El Viernes de las Ilusiones Perdidas: Cuando el "Casi" se Convirtió en "Nada"
José no recordaba la última vez que había tardado tanto en elegir una camisa. El viernes había sido un torbellino en el trabajo, pero a las cinco de la tarde, la energía le brotaba como si fuera lunes por la mañana. Se miró al espejo por décima vez: la camisa de lino azul (la que siempre le decían que le quedaba bien), los vaqueros nuevos y un toque de la colonia que usaba solo para "ocasiones especiales". Aquella "ocasión especial" tenía un nombre: Teresa.
Después del intercambio de mensajes lleno de chispa y la promesa en "cafémola" que terminó en una invitación al cine, José sentía que su vida estaba a punto de dar un giro. Él siempre había sido un romántico optimista, el tipo de hombre que todavía creía en las citas de película. Y hoy, él iba a protagonizar una.
Llegó al centro comercial media hora antes de la función de las 8:00 PM. El cine estaba abarrotado, el aire olía a mantequilla caliente y cotufas. Él, sin embargo, no sentía el agobio de la multitud. Su entusiasmo era un escudo. Se dirigió directamente a las taquillas automáticas y compró dos entradas para la comedia romántica del momento, la misma que habían acordado ver. Los boletos, físicos y frescos, se sintieron como un contrato de felicidad en su mano.
"Primer paso: listo," dijo, con una sonrisa que no le cabía en el rostro.
Luego vino el ritual del candy bar. No iba a escatimar. Compró el combo más grande: una cubeta enorme de cotufas mixtas (sabía que a las mujeres les gustaba la combinación de salado y dulce), dos refrescos grandes y una bolsa variada de chucherías: chocolates, gomitas y unos skittles, por si acaso. Con los brazos cargados de provisiones que parecían para cuatro personas en lugar de dos, se dirigió a una de las mesas de espera cerca de la entrada de las salas.
Se sentó. El reloj marcaba las 7:30 PM. Treinta minutos para que la magia comenzara.
Miraba a su alrededor, buscando una melena rizada y una sonrisa familiar. Cada vez que las puertas automáticas del centro comercial se abrían, su corazón daba un vuelco. Se imaginaba cómo llegaría ella: quizás un poco apresurada, con esa risa nerviosa que le había parecido tan encantadora en el café.
A las 7:45 PM, a exactamente quince minutos de que las luces se apagaran y los tráilers comenzaran, José sintió el primer pinchazo de duda. No era impaciencia, era solo... una ligera preocupación. ""Ok ok"" . Sacó su teléfono. La pantalla de bloqueo mostraba el mismo fondo de pantalla de siempre, pero ninguna notificación de Teresa.
Entró en WhatsApp. El chat seguía igual que el día anterior.
José (hace 24 horas): "¡Entonces quedamos en el cine el viernes a las 8! No puedo esperar."
Teresa (hace 24 horas): "¡Dale, me parece perfecto! Allí nos vemos. 😉"
Él respiró hondo, tratando de calmar el repentino aleteo en su estómago que ya no era de emoción. Escribió, con los pulgares un poco temblorosos:
José (7:45 PM):
💁🏽♂️➖😒 ¡Hola, Teresa! Ya estoy por aquí, cerca de la taquilla. Tengo las cotufas listas y se están enfriando. 😜 ¿Por dónde vienes?"-
Le dio a enviar. Un check. Luego, dos. El color gris se burlaba de él. Ella no estaba "en línea".
Miro las cotufas. La montaña de maíz inflado parecía haber perdido un poco de su brillo. Los refrescos empezaban a sudar en los vasos de cartón. Él también empezaba a sudar un poco, pero por dentro.
"Seguro hay tráfico," se consoló. "O se quedó sin batería y se está cargando. O no ha visto el mensaje. Ella dijo que vendría."
Pasaron cinco minutos. Diez. A las 7:55 PM, la gente empezó a formar fila para entrar a la Sala 4. Él no se movió de la mesa. Volvió a mirar el teléfono. El mensaje seguía con los dos checks grises. "Última vez hoy a las 7:15 PM". Eso significaba que había estado activa, pero no había visto su mensaje de hacía diez minutos. O peor... no lo quería ver.
Un escalofrío de realidad lo recorrió. Recordó la conversación inicial. "Soy la chica embarcada. 😊". La ironía le golpeó como un puñetazo en el estómago. Embarcada. Él había reído, pensando que era una broma sobre una mala cita pasada. No se había imaginado que el destino tenía un sentido del humor tan cruel.
A las 8:00 PM, el empleado del cine anunció: "Última llamada para la función de las 8:00 en la Sala 4".
José se quedó mirando la fila que se disolvía. Su silla era una isla de soledad en medio del mar de parejas y amigos. Miró su ropa. Se sentía ridículo. Todo ese esfuerzo, toda esa ilusión, empaquetada en un cuerpo que ahora solo quería desaparecer.
Se levantó, con movimientos lentos y pesados. Las dos entradas, ahora inútiles trozos de papel, ardían en su bolsillo. Con una mano, agarró la cubeta de cotufas casi llena. Con la otra, los dos refrescos que empezaban a estar tibios. La bolsa de chucherías se quedó olvidada en la mesa.
Caminó hacia la Sala 4. Mostró las dos entradas al empleado, quien le dio una mirada de confusa lástima. José no dijo nada. Entró en la oscuridad.
La sala estaba llena. El sonido era ensordecedor. Se abrió paso entre las filas hasta encontrar sus asientos, la fila J, asientos 12 y 13. Justo en el medio, la vista perfecta. Se sentó en el 12. Puso la cubeta de cotufas en el reposabrazos entre él y el asiento vacío. El vaso de Teresa, el de la bebida que nunca probaría, lo colocó en el posavasos del asiento 13. El suyo, en el del 12.
Se quedó mirando el asiento vacío a su lado mientras la pantalla gigante proyectaba los primeros segundos de la comedia romántica. La música alegre y las luces brillantes parecían burlarse de él.
Esperó diez minutos más, con la vana esperanza de ver una silueta apresurada entrar y susurrar "¡Lo siento!". Pero la silueta nunca llegó. El teléfono en su bolsillo seguía en silencio, una tumba de esperanza. Teresa no respondió. Ella nunca llegó a la sala de cine.
José se quedó allí, en la oscuridad, un hombre con su mejor ropa y el corazón roto, viendo una película sobre el amor que triunfa, mientras su propia historia terminaba antes de la primera escena, con el eco de un mensaje sin respuesta y el sabor salado y amargo de un "casi". No probó ni una cotufa.
Continuará....