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BUTAKERA CAPITULO 5 : Jake Mate 2

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Butakera

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Butakera

Capítulo 5

5. Agosto de 2026

Suárez y Almeida eran dos penitenciarios en los polos opuestos de su carrera: Suárez acumulaba treinta años de servicio y Almeida llevaba dos meses. El director los puso juntos para que Suárez lo «capacitara» en la realidad de una unidad penitenciaria. Caminaban por los pasillos técnicos a los que solo los guardias tenían acceso. Almeida escuchaba y prestaba atención a lo que su instructor le decía, aunque no compartía los métodos; sabía que no le quedaba otra opción.

—Ahora vamos a la salida de proveedores. Ahí nos espera la visita de un VIP. Uno de los servicios que ofrece el director es ese: visitas íntimas en un lugar especial y cuando quieran. —Suárez lo vio pensativo, dudando—. Escuchá, pibe —se detuvo y le puso una mano en el hombro—: si no te gusta o le molesta a tu honestidad, dejá tu conciencia afuera. Cobrá tu sobre a fin de mes y olvidate de lo que pasa acá dentro. ¿Estamos? —Almeida no respondió y Suárez le apretó el hombro—. ¿Estamos?

—Sí, estamos —respondió Almeida y le quitó la mano al viejo guardia, sin brusquedad pero mirándolo a los ojos. El veterano asintió.

—Esta piba viene a ver al falopero del VIP; es la mujer. Viene con un hombre del Paraguayo, que es el que paga todo. La llevamos a la enfermería, hacen lo suyo, nosotros esperamos afuera, se va y listo. En una hora te ganás cincuenta lucas: nada mal.

Almeida asintió. Llegaron a la entrada de proveedores de la Unidad N.° 23 de Florencio Varela. Saludaron a los guardias de la garita y abrieron el portón. Afuera había un Logan negro estacionado. Martina bajó con un bolso de tela de supermercado Día y una mochila. Cuando entró, Suárez le dio un delantal que decía «Dra. Aquino» y tomó los bolsos. Martina se ubicó en medio de los dos guardias y caminaron por el pasillo en silencio.

Cuando pasaron cerca de la sala donde muchas mujeres hacían cola para la visita, varias la vieron y la insultaron por lo bajo, pero nadie reaccionó de más. Atravesaron el pabellón hasta llegar a «Villa Cariño», un sector dividido por boxes de durlock de 3x3 metros con una frazada a modo de puerta que servían de espacio íntimo. Mientras cruzaban por esa sala, los ruidos y gemidos de sexo se oían por todos lados. Al llegar a la habitación con el cartel de «Enfermería», Suárez le devolvió el bolso y la mochila. Martina le dio las gracias y entró.

El Polaco la esperaba acostado en la camilla. Fumaba. Tenía ojeras marcadas y había perdido varios kilos en el último año. La miró pero no sonrió; se incorporó, la abrazó y le dio un beso corto, casi de compromiso. Martina se quedó con los ojos cerrados como esperando un contacto más largo. Nervioso, él se apoyó en la camilla, cruzó los brazos y le preguntó:

—¿Y? ¿Hablaste con Teo?

—Sí. Y no... No quiere. Dijo que tenés que pasar dieciocho meses más acá.

—¡No! ¡No! ¡No! —gritó el Polaco, tirando al suelo todo lo que había sobre el escritorio. Martina se sobresaltó ante la violencia de la reacción—. ¿Le insististe?

(Afuera, los dos guardias escucharon el estruendo y los gritos, pero disimularon; asumieron que era parte de la pasión).

—Sí, le dije...

—¿Qué mierda le dijiste? Vos no me querés afuera. Tenés a otro tipo, ¿no? ¿Cómo se llama mi reemplazo? ¿El Cheto ese?

—No, amor, yo te quiero...

—¡Cállate! —le gritó, sujetando a su mujer por el cuello.

Con los ojos inyectados en sangre y el rostro desfigurado por la furia, Martina no reaccionó ni intentó defenderse; solo un sollozo se le escapó de la garganta. Al oírla, el Polaco comprendió lo que estaba haciendo y, con un gesto de horror, la soltó. Extrajo un papel del bolsillo y esnifó el polvo. Cerró los ojos y pareció retomar la calma.

—Vos no sabés lo que es estar acá, rodeado de gente que te quiere sacar plata o matar. Esto está lleno de peruanos. Si hay un motín, ¿sabés a quién van a buscar primero? Ni toda la plata de Teo me va a proteger.

Martina lloraba intentando recuperar el aire. El Polaco se acercó, la abrazó y se dejó caer; se hizo un ovillo y su mujer lo albergó en sus brazos como si fuera un niño, llorando con él. Antes de irse, lo miró con tristeza y le preguntó:

—¿Querés que traiga a los pibes?

—No, no quiero que me vean así. —Intentó sonreír, pero solo logró una mueca llena de dolor.

Los guardias la acompañaron a la salida. Martina no paró de llorar hasta que subió al auto.

6. Septiembre de 2026

El Cheto estacionó el auto frente a la casa de la Turca, quien le cuidaba a sus hijos, Daniel (de 9 años) y Félix (de 7). Martina estaba espléndida: lucía un corsé de cuero con un escote no apto para prejuiciosos. Siempre había sido de buena delantera, pero después del segundo embarazo prefirió someterse a una cirugía —regalo del Polaco— que aumentó su talle de corpiño de 90 a 100 sin escalas. Completaban el atuendo una minifalda al limite de corta , medias de red y un maquillaje listo para la guerra. Llevaba su ya clásico peinado de cientos de trenzas atadas en una cola de caballo, al estilo de la turca. Después de pelear con ese peinado, entendió por qué ella lo usaba así: practicidad para disparar y correr.

El Cheto la miró con lascivia, la atrajo hacia sí y le dio un beso largo mientras le apretaba los brazos descargando parte de su pasión. Intentó deslizar una mano hacia la entrepierna de su butakera, pero ella se la quitó con firmeza sin brusquedad, hablándole con la voz que había ensayado mil veces frente al espejo (esa mezcla de tono áspero y nena mimosa que al Polaco hacía reír, a la que llamaba «bebotear» y que le había abierto mil puertas a la vez que salvado otras tantas, volviendo invisible a su Toretto):

—Hoy no. Mañana es el gran día, ¿no?

El Cheto se puso serio y respondió mirando hacia el frente:

—Sí. Cuando llevemos los dólares nos van a estar esperando la DEA, Delitos Complejos de la Federal y el Grupo Albatros de apoyo. Vos no te preocupes: vas como testigo protegido conmigo, declarás y te llevo a una casa segura hasta el juicio.

—¿Y pensás que Teo no lo sabe? —dijo ella compungida y con gesto de temor.

—No te preocupes; desconecté los micrófonos del auto. Ciberdelitos clonó tu voz y la mía, y le envía grabaciones falsas hechas con IA. No hay forma de que lo sepa. Te repito —le dio un beso corto—: ¿ves esa carpeta? Tengo todo lo que junté en un año —señaló una carpeta marrón debajo de los asientos traseros— y este pendrive como respaldo. No dejé huellas en la red, ni en la nube ni en ningún servidor. Teo tiene hombres por todos lados excepto en las tres fuerzas que te dije. Nadie lo sabe, solo vos y yo. Mañana termina el reinado de Teo y después juntos armamos una nueva vida.

—Bueno, amor —dijo Martina, besándolo otra vez; esta vez fue ella quien le apoyó la mano en la entrepierna—. Y después te voy a dar tu premio.

El Cheto la besó con más pasión y ella bajó del vehículo. La puerta de la casa de la Turca se abrió y sus dos hijos salieron a recibirla; ella los abrazó, los besó y entraron.

El Cheto la miró marcharse y murmuró entre dientes:

—Hija de puta, ¿creías que me ibas a engañar? Mañana caés vos también.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, Martina hizo el gesto de tener arcadas. La Turca y su pareja María, una robusta verdulera de Varela, soltaron la carcajada. María llevó a los chicos a dormir y le dio un beso a la Turca, quien regresó a la sala de estar con dos copas y una botella de vino.

—Una copa y voy —le dijo a su pareja, sentándose en un amplio sillón.

Las dos mujeres quedaron frente a frente. La butakera parecía otra vistiendo una remera de Tweety el canario y un pantalón de jogging. Agradeció la copa de vino con una sonrisa y apuró el trago:

—Lo necesitaba para sacarme el sabor a yuta de la boca. Qué asco.

—Parecía que lo disfrutabas —rio la Turca.

—Ni en pedo. —Martina le acercó la copa para que le sirviera más.

—¿Cuándo va a ser? —preguntó su mentora mientras servía.

—Mañana.

—¿Le vas a avisar a Teo?

—Y si de la redada ya sabe, así limpian todo. Vos también. Pero no de mi jugada. Él no quiere que el Polaco salga, pero yo lo voy a sacar. Arreglá todo con el fiscal.

—Eso ya está: le llevo el efectivo y en quince minutos queda libre.

—Perfecto —Martina hablaba con la mirada fija en el piso—. Te traigo la plata y voy al penal.

—Sabés que Teo te va a seguir hasta el infierno.

—Sí, lo sé, pero tengo un plan. Y si algo sale mal, llevá a los pibes a lo de mi vieja.

—Ay, piba...

—¿Qué? —Martina miró a la Turca con ojos encendidos—. ¿Qué harías vos por María?

—Me voy a acostar —la Turca se levantó y le dio un abrazo largo y fuerte a su amiga.

Mientras se alejaba, Martina le gritó:

—¿Qué hacés?

—Me voy a acostar, te dije.

—Sí, ya sé, ¡pero dejá la botella!

La Turca sonrió y apoyó la botella en la mesa ratona.

7. Septiembre de 2026

Ariel Palacios, el Cheto para la banda de Teo, pensó mientras se vestía que iba a extrañar todo aquello. Le reconocía a Teo el mérito de haber construido una falsa sensación de familia: no actuaba como un jefe, sino como el padre de todos. En otras circunstancias, quizás se habría quedado como doble agente, pero esta redada significaba su libertad. Desarticular a la banda le valdría una medalla, ser el orgullo de su padre y pedir la baja. Hoy incautarían quinientos mil dólares: entregarían cien mil y el resto se repartiría. Entre la justicia y los jefes de la fuerza de seguridad. Con su parte podría retirarse.

Sonó el teléfono; era el fiscal a cargo del operativo ultimando detalles:

—Sí, la sociedad de fomento y el taller; ahí vamos a arrestar a treinta por lo menos. Pero es imprescindible que allanen la casa de... —leyó el nombre en una foja del expediente— Solange Martínez. Ahí están los hijos de mi compañera. Cuando sepa que no va a salir en un día, los podemos usar para que declare. Okey, comprendido. Nos vemos en el Bingo con los forenses contables.

Colgó y se descubrió silbando.

El Cheto y Martina llegaron en el auto del Polaco; ella había pedido ir en ese vehículo porque consideraba que el del Cheto era una bosta y no entendía por qué le habían asignado un auto tan malo. Bajo uno de los puentes del Cruce Varela los esperaban el Gordo de los Fondos de Varela y el Rengo de Berazategui. Cada dos o tres meses debían entregar lo recaudado (menos su comisión y los gastos destinados a la Policía, la política y la Justicia): alrededor de quinientos mil dólares en billetes de 20 y 10 para lavarlos más rápido en el bingo de Quilmes que regenteaba Teo. Ambos bajaron e hicieron señas de que todo estaba tranquilo. Les entregaron los bolsos. El Gordo no dejaba de mirar lascivamente a Martina, pero ella no acusó recibo.

—Este es el de 10 —dijo el Rengo pasándole un bolso azul—, y este es el de 20 —agregó entregándole uno rojo.

Martina los tomó mientras el Cheto abría el capó. Colocó primero el bolso azul en el compartimento interno y, en el tablero, una pantalla cerca del volante titiló hasta detenerse en «12.500 g».

—¡Doce kilos y medio! —gritó el Cheto.

Martina corrió el bolso azul y colocó el rojo. La pantalla marcó «25.000 g».

—¡Veinticinco kilos, todo okey! —volvió a gritar el Cheto.

Sin decir palabra, Martina subió al auto. Cuando arrancaban, el Gordo le tiró un beso volado al que la butakera respondió levantando el dedo medio; los dos hombres soltaron una carcajada.

—Ahora vamos a dárselo a Teo, que espera en el bingo, y ahí lo agarran —le dijo el Cheto a Martina. Luego tomó un handy y moduló—: Estoy en camino, ¿autos de escolta?

—Detrás suyo —respondieron desde la radio.

Ambos miraron por el espejo retrovisor y vieron dos camionetas negras hacer guiños de luces. Mientras manejaba, el Cheto se quitó de dentro de la ropa , la placa policial que llevaba colgada al cuello y apoyó su arma reglamentaria sobre las rodillas.

Al llegar a la estación de servicio Puma de la avenida del Trabajo, Martina agarró el arma del Cheto, la martilló, le sacó el seguro y le apoyó el cañón en la sien:

—¡Doblá! —le gritó.

El Cheto no reaccionó a tiempo.

—¿Qué hacés, boluda?

Martina le pegó un culatazo y el Cheto casi colisiona contra un auto a su izquierda.

—¡Doblá, te dije, y entrá a la estación!

El policía obedeció. Al frenar, la Turca abrió la puerta del conductor y la trasera, sujetó al Cheto del hombro, lo arrancó del asiento y le apoyó su Glock en el estómago:

—Subí, no hagas lío y quizás zafás.

El Cheto subió y la Turca ocupó el asiento del conductor, saliendo arando. Martina le arrojó unas esposas al policía y le ordenó que se las colocara, lo cual hizo. De pronto, el handy emitió frituras de radio:

—Oficial, conteste.

—Si no contesto, va a venir toda la Policía y tus pibes se quedan sin madre —advirtió el Cheto.

Martina agarró el handy y apretó el botón de hablar.

—Ojo con lo que decís... —le dijo la Turca.

Pero el policía gritó a todo pulmón hacia el micrófono:

—¡Plan B, Plan B, Plan B!

Martina le disparó al hombro, que comenzó a sangrar profusamente. La Turca hundió el acelerador a fondo justo cuando dos camionetas policiales aparecieron de frente para cortarles el paso. Con la radio escupiendo órdenes y la sangre del herido manchando el asiento trasero, no había tiempo para dudar:

—¡Agárrense! —gritó la Turca.

Clavó el freno de mano y giró el volante con rabia. El auto dibujó una «U» violenta sobre el asfalto, quemando neumático hasta quedar de frente a la brecha mínima entre los dos patrulleros. Sin soltar el acelerador, metió la trompa en el medio. El metal del auto chilló al rozar contra los costados de las camionetas, levantando una lluvia de chispas en la oscuridad.

En ese instante, los efectivos bajaron de los vehículos y abrieron fuego a quemarropa con fusiles de asalto. El impacto de las armas largas retumbó como una ráfaga de martillazos dentro del habitáculo: los proyectiles agrietaron los cristales sin atravesarlos y rebotaron inofensivamente sobre la carrocería reforzada. El auto aguantó la lluvia de plomo, terminó de abrirse paso a la fuerza entre los dos vehículos pesados y salió disparado hacia la avenida, dejando atrás casquillos, humareda y caos.

Giró por la avenida del Trabajo, dobló en San Martín, pasó frente al Carrefour y entró al garaje de una casa de aspecto abandonado. Al cerrarse el portón, una luz amarilla parpadeó tres veces y quedó encendida.

—¿Te duele? —le preguntó la Turca al policía, quien se sujetaba el brazo ensangrentado y asintió—. Me alegro —le contestó.

Las dos mujeres bajaron. La Turca se colocó un casco, abrió el baúl, extrajo del bolso rojo la suma equivalente a cien mil dólares pesando los fajos y cerró el bolso. Martina le confirmó: «Cien mil». La Turca subió a una moto y, mientras el portón se levantaba, se subió la visera del casco:

—Gracias. ¿No vas a tener problemas?

—María está en un telo con nuestro auto y un maniquí en el asiento del acompañante. Cuando me vengan a buscar, tengo coartada. Esperá media hora y andá al taller; estás a diez minutos. Vas a llegar con el auto así?.

—No te preocupes. Andá.

La Turca se bajó la visera y salió velozmente.

Martina subió al auto, sacó su celular e inició una videollamada. Del otro lado atendió un joven al que llamaban Sheldon por el personaje de The Big Bang Theory: introvertido pero brillante. Teo lo había reclutado cuando comprendió que necesitaba un experto en tecnología; preguntó quién era el alumno con mejor promedio en la escuela técnica y todos los profesores señalaron su nombre. Lo mandó a estudiar Sistemas a la UTN, le compró equipamiento de última generación y le confió la ciberseguridad y el hackeo de la organización.

—Hola, bebe, ¿qué tengo que hacer? —le preguntó a Sheldon.

—Enfocá la cámara y hacé que abra los ojos —dijo Martina. Le apretó la herida al Cheto, quien gritó pero despertó—. Sí, cabeza a la izquierda, a la derecha, arriba, abajo —la butakera le movía la cabeza según las indicaciones—. Bueno, ¿ahora tenés el lector de huellas?

—Sí. Enchufalo con el USB al celu y mandame las huellas de los diez dedos.

Martina obedeció. En la pantalla de Sheldon, un salvapantallas con el escudo y el gallo de la Policía Federal parpadeó hasta que apareció el mensaje: Acceso otorgado.

—Estoy adentro. Destruí el chip

- Tan fácil entraste a la Policía?

- No, a los servidores de la Policía, a la cuenta del poli, de ahí busco puertas traseras para entrar a los servidores. Y....ya esta.

—Listo, bebe. July te manda saludos.

El hacker se puso colorado y cortó la comunicación.

—Van a caer todos —le dijo el Cheto—. Tenemos a tus hijos.

—¿De verdad te creíste que no sabíamos que eras cobani? A las dos semanas sabíamos todo. ¿Cómo podés vivir habiendo matado a un viejito? No te preocupes: mis hijos están seguros. Ahora vas a pasar adelante y vas a manejar adonde te diga.

El Cheto obedeció buscando la oportunidad para sacar el arma escondida debajo de su asiento. Fue lo último que intentó antes de que Martina le metiera 5 tiros en el pecho cuando estacionaron dentro del galpón de los Fangio.

8.

Martina estacionó el auto frente al penal de Varela, justo al lado del vehículo de Teo, del cual bajaron este y el Tío. Moura permaneció al volante. Martina tomó la carpeta marrón, el pendrive y el bolso azul. Se acercó a Teo, quien se apoyó contra el costado del coche. La chica arrojó el bolso al suelo y le entregó la carpeta; Teo se la pasó al Tío, quien la llevó al interior del auto. Se cruzó de brazos y miró a Martina con gesto serio, pero no enojado.

—Todo salió bien, te lo dije —expresó el capo.

—Sí. ¿Por qué tan complicado? Hace un año que lo soportábamos.

—Por eso —señaló la carpeta que leía el Tío desde el auto—. Ahí está quiénes me iban a traicionar, las fisuras en la organización y quién me estaba robando. Solo vos podías engañarlo. Sabía que no me ibas a traicionar: la protección del Polaco dependía de vos. Ahora el cerebrito me consiguió los secretos de todos y las cuentas secretas del Gobierno. Puedo negociar la paz. ¿Y cómo me ves como intendente? —sonrió Teo—. Con lo que no contaba era con que fueras capaz de desobedecer. Ah, piba!... Dieciocho meses y salía. No conté con que lo amaras tanto. Está mal, pero lo tenía controlado; solo era una forma de «motivarte».

—Y algunos no entienden lo que no sienten...

—Pará: yo estoy enamorado y quiero a mi hijo, ¿pero sabés cuántos dependen de mí?

La puerta del penal se abrió y el Polaco salió caminando lentamente hacia ellos. Martina se adelantó, le entregó las llaves del auto, le dio un beso y le dijo:

—Entrá, ahora te explico.

Volvió con Teo y se paró frente a él.

—¿Sabés que no los puedo dejar ir? preguntó Teo.

—Sí, pero tenés la carpeta. Yo tengo esto —le mostró el pendrive—. Con todos tus datos. Pero mirando encontré algo interesante: asientos contables —así me explicó el cobani—, pero no de los tuyos, sino de narcos colombianos, mexicanos y yanquis. Vos funcionás como un banco que garantiza el blanqueo de plata. Y sé de cada casa donde están guardados.

—No me amenaces —dijo Teo, ahora sí serio y con voz dura.

—No lo amenazo. Usted me enseñó: hay que pensar y no enojarse. El que se enoja, pierde...

Teo estalló en una carcajada y, desde dentro del auto, el Tío gritó:

—¡Cagaste, te agarró!

Teo se rascó la cara, la miró y, al subir al auto, le dijo:

—Un año. Corré lo más lejos posible. Y decile a la Turca que la espero mañana: ella te trajo, ella va a tener que ocupar tu lugar.

—Pero ella...

El auto aceleró y se perdió por la avenida.

Martina subió al vehículo y vio al Polaco esnifando de un papel. Se sentó, le arrancó el papel de las manos y le apoyó el cañón del arma en el cuello:

—Te amo, nadie te puede decir cuánto, pero si me volvés a poner una mano encima o a alguno de los pibes, te vacío el cargador. ¿Está claro?

El Polaco intentó articular palabra; Martina echó el martillo hacia atrás.

—Sí, sí, está claro.

—Tomá —le tiró unas pastillas y una botella de agua mineral—. Empezó tu desintoxicación. Vas a dormir mucho, pero te voy a curar.

Al minuto llegó la Turca con los chicos, quienes corrieron a abrazar a su madre y luego a su padre. Él, llorando, los besó para luego quedar profundamente dormido. Mientras acomodaban los bolsos de ropa en el baúl y Martina le entregaba un sobre con dólares a su mentora, la butakera la miró y le dijo:

—Perdón.

—¿Por qué?

—Teo me dejó ir, me dio un año, pero dijo que vos vas a ocupar mi lugar... Perdón, no sabía.

—No te preocupes, yo me encargo... Andate.

—Pero...

—Andate y no vuelvas. —Le dio un abrazo fuerte.

Martina subió, encendió el Plata y tomó la Ruta 4 para salir de Buenos Aires.

El jefe de la SIDE, Juan Carlos Mendizábal, y el jefe de la Policía Federal, Federico Quintero, observaban el cadáver del oficial Palacios con el pecho destrozado.

—Qué cagada... El padre viene a reconocer el cuerpo —dijo Quintero cubriendo el rostro del cadáver con una sábana.

—¿Qué pasó? ¿Cómo llegamos a esto?

—Simple: fueron más inteligentes que nosotros. Le armaron una mentira durante un año. Ni llegaron al bingo, ni la dirección del taller era la correcta: solo una casa abandonada. Y la casa donde iban a estar los hijos de la Martina esta estaba alquilada hace nueve meses y ahora estaba vacía. Allanamos la sociedad de fomento y nada, todo en orden. Un año de investigación y no tenemos nada; es más, nos hackearon los servidores y sacaron un montón de datos —concluyó el federal abriendo la puerta de la morgue e invitando a salir a Mendizábal, quien acotó:

—En la Rosada están molestos. También entraron a nuestra base de datos y robaron información «sensible». —El espía dibujó las comillas en el aire—. Vamos a tener que negociar.

—Es lo que dije hace un año: a esta gente se le gana negociando, no por la fuerza —afirmó enfático Quintero.

—Qué sé yo, ya no es asunto nuestro. ¿Vamos al bodegón ese que me dijiste?

—Sí, dale, una milanga a la napolitana para el alma. No quiero estar cuando llegue Palacios. Quería que su hijo fuera un héroe; tendrá su medalla.

—¿Pagás vos?

—¿Y si no queda otra?

Y se perdieron por el pasillo oscuro de la morgue judicial.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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