La mañana siguiente había comenzado como cualquier otra en la academia.
Los estudiantes caminaban por los pasillos rumbo a sus aulas, algunos todavía medio dormidos, otros conversando entre ellos y unos cuantos corriendo porque, como siempre, habían calculado mal el tiempo que necesitaban para llegar.
Entre ellos caminaba Yuuto.
Vestía como de costumbre: ropa ajustada, la sudadera con la capucha puesta y el cubrebocas cubriéndole gran parte del rostro. Aquella combinación escondía bastante bien sus rasgos, dándole ese aspecto ligeramente andrógino que hacía que, según la distancia, algunos estudiantes todavía dudaran cómo tratarlo. Su mochila descansaba sobre un hombro, pero esa mañana llevaba algo especialmente importante dentro: sus dibujos.
La noche anterior, tras volver a casa, había decidido probar sus materiales. Primero dibujó unos minutos. Luego otro dibujo. Luego uno más. Y después… bueno, había perdido por completo la noción del tiempo. Dibujó personajes, rostros, paisajes, pequeñas escenas guardadas en su cabeza desde hacía años, e incluso intentó recuperar trazos que recordaba de cuando era más pequeño. Cuando miró el reloj… ya era demasiado tarde. Y las consecuencias eran visibles: ojeras, bastante marcadas, bajo sus ojos.
Yuuto caminaba tranquilamente por uno de los corredores cuando escuchó una voz conocida.
—¡Yuuto!
Levantó la mirada. Airi se acercaba con su habitual energía.
—¡Buenos días!
Yuuto levantó una mano a modo de saludo y le dedicó una mirada amable por encima del cubrebocas.
—Buenos días —dijo ella sonriendo.
Sin embargo, al llegar cerca, Airi entrecerró los ojos. Miró la capucha, luego sus ojos, y volvió a mirarlos. Yuuto sintió de inmediato que algo iba mal.
—…
Airi inclinó levemente la cabeza.
—Yuuto.
Él permaneció quieto. Sacó su libreta y escribió rápido:
«¿Qué?»
—¿Te quedaste despierto toda la noche?
Yuuto negó con la cabeza de inmediato. Demasiado rápido.
Airi parpadeó.
—Eso fue sospechosamente rápido.
Yuuto escribió: «No es cierto.»
—Tienes ojeras.
«No las tengo.»
—Sí las tienes.
«No.»
Airi levantó una ceja. Yuuto desvió la mirada y guardó silencio.
—Estuviste dibujando toda la noche, ¿verdad?
Yuuto se quedó completamente inmóvil. Silencio. No necesitó escribir nada; Airi ya tenía su respuesta.
—¡LO SABÍA!
Yuuto abrió la libreta y escribió apresuradamente:
«No fue toda la noche.»
—¡Entonces sí dibujaste hasta tarde!
Yuuto bajó la mirada y asintió levemente.
—¿Cuántas horas dormiste?
Yuuto levantó tres dedos.
—¿Tres?
Negó.
—¿Dos?
Yuuto apartó la mirada.
Airi se llevó una mano a la frente.
—No puede ser…
Yuuto escribió rápido: «Me entretuve.»
—Eso no es una excusa.
«Solo quería probar los materiales.»
—¿Y necesitabas hacerlo hasta que amaneciera?
Yuuto guardó silencio. Airi lo observó unos segundos y luego sonrió. Una sonrisa que él conocía demasiado bien.
—Bueno…
Yuuto sintió un escalofrío y escribió: «¿Qué?»
—Creo que debería contárselo a Reika.
Yuuto abrió los ojos y escribió con urgencia: «¡No!»
—Sí.
«Airi, por favor.»
—Reika debería saber que alguien bajo su cuidado decidió convertirse en búho durante la noche.
«¡No se lo digas!»
Airi dio un paso atrás. Yuuto supo en ese instante lo que iba a hacer, y en un hilo de vo suave le dice en voz baja.
—¡Airi, espera!
Ella salió corriendo.
—¡REIKA TIENE QUE SABERLO!
Yuuto guardó la libreta de un manotazo y salió tras ella.
—¡PERDONAME, YUUTO! —gritó ella adelantándose—. ¡YA VOY A DECÍRSELO!
Yuuto corrió detrás, sacudiendo la cabeza en un gesto de súplica.
—¡Solo fueron unas horas! —alcanzó a señalarle con gesto.
Airi se rio sin detenerse:
—¡Eso es exactamente lo que diría alguien que no durmió!
Yuuto intentó alcanzarla, pero ella corría ágilmente.
—¡REIKA! —gritó Airi.
Yuuto negó desesperado.
La escena habría resultado bastante cómica para cualquier estudiante que los viera. Pero alguien más también estaba observando.
Desde el segundo piso.
Sakura permanecía apoyada contra la baranda. Sus ojos seguían a Yuuto mientras este perseguía a Airi. Una sonrisa apareció lentamente en su rostro. No era una sonrisa divertida. Era la sonrisa de alguien que finalmente había decidido mover una pieza.
—Así que este es el momento…
Sakura había esperado demasiado tiempo. Observando. Escuchando. Recopilando pequeños fragmentos. Y ahora tenía suficiente material. No necesitaba que todo fuera verdad. Nunca lo había necesitado. Solo necesitaba una historia capaz de hacer que otros empezaran a hacerse preguntas. Y esta vez había encontrado una especialmente peligrosa.
Sakura se apartó de la baranda.
—Veamos cuánto tarda en arder todo.
Mientras tanto, en otro sector de la academia, el ambiente era completamente distinto.
Frente al tablón de anuncios se había formado un pequeño grupo. Algunos hablaban en voz baja. Otros leían. Pero ninguno se quedaba demasiado tiempo cerca. Porque frente al tablón estaban Reika y Ayaka. Y ambas compartían exactamente la misma expresión: la de alguien que pensaba que alguien iba a terminar enterrado en el patio.
Ayaka tenía los brazos cruzados. Reika permanecía inmóvil. Demasiado inmóvil. Eso era incluso peor.
Un estudiante que había estado leyendo el afiche retrocedió un paso.
—¿Crees que deberíamos irnos? —susurró a su compañero.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Reika está demasiado tranquila.
—…
—Y Ayaka tiene cara de querer cometer un crimen.
Ayaka giró lentamente la cabeza.
—Te escuché.
El estudiante desapareció entre la multitud de inmediato.
Reika seguía mirando el afiche. El encabezado era enorme. Y debajo, un texto cuidadosamente redactado por Sakura. No afirmaba directamente que Yuuto hubiera cometido algo. Eso habría sido demasiado fácil de refutar. Era mucho más inteligente que eso. Hablaba del incidente en su antigua escuela. Del terremoto. Del rumor que circuló entonces. De una compañera que supuestamente había sido atacada por Yuuto aprovechando el caos del temblor.
Y luego venían las preguntas. Preguntas aparentemente inocentes, pero diseñadas para sembrar dudas. ¿Qué ocurrió realmente aquel día? ¿Fue Yuuto víctima de un rumor… o alguien que consiguió ocultar sus verdaderas intenciones?
Y finalmente, una frase que hizo cambiar la expresión de Reika: ¿Estamos ante un joven injustamente acusado… o ante alguien que simplemente ha aprendido a fingir muy bien?
Ayaka apretó los puños.
—La voy a matar.
—Ayaka.
—¡¿Qué?!
—No.
—¡¿NO?!
Reika tomó el afiche con ambas manos.
—Esto no es una acusación. Es una insinuación.
Y eso era peor. Una acusación se refuta. Una insinuación crece sola.
Reika tiró del papel. Se rasgó limpiamente por la mitad. Algunos estudiantes retrocedieron.
Ayaka la miró.
—¿Y ahora?
Reika arrugó el papel entre sus dedos.
—Ahora vamos a encontrar a Sakura.
Pero entonces uno de los presentes habló con voz temblorosa.
—Presidenta…
Reika se giró.
—¿Sí?
El estudiante señaló el pasillo.
—No hay un solo afiche.
Ayaka frunció el ceño.
—¿Qué?
—Hay folletos. Muchos. Los repartieron por casi toda la academia.
Otro estudiante levantó uno que tenía en la mano. Reika lo tomó. Luego otro. Y otro más. El mismo contenido. Las mismas palabras. Las mismas preguntas.
Había sido planeado. No era algo pegado en un tablón. Era algo que podía viajar de mano en mano.
Reika cerró los ojos un instante.
—Sakura…
Ayaka golpeó suavemente el folleto con un dedo.
—Esta vez se pasó.
Reika abrió los ojos. Su mirada ya no era solo enfadada. Era fría.
—Sí.
—¿Qué hacemos? —preguntó Ayaka.
Reika miró a su alrededor. Algunos miraban hacia donde ella estaba, otros hablaban en grupos bajando la voz. Y ahí estaba el peligro: no importaba cuántos folletos quitaran. La pregunta ya había sido lanzada. ¿Y si fuera verdad?
Reika apretó el papel entre sus dedos.
—Primero impedimos que se extienda más.
—¿Y después?
Reika miró hacia el extremo del pasillo.
—Después hablaremos con Sakura.
Ayaka sonrió. No era su sonrisa habitual.
—Perfecto.
Mientras tanto, en otro corredor…
—¡AIRI, DETENTE! —alcanzó a gritar Yuuto con voz apenas audible, señalándola con gesto suplicante.
—¡NO! —respondió ella sin detenerse—. ¡YA ES DEMASIADO TARDE!
Yuuto seguía corriendo detrás de ella, sin saber absolutamente nada de lo que acababa de ocurrir. No sabía que los rumores habían vuelto. No sabía que Sakura había hecho su movimiento. Y sobre todo… no sabía que esta vez ella no estaba apuntando directamente contra él. Estaba apuntando contra la imagen que todos tenían de él. Y esa diferencia podía cambiarlo todo.
Yuuto entró al patio prácticamente corriendo detrás de Airi.
Ella giró la cabeza sin detenerse:
—¡No! ¡Primero voy a contárselo a Reika!
Yuuto negó con gesto desesperado y le hizo una seña para que se detuviera.
—¡Claro que puedo! —rio ella sin aminorar el paso—. ¡Tres horas de sueño, Yuuto! ¡Reika tiene derecho a saberlo!
Yuuto negó con más fuerza y señaló con dos dedos hacia abajo. Menos. Había dormido menos.
—¡Entonces fueron menos! —exclamó ella—. ¡Eso no mejora nada!
Por un instante todo parecía una escena completamente normal. Una pequeña persecución entre dos amigos. Una de esas tonterías que terminarían con Airi recibiendo un regaño silencioso por haberlo hecho correr tan temprano.
Pero entonces…
Yuuto se detuvo. De golpe.
Airi dio unos pasos más antes de notar que ya no escuchaba sus pasos detrás. Se giró.
—¿Yuuto?
Él permanecía inmóvil. Su respiración se había alterado. Sus manos apretaban con fuerza las correas de la mochila. Y aunque su rostro estaba parcialmente cubierto por el cubrebocas, Airi vio claramente cómo sus ojos cambiaron.
Yuuto miró a su alrededor.
Una sensación. Una que conocía demasiado bien.
Miradas. Ya no eran las de antes. Ahora había ojos siguiéndolo. Curiosidad. Desconfianza. Algunos, directamente, juicio. Y entre todos ellos… unos pocos lo miraban con algo que reconoció al instante: asco. Muy pocos. Pero bastaba uno.
Yuuto sintió que el aire se le escapaba. Sus brazos empezaron a temblar. Se abrazó a sí mismo.
Airi dejó de sonreír al instante.
—Yuuto…
Él no respondió. Sus ojos recorrieron el patio una y otra vez. Aquella sensación regresó entera: lo observaban. Lo juzgaban. Lo señalaban. Como si todos supieran algo terrible sobre él. Como si todos esperaran que hiciera algo.
Bajó la mirada. Y vio algo en el suelo. Un papel. Un folleto.
Se agachó. Lo recogió. Lo leyó. Una vez. Dos veces. Y llegó a aquella parte. Las preguntas. Las insinuaciones.
¿Y si no era simplemente una víctima? ¿Y si fingía muy bien?
Sus dedos empezaron a temblar. El papel se le inclinó en la mano. Levantó la vista y encontró en los rostros de los demás exactamente lo que más temía: duda.
El pasado volvió. No como un recuerdo lejano, sino como una avalancha. Pasillos de su antigua escuela. Voces. Murmullos. Gente apartándose cuando él pasaba. Comentarios. Acusaciones. Miradas. El deseo de desaparecer. La certeza de que, hiciera lo que hiciera, nadie escucharía su versión.
Cayó de rodillas.
—Yuuto…
Airi corrió hacia él. Él se llevó las manos a la cabeza. Su cuerpo entero temblaba. Negaba en silencio. No otra vez. No quiero volver ahí. Había costado tanto salir de aquella oscuridad. Había empezado a hablar, a confiar, a dibujar. Anoche había sido feliz. Y ahora… todo parecía desmoronarse.
Airi se arrodilló frente a él. No necesitó preguntar. Lo entendió todo. Aquellas heridas que él intentaba ocultar acababan de ser tocadas donde más dolían. Se acercó y lo abrazó sin dudarlo.
—Estoy aquí. No estás solo. ¿Entendido?
Yuuto no respondió, pero poco a poco su respiración empezó a estabilizarse. El temblor continuaba, pero ya no era tan fuerte.
—No importa lo que diga ese papel —susurró ella apretándolo con suavidad—. Yo te conozco. Y no voy a dejar que te escondas otra vez por culpa de esto.
Yuuto cerró los ojos. Una lágrima se deslizó en silencio.
Entonces una voz resonó con fuerza en todo el patio:
—¿Qué tanto miran?
Todos se giraron. Kaito caminaba hacia ellos. A su lado, Goro. Llegaron y se detuvieron frente a ellos como un muro. Como un escudo.
—¿No tienen nada mejor que hacer?
Nadie respondió. Goro cruzó los brazos; su expresión amable había desaparecido, reemplazada por una mirada que dejaba claro que la paciencia tenía un límite.
Un estudiante reunió valor y habló:
—¿Acaso no han visto los folletos?
Kaito lo miró fijamente.
—Los leí. Y no creo una sola palabra de esa estupidez.
El silencio cayó sobre el patio.
—¿Dónde están las pruebas? —continuó Kaito firme—. ¿Los informes? ¿Los testigos? ¿Cualquier cosa que demuestre lo que están insinuando?
Nadie dijo nada.
—No tienen nada. Solo un rumor. Una historia escrita para que hagan exactamente lo que están haciendo. En lugar de creer cualquier papel, podrían tomarse cinco minutos para conocer a la persona de la que hablan.
Algunos bajaron la mirada.
—Porque si una mentira basta para que piensen lo peor de alguien… entonces no son mejores que quien la escribió.
Avanzó un paso.
—¿Tienen algún problema con él? Pues búsquenlo ustedes mismos. Pero si van a quedarse ahí juzgando porque alguien imprimió un papel… ¿es que tienen tan poco juicio como para no verlo?
Nadie respondió. Poco a poco las miradas se apartaron. La gente empezó a irse.
Goro se agachó frente a Yuuto y suavizó la voz:
—¿Estás bien?
Yuuto sacó su libreta con manos todavía inestables. Escribió despacio, con trazo tembloroso:
«Estoy bien. Gracias.»
Goro sonrió con ternura.
—No tienes que agradecernos.
Kaito se acercó.
—Exactamente. No voy a dejar que hablen mal de mi amigo.
Yuuto se quedó inmóvil. Mi amigo. Dos palabras. Nada más. Pero para él significaban todo. Durante años creyó que una sola mentira bastaba para que todos se alejaran. Pero ahora… había personas que se quedaban. Que no necesitaban pruebas para creer en él.
Airi seguía a su lado. Goro y Kaito estaban ahí.
Yuuto apretó el lápiz entre los dedos. La oscuridad seguía ahí, el recuerdo no había desaparecido… pero tampoco había ganado. Porque esta vez, cuando el pasado volvió para llevárselo, había alguien sujetándolo. Y no era una sola persona.
Y lo que aún no sabía… era que Reika y Ayaka también habían leído los folletos. Y ambas buscaban a la misma persona.
Sakura.
Los pasillos de la academia estaban más silenciosos de lo habitual.
Reika caminaba con paso firme. A su lado, Ayaka apenas podía seguirle el ritmo. No porque Reika estuviera corriendo, sino todo lo contrario: caminaba con una tranquilidad inquietante. Una calma que Ayaka conocía demasiado bien.
—Reika…
No hubo respuesta.
—Reika.
—¿Qué?
Ayaka tragó saliva.
—Creo que… —miró hacia adelante— …me está dando pena Sakura.
Reika continuó caminando.
—No debería.
Ayaka la miró.
—¿Por qué?
—Porque ella eligió hacer esto.
Ayaka suspiró.
—Sí, pero… —se quedó pensando unos segundos— …acaba de despertar a la bestia.
Reika se detuvo. Ayaka también. Reika giró ligeramente la cabeza. Sus ojos estaban completamente serios.
—No.
Ayaka parpadeó.
—¿No?
—No despertó a una bestia —Reika volvió a caminar—. Le declaró la guerra a una.
Ayaka sintió un escalofrío. Conocía a Reika: había visto su lado amable, su paciencia, cómo resolvía conflictos sin levantar la voz. Pero también sabía algo: Reika podía soportar que hablaran de ella, insultos, rumores sobre su familia, incluso que cuestionaran su autoridad. Pero Yuuto… era diferente.
Sakura había cruzado una línea que nunca debió tocar. Y ahora iba a descubrir exactamente dónde estaba.
En la sala del periódico escolar, Sakura observaba satisfecha el caos que había provocado. Los estudiantes entraban y salían, comentaban los folletos, hablaban de Yuuto. Las preguntas se extendían tal como ella había planeado.
—Funcionó… —sonrió.
Una pequeña historia. Una insinuación. Unas preguntas. Y de repente, todos hablaban de lo mismo.
—¿Será cierto?
—Escuché que ocurrió algo parecido en su antigua escuela.
—Dicen que…
Sakura escuchaba todo con una sonrisa. Había conseguido lo que quería: poner a la academia a hablar, a Yuuto en el centro de la tormenta y, sobre todo, a Reika bajo presión.
Se sentó detrás de su escritorio.
—Esto apenas comienza.
Entonces…
¡BAM!
Las puertas se abrieron de golpe. Todos saltaron. Las conversaciones murieron al instante. Sakura levantó la mirada. Los miembros del periódico se quedaron inmóviles. Y entonces la vieron: Reika.
Entró caminando. Sin prisa. Sin gritar. Sin mirar a nadie más. Paso tras paso, su mirada fija en una sola persona. Sakura. Ayaka entró detrás y, al ver los rostros pálidos, suspiró por lo bajo: pobres, no tenían nada que ver con esto.
Sakura intentó mantener la sonrisa, pero algo en ella cambió. Nunca había visto a Reika así. No era la presidenta tranquila, ni la estudiante responsable, ni la chica que solucionaba todo con palabras. Sus ojos… eran diferentes. Y por primera vez, Sakura sintió miedo.
Reika se detuvo frente a su escritorio. El silencio era absoluto.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo?
Sakura forzó una sonrisa.
—Contando la verdad. No puedes callar algo así solo porque no te guste. Además… tengo más información —levantó unos papeles—. Pero pensé que esto era lo más escandaloso.
Hablaba y hablaba. Cada palabra era otro clavo, cada provocación una palada de tierra. Está cavando su propia tumba, pensó Ayaka.
Cuando Sakura terminó, Reika preguntó con calma:
—¿Ya terminaste? ¿Ya terminaste de mover la lengua?
La sonrisa de Sakura flaqueó. Reika la miró directamente a los ojos y, en ese instante, Sakura sintió terror. No por gritos ni violencia, sino porque aquella mirada decía una sola cosa: has cometido un error.
—Te lo diré una última vez —dijo Reika lentamente—. No te arrepientas después.
Apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Porque acabas de cometer el peor error de tu vida. Has decidido atacar a alguien que ya ha sufrido suficiente.
—Yo solo… —empezó Sakura.
—No —la interrumpió Reika—. Ahora me escuchas tú. No sé qué esperabas conseguir, pero acabas de comenzar una guerra. Y te aseguro que será una guerra de la que vas a desear no haber formado parte.
Sakura intentó recuperar terreno.
—¿Todo esto por el raro de la academia? ¿Acaso es tu novio? —sonrió con malicia—. Sería una noticia interesante: la presidenta tiene novio… y es él.
Ayaka cerró los ojos. Demasiado lejos.
Reika la agarró de la camisa y, en un movimiento seco, la empujó contra la pared.
¡BAM!
—¡¿Qué…?! —Sakura abrió los ojos de par en par.
Reika la tenía a centímetros. Ya no quedaba nada amable en su rostro.
—Mi relación con Yuuto es asunto mío. Si somos amigos, si somos pareja… o si simplemente confiamos el uno en el otro. A ti no te importa. Pero hay algo que sí debería importarte: no voy a dejarlo caer. Ya sufrió una vez. Y tú acabas de intentar devolverlo al mismo lugar. No lo voy a permitir.
Su voz bajó, volviéndose aún más pesada.
—Si alguien intenta empujarlo de nuevo hacia la oscuridad… yo seré la tormenta que se interponga en su camino. Y haré caer a cualquiera que se le ponga por delante. Aunque tenga que enfrentarme al propio director.
Reika la soltó de golpe. Sakura cayó de rodillas.
—Así que más te vale usar todo ese ingenio del que presumes —dijo Reika girándose hacia la puerta—. Porque a partir de ahora… voy a aplastarte. Hasta que desees no haber empezado esto.
Ayaka pasó junto a Sakura y la miró un instante. Normalmente habría soltado un comentario sarcástico. Esta vez… no dijo nada. Simplemente negó con la cabeza. Te advertí que no lo hicieras.
—Ayaka —llamó Reika desde la puerta.
—¿Sí?
—Vámonos.
Ambas salieron. La puerta se cerró. El silencio volvió a caer sobre la sala. Sakura seguía en el suelo, respirando entrecortadamente. Ya no sonreía.
Porque acababa de comprenderlo. Había estudiado a Reika durante años: conocía sus métodos, su paciencia, su forma de pensar. Pero cometió un grave error: confundió su paciencia con debilidad. Había llevado años provocándola… y hasta ese momento, Reika simplemente se había contenido.
Ahora ya no lo haría.