

 

Reika asintió.

 

—Gracias por acompañarnos, Kaito.

 

—Fue muy divertido —sonrió él, y luego miró a Yuuto con amabilidad—. Fue un placer conocerte, Mika-san. Espero volver a verlos pronto.

 

Yuuto levantó la mano nuevamente para saludar, esta vez con más seguridad.

 

Adiós.

 

—Cuídense —dijo Kaito antes de alejarse por otro pasillo.

 

Con él ya fuera, el grupo continuó caminando hacia la salida del centro comercial.

 

El aire fuera seguía siendo fresco, y las luces del lugar comenzaban a encenderse una por una, tiñendo todo de tonos cálidos y suaves. Yuuto caminaba entre Ayaka y Reika, con el peluche apretado contra el pecho como si fuera el tesoro más importante del mundo.

 

No decía nada, como siempre, pero tampoco hacía falta. Su felicidad era tan clara que se notaba en su postura relajada, en la forma en que caminaba más ligero que nunca, y de vez en cuando bajaba la mano solo para restregar suavemente la mejilla contra el peluche.

 

Y fue justo entonces cuando ocurrió lo que habían estado esperando.

 

Desde que salieron de la tienda de premios, ambas sabían perfectamente que Yuuto ya no llevaba nada que lo cubriera: se había quitado los lentes, el sombrero y el cubrebocas sin darse cuenta, y en medio de la alegría del momento, simplemente no se lo habían pedido.

 

Pero decidieron no decírselo.

 

No porque quisieran ocultarle algo, ni por crueldad.

 

Era algo mucho más simple y delicado: querían que se diera cuenta solo.

 

Querían ver qué pasaba si, por una vez, su rostro no estaba cubierto por miedo, sino simplemente expuesto… y el mundo no lo juzgaba, solo lo miraba con curiosidad suave, sin daño ni peligro.

 

Y no tardó en ocurrir.

 

Mientras caminaban frente a una hilera de tiendas con grandes ventanales iluminados, Yuuto pasó junto a un cristal que reflejaba con mucha claridad a las personas que cruzaban delante.

 

Al principio no reaccionó.

 

Dio un paso más.

 

Luego otro.

 

Y de pronto se detuvo en seco.

 

Ayaka y Reika frenaron al instante.

 

Yuuto se quedó inmóvil frente al vidrio.

 

Su reflejo estaba ahí, tan claro como el día:

 

Cabello plateado cayendo libre por la espalda y hombros.

Rostro completamente descubierto y suave.

Ojos claros que todavía brillaban por la emoción de antes.

La sonrisa, todavía presente, un poco tímida pero real.

Se quedó mirándose en silencio.

 

Durante unos segundos no existió nada más alrededor: ni el ruido lejano de las conversaciones, ni las pisadas, ni las luces del centro comercial. Solo estaba él y su propia imagen.

 

Había visto ese rostro muchas veces antes, por supuesto: cada mañana en el espejo de su habitación, en la soledad de su casa, donde nadie podía verlo ni juzgarlo.

 

Pero esa era la primera vez que lo veía afuera.

 

La primera vez que se encontraba con su propia figura reflejada en medio del mundo real, sin telas que lo separaran, sin sombras que lo ocultaran.

 

Ayaka y Reika no dijeron nada.

 

No rompieron ese momento.

 

Se quedaron a su lado, acompañándolo con esa misma suavidad con la que se cuida algo frágil y precioso.

 

Yuuto siguió mirándose.

 

No lo hacía con rechazo. No lo hacía con miedo.

 

Más bien parecía estar tratando de comprender qué sentía al verlo ahí, fuera de su casa, expuesto al mundo y aun así… todavía de pie.

 

Ayaka se acercó despacio, con mucho cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper la tranquilidad del instante. Posó una mano sobre su hombro.

 

Reika hizo lo mismo del otro lado.

 

No hizo falta decir nada.

 

El gesto lo decía todo: No estás solo. Estamos aquí contigo.

 

Yuuto no se movió de inmediato.

 

Pero tampoco retrocedió.

 

Sus hombros temblaron apenas, muy suavemente.

 

Luego bajó un poco la cabeza y escondió el rostro en el peluche que tenía en las manos, apretándolo con fuerza contra su pecho como si necesitara aferrarse a algo suave para sostener lo que sentía.

 

Y estaba llorando.

 

No había sollozos fuertes ni ruidos.

 

Solo ese temblor pequeño y silencioso que se notaba en la forma en que su cuerpo se movía levemente.

 

Ayaka sintió un nudo en la garganta.

 

Reika comprendió en ese mismo instante que aquello no era dolor.

 

No estaba llorando por miedo.

 

No estaba llorando porque quisiera volver a esconderse.

 

Estaba llorando porque, por primera vez, no sentía la misma pesadez de siempre.

 

Porque ese rostro que durante tanto tiempo había visto como una condena había existido unos minutos bajo la luz del mundo… y el mundo no se había derrumbado.

 

Seguía siendo difícil.

 

Seguía costando.

 

Pero ya no era exactamente igual.

 

Ayaka apretó suavemente su hombro.

 

Reika hizo lo mismo del otro lado.

 

Y entre ambas lo sostuvieron en ese pequeño silencio, sin presionarlo, sin pedirle que se calmara, sin decirle que dejara de llorar.

 

Porque algunas lágrimas no nacen solo del dolor.

 

Algunas nacen cuando algo dentro de uno empieza, por fin, a sanar.

 

Yuuto permaneció así unos momentos más, escondiendo el rostro en el peluche, mientras el mundo seguía avanzando alrededor de ellos como si no supiera la importancia de lo que acababa de ocurrir.

 

Pero para él…

 

Ese momento lo cambiaba todo un poco.

 

Porque por primera vez había visto su propio rostro fuera de casa.

 

Y por primera vez, no había sentido ganas de desaparecer de inmediato.

Thoughts

  • pasaporteVencido

    Reika ya tenía las monedas afuera antes de que Yuuto dijera que sí. Esa piba sale de su casa con el plan armado.

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  • novelaacuestas

    Lo de Mika no aguanta ni dos capítulos. Kaito anda con el consejo estudiantil y se va a cruzar a Yuuto en el instituto cualquier día, y ahí a ver qué explican esas dos.

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  • Ovid

    Kaito llamando princesa a Yuuto sin tener idea de quien es, y Yuuto saludando con la mano en vez de esconderse, me hace pensar en lo lejos que esta ya del chico que no queria salir de casa. Apuesto a que ese peluche de orejas redondas va a volver a salir en mas de un capitulo, como prueba de que ese dia paso de verdad. Me gusto mucho leerlo!

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  • TintaYMadrugada

    Órale, el capítulo pudo cerrar con el peluche ganado y ya era un buen punto para parar, pero sigue caminando hasta el vidrio de la tienda y ahí encuentra su final de verdad. Todo el día le fueron diciendo a Yuuto cómo lo ven otros: Minori con lo del novio, Kaito con lo de Mika. El reflejo es la primera vez que se mira él sin nadie hablando. Apuesto a que Ayaka y Reika no le van a contar nunca que lo dejaron andar descubierto a propósito.

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