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Capitulo 18: una lucha sin fin

DNavarrete
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Despacho del Director

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Despacho del Director

 

El despacho del director tenía un olor inconfundible: mezcla de café recalentado, tinta vieja y el polvo acumulado en estanterías llenas de libros que casi nadie abría. Pero por encima de todo, había otra sensación más pesada: era el olor de la autoridad, de ese tipo de lugares donde las decisiones se toman pensando solo en la apariencia, sin mirar a los ojos a quienes realmente afectan.

 

Detrás del amplio escritorio de madera oscura, el director Aoyama permanecía sentado con la espalda muy recta y una expresión que revelaba el cansancio de quien lleva años convencido de que el orden y la reputación son lo único que importa en una institución. Frente a él, con una postura impecable y serena, estaba la enfermera escolar: Minori-sensei.

 

Había llegado al Instituto Seiryuu hacía apenas un mes, y aún había muchas cosas que no conocía a fondo: todos los nombres, todas las jerarquías y, sobre todo, todas esas “reglas no escritas” que a veces eran más estrictas que las propias normas del reglamento. Pero precisamente por ser nueva, por no tener alianzas ni deudas pendientes, para el director resultaba alguien útil.

 

Aoyama se quitó las gafas y las limpió con el borde de su camisa, soltando un suspiro como si fuera a tratar un asunto administrativo de poca importancia.

 

—Minori-sensei… gracias por venir tan rápido.

 

Ella inclinó la cabeza con educación, sin perder la compostura.

 

—Por supuesto, director. ¿Ocurre algo con algún estudiante?

 

El hombre la observó unos segundos en silencio, midiendo cada palabra antes de pronunciarla.

 

—Así es. Se trata de un alumno… que está generando cierta inquietud.

 

Minori mantuvo su expresión neutra, pero en su interior algo se tensó al instante. Sabía perfectamente de quién hablaba. Desde hacía unas semanas, Yuuto Kanzaki solía acercarse a la enfermería, ya fuera por un pequeño malestar o simplemente para descansar un rato en silencio. Habían hablado en varias ocasiones, y en cada conversación ella había encontrado en él a un chico educado, tranquilo y respetuoso, nada que ver con lo que se susurraba por los pasillos.

 

Aoyama abrió un archivador y sacó una carpeta muy delgada, demasiado delgada para contener hechos reales, pero ideal para guardar rumores y suposiciones.

 

—Yuuto Kanzaki —dijo en voz alta, como si ese nombre por sí solo fuera suficiente para justificar todo lo que venía después.

 

Minori parpadeó una sola vez, sin mostrar sorpresa.

 

—Últimamente —continuó el director con un tono que quería sonar profesional—, la presidenta del consejo, Reika Tsukishiro, y su vicepresidenta, Ayaka Kamizaki, se le han visto demasiado cerca. Esa cercanía está generando comentarios, y en mi opinión, crea un ambiente… poco adecuado para la disciplina y el equilibrio de la escuela.

 

Minori entrelazó las manos con suavidad sobre su regazo, sin perder la calma.

 

—¿Poco adecuado… para quién exactamente? —preguntó con voz suave pero firme.

 

Aoyama ignoró la pregunta, como si fuera un detalle sin importancia.

 

—Minori-sensei, usted es nueva aquí, así que quizás no entienda bien cómo funciona el Instituto Seiryuu. Esta escuela tiene una reputación que mantener, una estructura clara y un equilibrio que no podemos permitir que se altere.

 

Hizo una pausa y cerró la carpeta con cuidado, como si estuviera guardando un problema en un cajón para que no molestara más.

 

—Y ese chico… sencillamente no encaja.

 

Al escuchar esas palabras, Minori sintió una punzada de disgusto en el pecho. No era sorpresa, ni miedo, sino una sensación de rechazo ante la forma en que se juzgaba a alguien sin conocerlo. Pero no dejó que nada de eso se notara en su rostro.

 

—¿No encaja por qué razón? —insistió, manteniendo el mismo tono tranquilo.

 

El director apoyó los codos sobre el escritorio y la miró con cierta impaciencia.

 

—Ya sabe cómo es. Su apariencia, su forma de cubrirse siempre, su actitud reservada… y los antecedentes que nos llegaron de su escuela anterior. Los rumores no surgen de la nada, ¿verdad?

 

Minori asintió despacio, como si aceptara la explicación, aunque por dentro sabía muy bien lo peligrosa que era esa frase: sonaba razonable, sonaba lógica, y por eso mismo era capaz de condenar a alguien sin necesidad de pruebas, sin ensuciarse las manos.

 

—Entiendo su punto de vista —respondió ella con suavidad.

 

Aoyama relajó los hombros, satisfecho al creer que había sido comprendido.

 

—Me alegra. Por eso la llamé: quiero que hable con Reika y Ayaka. Recuérdeles su posición dentro del instituto, la responsabilidad que tienen como representantes de los alumnos. Hágalas entrar en razón.

 

Minori volvió a asentir con calma.

 

—Comprendo. ¿Y qué es lo que se supone que debo decirles exactamente?

 

El director esbozó una leve sonrisa, como si le diera la instrucción más obvia del mundo.

 

—Simplemente, que no deben acercarse demasiado a ese alumno. Que alguien con su historial podría desviarlas del camino correcto y afectar su buen nombre.

 

La palabra “correcto” resonó en el aire como un golpe sordo, definido solo por lo que la institución quería mostrar al exterior.

 

Minori se levantó lentamente de la silla, manteniendo siempre la cortesía y la distancia adecuada.

 

—Entendido. Lo haré tal como me lo pide.

 

—Excelente —dijo Aoyama, con aire de confianza—. Confío plenamente en su criterio.

 

 

Minori inclinó la cabeza una última vez y se dirigió hacia la puerta. Pero justo cuando su mano tocaba el pomo, el director añadió una frase más, como si fuera un comentario sin importancia:

 

—Ah… y Minori-sensei. Un consejo: no se involucre demasiado en estos asuntos. Este tipo de estudiantes, por lo general, solo traen complicaciones.

 

La puerta se cerró detrás de ella con un clic suave y seco.

 

El pasillo afuera estaba en silencio, iluminado por la luz suave de la tarde que entraba por las ventanas altas. Minori caminó unos pocos pasos y se detuvo en seco, asegurándose de que nadie la viera. Su expresión seguía siendo la de siempre: tranquila, profesional, sin mostrar ninguna emoción visible. Pero en su mente, el pensamiento era claro y nítido como el cristal:

 

“No quiere proteger a nadie. Solo quiere proteger su imagen, su orden y su reputación, sin importarle si eso es justo o verdadero.”

 

Apretó los dedos con suavidad, sintiendo cómo aumentaba su determinación. Sabía que no podía oponerse abiertamente al director todavía; si lo hacía, solo conseguiría que aumentara la vigilancia y que todo se volviera más difícil para Yuuto. Por eso, aceptaría la indicación y citaría a Reika y Ayaka… pero no para alejarlas, sino para conocer de primera mano qué pensaban realmente ellas del chico. Hasta ahora, ella había formado su propia opinión basada en lo que había visto y hablado con él; ahora quería escuchar la versión de las únicas personas que también parecían tratarlo sin prejuicios. Y con toda esa información, sabría mejor cómo actuar para defenderlo sin levantar sospechas.

 

Más tarde

 

Minori-sensei no caminó rápido por los pasillos. Lo hizo con una calma estudiada, de esa que no nace de la tranquilidad, sino del control absoluto: cada paso medido, cada gesto contenido, como si por fuera todo estuviera en orden, mientras por dentro sus pensamientos se movían con rapidez.

 

El Instituto Seiryuu seguía con su ritmo habitual: grupos de estudiantes conversando, profesores cruzando con carpetas bajo el brazo, el murmullo constante de las aulas. Pero para Minori, esa “normalidad” ya no parecía tal cosa. Ahora veía detrás de ella un sistema que sabía muy bien cómo ocultar sus errores bajo reglamentos, sonrisas y palabras pulidas. Y ella acababa de salir del despacho del director con una indicación que olía claramente a prejuicio y manipulación.

 

Las encontró donde era más predecible: en el pasillo del segundo piso, cerca de la sala del Consejo Estudiantil.

 

Ayaka estaba apoyada contra el marco de la ventana, con el teléfono en la mano, aunque su mirada recorría el pasillo con más inquietud que atención a la pantalla. Reika, como siempre, mantenía una postura recta y ordenada, los brazos cruzados sobre el pecho, observando el entorno con esa cautela que revelaba que ya presentía que algo se acercaba.

 

Minori se acercó sin hacer ruido y sin levantar la voz.

 

—Ayaka-san. Reika-san.

 

Ambas se giraron al instante.

 

—Minori-sensei —saludó Reika con educación inmediata.

 

Ayaka levantó una ceja, sorprendida.

 

 

—Usted no suele buscarnos por aquí. ¿Ocurre algo?

Minori las miró fijamente durante un segundo largo. No era desconfianza, sino una evaluación tranquila, como quien busca saber con quién está hablando realmente. Luego habló sin rodeos, sin adornos:

 

—El director Aoyama me llamó hace un momento.

 

En ese instante el aire cambió. La tensión se hizo palpable. Ayaka guardó el teléfono en el bolsillo con un movimiento seco y decidido.

 

—¿Y qué quería?

 

—Que yo las convenciera de alejarse de Yuuto Kanzaki —respondió Minori directamente.

 

Ayaka soltó una risa corta y sin ninguna gracia, cargada de amargura.

 

—Ah… claro. Qué sorpresa.

 

Reika no se rió. Solo cerró los ojos un instante, como si confirmara una sospecha que ya rondaba en su cabeza desde hacía días.

 

—¿Con qué excusa lo justificó? —preguntó con voz serena pero firme.

 

Minori sostuvo su mirada sin apartarse.

 

—Dijo que “es un estudiante problemático”, que “los rumores no aparecen de la nada”, y que ustedes, por su cargo y reputación, podrían “desviarse del camino correcto” si siguen estando cerca de él.

 

Ayaka apretó los dientes, y sus palabras salieron con un tono cortante:

 

—¿Camino correcto? ¿Ese camino donde se deja que alguien se pudra solo mientras todos miran para otro lado y se esconden detrás de las normas?

 

Reika respiró hondo para mantener la calma, y luego miró directamente a la enfermera.

 

—Minori-sensei… si el director le ordenó que nos alejáramos… ¿por qué nos lo cuenta así, sin tratar de convencernos?

 

Minori no dudó ni un segundo en responder.

 

—Porque lo que diga el director no me interesa tanto como lo que ustedes piensan.

 

Ambas parpadearon, sorprendidas. No esperaban esa respuesta.

 

—Hasta ahora —continuó Minori, bajando un poco la voz para que nadie más pudiera escuchar—, yo he formado mi propia opinión de Yuuto. He hablado con él varias veces en la enfermería, lo he visto actuar, y sé perfectamente que no es lo que dicen por ahí. Pero a ustedes dos no las he escuchado nunca hablar de esto con claridad. No sé por qué decidieron acercarse a él, qué han visto, qué sienten realmente. Y antes de tomar cualquier decisión o de ayudarlas en algo… necesito saberlo.

 

Ayaka y Reika intercambiaron una mirada breve. Era cierto: hasta ese momento, nunca habían tenido la oportunidad de contarle a nadie de confianza por qué estaban haciendo lo que hacían. Solo tenían sus propias razones, pero nadie más se las había preguntado con sinceridad.

 

—Entonces díganme —insistió Minori con suavidad, pero con firmeza—. ¿Por qué cambiaron de actitud? ¿Por qué, después de un año entero de verlo siempre solo y apartado, ahora deciden estar a su lado?

 

Ayaka abrió la boca para responder, pero se detuvo al instante. La respuesta completa tenía un secreto que no podían revelar, pero sí podían explicar lo que habían visto y sentido.

 

Reika dio un paso adelante, asumiendo la palabra como siempre hacía.

 

—Porque un día nos dimos cuenta de que estábamos juzgando una historia que no era la suya.

 

 

—¿Qué significa eso? —preguntó Minori, atenta.

 

—Significa —continuó Reika, con la voz más baja pero más clara— que durante mucho tiempo solo escuchamos rumores. Decían que era peligroso, que tenía malas intenciones, que venía de otra escuela por problemas graves… y nos lo creímos sin verlo por nosotras mismas.

 

Ayaka asintió con fuerza, y esta vez habló ella, dejando salir todo lo que llevaba guardado:

 

—Pero cuando por fin nos atrevimos a mirar más allá de las apariencias… lo único que encontramos fue a un chico que hace todo lo posible por no molestar a nadie. Que se esconde para que no lo miren mal, que pide perdón incluso cuando no ha hecho nada malo, que prefiere desaparecer antes de causar cualquier inconveniente.

 

Su voz se quebró un poco, no por tristeza, sino por la rabia acumulada.

 

—¿Eso es ser problemático? ¿Eso es ser alguien que hay que evitar?

 

Reika añadió, suave pero decidida:

 

—Es alguien que lleva años cargando con miradas que no entienden, con palabras que hieren, y sin embargo nunca responde con rencor. Solo intenta sobrevivir en silencio.

 

Ayaka levantó la vista, con una determinación nueva en sus ojos.

 

—Yo no soporto la idea de que alguien así siga pasando solo por lo que le queda de estudios. No quiero que vuelva a sentirse como si no tuviera derecho a estar aquí. Por eso no me voy a apartar.

 

—Y yo tampoco —agregó Reika con firmeza.

 

Minori las observó en silencio, sin interrumpir, mientras escuchaba cada palabra. No le habían contado el detalle de su condición ni el secreto que lo explicaba todo, pero no hacía falta. En la forma en que hablaban, en el tono de sus voces, en la convicción con la que lo decían, entendió que no se trataba de curiosidad ni de lástima pasajera. Era respeto, era comprensión, era el deseo de hacer justicia.

 

—Gracias por decírmelo —dijo finalmente, y por primera vez apareció una expresión de tranquilidad verdadera en su rostro—. Ahora sé que no actúan por impulso ni por capricho. Lo hacen porque han visto la verdad, igual que yo.

 

Dio un paso más cerca, bajando aún más el tono para que fuera solo entre ellas tres.

 

—Por mi parte, le dije al director que sí, que haría lo que me pedía… pero solo para que no sospeche de mí todavía. No voy a alejarlas de Yuuto, ni voy a ayudarlo a que lo dejen solo. Al contrario: ahora que sé que pensamos lo mismo, podremos actuar con más cuidado.

 

Ayaka soltó un suspiro que parecía quitarle un peso de encima.

 

—Entonces… ¿está de nuestro lado?

 

—Estoy del lado de quien no tiene voz para defenderse —respondió Minori con claridad—. Y eso es lo que importa aquí.

 

Hizo una pequeña pausa y añadió con advertencia:

 

—Pero sepan una cosa: si Aoyama ya dio este paso, es porque está empezando a verlas como un obstáculo. No va a atacar directamente, pero va a buscar la forma de complicarles las cosas, de ponerlas en situaciones donde parezca que ustedes o Yuuto son los que alteran el orden. Tengan cuidado, hablen menos con los demás y manténganse unidas.

 

Reika asintió con seriedad.

 

—Lo tendremos en cuenta.

 

Minori asintió también, satisfecha. Por fin, después de semanas de observar en silencio, tenía la confirmación de que no estaba sola en esto. Y por primera vez, ella, Reika y Ayaka hablaban abiertamente sobre Yuuto, compartiendo sus impresiones y sus intenciones, formando un vínculo de confianza que les sería muy necesario en los días que venían.

 

El sol de la tarde ya se iba ocultando tras los edificios, tiñendo el cielo de tonos naranjas y dorados cuando Yuuto llegó a la puerta de su casa. Caminaba con la espalda un poco más erguida que de costumbre, y aunque seguía llevando su ropa habitual —la capucha bajada hasta cubrirle parte de la frente y el cubrebocas bien puesto—, había algo en su postura que revelaba que ese día había sido diferente.

 

No era un día perfecto, ni mucho menos. Mientras recorría el camino desde la escuela, sentía las mismas miradas de siempre: las que lo medían de arriba abajo, las que se apartaban con desconfianza, las que cuchicheaban en cuanto pasaba. Pero por primera vez en mucho tiempo, esas miradas ya no le pesaban tanto. Sabía que, al menos durante las horas de clase y el camino de vuelta, no había estado solo.

 

Al entrar en el recibidor, se quitó los zapatos con cuidado y dejó la mochila en el rincón. Caminó hasta la cocina, donde Aoi, su madre, estaba terminando de preparar la mesa para la cena. En cuanto lo vio, levantó la vista y, antes de que Yuuto sacara su libreta, él ya le ofrecía una pequeña nota escrita con calma:

 

“Buenas tardes, mamá. He vuelto.”

 

Lo acompañó con una sonrisa tímida que se adivinaba en sus ojos, brillantes y más vivos de lo habitual.

 

Aoi sintió que el corazón se le llenaba de calor al instante. Le devolvió la sonrisa con ternura.

 

—Bienvenido, Yuuto. Ve a dejar tus cosas en la habitación y cámbiate de ropa, ¿quieres? La cena estará lista en unos minutos.

 

Él asintió con suavidad, apretó la libreta contra el pecho como si fuera algo muy valioso y subió las escaleras en silencio. La puerta de su habitación se cerró detrás de él con un chasquido leve, casi imperceptible, como siempre hacía para no molestar.

 

Aoi se quedó un momento parado en la cocina, mirando hacia las escaleras, con las manos apoyadas en el borde de la mesa. Frente a ella, los platos que había preparado antes seguían ahí: el arroz a medio terminar, la sopa ya tibia, la cuchara descansando en el borde del tazón… era el mismo lugar donde, hace apenas unos días, había vivido el momento que seguía dándole vueltas en la cabeza.

 

Su mano tembló levemente, no por tristeza, sino por esa sensación de incredulidad que aún no lograba desaparecer del todo. Lentamente, comenzó a recoger los platos para llevarlos al fregadero. Abrió el grifo y dejó correr el agua un rato, pero no se movió. Solo miraba cómo caía el chorro, perdida en sus recuerdos.

 

Porque si cerraba los ojos, todavía podía escucharla.

 

Esa tarde, hace solo unos días, mientras comían en silencio como siempre, Yuuto había dejado la libreta sobre la mesa, había tomado aire con dificultad y, con una voz pequeña, entrecortada, como si no hubiera sido usada en mucho tiempo, había dicho:

 

—fue divertido

 

Era una voz suave, un poco ronca, torpe, como si las palabras le costaran salir. Pero era suya.

 

La misma voz que lo llamaba gritando “mamá” cuando tenía cinco años y corría por el pasillo de la casa. La misma que pedía helado en los días de verano, que reía fuerte cuando jugaba en el parque, que lloraba buscando consuelo después de una pesadilla.

 

Había vuelto.

 

Después de más de un año entero.

 

Doce meses escuchando solo el sonido del lápiz deslizándose sobre el papel. Doce meses en los que se obligaba a sonreír y decir que todo estaba bien, por miedo a que su hijo notara su angustia. Doce meses preguntándose en silencio si alguna vez volvería a escuchar su voz de nuevo.

 

Apoyó las manos mojadas en el borde del fregadero y bajó la cabeza, sintiendo cómo una mezcla de emoción y alivio le apretaba el pecho. Entonces soltó una risa bajita, temblorosa, que se mezcló con las lágrimas que le rodaban por las mejillas.

 

—De verdad… eres cruel, Yuuto… —murmuró con voz suave, entre risas y llanto—. Decirlo así, tan tranquilo, como si nada hubiera pasado en todo este tiempo…

 

Se secó las manos en el delantal y caminó despacio hasta la sala de estar. Sobre el mueble bajo, junto al viejo televisor, había varias filas de marcos con fotografías: viajes, cumpleaños, festivales escolares, momentos felices de otros años.

 

Sus dedos recorrieron los cristales hasta detenerse en el más gastado, el que tenía las esquinas un poco desgastadas por el tiempo. Era una foto de hacía muchos años: Yuuto apenas le llegaba al pecho, sonreía mostrando todos los dientes, sosteniendo un helado que ya se estaba derritiendo por sus dedos. Su cabello seguía siendo mayormente negro, pero ya se notaban aquí y allá algunos mechones más claros, de un tono plateado tenue, como si el color se estuviera desvaneciendo poco a poco.

 

El principio. El inicio de todo.

 

Recordaba con claridad esa época: las visitas constantes al hospital, las pruebas tras pruebas, los médicos hablando entre ellos en voz baja, usando palabras frías y técnicas que no explicaban nada en realidad.

 

“Cambios hormonales atípicos.”

“Un caso poco documentado.”

“Variaciones en el desarrollo.”

 

Ninguna de esas frases respondía a la única pregunta que le importaba: ¿por qué su hijo empezaba a mirarse al espejo con miedo? ¿Por qué dejó de querer cortarse el cabello? ¿Por qué comenzó a usar ropa cada vez más grande y holgada? ¿Por qué, poco a poco, dejó de hablar hasta quedarse en completo silencio?

 

Acarició la fotografía con la yema del pulgar, con mucho cuidado.

 

—Siempre sonreías tanto… —susurró con voz quebrada.

 

Sentía un nudo en el pecho, pero no era solo pena. Era también culpa. Sabía que había hecho todo lo posible por protegerlo: había hablado con los directores, había buscado médicos en otras ciudades, había intentado explicar su situación… pero no había sido suficiente. La escuela había hecho caso omiso, los rumores se habían extendido, los demás adultos miraban hacia otro lado, y hasta ella misma había tenido días en los que no sabía qué palabras usar, ni cómo romper esa barrera de silencio que se había construido entre ellos.

 

Entonces su mente volvió a las dos chicas que habían aparecido hace poco: Reika y Ayaka. La presidenta y la vicepresidenta del consejo estudiantil. Al principio, cuando fueron a buscarlo, había sentido desconfianza y hasta un poco de molestia. Pensó que eran solo dos jóvenes que querían sentirse bien consigo mismas, que harían un gesto amable y luego se irían, igual que tantos otros que prometían ayuda y luego desaparecían.

 

Pero hoy, al ver a Yuuto entrar con esa sonrisa en los ojos, al recordar que en su nota había escrito que había pasado una tarde divertida…

 

Divertido. No “bien”, no “normal”, no “nada en especial”. La palabra que usaba cuando era pequeño y salía a jugar con sus amigos.

 

¿Cuándo había sido la última vez que lo había escuchado decir algo así? No lo recordaba.

 

Apretó la foto contra su pecho, cerrando los ojos con fuerza.

 

—¿Fueron ustedes…? —murmuró mirando al vacío—. ¿Fueron ustedes quienes le devolvieron esto? Las ganas de sonreír, la tranquilidad… incluso la voz…

 

Si esas dos chicas eran la razón de que su hijo volviera a sentirse así… entonces, por primera vez en mucho tiempo, sentía que no estaba sola en esta lucha. Y que Yuuto tampoco lo estaba.

 

Volvió a dejar la fotografía en su sitio con mucho cuidado, como si fuera algo muy frágil y valioso. Apagó las luces de la sala, pero antes de subir las escaleras para cambiarse de ropa, se detuvo frente a la puerta cerrada del cuarto de su hijo.

 

Estaba cerrada, en silencio, como siempre. Pero ya no le parecía una puerta que separaba un dolor, sino una que guardaba una esperanza nueva.

 

—Gracias —susurró bajito, sin saber muy bien a quién dirigirse: quizás a esas dos chicas, quizás al destino, quizás al propio Yuuto por haber tenido el valor de volver a hablar.

 

Luego subió despacio las escaleras, con una sonrisa pequeña y sincera dibujada en sus labios. La primera en mucho tiempo que no tenía nada de forzada.

 

Al día siguiente — Instituto Seiryuu

 

A la mañana siguiente, el instituto despertó con su mismo ritmo de siempre: pasillos llenos de estudiantes, risas que se mezclaban, el ruido constante de los pasos sobre el suelo encerado, el murmullo de las conversaciones que llenaban cada rincón.

 

Nada parecía distinto a simple vista. Y sin embargo, algo había cambiado.

 

Yuuto lo sintió apenas cruzó la puerta principal. Las miradas seguían ahí, claro —eso no desaparecería de un día para otro—, pero ya no eran iguales. Antes eran afiladas, frías, como cuchillas que juzgaban sin dudar. Ahora titubeaban: algunas se apartaban rápido, otras se quedaban un instante de más, y los susurros ya no sonaban tan seguros como antes.

 

“¿Ese no es el chico raro?”

“Sí, pero ayer lo vi otra vez con la presidenta y la vicepresidenta…”

“Dicen que almuerzan juntos todos los días…”

“Entonces… ¿no era tan peligroso como decían?”

 

Esa duda se repetía una y otra vez, y cada vez que aparecía, un viejo rumor se desvanecía un poco más.

 

Yuuto caminó hasta su salón con la cabeza baja, tal como siempre: chaqueta holgada, capucha cubriéndole la frente, mascarilla ocultando su rostro, y la libreta negra apretada contra el pecho como un escudo. Por fuera todo seguía igual, pero por dentro sus pasos ya no pesaban tanto, y su respiración no le costaba tanto esfuerzo.

 

Se sentó en su rincón habitual, junto a la ventana, y abrió un libro para fingir que leía. Las miradas seguían llegando, pero ya no le dolían como antes.

 

Cuando la puerta del salón se abrió, nadie se sorprendió.

 

Ayaka entró primero, con su paso ligero y esa sonrisa abierta que tenía de costumbre, saludando a los compañeros con la mano como si estuviera en su propia casa. Detrás de ella apareció Reika, erguida, impecable, con esa compostura que hacía que todos se enderezaran solos… pero para nadie era una novedad verlas ahí.

 

Hacía semanas que ya era normal que las dos pasaran a buscarlo antes de clase, que se sentaran cerca de él, que lo acompañaran a todos lados. Hasta el famoso “club de fans” de ambas, que antes se quejaba y miraba con recelo, ya se había resignado. Ahora solo se limitaban a suspirar en silencio, pensando: “Bueno, si ellas están tranquilas, nosotras también…”. Nadie ya se atrevía a hacer comentarios en voz alta.

 

Pero lo que vino después sí rompió toda la rutina.

 

Ayaka se acercó directo al pupitre de Yuuto y se apoyó en el borde con una energía inconfundible.

 

—Oye, escúchanos bien —empezó sin rodeos—. Este fin de semana salimos. Nada de tareas, nada de reuniones, nada de asuntos del consejo. Solo un paseo, comer algo rico y caminar sin prisa. ¿Te vienes?

 

Reika se detuvo a su lado, acomodándose un mechón de cabello con calma, y añadió con voz suave pero firme:

 

—Pensamos que te vendría bien cambiar de aire. Ya hace mucho que no sales más allá del camino de la escuela a casa.

 

El salón entero se quedó en silencio absoluto.

 

Por fuera, todos parecían inmóviles, con la mirada fija en sus propios cuadernos o mirando por la ventana como si nada estuviera pasando. Pero por dentro… ¡era un caos total!

 

¿¿¿Las invitaron a salir el fin de semana???

¿¿¿Una salida solo entre ellos???

¡¡¡Eso es una cita, seguro que es una cita!!!

¿Desde cuándo hacen invitaciones así?

¡Nunca invitan a nadie a ninguna parte!

 

Yuuto levantó la vista, sorprendido por la propuesta. Con manos un poco nerviosas abrió su libreta, escribió rápido y giró la hoja para que pudieran leer:

 

      “¿Habrá comida rica?”

 

Ayaka soltó una carcajada sonora, de esas que llenaban el ambiente y relajaban todo a su alrededor.

 

—¡Eres imposible! ¡Solo piensas en comer! Pero sí, habrá comida, de todo lo que quieras.

 

Y entonces ocurrió lo que para todos fue la prueba definitiva:

 

Reika, que casi nunca demostraba emociones más allá de la seriedad, dejó escapar una risa suave, bajita, cubriéndose apenas la boca con una mano. Era pequeña, breve, pero totalmente sincera.

 

En ese instante, por dentro el salón entero gritaba:

 

¡¡¡RIÓ!!! ¡¡¡REIKA TSUKISHIRO RIÓ DE VERDAD!!!

¡¡¡Y por él!!!

¡¡¡Definitivamente es una cita!!!

¡¡¡Ya no hay dudas!!!

 

Pero por fuera nadie movía ni un músculo, como si fingieran que no estaban viendo nada. Solo se miraban de reojo entre ellos, con los ojos muy abiertos y la mente a mil por hora.

 

Yuuto asintió despacio, escribiendo otra línea:

 

         “Entonces iré.”

 

Ayaka dio una palmada de alegría.

 

—¡Perfecto! Te pasamos a buscar a las diez de la mañana. No te duermas.

 

—Y no te cubras tanto —añadió Reika con una media sonrisa—. Hace buen tiempo, no hace falta que parezcas que vas a una tormenta.

 

Yuuto inclinó la cabeza en señal de que lo tendría en cuenta, y cerró la libreta con cuidado.

 

Mientras las dos se despedían para ir a sus asientos, el silencio siguió reinando en el salón… pero por dentro, cada uno tenía su propia teoría:

 

“Seguro que ya son novios…”

“¿Cómo lo logró? Si ni siquiera habla…”

“Bueno… si ellas lo eligen, por algo será…”

“¡Qué suerte tiene!”

 

Y de nuevo, la duda se mezclaba con la sorpresa, pero esta vez con un matiz totalmente nuevo: ya no era “¿es peligroso?”, sino “¿qué tiene él para que lo traten así?”.

 

La imagen que todos tenían de Yuuto Kanzaki seguía cambiando, poco a poco, sin que nadie pudiera detenerlo.

 

Thoughts

  • rgaray4116

    Tengo una casa en la vuelta donde por años me abría un gurí con capucha, me señalaba el medidor y volvía adentro sin decir ni hola. Desde el patio no se ve nada de una cocina como la de Aoi, la ropa tendida no cuenta doce meses de silencio. Un día me abrió la madre y el gurí gritó algo desde adentro, y ella se quedó parada igual que Aoi con la canilla abierta. ¿A Aoi le va a llegar lo que Aoyama le pidió a Minori?

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