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Capítulo 42: Un chico peligroso

DNavarrete

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La sala del consejo estudiantil estaba bañada por la luz suave de la mañana. Sobre la mesa descansaban informes y calendarios del festival, pero Reika no los miraba. Tenía los brazos cruzados y la mirada fija en la pared, repitiéndose una y otra vez la misma frase, como si fuera un conjuro:

 

Yuuto es mi amigo. Solamente mi amigo.

 

Asintió, queriendo convencerse.

 

—Es una persona importante para mí, pero eso no significa que esté enamorada de él.

 

Sin embargo, la voz le sonó demasiado débil. Y lo peor era el recuerdo de la pregunta de Ayaka: ¿Te molesta tanto que digan que eres la novia de Yuuto?. No había podido responder. No había podido negarlo con la firmeza que siempre la caracterizaba.

 

—¡Ahhh…! —se cubrió el rostro con las manos—. ¡Maldita sea, Ayaka!

 

Se miró en la superficie pulida del escritorio. Sus mejillas aún conservaban un tono rosado.

 

—¿Desde cuándo me comporto así? —murmuró—. Yo, Reika Himuro, que siempre mantengo la cabeza fría… estoy perdiéndola por un chico que ni siquiera se da cuenta del efecto que tiene en mí.

 

Un chico tímido, silencioso, que se escondía bajo capas de ropa como si fueran un escudo. Un chico con rasgos tan delicados que tantos habían confundido. Un chico que, poco a poco, le estaba mostrando al mundo la persona tierna y valiente que había detrás de todo aquel silencio.

 

Yuuto Kanzaki.

 

Suspiró y apoyó los codos en la mesa. Por mucho que intentara negarlo, algo había crecido en ella desde el momento en que decidió mirarlo más allá de los rumores. Quizá incluso antes.

 

Recordó la culpa que la había invadido cuando supo la verdad: que aquel chico que siempre veía apartado sufría en silencio desde hacía años. Que ella, con todo su poder y autoridad, había mirado hacia otro lado. Y entonces, en lugar de alejarse, Yuuto les había dado una oportunidad. A ellos, que le habían fallado. Aquel gesto la había conmovido tan profundamente que tomó una decisión: no volvería a dejarlo solo. Lo protegería de Sakura, del director, de quien fuera. No importaba el costo.

 

También recordó la conversación con sus padres. Cuando le preguntaron si creía estar haciendo lo correcto, no le pidieron explicaciones ni le prohibieron verlo. Le dieron su apoyo. Hasta que su madre, con esa sonrisa traviesa, había dicho: Deberías presentárnoslo algún día. Quizá estemos hablando de nuestro futuro yerno. En ese momento le había parecido absurdo. Pero ahora…

 

Reika se llevó una mano al pecho. Su corazón latía deprisa.

 

—¿Desde cuándo…? —susurró.

 

No sabía exactamente cuándo había cambiado todo. Quizá cuando él empezó a confiar en ella. Quizá cuando la llamó por su nombre, no como la presidenta, sino como Reika. Quizá en cada pequeño gesto, en cada mirada tímida, en cada vez que le sonreía solo a ella. Y lo más extraño: la idea de que algún día pudieran ser algo más… ya no le parecía imposible.

 

Cerró los ojos.

 

—Si fuera Yuuto…

 

Se incorporó de golpe.

 

—¡¿QUÉ ESTOY PENSANDO?!

 

Caminó de un lado a otro como si el movimiento pudiera ahuyentar sus propios sentimientos.

 

—Es mi amigo. Solo mi amigo. Lo protejo porque lo necesita. Eso es todo.

 

Se dejó caer en la silla y apoyó la frente sobre el escritorio.

 

—¿Por qué no puedo convencerme?

 

Y entonces volvió a vivir aquel momento, la noche anterior, en la puerta de su casa…

 

El aire fresco de la tarde los envolvía. La madre de Yuuto se había retirado, dejándolos solos. Él se había quitado el cubrebocas, aunque mantenía la capucha puesta, y la miraba con seriedad.

 

—Deberías tener cuidado —le dijo—. Sé que haces todo esto por mí. Pero no quiero que termines metiéndote en problemas por mi culpa.

 

Reika sonrió con ternura.

 

—Recuerda lo que te dije: tienes que dejar que los demás te quieran. No puedes cargar tú solo con todo.

 

Yuuto apretó los labios.

 

—Pero tú también eres importante para mí. No quiero que sufras por mi causa.

 

El corazón de Reika dio un vuelco. Antes de que pudiera responder, él le tomó las manos. Sus dedos eran cálidos, suaves, casi vacilantes. Se acercó un poco más y ella quedó sin aliento: su rostro a pocos centímetros, el cabello plateado brillando bajo la luz del porche, esos ojos violetas mirándola con una sinceridad que la desarmaba por completo.

 

—Sé que siempre intentas parecer fuerte —dijo él—. Pero yo sé que no puedes con todo tú sola. Déjame ayudarte a ti también. Quiero estar ahí para ti, igual que tú lo estás para mí.

 

Reika no supo qué decir. No porque sus palabras fueran románticas, sino porque nacían de lo más profundo de alguien que apenas empezaba a creer que merecía ser cuidado. Quería apoyarse en ella y al mismo tiempo sostenerla. Aquella reciprocidad, tan tierna y sincera, la conmovió más de lo que nadie lo había hecho jamás.

 

—Yo… —había intentado decir, pero la voz le tembló.

 

Yuuto pareció preocuparse.

 

—¿Reika? ¿Estás bien?

 

Ella asintió, retiró las manos con suavidad y se despidió antes de que su rostro se pusiera del todo rojo. Caminó a casa con el corazón a mil por hora, sintiendo que acababa de escapar de algo mucho más peligroso que cualquier discusión.

 

—¡Ese chico es peligroso! —repitió Reika en voz alta, llevándose las manos a las mejillas que ardían—. ¡¿Cómo quieres que mantenga la compostura si me mira así, me toma las manos y me dice que soy importante para él?!

 

Se detuvo de pronto. Y entonces, pese a todo, sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, que no pudo contener.

 

—Pero… no me molestó. Cuando me tomó las manos… no quise apartarme. Cuando dijo que le importaba… sentí lo mismo.

 

Respiró hondo y se miró a sí misma con honestidad.

 

—Creo que… me estoy enamorando de él.

 

Las palabras fueron apenas un susurro. Y al decirlas, todo pareció encajar de golpe. No era solo deber. No era solo culpa. Era él: su bondad, su valentía, la forma en que la veía como nadie más lo hacía.

 

—No lo presionaré —se prometió—. Aún está aprendiendo a ser él mismo. No quiero añadirle peso. Estaré a su lado. Lo apoyaré. Y dejaré que las cosas sucedan a su propio ritmo.

 

En ese momento la puerta se abrió de golpe.

 

—¡Reika! ¡Ya llegué! —Ayaka entró cargando una carpeta—. Tenemos que revisar las propuestas para el festival antes de la reunión…

 

Se detuvo. Miró a Reika: mejillas encendidas, sonrisa suave y perdida en la mirada. Ayaka entrecerró los ojos y una sonrisa traviesa comenzó a crecerle en los labios.

 

—Ooooh…

 

Reika levantó la cabeza de golpe.

 

—Ayaka.

 

—¿Sí? —su amiga arrastró la palabra—. Solo estaba pensando que nuestra impecable presidenta tiene una expresión muy interesante esta mañana.

 

—Ni una palabra.

 

—No he dicho nada.

 

—Tu cara lo está diciendo todo.

 

Ayaka soltó una risita.

 

—Espera… ¿no me dirás que estabas pensando en alguien en particular? ¿Quizá en cierto chico de cabello plateado?

 

—¡¡¡AYAKA!!! —Reika se llevó las manos al rostro, completamente roja.

 

Ayaka se echó a reír.

 

—¡Es verdad! ¡Estás enamorada de él!

 

Reika suspiró, derrotada, y dejó caer los brazos sobre la mesa.

 

—¿Es tan obvio?

 

—Para quien te conoce, sí —Ayaka se acercó y le puso una mano en el hombro, suavizando la broma—. Y me alegro. Se nota lo mucho que te importa. Y estoy segura de que él también te quiere muchísimo.

 

Reika sonrió con timidez.

 

—Gracias, Ayaka. Pero… no le digas nada, ¿sí? No quiero que se sienta presionado. Todavía no es el momento.

 

—Lo que tú digas —Ayaka guiñó un ojo—. Pero ten cuidado: Shiori también lo ha notado y no piensa dejarlo pasar. Y no me hables de la madre de Yuuto…

 

Reika gimió y escondió el rostro entre las manos.

 

—No me lo recuerdes.

 

—Vamos, ánimo —Ayaka le dio suaves palmaditas en la espalda—. Lo harás bien. Y ahora… ¡a trabajar! El festival no se organiza solo.

 

Reika asintió, tomó aire y recuperó su postura, aunque una sonrisa persistía en sus labios. Miró la ventana, hacia donde sabía que Yuuto estaría en aquel momento.

 

—Está bien —susurró para sí misma—. Vamos despacio.

 

Fuera, el sol brillaba sobre los tejados de la academia. Y en algún lugar, Yuuto quizá estaba pensando en ella también.

 

La biblioteca de la academia estaba especialmente tranquila aquella tarde. La mayoría de los estudiantes se encontraba en sus aulas, en los clubes o reunidos en pequeños grupos hablando del festival. Pero en una de las mesas del fondo, cinco amigos libraban una batalla mucho más aterradora que cualquier examen: la batalla contra los estudios.

 

—¡Goro, vuelve a leer el párrafo! —le dijo Shiori, señalando el libro—. No puedes responder una pregunta de comprensión lectora sin haber terminado de leer el texto.

 

—¡P-pero lo he leído tres veces, Shiori!

 

—¡Entonces léelo una cuarta!

 

—¡¿CUATRO VECES?!

 

Goro, grande y suave como siempre, encogió los hombros y miró el libro como si le debiera algo.

 

A su lado, Airi suspiraba con dramatismo.

 

—Shiori… ¿de verdad tengo que memorizar todas estas reglas gramaticales?

 

—Por supuesto.

 

—¿Incluso esta que dice que hay que cambiar la vocal en la tercera persona?

 

—Especialmente esa.

 

—¡¿PERO CUÁNDO VOY A UTILIZAR ESTO EN MI VIDA?!

 

—En el examen, Airi.

 

—¡Eso no cuenta!

 

—Cuenta para tu nota.

 

Airi dejó caer la frente sobre el libro.

 

—Quiero morir…

 

—No puedes morir antes de terminar los ejercicios de hoy.

 

—¡SHIORI, ESO ES CRUEL!

 

—La gramática también puede serlo.

 

Al otro lado de la mesa, Kaito se pasaba las manos por el cabello, completamente confundido.

 

—Entonces… el emperador tomó aquella decisión porque el otro señor hizo lo otro, pero después el reino cambió de bando porque el primer señor… ¿o era el segundo? —se detuvo y miró a Shiori con ojos enormes—. ¿Quién demonios era este tipo y por qué tenía tantos enemigos?

 

Shiori miró sus apuntes y su expresión se volvió inquietantemente serena.

 

—Kaito.

 

—¿Sí, profesora?

 

—¿Por qué has escrito que la guerra comenzó porque el emperador se enfadó después de perder una partida de ajedrez?

 

Kaito miró lo que había escrito. Se quedó en silencio un momento.

 

—Ahora que lo dices… no recuerdo haberlo escrito.

 

—¡PORQUE NO APARECE EN NINGUNA PARTE DEL LIBRO!

 

—¡AH! ¡Entonces por eso no me sonaba!

 

Shiori cerró los ojos y respiró hondo.

 

—Voy a tener que empezar desde el principio contigo.

 

Kaito se dejó caer sobre la mesa.

 

—Ya está. Mi vida ha terminado.

 

Y mientras sus amigos sufrían, Yuuto tampoco estaba disfrutando. Sentado frente a su libro de matemáticas, con la capucha puesta y la libreta abierta junto al cuaderno, miraba una ecuación que parecía escrita en un idioma que no existía. Había entendido el primer paso. También el segundo. Pero al tercero todo se mezcló. Borró con tanta fuerza que casi rasga el papel.

 

Shiori se acercó despacio.

 

—Yuuto.

 

Él levantó la vista, sobresaltado.

 

—¿Qué hemos dicho sobre saltarnos pasos? —le preguntó suavemente.

 

Yuuto bajó la cabeza. Tomó el lápiz y escribió paso a paso, tal como ella le había enseñado.

 

—Exactamente —asintió ella—. No tienes que resolver todo de golpe. Ve poco a poco. Tú puedes hacerlo.

 

Yuuto sonrió tímidamente. Entonces ella añadió:

 

—Pero si vuelves a saltarte un paso, cinco ejercicios más.

 

La sonrisa se le borró de golpe.

 

Pasaron casi dos horas así, hasta que Shiori cerró su propio libro.

 

—Está bien. Descansamos diez minutos.

 

Cuatro cabezas se levantaron al mismo tiempo.

 

—¿En serio? —preguntó Airi, como si no se atreviera a creerlo.

 

—Sí. Diez minutos.

 

Todos se desplomaron. Pero la alegría duró poco. Shiori los miró uno por uno.

 

—Pero escuchadme bien. Si no aprobáis, os quedaréis estudiando durante el festival. No iréis.

 

Goro palideció.

 

—¿P-pero… el festival…?

 

—Seguirá celebrándose aunque vosotros no estéis allí.

 

—¡Eso es inhumano! —exclamó Kaito.

 

—¿Quieres que te prepare otros veinte ejercicios de historia?

 

—La historia es fascinante —dijo Kaito de inmediato, enderezándose en la silla.

 

Yuuto sintió un vuelco en el pecho. No podía quedarse fuera. Él también quería ir. Quería intentar participar en algo, por primera vez en mucho tiempo. Abrió el libro de nuevo con determinación.

 

Durante el descanso, mientras Airi comía una galleta y Goro bebía agua, Shiori lo observó. Yuuto dibujaba en una esquina de la libreta, tranquilo, relajado. Ella sonrió. Lo quería como a un hermano, y había notado cosas que él apenas empezaba a entender. Decidió preguntar con naturalidad.

 

—Oye, Yuuto… ¿has pensado qué quieres hacer cuando termines la academia?

 

Él la miró, sorprendido. Escribió en la libreta y se la mostró. Shiori leyó en voz alta:

 

—«Me gustaría dibujar. Y también escribir novelas».

 

—¡Qué bien suena! —dijo Airi, acercándose más—. ¡Seguro que serán preciosas!

 

—A mí también me gustaría leerlas —asintió Goro—. Estoy seguro de que escribirás cosas bonitas.

 

—Y si las ilustras tú mismo —añadió Kaito—, será aún mejor. Cuando publiques la primera, quiero ser el primero en leerla.

 

Yuuto sonrió y escribió de nuevo: «No esperéis demasiado. No sé si seré capaz de escribir bien».

 

—¡Eh, no digas eso! —protestó Airi.

 

—Si no lo intentas, no lo sabrás —dijo Kaito.

 

—Además —le dijo Shiori con ternura—, lenguaje es tu asignatura más fuerte. Tienes facilidad para las palabras. Solo tienes que practicar. Y prométeme que me dejarás leer la primera. Como tu hermana mayor, tengo derecho.

 

Yuuto escribió rápido: «Eso no es un derecho legal». Todos rieron.

 

Cuando se calmaron, Shiori miró a todos con una sonrisa suave.

 

—Y ya que hablamos del futuro… ¿alguna vez os habéis imaginado compartiendo vuestra vida con alguien? Alguien con quien estar, día tras día.

 

—Bueno —dijo Kaito—, me gustaría alguien con quien pudiera hablar de cualquier cosa. Incluso de las cosas aburridas.

 

—Alguien con paciencia infinita, entonces —se burló Airi.

 

—¡Oye!

 

Goro se sonrojó.

 

—A mí me gustaría alguien amable. Alguien con quien cuidar un jardín. Plantar flores juntos y verlas crecer. Sería bonito.

 

—¡Eso es precioso, Goro! —exclamó Airi llevándose las manos al pecho.

 

—¡N-no es para tanto!

 

Shiori sonrió y miró a Airi.

 

—¿Y tú?

 

—Alguien divertido —respondió ella sin dudar—. Que me haga reír, que no intente cambiarme y que pueda seguirme el ritmo.

 

—Eso último va a ser difícil —rio Kaito.

 

Entonces Shiori miró a Yuuto. Todos callaron.

 

—¿Y tú? —le preguntó suavemente—. ¿Cómo sería esa persona para ti?

 

Yuuto bajó la mirada. Alguien que no le pidiera esconderse. Alguien que lo viera tal como era. Y sin querer, su mente fue a ella: cabello oscuro, ojos violetas, la voz firme y a veces tan dulce… Se sonrojó y sacudió la cabeza. Escribió despacio, sin pensar mucho.

 

Shiori leyó en voz alta:

 

—«Creo que me gustaría estar con alguien como Reika».

 

Se hizo un silencio total. Airi tapó la boca con las dos manos. Goro abrió los ojos de par en par. Kaito dejó caer el lápiz.

 

—¿Alguien como Reika? —repitió Airi, con una sonrisa enorme—. Yuuto…

 

Él asintió y luego agitó las manos, intentando aclarar, intentando decir que no era exactamente lo que pensaban, que solo… pero todos ya sonreían.

 

—No tienes por qué avergonzarte —le dijo Shiori suavemente—. Es algo muy bonito.

 

Yuuto se cubrió el rostro con la libreta.

 

Y en ese instante, notó que todos dejaban de moverse. Miraron por encima de su hombro. Yuuto se giró despacio.

 

Allí, en la entrada, estaban Reika y Ayaka.

 

Habían llegado sin hacer ruido y lo habían escuchado todo. Reika estaba roja, terriblemente roja, sin saber si dar un paso hacia delante o quedarse quieta. Ayaka se tapaba la boca, temblando entre la risa y la emoción.

 

Yuuto se quedó helado. ¡Lo había escuchado!

 

Ayaka no pudo aguantar más.

 

—¡JAJAJAJA! ¡Ni siquiera lo ha negado!

 

Eso fue lo que terminó de encenderlo. El rostro de Yuuto se encendió por completo, rojo como nunca, y sus ojos brillaron entre la vergüenza y una furia repentina. No dijo ni una palabra —no hacía falta—, todos vieron que había cruzado el límite. Se levantó de un salto, agarró la escoba que estaba apoyada junto a la estantería y salió tras ellos con una expresión de fiera acorralada.

 

—¡CORRED! —gritó Kaito saliendo de su asiento—. ¡Va en serio!

 

Nadie esperó a que lo repitiera. Kaito salió el primero, esquivando mesas y sillas. Airi fue detrás, casi tropezando con su propia prisa. Goro corrió pidiendo disculpas por encima del hombro sin saber muy bien de qué huía, pero huía igual. Yuuto los perseguía a zancadas largas, la escoba en alto, y cada vez que él aceleraba, ellos gritaban y corrían más deprisa, mirando hacia atrás con ojos desorbitados como si huyeran de algo mucho peor que una simple regañina.

 

Ayaka intentó seguirlos, riendo todavía, pero Yuuto la alcanzó en el umbral y le dio un escobazo suave pero firme en la cabeza.

 

—¡Ay! —se quejó ella llevándose la mano—. ¡Vale, me rindo! ¡Me voy!

 

Y salió corriendo detrás de los demás, dejando a Yuuto detrás, que no se detuvo: siguió persiguiéndolos a todos por los pasillos, con la cara todavía ardiendo y la escoba aún en la mano, hasta que sus voces y risas se fueron perdiendo a lo lejos.

 

La biblioteca quedó en silencio.

 

Solo quedaron Reika y Shiori.

 

Reika se quedó quieta en la entrada, con el corazón latiéndole muy deprisa, sin saber si irse o quedarse. Shiori la miró con una sonrisa suave, sin burla, sin prisa. Se acercó despacio.

 

—Lo escuchaste todo, ¿verdad? —le preguntó con calma.

 

Reika asintió apenas, sin levantar la mirada del todo.

 

—Sí.

 

Shiori se quedó un momento en silencio, como eligiendo las palabras justas.

 

—No fue algo dicho al azar. Lo conozco bien. Yuuto no dice —ni escribe— cosas así por decir. Lo lleva dentro desde hace tiempo. Y ahora tú también lo sabes.

 

Reika apretó los documentos contra su pecho.

 

—No sé qué pensar… —murmuró.

 

—No tienes que decidir nada ahora —le dijo Shiori suavemente—. Solo quiero que sepas esto: él no te lo dijo para presionarte. Lo dijo porque es lo que siente. Y lo que pase de ahora en adelante… depende de vosotros dos. De ti y de él. El resto solo somos amigos que nos alegramos, pero el camino lo hacéis vosotros. Nadie más.

 

Reika levantó la mirada poco a poco.

 

—¿De verdad piensa eso de mí?

 

—De verdad —afirmó Shiori con una sonrisa tierna—. Cuando estén los dos solos, sin todos nosotros metiendo la nariz, te lo podrá decir él mismo. Y cuando ese momento llegue… escúchalo. Tiene mucho que ofrecer, solo necesita que alguien le dé la oportunidad.

 

Reika asintió despacio, sintiendo cómo el calor de sus mejillas empezaba a ceder, dejando paso a algo más suave.

 

—Gracias, Shiori.

 

—Ve despacio —le aconsejó ella—. Ninguno tenéis que correr. Lo que tenga que ser, será a su propio ritmo.

 

Reika sonrió, pequeña y tímida. Se quedó un instante más mirando hacia la puerta por donde Yuuto se había ido, y luego asintió de nuevo.

 

Shiori la dejó ahí, pensativa, con el corazón aún acelerado pero con una certeza nueva y tranquila creciendo dentro de ella.

 

 

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