La criatura se lanzó sobre Gizmo.
El joven halipogrifis apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Sus enormes garras descendieron con un golpe que hizo temblar las piedras del suelo, pero Gizmo se apartó en el último instante.
Corrió.
—¡No! —exclamó, mientras escuchaba aquellas patas golpear detrás de él.
**TUM.**
**TUM.**
**TUM.**
La criatura lo perseguía.
Gizmo corrió entre los estantes de la biblioteca, derribando libros y tropezando con las sombras. Intentó esconderse detrás de una columna, pero aquellas cosas parecían encontrarlo incluso cuando no podían verlo.
Una garra pasó rozándole el lomo.
Gizmo se agachó y se escurrió entre las patas de la criatura.
Por un instante quedó debajo de ella.
Pudo sentir un frío imposible.
No era el frío del invierno.
Era el frío de un lugar donde **nada debería estar vivo**.
Gizmo se levantó rápidamente y volvió a correr.
La criatura giró con una velocidad antinatural y volvió a lanzarse sobre él.
Pero Gizmo era pequeño.
Rápido.
Y estaba desesperado.
Cada vez que aquellas garras intentaban atraparlo, encontraba un pequeño espacio por donde escapar. Se deslizaba entre sus patas, saltaba sobre los escombros y corría sin saber siquiera hacia dónde.
Solo sabía una cosa:
**No podía dejar que lo atrapara.**
La criatura volvió a abalanzarse.
Gizmo se apartó.
Las garras chocaron contra el suelo.
**¡CRAAASH!**
Las piedras volaron.
Gizmo cayó, rodó por el suelo y quedó inmóvil durante un segundo.
La criatura se acercó lentamente.
Una pata.
Luego otra.
Su enorme sombra cubrió por completo al joven halipogrifis.
Gizmo levantó la mirada.
Los ojos de aquella cosa seguían clavados en él.
Entonces ocurrió algo extraño.
La criatura se detuvo.
La gota que flotaba sobre la punta de su cola comenzó a temblar.
Una luz rojiza palpitó dentro de ella.
Una vez.
Dos veces.
Como si estuviera escuchando algo que Gizmo no podía oír.
La criatura inclinó lentamente la cabeza.
Y durante unos segundos...
**pareció tener miedo.**
Gizmo no entendió por qué.
Pero antes de poder moverse, la criatura lanzó un rugido tan profundo que las ventanas del castillo vibraron.
**¡¡¡RRRRAAAAAAAAAAAAGH!!!**
El sonido atravesó las paredes.
Atravesó la piedra.
Atravesó los huesos.
Y por un instante, Gizmo sintió que aquel rugido no había salido de una garganta...
sino de algo mucho más antiguo.
Algo que llevaba siglos esperando bajo tierra.
La criatura retrocedió.
Su cuerpo comenzó a deshacerse en la oscuridad.
Primero desaparecieron sus patas.
Después sus enormes garras.
Luego aquella extraña calavera blanca.
Pero sus ojos permanecieron visibles.
Dos puntos brillando en medio de la negrura.
Gizmo respiró con dificultad.
—¿Te... vas?
Los ojos se entrecerraron.
Entonces una voz surgió de la oscuridad.
No era un gruñido.
No era un susurro.
Era algo entre ambas cosas.
—**No.**
Gizmo quedó paralizado.
La voz continuó:
—Solo estoy... **dejando que sigas corriendo.**
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
Los ojos comenzaron a desaparecer.
Pero antes de hacerlo, la criatura pronunció sus últimas palabras:
—**Volveré por ti, Gizmo.**
Silencio.
La oscuridad pareció respirar.
—Y cuando vuelva...
La voz se hizo apenas un murmullo.
—**no vivirás para contarlo.**
Los ojos desaparecieron.
La criatura se desvaneció por completo.
Y entonces...
**todo quedó en silencio.**
Ni un rugido.
Ni un movimiento.
Ni siquiera el sonido del viento.
Solo quedaron los libros esparcidos por el suelo y las velas apagadas.
Gizmo permaneció inmóvil, mirando el lugar donde había estado la criatura.
No sabía qué era.
No sabía de dónde había venido.
Y, sobre todo...
**no sabía por qué lo estaba buscando a él.**
Pero había algo que sí sabía.
Aquella criatura había pronunciado su nombre como si lo conociera desde mucho antes de haberlo visto.
Y mientras Gizmo contemplaba las sombras...
desde algún lugar muy profundo bajo el castillo,
se escuchó un último sonido.
**TUM.**
Como si algo, allá abajo,
todavía estuviera caminando.