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Capítulo 9: La nota más pequeña

DNavarrete
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La noche ya había cubierto por completo la ciudad, envolviendo cada calle y cada casa en una calma profunda. La vivienda de los Kanzaki permanecía en silencio, como siempre ocurría cuando el día…

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La noche ya había cubierto por completo la ciudad, envolviendo cada calle y cada casa en una calma profunda. La vivienda de los Kanzaki permanecía en silencio, como siempre ocurría cuando el día llegaba a su fin.

 

Aoi terminaba de acomodar unas tazas en la cocina cuando escuchó el timbre de la puerta. Se detuvo un instante, sorprendida; no esperaba más visitas aquella tarde. Se secó las manos con un paño y caminó despacio hasta la entrada.

 

Al abrir, encontró a una joven con el uniforme escolar impecable, una maleta colgada del hombro y un libro que sostenía con mucho cuidado entre ambas manos. Era Shiori.

 

La muchacha hizo una pequeña reverencia respetuosa.

 

—Buenas noches, señora.

 

Aoi le devolvió el saludo con una sonrisa amable.

 

—Buenas noches.

 

Shiori guardó silencio unos segundos, como si buscara las palabras más adecuadas para no molestar.

 

—Solo quería saber… —bajó ligeramente la mirada— ¿cómo está Yuuto?

 

Aoi la observó con atención. No había en esa pregunta ni curiosidad malsana ni interés ajeno; solo preocupación sincera, sin segundas intenciones.

 

—Está descansando —respondió con suavidad.

 

Shiori soltó un suspiro muy leve, casi imperceptible, pero que revelaba todo el alivio que sentía.

 

—Me alegra mucho escuchar eso.

 

Apretó un poco más el libro contra su pecho.

 

—No quería molestarlo, ni obligarlo a hablar, ni siquiera pedir verlo. Solo… quería saber si se encontraba bien.

 

Al escucharla, Aoi sintió cómo algo dentro de ella se relajaba y se suavizaba. Shiori extendió entonces el libro hacia ella.

 

—Este ejemplar acaba de llegar a la biblioteca. Estoy segura de que le gustará. ¿Podría entregárselo cuando despierte?

 

Aoi lo tomó con cuidado, miró su portada un instante y luego asintió.

 

—Claro que sí.

 

Shiori sonrió: una sonrisa pequeña, pero honesta y tranquila. Hizo otra reverencia y se dio media vuelta para alejarse. Antes de desaparecer por la esquina, levantó una mano en señal de despedida.

 

—Buenas noches.

 

—Buenas noches.

 

La puerta volvió a cerrarse, y Aoi se quedó inmóvil en el recibidor, con el libro todavía entre las manos. Durante largos segundos no se movió, solo observó la cubierta mientras sus pensamientos daban vueltas. Primero habían llegado Ayaka y Reika; poco después, Shiori. Tres personas, tres estudiantes muy distintos entre sí, y las tres habían venido por el mismo motivo: no por obligación, ni por cumplir una regla, ni porque nadie se lo hubiera pedido. Habían venido porque Yuuto les importaba.

 

Esa idea hizo que una pequeña sonrisa apareciera en sus labios. Quizá… solo quizá… había juzgado demasiado pronto a todos los que rodeaban a su hijo.

 

Lentamente dirigió la mirada hacia la mesa del comedor, donde descansaba su teléfono. En la pantalla seguía visible la solicitud de traslado que había enviado hacía unos días, todavía pendiente de confirmación. Por primera vez desde que la había redactado, una nueva posibilidad cruzó su mente: tal vez aún no era demasiado tarde para cancelarla.

 

Respiró hondo, tomó el libro y comenzó a subir las escaleras. El pasillo del piso superior permanecía en un silencio absoluto. Se detuvo frente a la puerta de la habitación, golpeó suavemente tres veces y llamó:

 

—Yuuto.

 

Esperó unos segundos y, al no recibir respuesta, entró despacio.

 

La estancia estaba casi a oscuras; solo la luz plateada de la luna se filtraba por la ventana, dibujando contornos suaves en las paredes. Yuuto seguía acostado bajo las sábanas, completamente cubierto hasta la cabeza, como solía hacer siempre.

 

Aoi se acercó con pasos muy suaves, dejó el libro sobre el velador y habló con voz baja y tranquila:

 

—Shiori vino hace un momento. Te trajo esto. Dice que cree que te gustará leerlo.

 

El bulto bajo las mantas apenas se movió, casi sin que se notara. Aoi sonrió con ternura y se sentó en el borde de la cama. Permanecieron en silencio unos minutos, hasta que finalmente decidió hacerle la pregunta que llevaba rondándole la cabeza desde hacía horas.

 

—Quiero preguntarte una sola cosa —dijo con calma—. ¿Estás seguro de que quieres volver?

 

El silencio volvió a llenar la habitación, profundo y pesado. Pasaron varios segundos, hasta que, muy despacio, el bulto bajo las sábanas se movió lo suficiente para asentir una sola vez. Fue un gesto pequeño, pero firme y decidido.

 

Aoi cerró los ojos un instante, sintiendo que esa respuesta era más que suficiente. No necesitaba escuchar palabras; conocía demasiado bien a su hijo. Cuando tomaba una decisión así, nada en el mundo podía hacerlo cambiar de opinión.

 

Fue entonces cuando algo le llamó la atención. Miró hacia el velador y frunció ligeramente el ceño. Faltaba algo. Siempre había allí una fotografía: una en la que Yuuto aparecía sonriendo junto a su abuelo Kenji. Nunca la movía de su sitio, jamás.

 

Volvió la mirada lentamente hacia la cama y comprendió al instante. La fotografía no había desaparecido; estaba escondida bajo las sábanas, entre los brazos de Yuuto. Sonrió con una mezcla de tristeza y cariño. Desde pequeño hacía exactamente lo mismo: cada vez que tenía miedo, cada vez que debía enfrentarse a algo difícil, cada vez que sentía que le faltaban fuerzas, se abrazaba a esa imagen, como si el abuelo que tanto había querido siguiera estando ahí para protegerlo.

 

Un pequeño nudo se formó en su garganta, pero no dijo nada más. No hacía falta. Se levantó despacio, caminó hacia la puerta y apagó la luz, dejando solo la claridad suave de la luna.

 

Iba a salir cuando escuchó un sonido muy leve: el roce de un papel deslizándose sobre la madera del suelo. Se volvió de inmediato y vio cómo una pequeña hoja doblada aparecía lentamente desde debajo de la cama.

 

Aoi se agachó para recogerla con mucho cuidado y la abrió. Solo había una frase escrita con letra conocida:

 

Aoi recogió con cuidado la pequeña nota del suelo y la abrió lentamente. Solo había una frase escrita con esa letra que conocía tan bien:

 

"Quiero comer onigiris."

 

Durante unos segundos se quedó inmóvil, saboreando cada palabra en silencio. Luego, una sonrisa pequeña, cálida y completamente maternal se dibujó en sus labios. Volvió la mirada hacia el bulto que seguía escondido bajo las sábanas.

 

—¿Así que quieres onigiris…? —dijo con voz suave, llena de cariño—. Muy bien.

 

Dobló la hoja con mucho cuidado y la guardó en el bolsillo de su delantal.

 

—Pero más te vale comértelos todos —añadió con un tono juguetón mientras comenzaba a caminar hacia la puerta—. Porque voy a prepararte de salmón…

 

Fue levantando un dedo por cada sabor que iba nombrando:

 

—De atún con mayonesa…—De pollo…—De ciruela…—Y también unos de carne.

 

El bulto bajo las mantas permaneció inmóvil, como si estuviera procesando todo lo que escuchaba. Aoi sonrió, divertida, y agregó:

 

—Ah… y quizá prepare unos de camarón también.

 

Fue entonces cuando las sábanas se movieron apenas unos centímetros, muy despacio, solo lo suficiente para que un par de ojos de un azul profundo se asomaran entre los pliegues, mirándola fijamente. No había en ellos ni tristeza ni miedo, solo esa expresión silenciosa y un poco resignada que Aoi conocía a la perfección desde que él era pequeño, como si estuviera diciendo sin palabras: “Son demasiados…”.

 

Aoi no pudo evitar soltar una risa suave, una risa llena de alivio que hacía mucho tiempo no salía de su garganta.

 

—¿Qué pasa? —preguntó con una sonrisa amplia—. ¿Ahora te arrepentiste?

 

Los ojos siguieron mirándola unos segundos más, como si quisieran protestar, como si intentaran explicarle que con dos o tres variedades bastaba de sobra.

 

—No acepto reclamaciones —sentenció ella, todavía sonriendo—. Esta noche te los comes todos.

 

Los ojos de Yuuto parpadearon lentamente, como si aceptaran la derrota, y desaparecieron de nuevo bajo la protección de las sábanas.

 

Aoi negó con la cabeza, con una mezcla de cariño y diversión.

 

—Qué difícil eres…

 

Se acercó al interruptor y apagó la luz de la habitación, dejando solo la claridad suave de la luna que entraba por la ventana.

 

—Espérame un rato —le dijo en voz baja—. Los onigiris estarán listos enseguida.

 

Cerró la puerta con suavidad, sin hacer ruido, y mientras bajaba las escaleras hacia la cocina no podía dejar de sonreír. Hacía mucho tiempo que su hijo no le pedía expresamente su comida favorita, y para una madre, ese simple gesto significaba mucho más que una cena: significaba que volvía a tener ganas de disfrutar, de probar, de esperar algo bueno. Significaba que, poco a poco, estaba volviendo.

 

Y eso era todo lo que ella necesitaba saber.

 

La noche ya había cubierto por completo la ciudad cuando Reika llegó finalmente a su casa. Abrió la puerta soltando un largo suspiro que parecía llevar consigo todo el cansancio acumulado.

 

—Ya llegué… —dijo en voz baja.

 

No obtuvo respuesta. Al instante sintió un gran alivio. Perfecto. Solo quería subir a su habitación, quitarse el uniforme y dejarse caer sobre la cama. Después de todo lo que había vivido en esos dos días, sentía que su cabeza ya no daba para más pensamientos.

 

Se quitó los zapatos en la entrada y comenzó a subir las escaleras: un escalón, dos, tres…

 

—¿Reikaaaa?

 

La joven se quedó inmóvil en seco. No. Esa voz… Cerró lentamente los ojos, resignada.

 

—…ya llegué, hermana.

 

Desde una de las habitaciones salió Akane Tsukishiro, su hermana mayor de 24 años. Tenía el cabello de un tono negro profundo con reflejos oscuros, recogido en una coleta alta y despeinada, con mechones sueltos que le enmarcaban el rostro y un lápiz de dibujo atravesado entre el pelo. Sus ojos eran grandes y brillantes, de un color violeta intenso que siempre parecía lleno de curiosidad y picardía. Vestía una amplia camiseta negra con manchas de tinta y estampados sencillos, que se le deslizaba sobre un hombro dejando ver la tira de su ropa interior, junto con unos pantalones cortos del mismo color. Llevaba una cadena fina en el cuello y varias pulseras delgadas en las muñecas, y bajo el brazo sostenía su tableta de dibujo, como si nunca se separara de su trabajo. Era una mangaka bastante conocida que trabajaba desde casa casi todos los días, y —por desgracia para Reika— tenía demasiado tiempo libre para dedicarse a molestarla.

 

Akane la observó unos segundos y luego esbozó esa sonrisa traviesa, con un leve brillo en la mirada, que siempre aparecía justo antes de decir o hacer alguna tontería.

 

—Reika…

 

La menor ya sabía lo que venía.

 

—¿Qué pasa?

 

Akane entrecerró los ojos con aire de detective.

 

—Ayer llegaste con una cara de total decepción. Hoy llegas agotada… y además —se acercó un paso más, llevándose una mano al mentón como si estuviera resolviendo un caso importante— se nota que andas en las nubes.

 

Reika sintió que un mal presentimiento le recorría la espalda.

 

Akane chasqueó los dedos de golpe.

 

—¡Ya lo tengo!

 

Se inclinó hacia adelante con una sonrisa enorme y brillante, mostrando incluso un pequeño colmillo que le daba un aire aún más juguetón.

 

—¡Hay un chico!

 

El silencio se apoderó de la casa. En exactamente dos segundos, el rostro de Reika se tiñó de un rojo intenso que le subía hasta las orejas.

 

—¡¿QUÉ?!

 

Akane abrió los ojos como platos, emocionada.

 

—¡¡ESA REACCIÓN!! ¡No puede ser! ¡¡Mi hermanita se enamoró!!

 

—¡No me enamoré de nadie! —protestó Reika, agitando las manos.

 

—¡Hasta lo niega con tanta energía! —exclamó Akane, comenzando a caminar de un lado a otro del pasillo como si ya estuviera planeando una historia—. Esto es genial… ¿triángulo amoroso? No, mejor un romance escolar que se va construyendo poco a poco…

 

De la nada sacó una pequeña libreta y un lápiz, y empezó a escribir con rapidez.

 

—¿Cabello negro? No… ¿rubio? Tampoco… ¡Ah! ¡Peliplateado!

 

Reika abrió los ojos sorprendida y confundida.

 

—¿¡Qué estás escribiendo ahí!?

 

—¡Inspiración! —respondió Akane sin dejar de mover la mano—. Con esto saco por lo menos tres tomos.

 

—¡Akane!

 

—Vamos, dime —insistió la hermana mayor—. ¿Cómo se llama? ¿Es de tu curso? ¿Mayor? ¿Menor? ¿Y… es guapo?

 

—¡No voy a contestar nada de eso!

 

Akane levantó lentamente la cabeza y sonrió con esa expresión de quien ya ha descubierto todo.

 

—O sea… que sí es guapo.

 

—¡¡No dije eso!!

 

—Pero tampoco dijiste que no.

 

Reika sintió que le faltaba el aire y deseó poder desaparecer en ese mismo instante. Mientras tanto, Akane no podía dejar de reír.

 

—Ay, qué linda te ves cuando te pones así.

 

—¡No tiene gracia!

 

—Para mí muchísima —respondió divertida, y se acercó para despeinarle el cabello con cariño.

 

Reika apartó su mano de inmediato, aunque sin enfadarse de verdad.

 

—No inventes cosas que no son.

 

Akane la miró fijamente unos segundos. Aunque seguía sonriendo, su expresión se suavizó un poco.

 

—Pero fíjate… ya no tienes esa cara de angustia que traías ayer. Hoy llegaste mucho más tranquila.

 

Hubo un breve silencio. Akane asintió con una sonrisa sincera.

 

—Sea quien sea ese chico… gracias.

 

Reika bajó la mirada sin querer. En su mente aparecieron de pronto la imagen de Yuuto, sus notas escritas con caligrafía temblorosa, la puerta cerrada y esa pequeña esperanza que había nacido entre silencios. Y sin darse cuenta, sus labios se curvaron en una sonrisa muy leve, casi imperceptible.

 

Pero para Akane fue más que suficiente.

 

—¡¡SONRIÓ!! —gritó llena de emoción, dando media vuelta y saliendo corriendo hacia su habitación—. ¡Tengo que dibujar esto antes de que se me olvide!

 

—¡¡AKANE, ESPERA!!

 

Reika salió corriendo detrás de ella por todo el segundo piso, mientras su hermana reía a carcajadas apretando su libreta contra el pecho.

 

Y por primera vez en muchos días, las paredes de aquella casa se llenaron de algo que Reika creía haber olvidado hacía tiempo: risas claras, espontáneas y llenas de vida.

 

La mañana comenzó con la misma puntualidad de siempre. Los estudiantes recorrían los pasillos de la Academia Seishin mientras los profesores preparaban el inicio de las clases. Todo parecía seguir su curso habitual, como cualquier otro día. Pero en la oficina del director, nada era igual.

 

—Adelante.

 

La puerta se abrió lentamente. Entró Minori Hayasaka, la enfermera escolar, de 27 años. Llevaba el cabello castaño oscuro recogido con pulcritud en una coleta baja, dejando caer algunos mechones sueltos que enmarcaban su rostro serio y definido. Unos lentes de montura fina le daban un aire profesional y atento, resaltando sus ojos de mirada aguda y observadora. Vestía su bata blanca, impecablemente planchada y abrochada, sobre una camisa de vestir blanca y una falda negra ajustada, completando su atuendo con medias oscuras y accesorios sencillos que no restaban formalidad. Entre sus manos sostenía una carpeta de documentos, y su postura erguida reflejaba la responsabilidad y la seriedad que la caracterizaban.

 

Minori sonrió con esa calma y compostura que la hacían destacar en su trabajo.

 

—¿Me llamó, director?

 

Aoyama levantó la vista de los papeles que revisaba. Su expresión seguía siendo la misma de siempre: impasible, fría y bajo un control absoluto.

 

—Sí.

 

Tomó una carpeta del escritorio y la deslizó hacia ella con un movimiento seco.

 

—Necesito que entregue esto personalmente.

 

Minori abrió el documento y leyó apenas las primeras líneas. En cuestión de segundos, su expresión cambió por completo.

 

—¿Anulación… del traslado? —preguntó, alzando lentamente la mirada hacia él.

 

—¿La señora Aoi retiró la solicitud?

 

—Esta mañana —respondió el director con voz corta y sin más explicaciones—. Hace apenas unos minutos recibimos el documento firmado.

 

Minori no pudo ocultar la pequeña sonrisa de alivio que apareció en sus labios.

 

—Me alegra escuchar eso.

 

Aoyama no respondió nada. Ella siguió leyendo con atención, comprobando que todo estuviera en regla: Yuuto Kanzaki continuaría siendo alumno de la academia. Cerró la carpeta con cuidado y se puso de pie.

 

—Entonces iré inmediatamente.

 

Antes de cruzar el umbral, volvió a mirar al director.

 

—Espero que esta vez las cosas sean diferentes.

 

Aoyama sostuvo su mirada sin pestañear.

 

—Eso dependerá del alumno.

 

Minori no insistió. Solo hizo una reverencia breve y respetuosa.

 

—Con permiso.

 

La puerta volvió a cerrarse con suavidad, dejando el despacho en un silencio absoluto.

 

Pasaron cinco segundos. Diez. Quince.

 

Entonces…

 

¡BAM!

 

El puño del director golpeó violentamente la superficie del escritorio. Los papeles saltaron por el aire, un portalápices cayó al suelo y la taza de café tembló con fuerza por el impacto. Su respiración se volvió pesada y agitada, y por primera vez en mucho tiempo, esa máscara perfecta de autoridad desapareció por completo.

 

—Maldita sea… —murmuró con voz grave, cargada de rabia contenida.

 

Había funcionado. Todo su plan durante un año entero. Había esperado pacientemente, había dejado que el aislamiento hiciera su trabajo, había permitido que aquel estudiante se convirtiera en un ejemplo silencioso de lo que pasaba si se desviaba de las reglas. Y justo cuando por fin… por fin la madre había decidido sacarlo de la escuela… todo se venía abajo de golpe.

 

Apretó los dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

 

—¿Por qué cambió de opinión…?

 

No hubo respuesta. Solo el silencio frío de la habitación.

 

Mientras tanto, al otro lado de la puerta, Minori permanecía completamente inmóvil. Apretaba la carpeta contra su pecho con ambas manos, y había escuchado con claridad el golpe, y también cada una de aquellas palabras llenas de frustración.

 

Cerró lentamente los ojos. Una sonrisa muy leve apareció en su rostro, pero no era una sonrisa de alegría: era la expresión de alguien que, por fin, había confirmado lo que llevaba sospechando desde hacía mucho tiempo.

 

—Así que era eso… —susurró para sí misma con voz baja.

 

No había actuado por el bienestar de la academia, ni por el de los estudiantes. Nunca lo había hecho. Todo había sido cuestión de orgullo, de mantener el control y de cuidar su propia imagen.

 

Respiró hondo para recuperar la compostura y volvió a abrir los ojos.

 

—Qué decepción…

 

Miró la carpeta que llevaba en las manos. Dentro de ella estaba el futuro de un alumno que había sufrido en silencio durante demasiado tiempo, y también la oportunidad de que las cosas cambiaran para mejor.

 

Volvió a caminar por el pasillo con paso firme, y esta vez su sonrisa se volvió más cálida y decidida. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que tenía una verdadera razón para acercarse a cierto chico de cabello plateado que solía refugiarse en su enfermería.

 

Y esta vez… no solo iba a ofrecerle un lugar tranquilo. Iba a llevarle una buena noticia.

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