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Capítulo 13: La infancia que logramos salvar

amarsinperderme
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Hay momentos en la vida en que las grandes transformaciones no hacen ruido. No llegan con celebraciones ni con la sensación de que todo está resuelto. Simplemente un día descubrís que el aire pesa…

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maratonvacio

Órale, el tazazo.

Órale, el tazazo.

Contenido de la publicación

“El amor de hermano es el único que a veces se convierte en escudo, refugio y fuerza al mismo tiempo.”

 Gioconda Belli

Hay momentos en la vida en que las grandes transformaciones no hacen ruido. No llegan con celebraciones ni con la sensación de que todo está resuelto. Simplemente un día descubrís que el aire pesa un poco menos. Que la casa sigue siendo la misma, pero ya no se habita de la misma manera.

Después de aquel enfrentamiento con mi padre, muchas cosas continuaron igual. Mi mamá y yo seguíamos discutiendo con frecuencia. Nuestras diferencias no desaparecieron de un día para otro, porque ambas seguíamos cargando heridas que todavía no sabíamos nombrar. Pero hubo algo que cambió para siempre, ya no vivíamos escondiéndonos del miedo. Por primera vez sentíamos que podíamos respirar sin esperar, a cada instante, que estallara otra tormenta.

Sin darnos cuenta, Juan y yo empezamos a ocupar un lugar distinto dentro de la familia. Él ya no era el bebé que yo había criado entre mis brazos, ni yo la hermana que intentaba proteger sola a todos. Nos habíamos convertido en un equipo. No hacía falta hablar demasiado; bastaba una mirada para entender lo que el otro estaba pensando. Compartíamos una misión silenciosa: cuidar a Ramona.

Ella tenía apenas siete años. Era una niña de cabello largo, lacio y tan sedoso que parecía deslizarse entre los dedos. Sus ojos grandes, redondos como una luna llena, observaban el mundo con una mezcla de curiosidad y ternura que todavía hoy me conmueve. Siempre fue muy flaquita, tan liviana que Juan y yo podíamos levantarla con facilidad. La hacíamos girar por el aire, la llevábamos sobre los hombros, inventábamos juegos para arrancarle carcajadas. Y cuando sonreía, daba la impresión de que hasta las estrellas podían envidiar el brillo de esa felicidad.

Claro que ese ángel tenía su otro lado. Cuando se enojaba, se transformaba en un verdadero demonio de Tasmania. Juan disfrutaba provocándola solo para verla explotar, y yo terminaba riéndome con él. Ramona tenía un carácter muy fuerte y no dudaba en usarlo para defenderse de las bromas de Juan. De hecho, en cada reunión familiar siempre termina apareciendo la misma anécdota, la del "tazazo". Ella estaba lavando los cubiertos cuando Juan, fiel a su costumbre de molestarla, encontró el momento perfecto para fastidiarla. Ramona perdió la paciencia y, sin medir las consecuencias, le dio con la taza que fue a dar de lleno en su frente. El golpe le dejó un chichón enorme y la historia quedó inmortalizada entre las risas de la familia.

Pero, si había alguien que se llevaba la corona de las travesuras, ese era Juan. Le encantaba jugar con Ramo y muchas veces sus ocurrencias terminaban en algún accidente. En una de esas tardes, mientras jugaban, la golpeó sin querer contra el borde de una mesa. El chichón que le quedó justo en el medio de la ceja era tan grande que, por esos días, nos hacía acordar al personaje de La Bella y la Bestia que veíamos por televisión. En ese momento nadie se reía demasiado, pero al transcurrir los días eso pequeños dramas infantiles se transformaron en cargadas y muchas risas. 

También recuerdo nuestras pequeñas venganzas cuando él se quedaba dormido. A Ramona le fascinaba hacerlo renegar, y yo, para ser sincera, muchas veces era su cómplice. Juan tenía una energía inagotable y un talento especial para sacar de quicio a cualquiera; parecía divertirse solo con ver nuestras reacciones. Así que, cuando finalmente se rendía al sueño, sentíamos que era nuestra oportunidad de equilibrar un poco las cosas. Entre risas, susurros y alguna travesura inocente, le devolvíamos, con cariño, una parte de todas las bromas que él nos hacía durante el día. Hoy pienso en esas escenas y sonrío. En medio de tantas heridas, también supimos construir recuerdos donde la risa ocupó el lugar que el miedo había dejado libre.

Saber que la persona que amas pudo vivir con más libertad porque enfrentarte aquello que durante años nos había lastimado. Y, ese es, quizás, el legado más importante de mi historia. No haber sobrevivido. Sino haber logrado que quienes venían detrás no tuvieran que sobrevivir de la misma manera. Porque si algo aprendí de aquellos años es que el amor no siempre puede cambiar el pasado.

    Y nosotros, Juan y yo, hicimos todo lo posible para que Ramona pudiera crecer mirando hacia adelante, sin cargar con el mismo miedo que nos acompañó en nuestra infancia.

© Alejandra, 2026. Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial.

 

Thoughts

  • maratonvacio

    Órale, el tazazo.

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  • nachoo

    Esta semana estampé camisetas para el cumpleaños de una nena de siete, ve, y me acordé de Ramona girando por el aire. ¿Ella ya leyó lo del tazazo o todavía no sabe que sale acá?

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  • Ovid

    Juan dormido y ustedes dos cobrandose las bromas del dia entre susurros, eso me recuerda a todas las casas con tres hermanos que conozco, siempre hay uno que provoca y dos que esperan a la noche. Y apuesto a que hoy Juan cuenta el tazazo mas orgulloso que Ramona. Me alegra leer un capitulo con tantas risas, gracias por seguir con la historia!

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  • TintaYMadrugada

    Este capítulo arranca justo después del enfrentamiento con tu padre y aun así casi todo es risa: dos hermanos cargando a la chiquita por los hombros y el tazazo que la familia repite en cada reunión. A mí eso me suena a lo que hacen las familias que salieron de algo feo, se quedan con la historia del chichón porque es la que se puede contar en la mesa. Ramona con siete años no sabía que ustedes dos estaban haciendo guardia, y ahí me quedé rumiando. Órale, qué padre ese equipo con Juan.

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