Trompetas, discurso, aplausos, la cabeza por la escalinata y después un registro de la corte. Hasta el golpe tiene protocolo, che.
Capítulo 2 : El Rey Eterno Cae
Pensamiento
Trompetas, discurso, aplausos, la cabeza por la escalinata y después un registro de la corte. Hasta el golpe tiene protocolo, che.
Contenido de la publicación
La muerte de la reina Vaeloria había sumido a Ardenia en el duelo. Sin embargo, mientras el pueblo aún lloraba a su soberana, en los salones del castillo de Valedorn se preparaba una traición mucho más terrible.
Polonio y Lenessia ya habían conseguido lo que necesitaban: el control de las fuerzas reales.
A su lado se encontraba Lord Roderick Crane, comandante de los ejércitos ardenianos y hombre de absoluta confianza de los conspiradores. Durante años había desaprobado las políticas del rey Percival Dawnmere, a quien consideraba demasiado indulgente con sus súbditos y demasiado dispuesto a negociar con los reinos vecinos.
Crane creía que Ardenia debía imponerse por la fuerza.
Y Polonio le había prometido que, bajo el nuevo gobierno, ningún hombre volvería a cuestionar sus decisiones.
—Los regimientos de la capital están bajo nuestro mando —informó Crane durante una reunión privada—. La guardia de las puertas septentrionales también nos responde. He dispuesto hombres en los corredores del castillo y en las plazas principales.
Polonio observó el mapa extendido sobre la mesa.
—¿Y los oficiales leales a Percival?
—Algunos han aceptado nuestras órdenes. Otros han sido relevados de sus cargos. Los más obstinados permanecen bajo vigilancia.
Lenessia se acercó a la ventana. Desde allí podía contemplar las torres de Valedorn, iluminadas por las antorchas que ardían en memoria de su hermana.
—Mi padre aún conserva el título de rey —dijo—. Mientras siga vivo, habrá quienes crean que pueden desafiarme en su nombre.
Crane asintió.
—La nobleza necesita ver que el poder ha cambiado de manos, mi señora.
Polonio se levantó lentamente.
—Entonces no habrá más demoras. Vaeloria ha muerto. Ahora le corresponde a Percival seguirla.
Lenessia se volvió hacia él.
—No quiero una revuelta en las calles.
—No la habrá. El pueblo estará demasiado ocupado comprendiendo lo sucedido.
—¿Y Dione?
—Vivirá mientras resulte útil.
Lenessia guardó silencio.
La decisión estaba tomada.
El Rey Eterno debía morir.
Y su muerte tendría lugar ante los ojos de todo Ardenia.
Durante los días siguientes, las condolencias llegaron desde los confines del continente.
Mensajeros procedentes de las distintas cortes atravesaron las puertas de Valedorn, portando cartas selladas con los emblemas de sus respectivos soberanos. Cada pergamino era leído ante los consejeros reales y registrado por los escribanos de la corona.
Desde Dravengard llegó un mensaje de Su Majestad Aethelgard Villagrís, uno de los monarcas más temidos de los cinco reinos. Su casa había gobernado durante generaciones las fortalezas de las montañas, donde el hierro y la disciplina militar sostenían el poder de la corona.
El mensaje era breve y solemne.
El rey expresaba su pesar por la muerte de Vaeloria y ofrecía sus condolencias a Percival Dawnmere y a la casa real de Ardenia. También manifestaba su deseo de que la paz prevaleciera entre ambos reinos.
Pero quienes conocían a Aethelgard sabían que sus palabras no equivalían a una promesa de ayuda.
El rey de Dravengard no acostumbraba comprometer sus ejércitos en asuntos ajenos sin antes conocer qué beneficios podía obtener de ello.
Desde Eryndor llegó otra misiva, firmada por el rey Ulfric Stormgaard. Su mensaje recordaba la larga relación entre ambas coronas y lamentaba la pérdida de una soberana a quien consideraba digna de respeto.
Otros nobles, señores feudales y representantes de las casas menores enviaron sus propios escritos.
Nadie sospechaba que, mientras las cortes extranjeras expresaban su duelo, Ardenia se preparaba para presenciar uno de los actos más infames de su historia.
El día de la ceremonia amaneció cubierto de nubes.
Los estandartes reales ondeaban sobre las murallas de Valedorn. Desde temprano, carruajes y jinetes llegaron a la capital. Los grandes señores de Ardenia ocuparon sus lugares en el castillo, acompañados por sus esposas, herederos y consejeros.
También acudieron enviados de Dravengard, Eryndor y otros territorios, vestidos con las mejores galas de sus casas.
La ceremonia había sido anunciada como un acto de continuidad y estabilidad tras la muerte de Vaeloria. El Rey Eterno comparecería ante su pueblo para reafirmar su compromiso con el reino y garantizar que la corona permanecía firme.
Sin embargo, para Lenessia y Polonio, aquel día significaba algo muy distinto.
Era el día en que acabarían con el último obstáculo que se interponía entre ellos y el poder absoluto.
Sir Tristan Valewood llegó al salón del trono junto con otros caballeros de las fuerzas ardenianas. Vestía su armadura ceremonial y llevaba el emblema de la corona sobre el pecho.
Desde su posición observó a los nobles que ocupaban las galerías, a los enviados extranjeros y a los soldados apostados junto a las columnas.
Había demasiados hombres de Crane.
Tristan conocía bien la disposición habitual de la guardia real. Aquella mañana, sin embargo, los puestos estaban ocupados por soldados que respondían directamente a Polonio y Lenessia.
Se acercó a uno de sus compañeros.
—¿Desde cuándo los hombres de Crane custodian el acceso al salón?
El caballero miró alrededor antes de contestar.
—Desde anoche. Dicen que es por seguridad.
Tristan no respondió.
La explicación le pareció insuficiente.
Recordó las ejecuciones de los últimos días, la desaparición de antiguos oficiales y las órdenes que habían reducido la autoridad de Percival. Todo parecía formar parte de un mismo plan.
Pero aún no tenía pruebas.
Y en una corte donde las palabras podían convertirse en sentencias de muerte, una sospecha mal expresada bastaba para condenar a un hombre.
Las trompetas resonaron.
El murmullo de la multitud se extinguió.
El Rey Eterno había llegado.
Percival Dawnmere apareció en lo alto de la escalinata, vestido con un manto de terciopelo oscuro y una corona de oro envejecido sobre sus cabellos plateados.
Caminaba despacio. La muerte de Vaeloria había dejado una profunda huella en su rostro y en sus movimientos. Aun así, mantenía la espalda erguida y la mirada firme.
A su lado caminaba la reina Dione.
Detrás de ellos avanzaban Lenessia y Polonio.
El rey ocupó su trono.
Durante unos instantes contempló a los presentes. Reconoció a antiguos consejeros, a señores que habían combatido bajo sus estandartes y a representantes de las casas que habían jurado fidelidad a Ardenia.
Entonces se puso en pie.
—Señores de Ardenia. Nobles de nuestra tierra. Enviados de las coronas hermanas.
Su voz resonó bajo las bóvedas de piedra.
—Os he convocado en una hora de profundo pesar. Mi hija, la reina Vaeloria, ha partido de este mundo, y con ella se ha llevado una parte de mi corazón que ningún hombre podrá devolverme.
El silencio se extendió por el salón.
Percival bajó la mirada durante un instante.
—He gobernado estas tierras durante largos años. He conocido la guerra, la discordia y el hambre. He visto nuestras fortalezas levantarse de sus ruinas y a nuestros hijos crecer bajo la paz que tanto nos costó conquistar.
Algunos nobles inclinaron la cabeza.
—Mas ninguna guerra me ha preparado para enterrar a mi propia hija.
Dione se llevó una mano al rostro.
Lenessia permaneció inmóvil.
Polonio observaba al rey sin apartar los ojos de él.
Percival respiró profundamente y continuó:
—Vaeloria ya no está con nosotros, pero yo estaré con vosotros. Hasta mi último día cuidaré de Ardenia como siempre lo hice. A pesar de las guerras, a pesar de nuestros enemigos y de los tiempos difíciles, siempre hemos salido adelante.
El rey extendió una mano hacia los presentes.
—Mientras me quede aliento, defenderé estas tierras, protegeré a nuestro pueblo y guardaré los juramentos que hice ante mis antepasados. Que nadie crea que el dolor de esta casa hará caer la corona. Ardenia seguirá en pie.
Durante un instante, el salón permaneció en silencio.
Entonces algunos nobles comenzaron a aplaudir.
Otros se inclinaron.
Tristan contempló a su soberano y sintió una punzada de tristeza. Percival estaba herido por la pérdida, pero aún intentaba cumplir con su deber.
Era el hombre al que había jurado servir.
El rey dio un paso hacia el borde de la plataforma.
—Que nuestros hijos conozcan una Ardenia más próspera que la que nosotros heredamos. Que las futuras generaciones recuerden que esta corona jamás fue propiedad de un solo hombre, sino un juramento de servicio hacia todos los ardenianos.
Polonio avanzó.
Tristan lo vio moverse.
Al principio creyó que el prometido de Vaeloria pretendía acercarse al rey para pronunciar unas palabras de condolencia.
Entonces distinguió el acero en su mano.
—¡Majestad! —gritó Tristan.
Pero su voz llegó demasiado tarde.
Polonio se abalanzó sobre Percival.
Un movimiento brutal.
Un destello de acero.
Y el Rey Eterno cayó ante los ojos de toda la corte.
Su cabeza rodó por los escalones del estrado.
Durante un instante nadie comprendió lo ocurrido.
El salón quedó paralizado, como si el tiempo se hubiera detenido entre aquellas columnas.
Dione lanzó un grito desgarrador.
—¡PERCIVAL!
Corrió hacia su esposo, pero dos soldados la sujetaron antes de que pudiera alcanzar el cuerpo.
—¡Soltadme! ¡Malditos seáis! ¡Es vuestro rey!
Los guardias la inmovilizaron.
—¡Traidores! —gritó uno de los nobles.
No pudo decir nada más.
Un soldado lo derribó y varios hombres armados rodearon a los presentes.
En las galerías, los enviados extranjeros retrocedieron horrorizados. Algunos buscaron sus espadas, pero encontraron las salidas bloqueadas. Otros permanecieron inmóviles, incapaces de creer que acababan de presenciar la ejecución de un monarca durante una ceremonia oficial.
Tristan sintió que la sangre se le helaba.
Había visto morir hombres en el campo de batalla. Había contemplado las consecuencias de las guerras y había jurado que su espada serviría para proteger a los inocentes.
Pero aquello no era una batalla.
Era un asesinato cometido ante toda la corte.
Y los hombres que lo habían perpetrado llevaban los colores de Ardenia.
—¡Por orden de Lord Roderick Crane, nadie abandonará este salón! —rugió un capitán.
Las puertas se cerraron.
Los soldados ocuparon las galerías y apuntaron sus armas hacia la multitud.
Lenessia avanzó hasta el lugar donde había caído su padre.
Observó el cuerpo durante unos segundos.
No lloró.
No gritó.
No mostró señal alguna de dolor.
Después se volvió hacia la corte.
—¡Basta de tumultos!
Su voz, aunque no era tan poderosa como la de Percival, se impuso entre los gritos.
—¡El reino no permitirá que unos pocos rebeldes destruyan la estabilidad de Ardenia!
Dione intentó liberarse de los guardias.
—¡Has matado a tu propio padre! —gritó, mirando a su hija—. ¡Has traicionado a tu sangre!
Lenessia no respondió.
Polonio limpió su espada y se colocó junto a ella.
Tristan comprendió entonces que la muerte de Percival no había sido un arrebato ni una disputa surgida durante la ceremonia.
Todo había sido preparado.
Los soldados, las puertas cerradas, los oficiales reemplazados y la presencia de Crane. Cada pieza estaba en su lugar.
Aquello era un golpe de Estado.
Y acababa de consumarse ante los representantes de los cinco reinos.
Lord Roderick Crane subió los escalones del estrado.
—¡Por mandato de la nueva autoridad de Ardenia, todos los presentes deberán permanecer en sus puestos hasta que se complete el registro de la corte!
Varios nobles protestaron.
—¡No tenéis derecho a hacer esto!
—¡Exigimos que se respete la sucesión legítima!
—¡Que alguien detenga a esos hombres!
Crane hizo una señal.
Los soldados avanzaron.
Los gritos se multiplicaron. Algunos caballeros fueron desarmados y conducidos a las cámaras inferiores. Otros, después de intentar resistirse, quedaron tendidos en el suelo.
Tristan apretó la empuñadura de su espada.
Todo su cuerpo le pedía que avanzara, que atacara a Polonio y que intentara alcanzar a Dione.
Pero miró a su alrededor.
Estaba rodeado por hombres armados. Las puertas estaban cerradas y Crane controlaba la guardia. Un ataque precipitado solo conseguiría que lo mataran antes de llegar al estrado.
Y muerto, no podría hacer nada por Vaeloria.
Ni por Ardenia.
Ni por el rey al que había jurado servir.
Tristan soltó lentamente la empuñadura.
No era cobardía.
Era la amarga comprensión de que, en aquel momento, resistirse sin un plan significaba entregar su vida sin cambiar el destino de nadie.
Polonio levantó la mano para exigir silencio.
—Señores de Ardenia, habéis sido testigos de una jornada que ningún reino habría deseado conocer. El Rey Eterno ha muerto y, con él, ha terminado una era.
Un murmullo de indignación recorrió la sala.
Polonio continuó, sin mostrar arrepentimiento.
—No permitiré que el dolor y la incertidumbre arrastren nuestras tierras a la anarquía. A partir de este momento, el gobierno de Ardenia quedará bajo la autoridad de la reina Lenessia Dawnmere, legítima heredera de la casa real.
Lenessia dio un paso adelante.
—Ardenia necesita orden. Quienes juren lealtad a la corona conservarán sus puestos y sus privilegios. Quienes conspiren contra la estabilidad del reino serán tratados como enemigos de nuestra patria.
Dione bajó la cabeza, devastada.
Había perdido a su hija mayor.
Ahora acababa de ver morir a su esposo a manos del hombre que había prometido casarse con ella.
Y su hija menor se proclamaba soberana sobre las ruinas de su propia familia.
Cuando la noticia llegó a las calles de Valedorn, la ciudad quedó sumida en el terror.
Los pregoneros anunciaron la muerte del Rey Eterno y proclamaron a Lenessia Dawnmere como nueva reina de Ardenia.
Los soldados ocuparon las plazas, los cruces y las puertas de la capital.
Nadie sabía con certeza qué había ocurrido en el castillo. Algunos afirmaban que Percival había sido asesinado por orden de Polonio. Otros temían que cualquier persona que repitiera semejante acusación acabara en prisión.
En las tabernas, los hombres hablaban en voz baja.
En los mercados, las mujeres recogían sus mercancías antes de que anocheciera.
Las familias cerraban las puertas y evitaban acercarse a las patrullas.
La muerte de Vaeloria había sido una tragedia.
La de Percival fue una advertencia.
El poder ya no necesitaba fingir que gobernaba con el consentimiento del pueblo.
Ahora se sostenía mediante el miedo.
Al caer la noche, Tristan fue conducido junto con otros caballeros a una cámara del castillo.
Los soldados les ordenaron entregar sus armas y esperar nuevas instrucciones. Algunos hombres protestaron, pero ninguno se atrevió a enfrentarse a los guardias de Crane.
Tristan permaneció apartado, con la mirada fija en el suelo.
En pocas jornadas había perdido a la reina que amaba en secreto y al monarca al que había jurado servir.
La familia real había sido destruida desde dentro.
Y los responsables controlaban ahora el ejército, la corte y las principales fortalezas de Ardenia.
Un guardia abrió la puerta.
—Sir Tristan Valewood.
El caballero levantó la cabeza.
—La reina desea veros.
Tristan sintió un escalofrío.
No tenía alternativa.
Lo condujeron por un corredor iluminado con antorchas hasta una sala privada. Allí, sentada en un sillón de respaldo alto, se encontraba Lenessia Dawnmere.
Vestía de negro, pero ya llevaba la corona de Ardenia sobre la cabeza.
A su derecha estaba Polonio.
A su izquierda, Lord Roderick Crane.
Lenessia examinó al caballero durante unos instantes.
—Sir Tristan Valewood. Un servidor de la casa real. Habéis prestado servicio a mi padre durante años, según me han informado.
—Así es, majestad.
—Y servisteis también a mi hermana.
Tristan inclinó ligeramente la cabeza.
—Serví a la corona de Ardenia.
La reina entrecerró los ojos.
—Una respuesta prudente.
Polonio se acercó a la mesa.
—Estos son tiempos difíciles, caballero. La corona necesita hombres capaces de obedecer sin vacilaciones.
—Mi juramento siempre ha sido hacia Ardenia —respondió Tristan.
—Entonces no tendréis dificultad alguna en renovar vuestra lealtad —dijo Lenessia.
Un escribano depositó un pergamino sobre la mesa.
Era un juramento de fidelidad a la nueva soberana.
Tristan lo contempló en silencio.
Si se negaba, probablemente sería arrestado. Si intentaba desenvainar su espada, moriría allí mismo. Y si caía en manos de Polonio, perdería la posibilidad de averiguar qué había ocurrido con Vaeloria.
Necesitaba tiempo.
Necesitaba libertad para moverse.
Y necesitaba descubrir cómo recorrer los cinco reinos sin levantar sospechas.
Tomó la pluma.
—Ardenia es mi hogar —dijo—. Y no deseo verla consumida por la guerra.
Lenessia observó cómo firmaba.
—Me alegra oírlo, sir Tristan. Espero que vuestro servicio esté a la altura de vuestras palabras.
El caballero dejó la pluma sobre la mesa y se arrodilló ante la nueva reina.
—Juro servir a Ardenia, majestad.
No añadió nada más.
No juró que Lenessia fuera justa.
No juró que Polonio mereciera su obediencia.
Y, sobre todo, no juró que olvidaría a Vaeloria.
Lenessia hizo un gesto para que se levantara.
—Podéis retiraros.
Tristan inclinó la cabeza y abandonó la sala.
Cuando las puertas se cerraron a sus espaldas, comprendió que acababa de entrar en una nueva etapa de su vida.
Tendría que fingir obediencia ante quienes habían destruido a la familia real. Tendría que ocultar sus sospechas y aprender a sobrevivir en una corte dominada por sus enemigos.
Pero no había renunciado a su verdadera misión.
Vaeloria seguía siendo la razón por la que continuaba adelante.
Si existía una manera de devolverle la vida, la encontraría.
Y si para lograrlo debía recorrer los cinco reinos, desafiar a los nuevos gobernantes y enfrentarse a secretos que podían cambiar el destino de Ardenia, lo haría.
Tristan Valewood había doblado la rodilla ante la reina Lenessia Dawnmere.
Pero su lealtad más profunda permanecía con la mujer que yacía bajo tierra.
En los corredores del castillo, las campanas anunciaron la llegada de la noche.
El Rey Eterno había caído.
La reina Vaeloria estaba muerta.
Y sobre Ardenia comenzaba a extenderse una oscuridad que quizá ningún ejército pudiera detener.
Thoughts
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PermalinkTrompetas, discurso, aplausos, la cabeza por la escalinata y después un registro de la corte. Hasta el golpe tiene protocolo, che.
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PermalinkLo que más me creo es lo de antes del golpe: oficiales relevados, otros vigilados, los hombres de Crane en las puertas y todo por seguridad. Así pasa, nadie lo nombra hasta que rueda la cabeza. Y la firma de Tristan me da que le sirve más a Lenessia que a él.
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PermalinkTristan soltando la empuñadura y doblando la rodilla para seguir vivo, dejando fuera del juramento lo que no piensa cumplir, es lealtad de romance viejo, la que espera su hora. Y con un Polonio en la corte cuesta no pensar en Hamlet, aunque aquí hace de Claudio.
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