Butakera
Capítulo 4: Jaque Mate
1. Septiembre de 2026
Aquel enorme edificio sobre la avenida Los Quilmes, en el límite difuso entre Bernal y Quilmes Oeste, guardaba el eco de una época dorada que el tiempo se había encargado de apagar. Durante décadas, el frente vidriado de Automotores Juan Manuel Fangio funcionó como un faro de distinción en el sur del Conurbano, exhibiendo el brillo impecable de las estrellas alemanas que el mismísimo «Chueco» había ayudado a popularizar en los años cincuenta. Sin embargo, las crisis recurrentes y los volantazos corporativos terminaron por sentenciar su destino definitivo. Los portones mecánicos se bajaron para siempre, dejando un esqueleto de hormigón vacío donde antes vibraban los motores diésel más sofisticados del mercado.
En realidad, Don Teo había comprado el galpón, pagado sus deudas y mantenido el taller en funcionamiento, pero enfocado en poner a punto y reparar los vehículos de su flota. Los Plata y los Tornados pasaban por ahí cada vez que necesitaban una revisión o calibrar los amortiguadores según la misión. El portón principal daba sobre la avenida Los Quilmes, pero contaba con una entrada alternativa por la calle Victorica equipada con un portón inteligente que comenzaba a abrirse cuando el GPS de un auto de la flota se aproximaba a cien metros.
El Tornado venía con la rueda trasera izquierda en llanta y la carrocería repleta de balazos. Los vidrios astillados apenas dejaban ver al conductor hacia afuera. El blindaje montado por los gitanos seguía funcionando diez años después de ser colocado. El portón se abría lento, muy lento, tanto que no llegó a despejarse del todo cuando el auto dobló: las ruedas sanas chirriaron y un intenso olor a goma quemada impregnó el ambiente antes de que el vehículo clavara los frenos en el centro del galpón.
Los mecánicos corrieron a buscar refugio. El protocolo, creado por Moura, dictaba que una butakera y un toreto debían estar siempre de guardia allí. Hoy les tocaba a una colorada a la que conocían como July y a un piloto al que llamaban Pipa por su prominente nariz. Ambos esperaron parapetados detrás de su auto. Tres minutos y nadie bajaba; cinco, y nada. Se pusieron de pie y, apuntando con sus armas, caminaron despacio, casi agazapados.
De pronto, la puerta se abrió y Martina salió disparada: cayó de espaldas y, desde el suelo, le ejecutó cinco disparos al interior del habitáculo. El piloto amagó a salir, pero fue empujado hacia adentro por el impacto de los proyectiles. Martina se puso de pie; sangraba por la frente y exhibía raspones que resaltaban sobre su piel blanca. Abrió la puerta trasera, extrajo un bolso deportivo junto a una carpeta marrón de tres solapas y, rengueando, se acercó a sus compañeros.
Pipa continuaba apuntándole; July miró a su compañero como diciéndole «¿no ves quién es?». Martina se aproximó tanto a Pipa que la boca del cañón del arma le rozó el pecho.
—Dame las llaves... —dijo Martina.
El chofer dudó. Los ojos fríos de Martina se le clavaron en la mirada.
—Esperá que llamo al Tío y...
Pipa sintió el frío del arma de July apoyada en su sien. La miró por el rabillo del ojo y bajó el brazo levantando la mano libre.
—Están puestas —dijo July.
Martina le agradeció con la mirada, subió al Plata, le dio contacto y el motor ronroneó regulando. Bajó la ventanilla y le gritó a un mecánico parado cerca de la oficina de administración:
—¡Abrime la principal!
El mecánico corrió. Mientras el portón que daba a la avenida se levantaba, Martina les dijo a sus compañeros:
—Díganle a Teo y al Tío que se fijen en el auto. Los espero afuera del penal de Varela.
Salió arando. July y Pipa se acercaron al vehículo destrozado: en el interior yacía el cuerpo acribillado del conductor y, colgando de su cuello, relucía una placa de la Policía.
2. Mayo de 2022
El comisario principal de la Policía Federal, Palacios, entró en la habitación de su hijo, quien yacía desmayado boca abajo por el consumo de alcohol y tusi. Lo agarró de los pelos, lo arrastró hasta la ducha, abrió la llave de agua fría y le sumergió la cabeza. El joven gritó y comenzó a convulsionar por el choque térmico. Su madre entró gritando para que lo dejara y le sujetó el brazo al marido. Palacios la empujó; la mujer cayó sobre la cama y lo miró aterrorizada mientras él la apuntaba con el índice y le gritaba:
—¡Esto es culpa tuya! ¡Solo tuya! Toda la vida lo malcriaste, toda la vida lo trataste como a un débil y este es el resultado.
El hijo se abalanzó contra su padre gritando:
—¡Dejá a mamá!
Palacios lo sujetó del cuello y le encajó un puñetazo en la boca del estómago que lo dobló al medio.
—Basta. No te cubro más. Ahora vas a hacer lo que yo te diga y quizás zafás.
El hijo lo miró perplejo y Palacios soltó una carcajada amarga.
—¿Ni siquiera sabés qué pasó? —La madre comenzó a sollozar—. ¿Tan borracho estabas que no te diste cuenta de que atropellaste a un viejo en bicicleta? Lo mataste.
El policía se sentó al borde de la cama, exhausto; el joven se apoyó contra la pared intentando contener las arcadas.
—Decí que te llevaste el BMW que no está a nuestro nombre. Voy a tener que cobrarme demasiados favores para borrar cámaras, y el fiscal que investiga va a pedir mucha plata. —Se puso de cuclillas, mirándolo fijamente a los ojos—. Pero vos no te la vas a llevar de arriba. El lunes hablás con tu padrino y entrás a la Bonaerense. Un mes más o un mes menos, él se encarga.
El hijo intentó articular palabra, pero su padre le cerró la boca de un cachetazo:
—No te pedí tu opinión.
El comisario bajó las escaleras mientras el joven corría al baño a vomitar.
Abril de 2024
El oficial ayudante Ariel Palacios, recién egresado con honores de la Escuela Juan Vucetich, se cuadró y saludó al jefe de Policía, al enviado del Ministerio de Seguridad y al segundo de la SIDE.
—Descanse —dijo el jefe, invitándolo a tomar asiento. El oficial obedeció—. Hablamos con su padre y está de acuerdo. Según el agente Méndez —señaló al representante de la SIDE—, usted posee un pasado... digamos, acorde a lo que necesitamos. En sus años de «rebeldía» —acentuó la palabra— frecuentó ciertos ambientes que están siendo investigados por haber consolidado un feudo donde no podemos entrar. ¿Conoce a este hombre? —Le acercó una fotografía de Don Teo.
—Una vez lo vi en una picada en San Fernando.
—¿Pero nunca habló ni tuvo contacto con nadie de su organización? Es decir, ¿pueden identificarlo como policía o como hijo de un jefe policial?
—No. Estaba... —buscó las palabras exactas— confundido, y solo iba por la droga y las mujeres. Usaba un nombre falso. Si supieran quién era, no estaría acá.
—Perfecto. Queremos que se infiltre y nos consiga los nombres de todos los policías que trabajan para él, políticos y cualquier elemento que ayude a encarcelarlo. Solo nosotros tres, su padre y un oficial de la DEA en la zona sabrán de usted. ¿Acepta?
El oficial se puso de pie, hizo la venia y contestó:
—Será un honor.
(Si se rehusaba, su padre se encargaría de hacerle cambiar de opinión). Se retiró.
3. Julio de 2025
Teo lo miró a él y luego al Tío.
—¿En serio? ¿A este cheto de dónde lo sacaste?
—Te lo dije: le ganó a Moura una picada en Domínico —respondió el Tío—. Y sabés cómo es el loco, no le gusta perder. El pibe durmió de dos piñas a Moura. Me pediste un reemplazo para el Polaco y este está limpio.
—A ver, cheto, vení. —El joven se acercó. Medía casi un metro noventa y marcaba músculos bajo la remera negra; era rubio, de ojos verdes, sonreía seguido pero hablaba lo justo—. ¿Sabés quiénes somos?
—Sí, señor.
—¿Sabés manejar armas?
El joven asintió. Teo le pidió al Tío su Beretta 9 milímetros, a la cual le retiró previamente el cargador, y se la entregó.
—¿La conocés?
—Calibre 9x19 mm Parabellum. Cargador estándar de 15 o 17 disparos según el modelo. Pesa alrededor de 945 gramos descargada.
—Okey... O tu familia tiene una armería o sos cobani.
El recinto se sumió en un silencio tenso. Teo desenfundó su propia arma y sus hombres lo imitaron.
—¿Sabés cómo sigo con mi familia al frente desde hace setenta años? Tenemos olfato. Olemos a los Judas, a los ratis y a los cobardes. Y vos tenés ese olor.
Ariel le sostuvo la mirada al capo y sonrió con soltura:
—Si creyera que soy rati, no habría llegado hasta acá. Apenas... ¿cómo lo llamó, Tío? Bueno, apenas el Tío me recomendó, seguro entraron a la base de datos de la Policía. ¿Y seguro ya sacaron mis huellas del arma. Mientras hablaba le hicieron una seña: estoy limpio. Viví en el Tigre y en las islas hay que aprender a manejar armas y pelear. Pero si no confía, no lo puedo obligar.
Don Teo soltó una carcajada y el Tío guardó su arma mientras decía:
—Bienvenido, Cheto... —Y así le quedó el apodo.
—¡Martina! —gritó Don Teo. La chica se acercó observando al nuevo con desconfianza—. Él va a ser tu toreto en reemplazo del Polaco.
—El Polaco no tiene reemplazo.
—Ya lo sé —contestó Teo, molesto. Luego se dirigió al nuevo—: Mañana vení temprano y vas a salir con Pipa y July —los nombrados levantaron la mano a modo de saludo— para que te expliquen todo.
—Vení, Cheto, te muestro el auto —le ofreció Martina.
—¡Déjamelo a mí! —gritó una voz femenina entre los que esperaban órdenes que patrón daba todas las mañanas.
—Te lo regalo —contestó Martina con tono seco, y salieron.
El Tío se acercó y miró a Teo:
—¿Estás seguro de lo que hacés?
—Necesitamos que Martina se tranquilice; es mujer y le falta el macho. Quizá este gil la acomode. Aunque hay algo que no me gustó —agregó Teo mirando la Beretta.
—Lo primero que hizo fue fijarse si tenía el seguro puesto...
—... y eso lo hace alguien que tuvo un instructor de tiro. Nosotros no usamos seguro; ese segundo puede ser vital —completó el Tío—. Me di cuenta. ¿Le digo a Martina?
—No —negó Teo con la cabeza—. Lo caga a tiros a la menor sospecha. Pero vigilalo. Que venga Pipa, quiero hablar con él.
El aludido se acercó y escuchó atentamente a su jefe:
—Andá a la zona norte, a Laferrere, y hablá con la Negra, que sabe de este gil. Ella sabe todo de su zona.
Pipa miró a su butakera y salieron de la sociedad de fomento. Mientras tanto, Casimira le acercó su termo a Don Teo con agua fresca diciendo:
—Sonríe mucho, como Tito, mi difunto. Y me cagó mil veces... Me da mala espina.
—¿Por eso lo envenenaste? —le dijo Teo riendo—. ¿Sabés lo que me costó tapar todo?
—Te lo pago cocinando gratis...
—Tené cuidado, te quiere envenenar también —agregó el Tío, y todos estallaron en carcajadas.
4. Agosto de 2026
Martina llegó temprano a la sociedad de fomento. Casimira barría la vereda y la saludó cuando bajó del Tornado manejado por el Cheto. Entró y encaró directo a Don Teo. Este la miró serio, le devolvió el mate al Tío y le hizo una seña a su segundo para que los dejara solos. El Tío se levantó, saludó a Martina al pasar y se retiró. Teo le señaló a la chica la silla vacía. Martina se sentó y su jefe le pasó un fajo de billetes, que ella guardó sin contar en su mochila.
—Hoy voy a ver al Polaco.
—Mandale saludos. Y a los pibes me los hubieras traído; hace rato no veo a mi ahijado.
—Los cuida la Turca. Gracias igual. Martina medía sus palabras; sabía que cualquier detalle podía ser usado por Teo para torcer lo que le iba a pedir.
—Llevale eso al Polaco y decile que yo cuido a mi familia mientras sigan siendo familia.
—Sí, lo sabemos, pero no va a aguantar cinco años. Ya toma mucha falopa, tengo miedo de que se pase un día.
—Lo entiendo. —Teo cambió su postura descontracturada por una más alerta: apoyó las manos sobre la mesa y se acercó a Martina como si fuera a revelarle un secreto—. La cárcel no es para cualquiera. ¿Por qué pensás que le dicen la Tumba? Sufrir o evadirse es una forma de resistir.
—Yo lo conozco y ya no es el pibe canchero y simpático; se está apagando, se está quedando sin alma. A veces no lo reconozco.
—Sabés que yo no le ordené que fuera y aceptara la culpa; le pregunté. Le planteé los pros y los contras. Sabe que cuando salga tiene la vida asegurada: vos, los pibes y él. Mirá, voy a hablar con el director para que le vendan menos falopa, que si tiene abstinencia lo ayuden y que de a poco vaya dejando el vicio. ¿Está bien?
—Yo tengo algo mejor. —Teo se tiró hacia atrás en la silla, entre sorprendido y divertido; pocas veces cuestionaban sus decisiones—. La Turca me hizo la segunda con el fiscal y el juez. Por cien lucas verdes lo sacan. Yo tengo cincuenta y cinco ahorradas; si me prestás cuarenta y cinco, se lo voy a devolver...
—Pará, pará... El Polaco no está preso porque fuera culpable. Está preso porque el sistema necesita que alguien de vez en cuando pague la cuenta. La Policía y la Justicia tienen que mostrarle a la gilada que hacen algo. El Polaco nos está dando libertad a todos. El Tío se comió seis años, Pipa tres, y muchos otros. Le dieron cinco, ya pasó uno; en dieciocho meses sale con tobillera. Hay que aguantar.
—¿Pero por qué él?
—Siempre van los nuevos, eso lo sabés? No? Creo que no.. O era él, o eras vos... —Teo dejó el silencio a propósito para que Martina digiriera la situación.
—Yo no sabía...
—Y no: él me pidió que no te lo dijera. Vos hubieras ido y tienen dos pibes. —Martina miraba al infinito con los ojos llenos de lágrimas—. Ah, recordá que en quince días tenemos un transporte. Te quiero a vos y al Cheto, ¿ok?
—OK —respondió la butakera, y se subió al auto.
—¿Y vos qué mirás? —le dijo Teo al Tío, que lo observaba serio apoyado en el mostrador con los brazos cruzados.
—Nada. Vos sabés lo que hacés —le respondió su segundo.
(«¿Lo sé?», se preguntó Teo para sus adentros).