Me quedé harto rato con la idea de que una vive dentro de las estrategias que un día necesitó para no romperse. Uno las arma para una emergencia y después siguen ahí veinte años, como un cerco puesto por una crecida que ya pasó. Después de la tarde del helado del capítulo anterior, que el primer paso fuera una cerveza con las compañeras al salir de la oficina tiene toda la lógica: fíjate que lo chico es lo único que se puede sostener al principio.
Capítulo 21
Pensamiento
Me quedé harto rato con la idea de que una vive dentro de las estrategias que un día necesitó para no romperse. Uno las arma para una emergencia y después siguen ahí veinte años, como un cerco puesto por una crecida que ya pasó. Después de la tarde del he
Contenido de la publicación
“El que vive con miedo muere a diario.”
Gaspi
La mujer que no conocía
Después de la separación pensé que lo más difícil ya había pasado. Creí que el mayor acto de valentía había sido cerrar una puerta que llevaba demasiado tiempo abierta. Me imaginaba en ese momento como una especie de línea de llegada. Estaba convencida de que, una vez del otro lado, sentiría alivio, paz y una libertad inmediata. Pero la vida volvió a sorprenderme.
Porque el verdadero desafío no comenzó cuando él se fue. Comenzó cuando ya no tuve a quién sostener y me encontré, frente a una mujer que apenas conocía.
Había pasado tantos años ocupándome de los demás que no sabía qué hacer conmigo. Durante décadas mi identidad se había construido alrededor de los otros, ser madre, ser compañera, ser la que resolvía, la que contenía, la que encontraba fuerzas incluso cuando ya no le quedaban. Había aprendido a exigirme a través de las necesidades ajenas. Cuando esas obligaciones empezaron a desaparecer, apareció un silencio que al principio me resultó insoportable. Aburrido. La negación total de no querer sentirme “sola”. La palabra parecía sencilla, pero removía los cimientos de toda mi historia.
Fue entonces cuando empecé a ver que una identidad no se construye únicamente con las decisiones que tomamos. También se fortalece con aquello que, sin darnos cuenta, hacemos para sobrevivir. Muchas veces creemos que somos de una determinada manera, cuando en realidad estamos habitando las estrategias que un día necesitamos para no rompernos.
Al mirar mi historia con esos ojos, empecé a reconocerme de otra manera. La mujer que durante años creí ser no era solamente yo; era también la suma de todas las formas que había encontrado para seguir de pie. Mi aparente fortaleza escondía el miedo a volver a sentirme desprotegida. Mi necesidad de poder con todo nacía de una niña que muy temprano aprendió que no siempre podía contar con los adultos que debían cuidarla. Entonces comprendí que no estaba descubriendo una personalidad nueva; estaba separando, por primera vez, a Alejandra de las armaduras que había construido para sobrevivir.
Y comprender eso fue profundamente desestabilizador.
Porque si esas formas de vivir no era mi esencia, entonces ¿Quién era Alejandra cuando ya no tenía que sobrevivir?
No encontré la respuesta en un libro, ni en una sesión de terapia, ni en una gran revelación. La fui descubriendo en los gestos más pequeños, casi imperceptibles, de la vida cotidiana.
Empecé a hacer cosas que durante años me habían parecido banales o incluso egoístas. Me compré ropa porque me gustaba cómo me hacía sentir y no porque fuera necesaria. Elegí ropa interior linda, con encaje, aunque nadie fuera a verla. Volví a pintarme, a cuidar mi piel, a probar perfumes, cremas y pequeños rituales que antes consideraba un lujo innecesario. Sin darme cuenta, estaba aprendiendo a tratarme con la misma ternura con la que siempre había cuidado a los demás.
Después de la oficina ya no corría desesperadamente a cumplir con las obligaciones de siempre. Algunas tardes me quedaba a tomar una cerveza con mis compañeras, simplemente porque disfrutaba de la conversación. Empecé a ir al gimnasio, al cine, a caminar sin apuro. Aprendí el placer de tomar unos mates en la cama por la mañana, a dormir hasta tarde cuando el cuerpo lo necesitaba o de mirar una serie sin sentir culpa por estar perdiendo el tiempo.
También me animé a salir con otras personas. No buscaba reemplazar una historia por otra ni encontrar el amor de mi vida. Necesitaba algo mucho más profundo, volver a sentirme una mujer deseante. Esas citas no construyeron grandes relaciones, pero sí me ayudaron a reencontrarme con una parte de mí que había permanecido dormida durante muchos años. Me recordaron que todavía podía ilusionarme, reírme, sentir mariposas, gustar y gustarme.
Hubo otro cambio que, aunque parezca pequeño, para mí fue inmenso. Empecé a sacarme fotos. A reconocerme en esa imagen, antes había evitado las cámaras porque no me gustaba mi cuerpo ni mi imagen. Siempre encontraba un motivo para esconderme detrás de los demás. Hasta que un día dejé de esconderme. No porque mi reflejo hubiera cambiado, sino porque había empezado a transformarse la mujer que lo observaba. Por primera vez dejé de buscar defectos y empecé a reconocerme con un poco más de ternura.
Mirándolo hoy, entiendo que ninguna de esas cosas era superficial. No se trataba de ropa, de maquillaje, de perfumes o de una cerveza después del trabajo. Lo que estaba cambiando era algo mucho más profundo. Por primera vez en muchos años, dejaba de organizar mi vida alrededor de lo que otros necesitaban para empezar a preguntarme qué me hacía bien a mí.
Así fue como empezó a nacer la mujer que no conocía. No apareció de un día para otro. Se fue revelando en cada pequeña elección, en cada permiso que me di, en cada gesto de cuidado hacia mí misma. Y comprendí que la reconstrucción no ocurre únicamente en los grandes acontecimientos. Muchas veces comienza en esos actos silenciosos que, vistos desde afuera, parecen insignificantes, pero que por dentro cambian para siempre la forma en que una mujer aprende a habitarse.
© Alejandra, 2026. Todos los derechos reservados. Texto protegido por ley.
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