No manches, Daeron jurando no acercarse a ella y a los veinte minutos empujando la carreta con cara de funeral. Ya perdió y no se ha enterado.
Capítulo 20: Dos sombras, un mismo camino
Dos días habían pasado desde la noche de la fiesta.
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No manches, Daeron jurando no acercarse a ella y a los veinte minutos empujando la carreta con cara de funeral. Ya perdió y no se ha enterado.
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Dos días habían pasado desde la noche de la fiesta.
Dos días desde la lanza.
Dos días desde que media ciudad juraba haber visto a Anna d’Valrienne sangrar frente a todo el salón noble.
Y sin embargo, aquella mañana el mercado seguía vivo como siempre.
Los vendedores abrían sus puestos mientras el sol comenzaba a calentar las piedras de la plaza. El olor de pan recién horneado se mezclaba con especias traídas de tierras lejanas. Carretas cargadas de verduras avanzaban lentamente entre la gente, y los mercaderes discutían precios con la pasión habitual.
Para la ciudad, aquello era un día normal.
O al menos… debería haberlo sido.
Si no fuera por una figura que nadie esperaba ver caminando entre los puestos.
—No necesitamos tres sacos de cebollas —decía una voz femenina con evidente cansancio—. La mansión tiene quince sirvientes, no un ejército.
Anna d’Valrienne caminaba entre los comerciantes como si aquello fuera la cosa más natural del mundo.
Vestía ropa sencilla. Nada de joyas, nada de bordados dorados. Solo una capa ligera y un vestido práctico que aún conservaba cierta elegancia imposible de ocultar.
A su lado caminaba Eliana, cargando una cesta que ya estaba demasiado llena para su propio gusto.
—No son tres sacos —respondió la sirvienta con esfuerzo—. Son dos… y medio.
Anna levantó una ceja.
—Eso sigue siendo demasiada cebolla.
—No soy yo quien decidió cocinar para todos los sirvientes esta semana.
Anna tomó uno de los sacos y lo examinó brevemente antes de dejarlo de nuevo en el puesto.
—Porque si no empiezo a hacerlo ahora, esa casa seguirá cayéndose a pedazos otros diez años.
El vendedor, que hasta ese momento había permanecido completamente en silencio, miraba a Anna como si estuviera observando un fenómeno natural extraño.
Ella lo notó.
—¿Qué?
El hombre parpadeó varias veces antes de reaccionar.
—N-nada, mi señora.
Pero claramente no era nada.
Y no era el único.
A su alrededor, el mercado entero comenzaba a notarlo.
Primero fueron los vendedores más cercanos. Luego algunos clientes. Después, poco a poco, las miradas comenzaron a girar en su dirección como si el viento hubiese cambiado de repente.
—¿Es…?
—No puede ser.
—Es ella.
—Anna d’Valrienne.
Los susurros comenzaron a recorrer el mercado con la velocidad de una chispa en un campo seco.
Porque la escena era tan absurda que nadie sabía cómo reaccionar.
La mujer que durante años había sido conocida por gastar fortunas en vestidos importados y joyas absurdamente caras…
estaba discutiendo el precio de las cebollas.
—Este aceite es demasiado caro —murmuró Anna mientras examinaba un frasco—. Puedo comprar dos iguales en la calle norte.
El comerciante casi dejó caer la botella.
—¡P-pero este es de la mejor calidad!
—Eso espero.
Anna lo agitó ligeramente, observando el color del líquido.
—Porque si resulta ser tan malo como las lámparas de la mansión, volveré mañana a devolvértelo.
El hombre asintió demasiado rápido.
—¡Garantizado, mi señora!
Mientras tanto, Eliana ya estaba luchando con otra pila de objetos.
Había cuerdas, herramientas, telas enrolladas y varios frascos que amenazaban con caerse en cualquier momento.
—Anna…
—¿Sí?
—No tengo más manos.
Anna giró la cabeza.
—Eso es una exageración.
—Tengo dos manos —respondió Eliana—. Y ambas están ocupadas.
Anna miró la montaña de objetos.
Luego miró a Eliana.
—Tal vez deberíamos comprar una carreta.
Eliana la miró con absoluta incredulidad.
—¿Tal vez?
—Sí.
—Tal vez deberíamos haber comprado una hace veinte minutos.
Anna suspiró.
—Buen punto.
Mientras hablaban, el mercado entero parecía haberse detenido alrededor de ellas.
Los mercaderes fingían atender a otros clientes, pero en realidad escuchaban cada palabra.
Algunos simplemente observaban en silencio.
Otros intercambiaban miradas llenas de desconcierto.
Porque nadie entendía lo que estaba viendo.
La misma mujer que dos días antes había sido atravesada por una lanza frente a toda la nobleza…
estaba ahora discutiendo sobre aceite de lámpara y cebollas.
Una anciana que vendía hierbas secas murmuró a su vecino:
—Pensé que la ejecutaría al amanecer.
El hombre negó lentamente.
—Yo también.
Un joven aprendiz habló en voz baja.
—Dicen que dejó libre al caballero.
—Dicen muchas cosas.
Anna, completamente ajena al efecto que estaba causando, continuaba revisando una lista que llevaba en la mano.
—Clavos.
—Comprados.
—Aceite.
—Comprado.
—Madera.
Eliana levantó la cabeza.
—Comprada… aunque sigo sin entender por qué necesitamos tanta.
Anna levantó la vista hacia una fila de puestos al fondo del mercado.
—Porque el ala oeste de la mansión tiene más agujeros que paredes.
Eliana suspiró.
—Claro.
Anna dobló la lista.
—¿Qué falta?
Eliana miró la cesta.
—Espacio.
Anna observó la pila de compras.
Luego el mercado.
Luego a Eliana.
—Definitivamente necesitamos una carreta.
La sirvienta soltó una risa cansada.
—Gracias por darte cuenta.
Y mientras ambas caminaban hacia el extremo del mercado para resolver aquel problema logístico…
decenas de personas seguían observándolas.
Sin saber exactamente qué pensar.
Porque si aquello era una actuación…
era la más extraña que habían visto.
Y si no lo era…
entonces tal vez la ciudad tendría que empezar a replantearse algo mucho más inquietante.
Tal vez Anna d’Valrienne realmente había cambiado.
Y esa idea era mucho más difícil de aceptar que cualquier escándalo.
Pero el mercado no podía quedarse paralizado para siempre.
Las monedas seguían tintineando, las carretas continuaban pasando y los comerciantes, tras el desconcierto inicial, comenzaron a retomar su actitud habitual.
Al final del día, un cliente era un cliente.
No importaba si era un campesino, un soldado… o una noble caída de la alta torre.
—Cinco monedas por el rollo completo —dijo un vendedor de telas, extendiendo la pieza frente a Anna.
—tres —respondió ella sin dudar.
El hombre frunció el ceño.
—Esto no es lino barato.
—Y yo no soy una dama que compra sin preguntar.
El comerciante la observó con atención, midiendo sus palabras.
—Cuatro.
Anna estiró la tela entre sus dedos, evaluando la calidad.
—Tres y media.
El hombre suspiró.
—Trato hecho.
El intercambio de monedas ocurrió con rapidez.
A unos pasos de distancia, Eliana empujaba la carreta que habían comprado hacía apenas unos minutos.
—Sigo pensando que deberíamos haberla comprado antes —murmuró mientras acomodaba otro saco dentro.
—Si la hubiéramos comprado antes —respondió Anna mientras revisaba otro puesto—, habríamos pagado más.
—Claro. Porque negociar mientras cargo media despensa es mucho más cómodo.
Anna sonrió levemente.
—Te estás volviendo muy eficiente.
—Me estoy volviendo muy cansada.
El mercado seguía observándolas.
Algunos clientes fingían mirar otros puestos mientras escuchaban las conversaciones.
Otros simplemente se quedaban quietos, tratando de procesar la escena.
Porque la imagen era absurda.
La misma noble que hizo temblar a la ciudad en su momento, regateando telas, discutiendo el precio de herramientas, empujando una carreta llena de sacos, frascos y madera.
—Ese clavo está torcido —dijo Anna en otro puesto.
El herrero levantó la ceja.
—Eso no afecta su uso.
—Afecta su precio.
El hombre soltó una carcajada.
—Tienes agallas.
—Tengo una casa llena de paredes rotas.
El herrero sacudió la cabeza, pero redujo el precio.
Mientras tanto, Eliana ya estaba reorganizando la carga.
—Si sigues comprando así vamos a necesitar otra carreta.
—No exageres.
—Tenemos harina, herramientas, telas, aceite, velas y tres sacos de cebollas.
Anna miró el contenido.
—Son dos sacos y medio.
—Eso no mejora la situación.
Anna iba a responder cuando una voz masculina se mezcló con el bullicio del mercado.
—Debo admitir que nunca pensé ver esto.
Ambas se giraron.
Daeron estaba apoyado contra una columna de piedra cercana, con los brazos cruzados y una sonrisa burlona dibujada en el rostro.
Su aspecto era diferente al de la última vez que lo habían visto.
Más sobrio.
Más limpio.
Pero sus ojos seguían teniendo esa dureza que no desaparecía con facilidad.
Observó la carreta.
Luego a Eliana.
Luego a Anna.
—La gran Anna D’Valrienne… empujando una carreta en el mercado.
Anna levantó una ceja.
—Buenos días, Daeron.
—No sabía que habías cambiado las joyas por cebollas.
—Las cebollas son más útiles.
Daeron caminó lentamente alrededor de la carreta.
—Eso es debatible.
Eliana lo miró con desconfianza.
—¿Viniste a comprar algo o solo a molestar?
Daeron ignoró la pregunta.
Sus ojos se detuvieron en el costado de Anna.
—Estuve en la fiesta.
El tono de su voz cambió apenas.
—Vi lo que pasó.
Anna no respondió.
—¿De verdad es buena idea caminar por el mercado con una herida de lanza?
Eliana cruzó los brazos.
—Yo le dije lo mismo.
Anna suspiró con calma.
—Estoy bien.
—Eso no responde mi pregunta —replicó Daeron.
—Responde la única que importa.
Daeron guardó silencio unos segundos.
—sigo sin entenderlo.
Anna se encogió ligeramente de hombros.
—No eres el único.
Daeron soltó una risa corta.
—Al menos eso es honesto.
El silencio se extendió un momento.
Luego Anna habló.
—Si estás tan preocupado por mi salud…
Daeron arqueó una ceja.
—¿Sí?
Anna señaló la carreta.
—Puedes ayudar.
Daeron miró la carga.
Luego miró a Eliana.
Luego volvió a mirar a Anna.
—No.
Anna ya estaba girándose hacia otro puesto.
—Perfecto.
Eliana empujó la carreta hacia él.
—Toma.
Daeron retrocedió un paso.
—Espera.
Pero ya era tarde.
La carreta estaba en sus manos.
Anna seguía caminando entre los puestos.
—Necesitamos más aceite de lámpara.
Daeron la miró incrédulo.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
—No soy tu sirviente.
—No.
Anna levantó un frasco para examinarlo.
—Pero parecías muy preocupado.
Eliana le dio una palmada en el hombro.
—Empuja.
Daeron miró la carreta llena hasta el borde.
—Esto pesa como una armadura.
—Entonces considera esto entrenamiento.
Anna seguía negociando con el vendedor.
—Ese frasco tiene sedimento.
—Es aceite natural.
—Es aceite barato.
El comerciante suspiró.
Mientras tanto, Daeron empujaba la carreta con expresión de absoluto sufrimiento.
—Esto es humillante.
Eliana sonrió con satisfacción.
—Bienvenido al equipo.
Daeron gruñó.
Pero no soltó la carreta.
Y mientras Anna continuaba recorriendo el mercado, regateando precios y señalando nuevas compras…
el noble que alguna vez había jurado no volver a acercarse a ella estaba ahora empujando una carreta llena de cebollas.
El mercado entero observaba la escena.
Y nadie sabía exactamente qué pensar.
Y mientras Anna continuaba recorriendo el mercado, regateando precios y señalando nuevas compras…
el noble que alguna vez había jurado no volver a acercarse a ella estaba ahora empujando una carreta llena de cebollas.
El mercado entero observaba la escena.
Y nadie sabía exactamente qué pensar.
Pero para Daeron, la situación era mucho más simple.
Era una pesadilla.
—¿Por qué necesitamos otra cuerda? —gruñó mientras empujaba la carreta que ya comenzaba a crujir bajo el peso.
—Porque la anterior estaba podrida —respondió Anna con total tranquilidad mientras examinaba otro puesto.
—¿Y eso lo descubriste cuándo?
—Cuando se rompió.
Eliana soltó una risa.
—Fue bastante impresionante.
Daeron la miró con incredulidad.
—Claro que lo fue. Casi se me cae encima medio mercado.
Anna tomó un pequeño frasco de un puesto cercano y lo agitó contra la luz.
—Este aceite es más puro.
—Anna —gruñó Daeron— la carreta ya está llena.
—Todavía queda espacio.
—¡No queda espacio!
Eliana levantó una caja.
—Aquí cabe.
Daeron cerró los ojos con sufrimiento.
—Esto es explotación.
—Esto es karma —respondió Eliana con serenidad.
Anna finalmente regresó junto a ellos, sosteniendo dos pequeños frascos.
—Estos también.
Daeron la miró con expresión mortal.
—No.
Anna parpadeó lentamente.
—¿No?
—No.
—Pero los necesitamos.
—La carreta está llena.
Anna suspiró… y de pronto llevó una mano a su costado.
—Ah…
Su rostro se torció con dramatismo.
—La herida…
Eliana la miró sin moverse.
Daeron tampoco.
Anna respiró con dificultad exagerada.
—Tal vez… no debería haber salido tan pronto…
Silencio.
Daeron cruzó los brazos.
—No.
Anna abrió un ojo.
—¿No qué?
—No funciona.
Eliana asintió.
—Ni siquiera un poco.
Anna enderezó la espalda inmediatamente.
—Qué falta de empatía.
—Tienes una lanza en el costado —dijo Daeron—. Y aun así llevas veinte minutos regateando precios.
—Eso no significa que no duela.
—No estás cargando nada.
—Estoy cargando con el peso de mis decisiones.
Eliana rodó los ojos.
—Por favor, deja de hablar como si fueras un poema trágico.
Anna sonrió con inocencia.
—Solo decía que tal vez alguien más debería empujar la carreta.
Daeron empujó con más fuerza.
—Ya lo estoy haciendo.
—Excelente actitud.
—Te odio.
—Eso ya lo sabía.
El extraño grupo continuó avanzando por el mercado.
Anna caminaba delante revisando puestos.
Eliana acomodaba cosas dentro de la carreta.
Y Daeron… empujaba.
Quejándose cada tres pasos.
—¿Por qué compraste tres martillos?
—Porque dos estaban torcidos.
—¡Entonces compra uno bueno!
—Los tres eran baratos.
Daeron dejó escapar un gruñido.
—Nunca pensé que vería el día en que Anna d’Valrienne discutiría el precio de herramientas.
Anna miró hacia atrás con una sonrisa tranquila.
—La vida cambia.
—Eso es lo que más me preocupa.
Doblaron por una calle más tranquila del mercado.
Doblaron por una calle más tranquila del mercado.
El bullicio quedó atrás poco a poco, reemplazado por el sonido de las ruedas de la carreta y el viento que corría entre los muros de piedra.
Entonces Anna se detuvo.
Daeron casi chocó contra ella con la carreta.
—¿Ahora qué pasa?
Anna no respondió.
Su mirada estaba fija más adelante.
Allí estaba él.
Garoum.
De pie en medio del camino.
La enorme figura del caballero parecía incluso más imponente bajo la luz del sol. Su armadura estaba limpia, pero marcada por cicatrices de batalla que el metal jamás ocultaría del todo.
No llevaba la lanza en la mano.
Pero aun así… su presencia pesaba.
Daeron soltó un bufido.
—Ah, perfecto. Justo lo que necesitábamos.
Eliana también se quedó quieta, observándolo con cautela.
Garoum miró la escena frente a él.
La carreta cargada hasta el borde.
Las herramientas.
Las cajas.
Las telas.
Las cebollas.
Luego levantó la mirada hacia Anna.
Y habló con una calma inesperada.
—No eres la misma.
El silencio se instaló en la calle.
Garoum dio un paso adelante.
—La mujer que dio aquella orden… —su voz se volvió más grave— jamás habría estado aquí.
Señaló la carreta.
—Ni comprando clavos.
Ni caminando entre mercaderes.
Ni permitiendo que un noble empuje su carga.
Sus ojos se clavaron en ella.
—Así que dime…
¿Qué hiciste con ella?
Anna lo observó en silencio durante unos segundos.
Luego respondió con una serenidad que dejó helado el aire.
—La maté.
Daeron parpadeó.
—…¿Qué?
Eliana también se quedó inmóvil.
Garoum no habló de inmediato.
Pero sus ojos no se apartaron de los de ella.
—¿La mataste?
Anna asintió.
—La maté el día que comprendí todo lo que había destruido.
Su mirada bajó apenas un instante.
—Y ahora solo quedo yo.
Volvió a levantar los ojos.
—Caminando por el sendero de espinas que ella dejó atrás.
Garoum guardó silencio.
Durante un largo momento.
En su mente aparecieron rostros.
Risas.
El ruido de armaduras entrenando.
Sus soldados.
Hombres y mujeres que habían confiado en él.
Su batallón.
Y luego…
la lluvia.
El barro.
Los cuerpos.
La orden.
La voz de aquella noble fría que jamás había visto el campo de batalla.
Sus manos se cerraron lentamente.
Pero cuando volvió a mirar a Anna…
no vio a la misma persona.
Lo sabía.
Lo sentía.
Y ese conocimiento lo inquietaba más que el odio.
Finalmente avanzó.
Un paso.
Luego otro.
Hasta detenerse frente a ella.
Y entonces…
Garoum se arrodilló.
El sonido del metal tocando la piedra resonó en la calle.
Daeron se quedó boquiabierto.
—¿Pero qué demonios estás haciendo?
Eliana no dijo nada.
Garoum inclinó la cabeza.
—Si esa mujer murió…
su voz era firme.
—entonces quiero ver con mis propios ojos qué nace de sus cenizas.
El mercado cercano comenzaba a callar.
Algunos comerciantes habían detenido su trabajo.
Porque ver a un caballero de la talla de Garoum arrodillado en medio de la calle…
no era algo común.
Anna lo observó en silencio.
Luego habló.
—Está bien.
Garoum levantó apenas la mirada.
—Pero con una condición.
Daeron murmuró:
—Esto no me gusta.
Anna continuó.
—No es una orden.
Es una petición.
Garoum bajó la cabeza otra vez.
—Pídelo.
Anna dio un paso más cerca.
Y su voz se volvió completamente seria.
—Te lo pido bajo tu honor de caballero.
El aire pareció congelarse.
Daeron abrió los ojos.
Eliana dejó de respirar por un segundo.
Porque esa frase…
no era ligera.
No era una forma de hablar.
Era un juramento sagrado.
Un caballero que aceptaba una petición bajo su honor…
no podía romperla.
Nunca.
Garoum lo sabía.
Por eso levantó lentamente la cabeza.
—Habla.
Anna sostuvo su mirada.
—Si algún día ves que la antigua Anna regresa…
su voz no tembló.
—quiero que tu lanza no falle otra vez.
El mundo pareció detenerse.
Eliana fue la primera en reaccionar.
—¡Anna!
Daeron dio un paso adelante.
—¿Te volviste loca?
Pero Anna levantó una mano.
Y ambos callaron.
Garoum permanecía inmóvil.
Porque comprendía perfectamente lo que ella estaba pidiendo.
No era una metáfora.
No era una advertencia.
Era una sentencia.
Ella le estaba dando permiso…
para matarla.
Si volvía a convertirse en aquella mujer.
Y lo estaba haciendo invocando su honor.
El peso de esa promesa cayó sobre sus hombros como una armadura de piedra.
En su mente volvieron los rostros de su batallón.
Los hombres que habían muerto siguiendo una orden.
¿Podía aceptar aquello?
¿Podía prometer quitar la vida de la mujer que estaba intentando reparar el daño?
El silencio se volvió insoportable.
Incluso el mercado parecía esperar su respuesta.
Finalmente…
Garoum habló.
—Lo juro.
Su voz era baja.
Pero firme como el acero.
—Lo juro por mi honor de caballero.
Eliana cerró los ojos.
Daeron se pasó una mano por el rostro.
—Esto es una locura…
Anna sonrió suavemente.
No con alegría.
Sino con alivio.
—Gracias.
Garoum se puso de pie lentamente.
El juramento ya estaba hecho.
Y un caballero no rompía su palabra.
Nunca.
Anna miró la carreta.
Luego a Daeron.
Luego a Garoum.
—Bien.
Señaló la carga.
—Entonces empieza ayudando con eso.
Eliana soltó una risa nerviosa.
—¡Por fin alguien con músculos!
Daeron levantó las manos indignado.
—¡Oye! ¡Yo ya estaba ayudando!
Garoum tomó la carreta con facilidad.
—Entonces supongo que ahora somos cuatro.
Anna comenzó a caminar otra vez por la calle.
—Exacto.
Y mientras el extraño grupo continuaba su camino entre las calles del mercado…
nadie allí sabía que acababan de presenciar algo mucho más importante que una simple escena extraña.
Habían visto a un caballero jurar.
Y habían visto a la mujer que una vez fue odiada por toda la ciudad…
pedir que la mataran si volvía a convertirse en aquello que había sido.
Thoughts
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PermalinkNo manches, Daeron jurando no acercarse a ella y a los veinte minutos empujando la carreta con cara de funeral. Ya perdió y no se ha enterado.
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PermalinkDos sacos y medio de cebollas y la anciana de las hierbas que pensaba que la ejecutaban al amanecer, ahí está el mercado entero. Después de las rosas de Selene, este mercado es lo más real que le ha pasado a Anna.
-
PermalinkEl juramento cae justo después de media hora de cebollas y regateo, y por eso pesa: venías riéndote con Daeron y el clavo torcido y de pronto Anna pide que la maten. Órale. Lo que me deja pensando es Garoum: jura por su honor quitarle la vida a la persona que está reparando lo que él perdió, y él mismo se pregunta si puede. Yo diría que ese juramento se le va a volver en contra a él antes que a ella.
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PermalinkAnna regateando tres martillos torcidos con una herida de lanza me hizo pensar en que su cambio se nota más en lo pequeño que en el juramento del final, y apuesto a que Daeron va a terminar siendo el que más la cuide de los tres, aunque hoy diga que la odia. Gracias por subir el capítulo 20!
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PermalinkMirá, desde el primer capítulo esperando que Garoum y Anna se cruzaran de frente y lo resolvés en una calle lateral, con una carreta de cebollas en medio y sin la lanza. Posta que no lo vi venir. Y el juramento le da la vuelta a todo lo de la fiesta: hace dos días él la atravesó por la Anna de antes y ahora ella le pide que lo repita si esa vuelve. Daeron empujando la carreta por orgullo y quedándose igual es mi momento, ese ya no se va del grupo aunque diga que la odia.
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