Assum era la única cantante oficial de la Ciudad de Ceres.
Aunque la música estaba prohibida, era conocida como la mujer con la voz de Dios.
Las letras estaban vetadas, pero Assum tarareaba —entonaba melodías en apariciones públicas, en los colegios e incluso ante la propia Madre Ceres.
Fue la única libertaria de Ceres que encantó a Madre Ceres hasta hacerla llorar.
Assum era subversiva —no porque odiara al Sistema, sino porque había algo dentro de ella que no podía ser contenido.
No era rebelión.
Era vocación.
Su canto era más fuerte que el silencio, más puro que las órdenes.
Era el alma de la ciudad transformada en sonido.
No desafiaba a Ceres por vanidad.
Estaba dominada por un don incontrolable —como si la propia ciudad cantara a través de ella.
Fue la única que, sin levantar banderas, se burló de Madre Ceres… y la encantó.
Nadie más tenía aquella voz. Era única en todo el continente.
Madre Ceres, que había vencido a los mitos y a los dioses, fue vencida por un canto.
Y por eso la nombró “La Voz de Ceres” —el mismo nombre de las transmisiones diarias, a las 19:00, en el informativo oficial de la ciudad.
Las antiguas ondas de radio, de largo alcance, todavía resonaban en lugares distantes, incluso en Silencium —donde, irónicamente, reinaba el más absoluto silencio.
Assum era hermosísima.
Largos cabellos negros, lisos como un río.
Piel pálida como el mármol.
Y unos ojos azules tan profundos que parecían contener el cielo entero.
Ojos de cuchillos. Ojos que cazaban almas. Ojos que detectaban mentiras.
Era devota de Madre Ceres —no por sumisión, sino por gratitud.
Porque si Madre Ceres había vencido a los mitos, solo fue vencida una vez: por el canto de Assum.
La Transmisión de Assum
Nadie caminaba por las calles de Ceres.
El toque de queda ya había sido anunciado.
Las sirenas blancas, suaves como el viento, señalaban el inicio de la Transmisión de las 19:00.
En los colegios, los jóvenes se sentaban en absoluto silencio.
En Pietà, la Ciudad de las Madres de Ceres, mujeres vestidas de blanco ocupaban los auditorios subterráneos.
En la torre de vigilancia, los científicos e ingenieros interrumpían sus análisis.
En los salones fríos del Consejo de la Unión Continental, hasta los diplomáticos dejaban de hablar.
Todos dirigían la mirada hacia la misma imagen.
Assum, vestida de gris claro, con el cabello suelto como un río de sombras, apareció en el centro del círculo de luz.
No había letra.
No había palabras.
Solo el canto.
Un sonido que no parecía humano ni divino —sino algo entre ambos.
Un lamento ancestral que excavaba recuerdos olvidados en cada persona.
Los corazones latían más despacio.
Las manos temblaban.
Las lágrimas aparecían —incluso en aquellos que no lloraban desde hacía décadas.
Madre Ceres, observando desde la cúpula de vigilancia, no parpadeaba.
La mujer que había diseñado la ciudad, que había abolido las religiones, los símbolos y las emociones primitivas, estaba rendida.
Y, por primera vez en muchos ciclos, alguien fue aplaudida en Ceres.
Pero no por desobediencia.
Por revelar el alma de la propia ciudad.
La Caída de CERES I
Era una época próspera en Ceres.
Las cosechas se multiplicaban, los algoritmos climáticos dominaban los vientos y las semillas germinaban con precisión matemática.
Bajo la mirada de Madre Ceres y de su Consejo Aeroespacial, fue lanzada CERES I —la primera estación orbital de la ciudad.
Tripulada por nueve ciudadanos, escogidos entre los más puros, disciplinados y devotos, la misión simbolizaba el apogeo de la autosuficiencia y la neutralidad de Ceres.
Ceres no quería dominar el espacio.
Quería organizar el tiempo.
Y, con él, las estaciones, la luz solar, la ingeniería de la productividad.
Pero no todos veían con buenos ojos el ascenso silencioso de la ciudad neutral.
Desde el sur profundo, en las cordilleras prohibidas, llegó la respuesta brutal.
El Sagrado Opus Omni —una coalición religiosa que adoraba a un dios invisible llamado Omni— declaró que ningún hombre podía subir a los cielos impunemente.
Cada pieza instalada en órbita —y fueron quince, a lo largo de nueve años— costaba la sangre de mil inocentes, sacrificados en Opus Omni, quemados vivos como penitencia.
Decían que Madre Ceres blasfemaba contra lo divino.
Y entonces llegó el golpe final:
Objetos no identificados, construidos con tecnología arcadiana —supuestamente robada a Ceres—, alcanzaron la estación en órbita.
CERES I cayó como un ángel mutilado.
No hubo advertencia.
Ni explicaciones.
El Consejo de la Unión Continental, en respuesta, declaró:
“El espacio no pertenece a Ceres.
El espacio no pertenece a nadie.”
Madre Ceres no lloró públicamente.
Pero algo cambió en ella.
Fue en aquella época cuando surgieron los primeros ruidos en Silencium.
Mensajes cifrados.
Ondas interrumpidas en el aire.
Antenas paralizadas.
Y entonces, una carta.
Venía firmada por Canciller Áquila —uno de los miembros más antiguos del Consejo, habitante de la fría y sombría Silencium, donde hasta la nieve parece escuchar en secreto.
Era la primera vez que se comunicaba directamente con Madre Ceres.
El mensaje era breve:
“La Voz de Ceres resuena más allá de lo permitido.
La mujer llamada Assum es un problema.
Las ondas llegan hasta aquí, donde cultivamos el silencio.
Donde el cielo aún permanece inviolado.”
Madre Ceres leyó.
Volvió a leer.
No respondió.
Pero aquella misma noche, sola en su cúpula, volvió a escuchar el canto de Assum, procedente del reactor central, en bucle.
Y lloró.
La Visita de Áquila
Después de semanas de mensajes y recados velados, Canciller Áquila llegó personalmente a Ceres.
Su llegada fue silenciosa, como todo lo que procedía de Silencium.
La torre principal fue evacuada.
El aire, enrarecido.
Madre Ceres, vestida de plata oscura, lo recibió sola en el Salón de la Neutralidad.
La negociación duró poco.
Palabras frías, contenidas, técnicas.
Áquila quería el fin de las transmisiones sonoras.
Madre Ceres exigía respeto por la libertad interior de su ciudad.
Y entonces, en un gesto que rozaba la imprudencia, Madre Ceres llamó a Assum.
—“¿Quieres entender Ceres?”, dijo.
—“Escucha.”
Assum entró como quien pisa santuarios.
Los ojos bajos. El cabello, como velos.
Y, sin anunciar nada, cantó.
No una canción.
Un fragmento de sombra y luz.
Una voz que atravesaba el tiempo y la materia.
El Canciller escuchó.
El Canciller se detuvo.
El Canciller se perdió.
La Conversación Inolvidable
Después del canto, llegó el silencio.
Más tarde, en un corredor de cristal suspendido, Áquila encontró a Assum a solas.
—“¿A qué hora te gusta más cantar?”, preguntó, con un tono casi ausente.
—“Por la noche.”, respondió ella, con una leve sonrisa.
—“¿Por qué?”
—“Porque por la noche... veo a quien quiero.”
No se dijo nada más.
Pero desde aquel instante, algo se encendió en Áquila.
O quizá, se rompió.
El Inicio de la Obsesión
Tres veces al mes, el Canciller comenzó a visitar Ceres.
Acompañado por comitivas silenciosas, pedía una audiencia únicamente para ver cantar a Assum.
Madre Ceres, desconfiada, ordenó el cese de las transmisiones de onda larga.
Pasó a utilizar ondas cortas, directas, intensas, protegiendo a Assum de los ecos externos.
Pero era demasiado tarde.
Áquila no quería simplemente escuchar.
Quería poseer.
Los Susurros sobre Áquila
En Silencium, decían que el Canciller no era lo que aparentaba.
Detrás de la fachada gélida y de los discursos diplomáticos, escondía una galería secreta.
La llamaban La Capilla de las Manos.
Allí, según rumores de exiliados y traidores, se conservaban manos humanas —todas cortadas cuidadosamente: dedos finos, callos de cuerdas, cicatrices de talento.
Eran manos de músicos, artesanos, cantantes...
Gente que había tocado el cielo a través del arte.
Áquila no las mataba por odio.
Mataba por fascinación.
Era un coleccionista de almas a través de la carne.
La Propuesta y el Precio
Durante las últimas visitas, el Canciller Áquila habló con Assum a solas, en un tono más calmado de lo habitual.
—“Assum, quiero proponerte algo.”
—“¿Otra canción?” —rió ella.
—“No. Un matrimonio.”
Assum frunció el ceño.
No entendió.
Había nacido en Ceres, crecido en sus cúpulas y auditorios, educada bajo los pilares de la neutralidad.
El matrimonio era una palabra sin sentido, una ceremonia de otro mundo, perteneciente a antiguos mitos, abandonados junto con los símbolos.
—“¿Qué ceremonia es esa?” —preguntó, con sinceridad.
Áquila simplemente sonrió.
Ella regresó a la torre de Madre Ceres y repitió lo que había oído.
Con los ojos humedecidos, susurró su mantra personal —el que recitaba antes de cantar:
—“Madre Ceres, que nos alimenta, que nos educa... que nos devora.”
El Amor de la Diosa
Madre Ceres escuchó en silencio.
Assum era más que una ciudadana.
Era su creación. Su chispa viviente.
La única hija que había elegido amar.
Jamás cedió a las insinuaciones del Canciller.
No por celos.
Sino porque veía en sus palabras el veneno de la posesión.
Madre Ceres conocía a hombres como Áquila.
Sabía que lo que él llamaba amor no era más que una forma de dominación ritualizada.
CERES II
Fue en ese mismo ciclo cuando el Consejo de la Unión Continental se reunió para discutir la construcción de la nueva estación espacial —CERES II.
El proyecto era audaz: experimentos de agricultura orbital, mapeo climático mediante radio, oferta de dividendos para quienes colaboraran.
Pero el costo era altísimo.
Las últimas cosechas no habían sido buenas para muchas naciones.
La mayoría se negó.
Solo se reunió el 20 % de la financiación necesaria.
Y entonces, Canciller Áquila se levantó.
Dijo con voz clara:
—“Silencium cubrirá el 80 % restante.”
—“¿Sin exigencias?” —preguntó alguien.
—“Solo una: que Ceres acepte mi alianza. Y que Assum me acompañe en la ceremonia inaugural.”
El salón quedó en silencio.
Algunos rieron, pensando que se trataba de un farol.
Otros bajaron la mirada —sabían de qué se trataba.
El Consejo de Madre Ceres no respondió inmediatamente.
Pero todos en Ceres sabían que la estación CERES II ya no era solo una propuesta científica.
Era una dote velada.
El Consejo de las Estrellas
El hombre ofreció el universo.
Pero todos sabían que era un psicótico sin límites.
Un hombre que podría llevar a Silencium a la bancarrota por un capricho, movido únicamente por la obsesión de poseer aquello que no comprendía.
Madre Ceres lo sabía.
Aun así, convocó a su Consejo de Astrofísica y Cosmología —mentes que habían leído el tiempo, rediseñado el clima, reconstruido el ADN de las semillas.
Uno de ellos habló con la voz temblorosa de quien presencia el nacimiento de una era:
—“Toca las estrellas, Madre Ceres... y ganarás la eternidad que todavía no tienes.
Eres el milagro racional de la raza humana.
Hoy tienes mil hijos.
Mañana tendrás mil millones.”
Otro añadió:
—“CERES II nos llevará no cien años hacia adelante. Quizá quinientos.
La neutralidad te protege.
La lógica te guía.
El hambre de conquista no es tuya.
Tu hambre es otra: transformar el universo mediante estrategia, ciencia y trabajo duro.”
Y entonces el más anciano de ellos citó, con los ojos humedecidos:
—“Un físico de hace milenios dijo: ‘Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo’.
Pues ahora, Madre Ceres...
el mundo te da ese apoyo.
Y tú podrás levantar el universo.”
El Precio
Assum aceptó.
No por ingenuidad.
Ni por deseo.
Sino porque comprendió que su destino, en aquella era de cálculo y silencio, era ser el precio.
El proyecto CERES II comenzó a construirse a una velocidad asombrosa.
Silencium casi quebró.
El Canciller Áquila lo sacrificaba todo —sus reservas, su diplomacia, su propia nación— por un único objetivo: Assum.
Y entonces, la tomó para sí.
La Noche Eterna
—“Cantas mejor de noche”, dijo él.
—“Entonces ahora vivirás en la oscuridad.”
Áquila cegó a Assum.
Dijo que así ella le cantaría todo el tiempo, como si siempre fuera de noche.
Durante meses, la violó, la encadenó, la bañó en sangre y la cubrió de oro, como si fuera una reliquia viviente —una ofrenda para sí mismo.
Era un loco vestido de diplomático.
Un coleccionista de belleza que no comprendía.
Pero Assum...
Assum nunca se quebró.
El Mantra
Incluso herida, sucia, privada de la visión y de la libertad, cantaba.
Cantaba no para él, sino como si estuviera frente a Madre Ceres.
Como si, con cada nota, se recordara a sí misma por qué estaba allí.
Y siempre, entre un canto y otro, murmuraba:
“Madre Ceres, que nos alimenta,
que nos educa,
y que nos devora.”
Un Alma de Plomo
Sus sentimientos ya no estaban hechos de melodía, sino de plomo.
Pesados. Densos.
Pero reales.
Assum sangraba, pero nunca guardó silencio.
Áquila intentó quebrarla de mil maneras.
Quiso arrancarle el último fragmento de alma.
Quiso ser no solo dueño de su cuerpo, sino también del sonido.
Nunca lo consiguió.
Porque Assum no cantaba para él.
Cantaba para el futuro.
Cantaba para la eternidad de Madre Ceres.
Y cantaba para que el universo supiera que había resistido.
El Milagro
Del vientre de Assum nació Ceres.
Hija de un hombre monstruo.
Hija de la oscuridad.
Pero también hija del canto.
Hija del sacrificio.
Hija del milagro.
Assum, al tocar por primera vez la piel de la niña, sonrió como quien ve renacer su propia alma.
La llamó Ceres —
por amor a su ciudad.
Por amor a su Madre.
La niña tenía los mismos ojos que su madre:
azules, tan profundos que parecían contener todo el cielo.
Pero había algo más en ellos.
Una calma antigua.
Una fuerza todavía sin forma.
El Horror del Canciller
Cuando supo del nacimiento, el Canciller Áquila quedó aturdido.
Aquello lo hería de una manera nueva, inexplicable.
Aquella niña era suya...
Pero no le pertenecía.
Y por eso quiso destruirla.
Intentó argumentar, amenazar, negociar.
Finalmente, contactó a Madre Ceres:
—“Sácala de aquí.
Esa niña debe desaparecer.”
La Respuesta de Madre Ceres
Madre Ceres escuchó el mensaje.
Cerró los ojos.
Ya había perdido una hija por el universo.
Ahora, el universo le devolvía una nieta.
Con voz baja y precisa, respondió:
—“Ella es una hija de Ceres.
Y será protegida como la más preciada de todas.”
La Herencia
Ceres, la niña, fue llevada en secreto.
Crecería entre algoritmos y silencio,
pero llevaría consigo el eco de la voz de Assum.
No fue criada por una madre.
Fue criada por la memoria de una madre.
Y por eso, su canto —cuando llegara—
no tendría melodía.
Tendría verdad.
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