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Capítulo 19: Un paso fuera del refugio

DNavarrete
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La estación no estaba particularmente llena esa mañana, pero el flujo constante de personas generaba un murmullo continuo: pasos apresurados, fragmentos de conversaciones, el anuncio metálico de los…

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La estación no estaba particularmente llena esa mañana, pero el flujo constante de personas generaba un murmullo continuo: pasos apresurados, fragmentos de conversaciones, el anuncio metálico de los trenes que resonaba por los altavoces. Un ruido habitual, que para la mayoría pasaba desapercibido, pero que para alguien acostumbrado al silencio podía resultar abrumador.

 

Ayaka apoyó ambas manos en la baranda metálica, mirando el reloj digital con impaciencia.

 

—Llega tarde.

 

Reika, a su lado, mantenía los brazos cruzados y la espalda recta, aunque su mirada recorría la entrada con más frecuencia de lo que solía hacer.

 

—No ha pasado ni un minuto desde la hora acordada —respondió con calma, aunque también esperaba con atención.

 

—Para alguien como él, un minuto es una eternidad —insistió Ayaka.

 

Reika no lo negó. Sabía que tenía razón.

 

Durante un año entero, la vida de Yuuto se había reducido a una línea recta y sin variaciones: solo casa y escuela, sin desvíos, sin salidas, sin nadie con quien compartir el tiempo. Nunca había salido a pasear, ni a comer fuera, ni a visitar lugares que no fueran obligatorios.

 

Y hoy… por primera vez, había aceptado acompañarlas.

 

—¿Cómo crees que vendrá vestido? —preguntó Ayaka de pronto, rompiendo el breve silencio.

 

Reika ladeó levemente la cabeza.

 

—¿A qué te refieres?

 

—Pues si usará el uniforme, o esa ropa enorme que siempre lleva, que parece hecha para ocultar todo lo que hay debajo.

 

Reika pensó unos segundos, recordando cómo se cubría incluso en los días más calurosos.

 

—Lo más seguro es que traiga algo amplio, como siempre. Es su forma de sentirse seguro.

 

Luego añadió con una sinceridad que meses atrás no habría admitido:

 

—Aunque… me gustaría verlo distinto alguna vez.

 

Ayaka sonrió con suavidad.

 

—Sí. A mí también. No es curiosidad, ¿verdad? Es como si quisiéramos conocerlo por completo, sin barreras.

 

Antes de que Reika pudiera responder, el flujo de personas en la entrada se abrió lo suficiente para dejar ver una figura que avanzaba con pasos cortos e inseguros, como si cada paso fuera un pequeño reto que debía superar.

 

Ambas lo reconocieron al instante, pero al mismo tiempo se quedaron paralizadas.

 

Era Yuuto, sin duda… pero al mismo tiempo, no era el mismo que veían cada día.

 

El impacto fue inmediato.

 

Seguía llevando su cubrebocas negro, sí, y un gorro ajustado que le proyectaba sombra sobre la frente, además de unos lentes oscuros que le cubrían los ojos. Seguía intentando ocultarse, tal como siempre hacía. Pero la ropa que llevaba… no tenía nada que ver con lo habitual.

 

En lugar de esas prendas anchas y sin forma que le cubrían hasta las muñecas, llevaba unos vaqueros de corte recto que delineaban unas piernas largas y delgadas, casi frágiles a la vista. Una camiseta ajustada y una chaqueta ligera de cuero que se ceñía levemente a su espalda y hombros, revelando la silueta de su cuerpo en lugar de borrarla. Y lo más llamativo de todo: su cabello plateado, que siempre mantenía recogido o escondido bajo la capucha, caía libre y suelto, largo hasta la cintura, brillando bajo la luz del sol de la mañana como si estuviera tejido con luz de luna.

 

Cualquier persona que pasara por allí sin conocerlo habría pensado que se trataba de una chica joven y de rasgos muy delicados, que intentaba pasar desapercibida entre la multitud.

 

Yuuto se detuvo frente a ellas, manteniendo la cabeza baja y apretando su libreta negra contra el pecho con ambas manos, como si fuera la única protección que le quedaba.

 

Fue entonces cuando Ayaka y Reika entendieron de golpe todo lo que él les había contado, y todo lo que los informes médicos habían explicado. Porque al verlo así, sin capas de ropa que lo ocultaran, no quedaba ninguna duda: la forma de su cintura, la delgadez de sus brazos, y ese leve contorno que se marcaba incluso bajo la tela de la camiseta al apretar el cuaderno contra sí mismo… todo encajaba. Su cuerpo se había desarrollado siguiendo un camino que no correspondía a lo que todos esperaban, mucho más marcado de lo que se veía en cualquier caso habitual.

 

Ambas se quedaron en silencio, no por sorpresa negativa, sino por la claridad con la que por fin veían la realidad de su condición. Ya no era solo palabras ni explicaciones teóricas: estaba ahí, delante de sus ojos, y quedaba claro que no mentía, que su diferencia era mucho más profunda de lo que nadie imaginaba.

 

Yuuto notó el silencio y se puso aún más tenso. Sus dedos comenzaron a jugar nerviosos con el borde de la manga, y sus hombros se encogieron levemente, como si esperara que le dijeran que estaba mal, o que se veía extraño.

 

Ayaka fue la primera en recuperar la voz, con un tono suave y sin rastro de juicio.

 

—Yuuto… —dijo acercándose un paso despacio—. ¿Por qué… viniste vestido así?

 

Yuuto no levantó la mirada. Solo abrió su libreta con manos un poco temblorosas, escribió rápido y le mostró la hoja.

 

    “Nunca he salido a pasear con nadie. No tenía ropa para esto.”

 

Reika sintió que algo se le apretaba en el pecho.

 

Él siguió escribiendo, con trazo un poco más lento.

 

    “Todo lo que tengo es muy grande. Esto es lo único que me quedó que no me queda enorme.”

 

Dudó un segundo antes de añadir la siguiente frase, como si le costara admitirlo.

 

    “Mi madre me ayudó a elegirlo. Insistió mucho en que me lo pusiera.”

 

Ayaka ladeó la cabeza con ternura.

 

—¿Solo te ayudó a elegir?

 

Yuuto escribió de nuevo, y esta vez las letras se veían un poco más inestables.

 

    “Se veía muy contenta. Incluso emocionada, cuando me vio salir de la habitación.”

 

En ese instante, el corazón de ambas se ablandó por completo. Entendieron perfectamente a Aoi: después de años viendo a su hijo ocultarse bajo montones de ropa, cualquier cosa que le permitiera salir sin esconderse tanto era motivo de alegría.

 

—Claro que estaba emocionada —dijo Ayaka con una sonrisa cálida—. Llevaba mucho tiempo esperando que quisieras salir y mostrarte tal cual eres.

 

Reika asintió con la misma calma de siempre, pero con una mirada más suave.

 

—Llevaba años esperando este día, aunque no lo dijera en voz alta.

 

Yuuto bajó un poco más la cabeza, y escribió otra línea con timidez.

 

    “No pude decirle que no. Perdón si se ve raro, o si no es lo que esperaban.”

 

Ayaka abrió los ojos con sorpresa y negó con la cabeza de inmediato.

 

—¿Raro?

 

Reika dio un paso más cerca, lo suficiente para que él escuchara bien sus palabras, sin que sonaran fuertes ni llamaran la atención.

 

—Yuuto, no hay nada de raro en ti. Nada en absoluto.

 

—Es más —añadió Ayaka con una sonrisa que le iluminaba el rostro—, te ves muy bien. De hecho, es adorable verte así.

 

Yuuto se quedó inmóvil unos segundos, procesando esas palabras. No estaba acostumbrado a escuchar algo así, y menos cuando se sentía tan expuesto. Escribió de nuevo, con dudas:

 

    “Me siento muy incómodo. Todo se siente diferente.”

 

—Es normal —le respondió Reika con total seguridad—. Llevas años acostumbrado a ocultarte, así que sentir el aire sobre la piel y que la ropa no te cubra todo es extraño al principio. Pero viniste de todos modos. Eso es lo importante.

 

Ayaka asintió con energía.

 

—Exacto. Que te sientas un poco incómodo no significa que debas volver a encerrarte. Ya has dado el paso más difícil.

 

Yuuto bajó la mirada, y un leve soplo de viento movió sus mechones plateados, haciendo que brillaran bajo el sol. Aún había vergüenza, sí, y mucha inseguridad… pero también había algo nuevo, una pequeña sensación de orgullo por haber reunido el valor suficiente para salir de esa forma.

 

Escribió una última frase, con trazo un poco más firme, aunque se notaba que le costaba:

 

    “No quería decirles que no. No quería perderme esto.”

 

El silencio que siguió fue totalmente distinto al anterior: ya no era de sorpresa, sino de calidez y comprensión. Ambas entendieron de golpe todo lo que eso significaba. Yuuto había tenido miedo, había sentido vergüenza, había dudado mil veces antes de salir de casa… pero aun así, había venido. Porque quería estar con ellas.

 

Ayaka sonrió con esa energía que siempre lograba levantar el ánimo.

 

—¡Entonces ya está todo dicho! No hay nada más que hablar.

 

Reika ajustó con calma la correa de su bolso, con una media sonrisa apenas perceptible.

 

—Hoy salimos a pasear, sin reglas, sin prisas.

 

Ayaka levantó un brazo con entusiasmo, como si anunciara una misión importante.

 

—¡Primera salida oficial como amigos!

 

Yuuto parpadeó detrás de sus lentes oscuros, confundido por esa expresión tan animada, pero al mismo tiempo sintió una sensación nueva en el pecho, algo que no sabía nombrar bien: tranquilidad, confianza, ganas de seguir caminando.

 

Y por primera vez desde que salió de casa esa mañana, sus hombros se relajaron un poco. Muy poco, casi imperceptible para quien no lo conociera, pero suficiente para que él mismo sintiera que no estaba bajo ataque.

 

Porque ese día no se trataba de una prueba ni de tener que demostrar nada. Era simplemente el comienzo de algo nuevo: un paso fuera de su refugio, sin tener que esconderse por completo.

 

Centro comercial

 

El centro comercial estaba más lleno de lo que Yuuto había imaginado. El aire olía a café recién hecho, dulces y la limpieza de sus pisos brillantes, mientras las luces blancas y cálidas del techo inundaban cada rincón con una claridad que lo hacía sentir mucho más expuesto de lo que le gustaba. El ruido era constante: pasos apresurados, risas, música suave de fondo, anuncios por los altavoces y el murmullo mezclado de cientos de personas hablando al mismo tiempo.

 

Era vida en pleno movimiento. Y para alguien que llevaba más de un año reduciendo su mundo a solo dos lugares, esa sensación resultaba abrumadora.

 

Yuuto caminaba entre Ayaka y Reika con pasos cortos y medidos, como si estuviera pisando terreno inestable. Tenía los hombros ligeramente encogidos, las manos apretadas con suavidad alrededor de su cuaderno, y aunque el cubrebocas negro y las gafas oscuras le ocultaban casi todo el rostro, su postura lo decía todo: se sentía fuera de lugar, demasiado visible.

 

Y en efecto, las miradas llegaban sin falta. Pero lo que él creía que eran juicios o reproches, en realidad eran todo lo contrario.

 

No solo se fijaban en su cabello plateado, que bajo esa luz brillaba como si estuviera tejido con luz de luna, cayendo suelto y largo hasta la cintura. La gente también veía su silueta delgada y elegante, sus hombros estrechos, su cintura marcada y esa forma de moverse con una delicadeza casi inconsciente.

 

Para todos los que pasaban por allí, no había ninguna duda: era una chica joven, muy hermosa, que simplemente era extremadamente tímida y prefería ocultar su rostro.

 

—Mira qué preciosa es… —murmuró una mujer a su amiga, pasando a su lado—. Qué cuerpo tan esbelto y ese cabello… parece de cuento.

 

—Seguro que es muy tímida, por eso lleva todo cubierto —respondió la otra en voz baja—. Si ya se ve así de bonita con ropa sencilla, no quiero imaginarme cuando se quite la mascarilla.

 

—¿Será una modelo o algo así? O tal vez viene de algún evento de disfraces… su cabello parece una peluca, pero se ve demasiado natural.

 

—Da igual lo que sea, tiene una presencia increíble. Parece una princesa tímida que no se atreve a mostrarse.

 

Ayaka y Reika escuchaban todos esos comentarios con claridad, mientras Yuuto seguía caminando sin distinguir bien las palabras, convencido de que todos pensaban que se veía extraño o fuera de lugar.

 

Ayaka tuvo que morderse el labio inferior para no soltar una carcajada en pleno pasillo. Miró de reojo a Reika, que también tenía una media sonrisa contenida, como si estuviera escuchando el chiste más divertido del mundo.

 

Mientras tanto, Yuuto, sumido en sus propias inseguridades, bajó un poco más la cabeza y miró de pronto a Reika con esos ojos que se le veían grandes, suaves y llenos de duda detrás de los lentes oscuros. Era exactamente esa mirada de cachorrito perdido que preguntaba sin palabras: ¿De verdad no me veo raro? ¿No es un error haber salido así?

 

Ayaka apretó los puños a los costados para aguantarse la risa, y Reika respondió con total serenidad, sin dejar entrever nada de lo que escuchaban:

 

—No bajes la cabeza, Yuuto. No tienes nada que esconder.

 

—Las miradas no son por lo que crees —añadió Ayaka, recuperando el control de su voz—. Te miran porque te ven muy bien, no porque seas raro.

 

Yuuto parpadeó confundido, abrió su cuaderno y escribió rápido:

 

 

    “Entonces ¿por qué me siguen mirando tanto? Me siento muy expuesto.”

 

—Porque para ellos eres algo muy especial —le explicó Reika con calma—. Ven a alguien que les parece hermosa y muy reservada, y eso les llama la atención.

 

Más adelante, mientras se detenían frente a una vidriera, escucharon a un grupo de chicos un poco más lejos:

 

—¿Viste a esa chica? Es impresionante.

 

—Parece muy tímida, no levanta la cabeza ni un segundo.

 

—Seguro que tiene miedo de que la miren demasiado… pero es que es imposible no fijarse en ella.

 

—¿Te animas a acercarte? Yo no me atrevo, además va acompañada de esas dos chicas que parecen muy serias.

 

Ayaka sonrió satisfecha al escuchar esto, mientras Yuuto seguía convencido de que todos lo juzgaban mal. Cada vez que escuchaba un murmullo a su alrededor, sus hombros se tensaban un poco más, sin saber que en realidad lo que decían era lo opuesto a lo que él imaginaba.

 

Y así transcurrió toda la tarde: él pensando que era una carga para la vista de los demás, mientras que todos los que pasaban lo veían como una chica hermosa, elegante y demasiado tímida para mostrarse al mundo. Solo Ayaka y Reika conocían la verdad, y solo ellas sabían cuánto se equivocaba en sus propias conclusiones.

 

El día transcurrió con una tranquilidad que Yuuto no había experimentado en mucho tiempo.

 

No hubo grandes eventos, ni sorpresas espectaculares, ni momentos que cambiaran el mundo de golpe. Y, sin embargo, para él todo era nuevo.

 

Caminar entre las tiendas sin sentir que debía cruzar la calle para evitar a la gente. Escuchar conversaciones a su alrededor sin esperar que de repente se volvieran contra él. Sentarse en bancos o pasillos sin querer encogerse para ocupar el menor espacio posible.

 

Las miradas existieron, por supuesto. Eran inevitables.

 

Su cabello plateado brillaba bajo las luces del techo como si estuviera hecho de luz propia, y su silueta —delgada, elegante, de movimientos suaves y contenidos— hacía que casi todos los que lo veían sacaran la misma conclusión:

 

Una chica muy hermosa, pero extremadamente tímida.

 

Más de un joven volteaba la cabeza al pasar. Más de uno daba unos pasos extra como si estuviera reuniendo valor para acercarse y preguntarle algo. Pero en cuanto veían a Ayaka y a Reika caminando a sus lados, con esa compostura segura y esa presencia que imponía respeto, se detenían en seco y desistían al instante. Era como si un muro invisible dejara claro: este lugar ya tiene dueño.

 

Ayaka lo notó varias veces y sonreía de lado, satisfecha.

 

—Qué útil resulta esto —comentó en voz baja.

 

Yuuto ladeó la cabeza, confundido detrás de sus lentes oscuros.

 

Reika explicó con calma:

 

—Las personas suelen respetar el espacio cuando ven que hay alguien más que acompaña. Nadie se atreve a molestar si percibe que hay orden.

 

—En resumen —añadió Ayaka riendo bajito—: nosotras funcionamos como escudo humano. Nadie se atreve a acercarse.

 

Yuuto abrió su cuaderno y escribió con un toque de firmeza:

 

    “No soy una presa que necesite protección.”

 

Ayaka se llevó una mano al pecho fingiendo un gran dolor.

 

—¡Vaya! Me quitas el papel más divertido del día.

 

Incluso Reika dejó escapar una risita breve, casi imperceptible, que hizo que los ojos de Yuuto se abrieran un poco más.

 

Así fueron avanzando: entraron en tiendas de ropa, miraron escaparates, pasaron por puestos de accesorios y detuvieron el paso en algunas vitrinas solo para ver lo que había dentro. Para cualquiera que las mirara, era un recorrido normal y corriente de amigos. Pero para Yuuto, cada paso era un logro: seguía sintiéndose un poco nervioso, con el corazón latiendo más rápido de lo habitual, pero sabía que mientras estuviera entre ellas, podía respirar más tranquilo.

 

En un momento, después de comprar algunas cosas sencillas, pasaron frente a la zona de ocio. Yuuto se detuvo sin querer, giró ligeramente la cabeza y se quedó mirando por el cristal de la entrada a la sala de máquinas recreativas. Las luces de colores parpadeaban en el interior, se escuchaban melodías alegres y el sonido de los controles y los marcadores subiendo.

 

Ayaka lo notó al instante.

 

—¿Te llama la atención?

 

Yuuto parpadeó y volvió la vista hacia ellas, como si le diera vergüenza haberlo mirado tanto tiempo.

 

Reika lo observó con amabilidad y asintió hacia la puerta.

 

—Si quieres entrar un rato, podemos hacerlo. Aún nos sobra tiempo antes de que anochezca.

 

Yuuto dudó unos segundos, apretó un poco su cuaderno contra el pecho y luego asintió despacio.

 

Una vez dentro, Ayaka se adelantó con entusiasmo.

 

—¿Sabes jugar a esto? —preguntó señalando una de las máquinas de acción.

 

Yuuto asintió de nuevo, más seguro esta vez.

 

Minutos después, el ambiente cambió por completo.

 

—¡¿CÓMO PUEDES SER TAN BUENO EN TODO?! —exclamó Ayaka, con los ojos muy abiertos al ver cómo la pantalla mostraba su puntuación muy por debajo de la de él.

 

Reika observaba con calma, pero con una ligera sorpresa en su mirada.

 

—Sus reflejos son mucho más rápidos de lo normal —admitió con serenidad—. No hay errores en sus movimientos.

 

Pasaron a otra máquina, esta vez de carreras. Yuuto tomó el volante con naturalidad y, una vez más, terminó en primer lugar. Ayaka lo miraba con ojos entre sorprendidos y divertidos.

 

—¡Esto no es justo! —se quejó riendo—. ¡Tú tienes ventaja por estar todo el día encerrado!

 

Yuuto inclinó la cabeza en señal de disculpa, pero esta vez sus hombros temblaron levemente: estaba riéndose en silencio, sin hacer ruido para no llamar más la atención.

 

Ayaka siguió buscando opciones, hasta que sus ojos se iluminaron al final del pasillo. Allí había una gran máquina de baile, con una plataforma de colores y flechas luminosas en el suelo, y música alegre sonando con fuerza.

 

—¡Esa es la indicada! —dijo con entusiasmo—. ¡Aquí te voy a ganar seguro!

 

Yuuto se quedó inmóvil y negó con la cabeza rápidamente, levantando las manos como si rechazara la propuesta. Abrió el cuaderno y escribió con prisa:

 

    “No sé bailar. Y además, me veré muy raro en medio de todo esto.”

 

—¡Tonterías! —le respondió Ayaka sin darle tiempo a más dudas—. No hace falta saber bailar de verdad, solo seguir las flechas. Y nadie te va a mirar mal, ya verás.

 

Lo tomó suavemente del brazo con mucha delicadeza, sin apretar, y su energía fue tan contagiosa que Yuuto no supo cómo negarse más. Miró a Reika buscando apoyo, pero ella solo sonrió y asintió:

 

—Prueba un rato. Si te sientes incómodo, paramos en el acto. Sin problemas.

 

Con esa garantía, Yuuto suspiró bajito y subió a la plataforma. Ayaka puso una canción de ritmo medio, se colocó a su lado y le explicó con señas cómo funcionaba: solo debía pisar las flechas en el momento justo en que se iluminaban.

 

Al principio, Yuuto se movía con rigidez, muy contenido, con los brazos pegados al cuerpo y la espalda encorvada. Pero poco a poco, a medida que se acostumbraba al ritmo y veía que no cometía errores graves, empezó a relajarse. Sus pasos se hicieron más ligeros, más fluidos, y hasta movía los brazos con naturalidad, como si su cuerpo supiera qué hacer sin que él tuviera que pensarlo demasiado.

 

—¡Ves! —gritó Ayaka sobre la música, sonriendo con orgullo—. ¡Te estás saliendo muy bien! ¡Te dije que no era difícil!

 

Llevaban casi toda la canción, y sus puntuaciones iban casi igualadas: una vez ganaba Ayaka, otra Yuuto, con una diferencia mínima.

 

—¡Ya te alcanzo! —decía ella entre risas—. ¡No creas que vas a ganar en todo!

 

Pero justo cuando faltaban solo unos segundos para terminar la canción, Yuuto se detuvo en seco.

 

Dejó de moverse de golpe, se llevó ambas manos al pecho y se encorvó un poco, como si le doliera algo o sintiera una molestia muy fuerte. Su respiración se aceleró levemente, y sus hombros se tensaron con fuerza.

 

La música siguió sonando un instante más y luego se apagó, marcando el final de la partida. Ayaka había ganado por unos pocos puntos, pero en cuanto vio la postura de Yuuto, su sonrisa se borró de inmediato.

 

—¿Yuuto? ¿Qué pasa? ¿Te has hecho daño? —preguntó acercándose rápido.

 

Reika, que había estado observando con más atención, se dio cuenta al instante. No era un golpe ni un dolor en las piernas: su postura, la forma en que se apretaba con cuidado, todo indicaba otra cosa. Se agachó un poco para quedar a su altura, hablándole en voz baja y suave para que solo él la oyera.

 

—¿Te molesta la ropa? ¿Sientes que algo se mueve o te aprieta de forma incómoda?

 

Yuuto levantó la vista hacia ella, con los ojos llenos de incomodidad y vergüenza, y asintió despacio. Sus dedos seguían apoyados con cuidado sobre el pecho.

 

—¿No llevas nada para sujetar esa zona? —preguntó Reika con total naturalidad, sin juicio ni asombro, solo con preocupación—. ¿Ninguna prenda interior que te dé soporte?

 

Yuuto negó con la cabeza rápidamente, luego bajó la mirada y escribió con trazo un poco inestable:

 

    “Nunca me atreví a usar algo así. En la escuela siempre llevo ropa muy ancha y gruesa, así que no lo siento. Pero esta ropa de hoy es más ajustada… y al moverme tanto… se mueve y duele un poco.”

 

Se detuvo un segundo antes de añadir, con más timidez:

 

    “Mi madre intentó convencerme, pero nunca quise.

 

Ayaka se quedó en silencio, comprendiendo de golpe todo lo que pasaba. Miró a Reika, que ya tenía la respuesta clara en su mente.

 

Entendieron entonces la realidad completa: aunque su madre Aoi lo cuidaba con todo el amor del mundo, nunca habían hablado de estos detalles íntimos, de cómo cuidar un cuerpo que se estaba desarrollando de forma distinta a lo habitual. Yuuto, por su parte, había pasado tanto tiempo ocultándose y sintiéndose avergonzado de sus propios cambios, que nunca se había atrevido a preguntar, ni a buscar soluciones que le hicieran sentir más cómodo.

 

No era que no lo cuidaran: era que nadie había sabido guiarlo en ese aspecto tan delicado, y él mismo no había tenido el valor de enfrentarse a su propia realidad.

 

Reika se levantó con calma, le pasó una mano suavemente por el hombro para tranquilizarlo y le habló con voz firme pero muy amable:

 

—No te preocupes. Es algo normal, y tiene solución. Solo es cuestión de usar lo adecuado para que no te moleste ni te duela.

 

Ayaka asintió con decisión, recuperando su energía pero con mucha más ternura.

 

—¡Claro que sí! Es algo muy fácil de arreglar. Ahora mismo salimos de aquí y buscamos una tienda donde encuentres lo que necesites. No te avergüences, ¿vale? Todos tenemos cosas que aprender sobre nuestro propio cuerpo.

 

Yuuto las miró, sorprendido de que no le dieran importancia ni le hicieran preguntas incómodas, y sintió cómo la vergüenza se iba transformando poco a poco en alivio.

 

Por primera vez, no sentía que su cuerpo fuera algo raro o que debía esconder. Solo comprendía que necesitaba aprender a cuidarlo de otra forma, y tenía a dos personas dispuestas a ayudarlo sin juicio.

 

No hicieron preguntas innecesarias ni comentarios que pudieran avergonzarlo. Simplemente, después de salir de la sala de máquinas, Reika señaló con calma la dirección de una tienda que estaba en el mismo pasillo, y Ayaka asintió con entusiasmo, tomando suavemente el brazo de Yuuto para guiarlo.

 

—Vamos, es rápido y no te va a molestar nada más en lo que queda de día —le dijo con una sonrisa tranquilizadora.

 

Yuuto caminaba entre ellas con la cabeza baja, el corazón latiéndole un poco más fuerte de lo normal y apretando su cuaderno contra el pecho como si fuera su único escudo. Sabía que tenían razón, pero entrar a un lugar así le provocaba una mezcla de vergüenza y miedo a sentirse expuesto.

 

Una vez dentro, el ambiente era tranquilo, con estantes ordenados y luces suaves que no llamaban demasiado la atención. Las dos lo llevaron directamente hasta el mostrador de atención, donde una dependienta esperaba amablemente.

 

—Buenas tardes —saludó Reika con educación—. Necesitamos que nos ayuden a tomar medidas para elegir la talla correcta.

 

La dependienta asintió y señaló hacia una cabina de prueba cerrada al fondo.

 

—Perfecto. Pueden pasar uno por uno, y le diré exactamente cuál es su medida.

 

Ambas se giraron hacia Yuuto con intención de dejarlo entrar solo.

 

—Nos quedamos aquí afuera, no te preocupes —dijo Ayaka—. Cuando termines, nos avisas.

 

Pero en cuanto dieron un paso hacia atrás, Yuuto reaccionó de inmediato. Extendió la mano con rapidez y, con dedos temblorosos pero firmes, tomó suavemente la muñeca de Reika. No apretó fuerte, solo la sostuvo un instante, y al levantar la vista hacia ella, sus ojos detrás de los lentes oscuros suplicaban con claridad: No me dejes solo. Quiero que tú entres conmigo.

 

Reika se quedó paralizada un segundo, sintiendo cómo un calor repentino le subía por el cuello hasta las mejillas, tiñéndolas de un tono rosado suave. Era una situación inesperada, y por un momento no supo qué responder. Pero al ver esa expresión de miedo e inseguridad en el rostro de Yuuto, supo que no podía negarse. Él no lo hacía por capricho, sino porque se sentía demasiado vulnerable para hacerlo solo.

 

—Está bien —dijo ella, con voz un poco más suave y baja de lo habitual—. Entraré contigo.

 

Ayaka, al ver la escena, sonrió con complicidad y les hizo un gesto con la mano para indicar que esperaría fuera.

 

—¡Perfecto! Yo me quedo aquí vigilando, no se preocupen.

 

Ambos entraron en la cabina de prueba y corrieron la cortina, dejando solo una rendija de luz desde afuera.

 

Pasaron unos minutos de silencio, solo interrumpido por el murmullo suave de las voces de Reika explicando con mucha calma y delicadeza cada paso, y los sonidos tímidos de los movimientos de Yuuto.

 

Cuando salieron, Reika tenía las mejillas aún un poco sonrojadas, pero sostenía en la mano un papel con las medidas anotadas claramente. Se lo entregó a Ayaka con seriedad, aunque con un tono más relajado.

 

—Aquí lo tienes. Sé que tú tienes mejor ojo para elegir modelos cómodos y discretos, así que te dejo esa parte.

 

Ayaka tomó la hoja con entusiasmo y se dirigió a los estantes, revisando con atención cada prenda, buscando las que fueran más sencillas, de telas suaves y que no llamaran la atención bajo la ropa. En menos de diez minutos regresó con unas siete u ocho opciones, todas en tonos neutros, sin adornos excesivos y con diseños pensados para dar soporte sin apretar.

 

 

—Aquí tienes —dijo, metiéndolas en una bolsa pequeña y pasándolas por la rendija de la cortina—. Prueba estas y dime cuál te sienta mejor.

Pasaron unos quince minutos más. Desde afuera, Ayaka podía escuchar la voz tranquila y paciente de Reika, explicando con detalle:

 

—Tienes que pasar los brazos por las correas primero… así, suave. Ahora ajusta por la espalda, no demasiado apretado, solo lo suficiente para que se quede en su lugar… sí, así está bien. Si te acomodas un poco hacia los lados, no se mueve cuando te mueves o caminas… ¿lo sientes mejor?

 

Y de vez en cuando, la respuesta de Yuuto llegaba en forma de notas o palabras muy bajas, casi susurradas.

 

Cuando por fin salieron de la cabina, Yuuto caminaba con la espalda un poco más erguida, pero tenía el rostro totalmente rojo como un tomate, con las mejillas encendidas hasta la punta de las orejas. Llevaba puesta una de las prendas, debajo de su camisa ligera, y aunque no se notaba nada desde fuera, su postura ya no era la de alguien que se siente incómodo o apretado.

 

Ayaka se acercó con una sonrisa amable, sin burlarse de su rubor.

 

—¿Y bien? ¿Cómo te sientes ahora?

 

Yuuto se tocó suavemente el pecho con la mano, probando el movimiento, y luego asintió con calma. Sacó su cuaderno y escribió con trazo mucho más relajado que antes:

 

    “Es diferente. Al principio se siente extraño, pero ya no se mueve ni molesta. No siento ese dolor ni esa incomodidad cuando me muevo.”

 

Levantó la vista hacia ellas, y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos brillaban con gratitud sincera. Escribió una última frase:

 

    “Gracias. De verdad. No sabía qué hacer. Siempre me dio demasiada vergüenza aceptar que necesitaba algo así.… pero ustedes me ayudaron sin juzgarme. Son las mejores amigas que podría tener.”

 

Ayaka sintió que se le llenaba el pecho de ternura y le dio una palmadita suave en el hombro.

 

—¡Eso es lo que hacemos los amigos! No hay nada que agradecer.

 

Reika asintió con una sonrisa pequeña pero muy cálida, y por primera vez ese día, su expresión no tenía nada de formal o distante.

 

—Lo importante es que te sientas bien contigo mismo. Ahora ya sabes cómo cuidar también esa parte de ti.

 

Yuuto guardó su cuaderno, respiró hondo y, por primera vez en toda la tarde, dejó de sentir que su propio cuerpo era algo que debía ocultar o sufrir en silencio. Gracias a ellas, había aprendido algo nuevo y, sobre todo, había comprendido que no estaba solo en ese camino.

Thoughts

  • RubenOrtega

    El rapaz sale con lo único que no le queda enorme y Aoi insistiendo con la ropa. Me da que la madre tenía la chaqueta comprada de antes, esperando el día. Lo de la máquina de baile se veía venir, ho.

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