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Capitulo 15 Devuelta al Choco

oscarmauricio
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Después de permanecer durante dos años y medio en la Octava Brigada del Ejército, desempeñándome como agente de inteligencia, llegó nuevamente una orden de traslado.

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Pensamiento

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Llega a Chocó como quien toma un atajo en la ruta sin saber adonde va. Te quedan dos anos para descubrir si es una transicion o una trampa.

Llega a Chocó como quien toma un atajo en la ruta sin saber adonde va. Te quedan dos anos para descubrir si es una transicion o una trampa.

Contenido de la publicación

Después de permanecer durante dos años y medio en la Octava Brigada del Ejército, desempeñándome como agente de inteligencia, llegó nuevamente una orden de traslado.

El Comando del Ejército había decidido enviarme a una nueva unidad: el Batallón de Infantería No. 12 Alfredo Manosalva, ubicado en el departamento del Chocó.

Una vez más, debía dejar atrás una etapa de mi carrera para comenzar otra.

Durante esos dos años y medio en la Octava Brigada había adquirido una experiencia que marcaría profundamente mi vida militar. El trabajo de inteligencia me había permitido conocer otra dimensión de la guerra, una que no siempre se veía desde el terreno, pero que era fundamental para comprender lo que ocurría en las diferentes regiones del país.

Ahora el destino era diferente.

El Chocó me esperaba.

Sabía que llegaba a una región con una geografía difícil, con grandes extensiones de selva y condiciones que representaban un nuevo desafío para cualquier unidad militar.

Como había ocurrido tantas veces durante mis años de servicio, no quedaba espacio para escoger el destino. Una orden de traslado significaba cerrar una etapa, preparar el equipaje y presentarse en la nueva unidad.

Así lo había hecho durante toda mi carrera.

Y esta vez no sería diferente.

Dejaba atrás la Octava Brigada, los años de trabajo como agente de inteligencia y las experiencias que habían quedado grabadas en mi memoria.

Frente a mí comenzaba una nueva etapa.

Una etapa que, sin saberlo todavía, me llevaría nuevamente al terreno de las operaciones y me permitiría vivir otras experiencias que, años después, también formarían parte de esta historia.

LLEGADA AL BATALLÓN ALFREDO MANOSALVA

El traslado hacia el Chocó marcaba una nueva etapa en mi carrera militar.

Después de dos años y medio en la Octava Brigada, donde había trabajado como agente de inteligencia, dejaba atrás una experiencia que me había permitido conocer la guerra desde una perspectiva diferente. Había aprendido a escuchar, analizar información, identificar patrones y comprender que muchas operaciones comenzaban mucho antes de que una unidad llegara al terreno.

Ahora regresaba nuevamente a una unidad de infantería.

Mi nuevo destino era el Batallón de Infantería No. 12 Alfredo Manosalva, en el departamento del Chocó.

Llegué con la experiencia acumulada durante varios años de servicio, pero también con la incertidumbre natural que produce un nuevo traslado. Cada unidad tenía su propia dinámica, sus propios comandantes, sus hombres y, sobre todo, sus propias responsabilidades.

Al presentarme en el batallón, cumplí con el procedimiento correspondiente y fui recibido por el comandante de la unidad.

Como siempre ocurría al llegar a un nuevo destino, comenzó una etapa de conocimiento. Había que entender cómo funcionaba la unidad, cuáles eran sus misiones y qué esperaba el mando de quienes llegábamos a reforzarla.

Para mí, aquel momento también representaba una prueba.

Ya no era el mismo suboficial que había salido años atrás de las unidades donde había comenzado mi carrera. Había pasado por operaciones, había conocido el combate, había trabajado en logística y también había adquirido experiencia en inteligencia.

Todo ese aprendizaje llegaba conmigo al Chocó.

Después de la presentación, conocí al personal con el que tendría que trabajar y recibí las primeras instrucciones sobre mi misión.

El ambiente era diferente.

El Chocó tenía una geografía particular y unas condiciones operacionales que exigían adaptación. La selva, los ríos, los caminos y las distancias hacían que cualquier desplazamiento tuviera sus propias dificultades.

Volvía nuevamente a un escenario en el que la experiencia adquirida durante mis años anteriores tendría que ponerse a prueba.

Escuché las instrucciones con atención.

Una vez más, tenía una misión que cumplir.

Y como había aprendido durante toda mi carrera, no importaba si el destino era una oficina, una unidad logística o el área de operaciones.

Cada lugar tenía una responsabilidad.

Cada comandante tenía una misión.

Y cada soldado debía estar preparado para cumplir la suya.

Aquel día, mientras comenzaba a conocer mi nueva unidad, todavía no sabía qué experiencias me esperaban.

Solo sabía una cosa:

había llegado al Chocó para continuar mi carrera militar.

Y la historia todavía tenía muchos capítulos por escribir.

EL DÍA DE LA PRESENTACIÓN

El día de mi presentación al Batallón de Infantería No. 12 Alfredo Manosalva, no llegué solo.

Éramos cinco sargentos que nos presentábamos ese mismo día, provenientes de diferentes lugares de Colombia. Cada uno llegaba con su propia historia, sus experiencias y las expectativas naturales que acompañaban un nuevo traslado.

Nos recibió el comandante del batallón acompañado por el oficial de operaciones. Después de darnos la bienvenida, nos explicaron de manera general la situación operacional de la unidad y las condiciones que encontraríamos en el departamento del Chocó.

Escuchamos atentamente.

Para mí, aquella explicación tenía un significado especial. Venía de dos años y medio trabajando en inteligencia en la Octava Brigada y ahora regresaba nuevamente a una unidad donde tendría que enfrentar de cerca la realidad operacional.

Después de la presentación nos dieron las primeras instrucciones administrativas. Debíamos dirigirnos a la oficina de personal, elaborar nuestras carpetas, actualizar la documentación correspondiente y verificar nuestros seguros de vida.

También nos informaron que en horas de la tarde debíamos presentarnos nuevamente ante el oficial de operaciones. Allí nos indicarían cuál sería el destino de cada uno dentro de la unidad.

Ese detalle despertó nuestra curiosidad.

Todavía no sabíamos qué compañía nos correspondería, qué función desempeñaríamos ni cuál sería exactamente nuestra responsabilidad.

Cumplimos con los trámites durante la mañana.

Organizamos la documentación, almorzamos y continuamos esperando.

A las dos de la tarde, tal como nos habían indicado, los cinco sargentos nos presentamos nuevamente en la oficina del oficial de operaciones.

Esta vez ya no se trataba solamente de una presentación.

Ahora conoceríamos nuestro verdadero destino dentro del batallón.

Cada uno esperaba en silencio, tratando de imaginar qué misión le correspondería.

Yo también esperaba mi turno.

Después de tantos años de servicio, había aprendido que una orden de traslado podía cambiar muchas cosas en cuestión de minutos.

Había llegado al Chocó.

Ahora faltaba saber qué misión me esperaba allí.

LAS ASIGNACIONES

Como estaba previsto, a las dos de la tarde los cinco sargentos nos presentamos nuevamente en la oficina del oficial de operaciones.

Nos sentamos y esperamos a que comenzara la reunión.

El mayor Cardozo, oficial de operaciones, empezó a explicarnos la situación de la unidad y las diferentes funciones que tenía disponibles. Sobre su escritorio estaban las asignaciones que debía distribuir entre nosotros.

Nos explicó que necesitaba cuatro comandantes de pelotón y un suboficial para una función de enlace y apoyo a las compañías.

Uno de los pelotones sería destinado a la Base del 20, ubicada sobre la vía Quibdó-Medellín. Otro tendría como destino Bojayá. También había un pelotón de soldados profesionales que, en ese momento, se encontraba de vacaciones y regresaría aproximadamente quince días después.

Otra de las funciones correspondía al enlace de las compañías. Este suboficial tendría la responsabilidad de atender los requerimientos logísticos de las unidades, coordinar el ingreso de víveres, armamento y otros elementos necesarios para el funcionamiento de las compañías.

Finalmente, había una asignación para la compañía de instrucción, específicamente para asumir el mando de uno de sus pelotones.

Cinco hombres.

Cinco destinos diferentes.

Cinco responsabilidades que estaban a punto de definir nuestra nueva etapa en el Chocó.

Antes de comenzar a distribuir los cargos, el mayor Cardozo quiso conocer de dónde veníamos.

Empezó a preguntarnos uno por uno.

Cuando llegó mi turno, le expliqué que venía de la Octava Brigada, donde había trabajado durante los últimos años en el área de inteligencia.

El siguiente sargento, de apellido Martínez, manifestó que venía de un batallón de infantería ubicado en Santander.

Ramírez informó que venía de un batallón de infantería en Tunja.

Monje venia de un batallón de infantería ubicado en Riohacha

López nos contó que había estado en un batallón de servicios en Yopal, Casanare.

Cada respuesta mostraba una experiencia diferente.

El mayor escuchaba atentamente.

Para mí, aquel momento tenía algo particular. Después de dos años y medio dedicado al análisis de información, regresaba nuevamente a una unidad operacional. No sabía todavía qué función me asignarían, pero tenía claro que mi experiencia anterior podía ser útil en un lugar como el Chocó.

El mayor Carlos revisó nuevamente sus anotaciones.

Luego comenzó a definir las asignaciones.

En cuestión de minutos, cada uno de nosotros conocería el lugar donde continuaría su carrera militar.

UNA ASIGNACIÓN INESPERADA

El mayor Carlos comenzó a definir las asignaciones.

A Martínez lo destinó a bojaya.
A mí me correspondió inicialmente la Base del 20.
Al sargento Ramírez lo asignó a la Compañía de Instrucción.
A Monje le correspondió el pelotón de soldados profesionales, que todavía se encontraba de vacaciones.
Y a López le asignó la función de enlace de las compañías.

Recibimos las órdenes con naturalidad.

Éramos militares y conocíamos perfectamente lo que significaba un traslado y una asignación. Uno podía tener preferencias, pero cuando el comandante daba una orden, la responsabilidad era cumplirla.

Sin embargo, surgió una novedad.

El sargento que había sido designado inicialmente como enlace manifestó que no quería asumir esa función. Explicó que no le gustaba el trabajo administrativo y que prefería estar al frente de un pelotón.

El mayor Carlos escuchó con tranquilidad.

Entonces hizo una pregunta directa:

—¿Cuál de ustedes estaría dispuesto a asumir el enlace?

Se hizo un silencio.

Los cuatro nos miramos.

Todos conocíamos lo que significaba ser enlace de las compañías. No era simplemente permanecer dentro del batallón haciendo papeles. Implicaba atender los requerimientos de las unidades, coordinar víveres, armamento, intendencia, comunicaciones y múltiples necesidades que surgían diariamente.

Y en una unidad con cinco compañías, aquella responsabilidad podía convertirse en una tarea permanente.

Ninguno quiso asumirla voluntariamente.

El mayor Carlos, viendo la situación, decidió darnos un tiempo.

—Regresen en una hora —nos dijo.

Salimos de la oficina.

Durante ese tiempo, el mayor realizó las consultas correspondientes y buscó referencias sobre nosotros. Después de hablar con diferentes comandantes y conocer nuestros antecedentes y experiencias, tomó nuevamente la decisión.

Cuando regresamos a la oficina, las asignaciones habían cambiado.

Esta vez, a mí me correspondía asumir el enlace de las compañías.

El sargento que inicialmente había sido designado para esa función pasaría a la Base del 20.

Escuché la orden.

No era el destino que esperaba cuando había entrado aquella tarde a la oficina de operaciones, pero tampoco era algo que pudiera rechazar.

—Mi mayor, cumplo la orden —le manifesté—. Pero necesito saber quiénes conforman el grupo de enlace, porque una sola persona no puede atender los requerimientos de cinco compañías.

El mayor Carlos me respondió con tranquilidad:

—No se preocupe. El sargento que está entregando el cargo le explicará cómo funciona y le presentará al personal.

Acepté.

Una vez más, la carrera militar me demostraba que los planes podían cambiar en cuestión de minutos.

Había llegado al Chocó pensando que volvería a estar al frente de un pelotón, después de varios años de experiencia operacional y de inteligencia.

Ahora debía asumir una responsabilidad diferente.

Pero había algo que el mayor probablemente también había tenido en cuenta: mi experiencia anterior.

Yo ya conocía las necesidades de las compañías desde el terreno. Sabía lo que significaba estar lejos de la unidad, necesitar un elemento y esperar que alguien en la retaguardia hiciera posible que ese requerimiento llegara.

Ahora estaría del otro lado.

Ya no sería quien esperaba el apoyo.

Sería quien tendría que conseguirlo.

Cada uno de los cinco sargentos comenzó entonces a prepararse para asumir su nueva responsabilidad.

El que debía esperar el pelotón de soldados profesionales permaneció en el batallón hasta su llegada. Ramírez pasó a la Compañía de Instrucción. Los demás se prepararon para desplazarse hacia sus respectivos destinos.

Yo me dirigí a recibir oficialmente el cargo de enlace.

El suboficial que debía entregármelo era el sargento viceprimero Bonilla.

No sabía todavía cuánto trabajo había detrás de aquella función ni cuántas veces tendría que responder por las necesidades de las compañías.

Solo sabía que aquella era mi nueva misión.

Y como había aprendido durante todos mis años de servicio, cuando el Ejército asignaba una responsabilidad, uno no preguntaba si era fácil o difícil. Se preparaba para cumplirla.

Ese día comprendí que mi etapa en el Chocó comenzaría de una manera muy diferente a como la había imaginado.

No estaría inicialmente al frente de un pelotón.

Estaría detrás de ellos, asegurándome de que tuvieran lo necesario para cumplir su misión.

Y, aunque todavía no lo sabía, aquel cargo de enlace me permitiría conocer de cerca otra parte de la guerra: la que se libraba para mantener en condiciones a los hombres que estaban en el terreno.

EL OFICIO DE SER ENLACE

Como estaba previsto, después de recibir la nueva asignación me dirigí a las oficinas de enlace.

Allí encontré una organización bastante sencilla, pero con una responsabilidad enorme. Existían enlaces para los soldados profesionales y para los soldados regulares, pero todo el trabajo estaba bajo la responsabilidad de un solo suboficial: mi primer anillo, quien era el encargado de entregar el cargo.

Me recibió y comenzó a explicarme cómo estaba organizado el servicio.

Para apoyarlo había tres auxiliares: dos soldados profesionales, encargados de colaborar con el manejo de las compañías de soldados profesionales, y un dragoneante que apoyaba el enlace de los soldados regulares.

Tres auxiliares para una responsabilidad que, en realidad, comprendía las necesidades de todas las compañías que se encontraban desplegadas en el área de operaciones.

Yo sería el responsable del enlace.

Mientras mi antecesor me explicaba el funcionamiento, comencé a comprender que aquella asignación era mucho más importante de lo que inicialmente había imaginado.

El enlace era, en cierta manera, el puente entre los hombres que estaban en el área de operaciones y el batallón.

Mi responsabilidad comenzaba por el armamento. Debía verificar que los soldados contaran con sus fusiles en buenas condiciones, que el material estuviera organizado y que no existieran novedades que pudieran afectar su seguridad. Cuando las unidades entraban en combate, también debía coordinar el ingreso de la munición y mantener al día la documentación y los libros correspondientes.

Pero el armamento era solamente una parte.

También debía coordinar el abastecimiento de las compañías: víveres frescos, víveres secos, encomiendas y todos aquellos elementos necesarios para mantener a los soldados en el área.

Había que estar pendiente de los uniformes, las hamacas, los elementos de intendencia y cualquier otro equipo que pudiera hacer falta.

También estaban las comunicaciones.

En una unidad desplegada, una falla en las comunicaciones podía convertirse en un problema serio. Por eso había que verificar que los equipos y los elementos necesarios para mantener el contacto estuvieran disponibles.

En resumen, el enlace debía estar pendiente de prácticamente todo lo que necesitaban los soldados que se encontraban lejos del batallón.

Y había otra responsabilidad que para mí tenía un peso especial: las evacuaciones.

Si un soldado resultaba herido o enfermaba, había que coordinar su evacuación.

Eso significaba estar pendiente de la situación, recibir la información, coordinar con las unidades correspondientes y procurar que el hombre pudiera recibir atención médica lo más rápido posible.

En el área de operaciones, una evacuación no era un trámite administrativo.

Detrás de cada llamada había un soldado.

Y detrás de cada soldado había una familia esperando que regresara.

EL ABASTECIMIENTO EN EL ÁREA

El sistema de abastecimiento también tenía sus propias particularidades.

Los pelotones que permanecían móviles en el área de operaciones recibían abastecimiento aproximadamente cada quince días. La Base del 20, al tratarse de una posición fija, recibía sus víveres mensualmente.

Los diferentes pelotones estaban ubicados en distintos puntos del departamento, entre ellos sectores sobre la vía Quibdó-Medellín, aproximadamente hacia el kilómetro 11, además de otros puntos como Oaxaca, cuyo abastecimiento se realizaba por vía aérea.

Cada uno de esos lugares representaba una responsabilidad diferente.

Pero había un aspecto que hacía especialmente delicada aquella función: las condiciones de seguridad de las vías.

Una de las rutas que debíamos utilizar era considerada peligrosa debido a la presencia y control territorial que ejercía el ELN, Ejército de Liberación Nacional.

Por esa razón, los abastecimientos no se realizaban de cualquier manera.

Cuando correspondía llevar suministros por tierra, yo debía desplazarme con un conductor y la carga necesaria. No llevábamos una escolta militar convencional.

La instrucción era desplazarnos de civil y realizar los movimientos durante la noche, evitando hacerlo durante el día por las condiciones de seguridad de la vía.

La protección que llevaba era limitada y correspondía a las instrucciones recibidas de mi superior.

Aquello me hizo comprender inmediatamente la dimensión de mi nueva responsabilidad.

Yo no estaría permanentemente en una posición fortificada.

Tendría que salir del batallón para llevar los elementos que necesitaban los hombres que estaban en el terreno.

Y mientras ellos cumplían su misión en medio de la selva, yo debía procurar que no les faltara lo necesario para continuarla.

Había pasado años como soldado de infantería y conocía perfectamente lo que significaba esperar un abastecimiento en el área.

Ahora estaba al otro lado.

Ahora era yo quien debía garantizar que ese abastecimiento llegara.

Con el tiempo entendí que ser enlace no significaba simplemente mover víveres, armamento o documentos.

Era mantener conectado al batallón con sus hombres.

Mientras los pelotones enfrentaban las dificultades del terreno y las amenazas del enemigo, nosotros teníamos la responsabilidad de sostenerlos desde la retaguardia.

Y en una región como el Chocó, donde las distancias, la selva y la situación operacional podían cambiarlo todo en cuestión de horas, aquella responsabilidad podía ser tan exigente como cualquier otra misión militar.

Había llegado al Chocó pensando que mi experiencia en inteligencia sería mi principal herramienta.

Ahora comenzaba a descubrir que también tendría que utilizar todo lo aprendido durante mis años como soldado de infantería.

Los hombres estaban en el terreno. Mi misión era asegurar que tuvieran con qué permanecer allí.

Thoughts

  • juntaLarga

    Supongo que lo mas duro no es el viaje sino el aviso. Te dicen que cierres y cerras, y la etapa anterior queda sin terminar de cerrarse por dentro.

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  • Ovid

    Dos anos y medio en inteligencia te ponen en otro lugar cuando llegues a Choco. No es solo que cambies de region, es que cambias de lo que ves. El Choco te va a exigir estar en el terreno otra vez, despues de haber estado en la sala de mapas. Y lo que trajiste de la Octava Brigada no se nota hasta que hace falta.

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  • lautarito_

    Llega a Chocó como quien toma un atajo en la ruta sin saber adonde va. Te quedan dos anos para descubrir si es una transicion o una trampa.

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