Pasó la página cuarenta. Pasó en silencio, pero pasó. Si el siguiente capítulo llega mañana, no voy a poder esperar a que termine mi turno.
Capítulo 13: Despertar mundial
Pensamiento
Pasó la página cuarenta. Pasó en silencio, pero pasó. Si el siguiente capítulo llega mañana, no voy a poder esperar a que termine mi turno.
Contenido de la publicación
Mientras espero la respuesta del presidente, el ruido en el pasillo aumenta.
Pasos apresurados, órdenes entrecortadas y varias radios hablando al mismo tiempo.
De pronto, la puerta se abre de golpe y un guardia entra con el arma en alto, apuntándome directamente.
—¡No se mueva!
Ni siquiera pestañeo.
—Baje el arma, soldado —ordena el presidente.
—Pero, señor...
—He dicho que la baje.
El guardia vacila antes de obedecer. Baja el cañón, aunque no deja de observarme con cautela.
—Señor presidente... —dice, todavía agitado—. Tiene que ver las noticias.
El presidente frunce el ceño.
—¿Qué ha ocurrido ahora?
El guardia señala la enorme televisión instalada frente al escritorio. El secretario toma el control remoto y enciende la pantalla.
Una periodista aparece en medio de una calle abarrotada. Detrás de ella hay policías, civiles grabando con sus teléfonos y una gran cantidad de agua suspendida en el aire.
Un cintillo rojo cruza la parte inferior de la transmisión.
NOTICIAS DE ÚLTIMA HORA: PERSONAS CON HABILIDADES SOBRENATURALES APARECEN EN TODO EL PAÍS
—Nos encontramos en el distrito de Mapo —informa la periodista, esforzándose por mantener la compostura—, donde un joven habría manifestado la capacidad de controlar el agua hace menos de treinta minutos.
La cámara gira.
Un muchacho de unos dieciocho años permanece en el centro de la multitud. Tiene el rostro pálido y las manos levantadas. Sobre él, varias esferas de agua flotan como pequeñas lunas transparentes.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunta la periodista.
El joven traga saliva.
—Lee Junseo.
—Junseo, ¿podés explicarnos qué está ocurriendo?
—No lo sé —responde con voz temblorosa—. Estaba en mi casa cuando apareció una pantalla frente a mí.
La periodista guarda silencio durante un instante.
—¿Una pantalla?
—Sí. Decía que había despertado una afinidad elemental. Después sentí algo raro en el pecho, como frío y calor al mismo tiempo. Fui a tomar agua y...
Mira las esferas que flotan sobre su cabeza.
—Pasó esto.
—¿Podés controlar cualquier cantidad de agua?
—No lo creo. Si intento mover demasiada, me duele la cabeza.
Junseo mueve una mano y las esferas giran a su alrededor.
—¿Podrías mostrarnos cómo funciona?
El joven vacila. Demasiadas cámaras, demasiada gente y una habilidad que acaba de descubrir. La periodista debería apartarlo de allí, no pedirle una demostración, pero el miedo nunca ha impedido que alguien persiga una buena noticia.
Junseo termina por señalar una botella tirada en el suelo. El agua sale por la abertura y se eleva hasta adoptar la forma de una pequeña serpiente líquida.
La multitud grita. Algunas personas retroceden; otras levantan sus teléfonos para grabarlo mejor.
La periodista da un paso hacia él.
—¿Cómo te sentís al ser una de las primeras personas con poderes del país?
Junseo la mira con incredulidad.
—¿Una de las primeras?
—Se han informado casos similares en distintas ciudades: personas capaces de producir fuego, endurecer la piel o levantar objetos que normalmente serían demasiado pesados.
El rostro del joven pierde todavía más color.
—Yo no quiero tener poderes.
—¿Por qué no?
Junseo observa a quienes lo rodean.
—Porque, desde que aparecieron, todos me miran como si hubiera dejado de ser humano.
La transmisión cambia de repente y muestra grabaciones hechas con teléfonos: un hombre levanta un automóvil volcado; una mujer tiene llamas alrededor de los brazos; un adolescente corre por una avenida a una velocidad absurda; la piel de otra persona parece haberse convertido en piedra.
El secretario se acerca a la pantalla.
—¿Cuántos casos hay?
—Todavía no lo sabemos, señor —responde el guardia de inmediato—. Llegan informes de todo el país. Algunos hablan de decenas; otros, de cientos.
El noticiero continúa.
—Las autoridades solicitan que cualquier persona que haya manifestado capacidades anormales evite utilizarlas en lugares públicos y se presente voluntariamente ante las fuerzas de seguridad...
La pantalla muestra a un hombre rodeado de electricidad que discute con varios policías. La imagen tiembla y, un instante después, una descarga azul golpea un vehículo y hace estallar sus ventanas.
La periodista vuelve a aparecer.
—El Gobierno todavía no ha confirmado si estos fenómenos guardan relación con la Torre o con el anuncio mundial escuchado durante el día de ayer.
El presidente apaga la televisión y el silencio regresa a la oficina.
En mi vida anterior, los despertares comenzaron después de la apertura de varios pisos. La humanidad tuvo poco tiempo para adaptarse, pero tuvo algo.
Ahora apenas ha pasado un día.
El cronograma sigue acelerándose.
—¿Son peligrosos? —pregunta el secretario.
—Algunos.
—¿Solo algunos?
—El poder no convierte automáticamente a una persona en un monstruo —respondo—, pero tampoco la vuelve responsable.
El presidente apoya los antebrazos sobre el escritorio.
—¿Qué debemos hacer?
—Registrarlos.
—¿Detenerlos?
—No.
El secretario me observa con desconfianza.
—¿Pretende que dejemos libres a personas capaces de incendiar edificios?
—Si intentan encerrarlas sin comprenderlas, provocarán exactamente lo que quieren evitar. Una persona asustada y acorralada es más peligrosa que una persona poderosa.
El presidente permanece pensativo.
—Entonces, ¿qué propone?
—Creen una institución dedicada a encontrarlos, entrenarlos y enseñarles a controlar sus habilidades.
El secretario deja escapar una risa seca.
—Eso no puede organizarse de un día para otro.
—Entonces empiecen hoy. La Torre no espera a que los gobiernos estén preparados.
—¿Y quién debería dirigir esa institución? —pregunta el presidente.
—Alguien que entienda la Torre.
Los dos me miran.
Suspiro.
—No he dicho que quiera el puesto.
—Es el único ser humano que ha entrado en la Torre y ha regresado con vida —señala el presidente.
—Precisamente por eso tengo asuntos más importantes que atender que sentarme detrás de un escritorio.
El secretario cruza los brazos.
—Quiere recursos del Gobierno, pero no quiere trabajar para él.
—Quiero colaborar —aclaro, sosteniéndole la mirada—. No obedecer.
El ambiente se tensa. El presidente levanta una mano antes de que su secretario responda.
—Podemos discutir la estructura más adelante. Lo urgente es evitar que el país se descontrole.
—Ya ha empezado a descontrolarse.
—Entonces ayúdenos a contenerlo.
Niego lentamente.
—No pueden contener algo que aún no comprenden. Solo pueden decidir cómo reaccionará este país mientras aprende a convivir con ello.
En ese momento, la televisión vuelve a encenderse por sí sola.
La pantalla se tiñe de rojo.
Todos levantamos la mirada.
[Anuncio mundial]
El presidente contiene la respiración.
[La humanidad ha iniciado correctamente la etapa de despertar.]
[Despertados actuales: 1.247.]
La cifra permanece unos segundos en la pantalla.
Después aparece una cara sonriente.
[:)]
El anuncio desaparece.
Nadie habla.
Miro al presidente.
—Ahora comprende por qué necesito acceso a toda la información que reúna el Gobierno.
Él mantiene los ojos fijos en la pantalla.
—Mil doscientas cuarenta y siete personas...
—Por ahora.
El secretario palidece.
—¿Cuántas más aparecerán?
En mi primera vida habría podido darle una estimación. En esta, el mundo ya ha abandonado el curso que conozco.
—No lo sé —respondo al fin—
El presidente guarda silencio durante unos segundos. Luego entrelaza los dedos sobre el escritorio y vuelve a mirarme.
—Aceptaré una colaboración provisional. Le proporcionaremos una identidad legal, un lugar donde vivir, fondos y acceso a la información relacionada con la Torre. A cambio, compartirá sus conocimientos y colaborará con nosotros cuando aparezcan nuevos pisos.
—Siempre que colaborar no signifique que intentarán ponerme una correa.
—Cooperación, no obediencia —responde, devolviéndome mis propias palabras.
Asiento.
—Entonces tenemos un acuerdo.
Todavía faltan documentos, condiciones y demasiadas firmas, pero lo esencial ya está decidido.
Me pongo de pie y recojo la espada envainada que había dejado junto a mí.
—Necesito ocuparme de otros asuntos. Ya les expliqué por dónde deberían empezar; el resto depende de ustedes.
Doy unos pasos hacia la puerta, pero me detengo.
—También necesito un teléfono para que puedan comunicarse conmigo. No tengo ninguno.
El secretario parpadea. De todas las peticiones que he hecho, esa parece ser la que más lo desconcierta.
—¿No tiene teléfono?
—No.
—¿Ninguno?
—¿Es necesario repetirlo?
El hombre cierra la boca, toma el teléfono del escritorio y llama a alguien.
—Necesitamos un dispositivo nuevo con una línea reservada. Tráiganlo a la oficina presidencial.
Hace una pausa.
—Ahora.
Cuelga.
Durante los siguientes quince minutos permanecemos en un silencio incómodo. El presidente revisa varios documentos, aunque es evidente que no los está leyendo. El secretario me observa de reojo cada pocos segundos, como si temiera que sacara otra espada del aire.
Finalmente, alguien llama a la puerta.
Un funcionario entra con una caja pequeña entre las manos. Al verme, vacila, pero el secretario le indica que continúe.
—Entrégueselo.
El hombre se acerca y me da el dispositivo.
Observo su pantalla negra y los botones de los costados. Recuerdo vagamente cómo se utilizaban estos aparatos antes de la vorágine, aunque mil quinientos años bastan para volver extraño hasta lo cotidiano.
—La línea ya está activada —explica el secretario—. Nuestro número está registrado. Nos comunicaremos con usted cuando tengamos preparados los documentos y los recursos acordados.
Señala el teléfono.
—No lo pierda.
—Haré el intento.
Mi respuesta parece inquietarlo todavía más.
Guardo el teléfono en el inventario dimensional. Sus ojos siguen el aparato hasta que desaparece dentro de la ondulación oscura.
Antes de marcharme, saco del bolsillo la constancia que me entregó el doctor Park y la coloco sobre el escritorio.
—Hay un orfanato en esta dirección.
El presidente toma la hoja.
—¿Qué ocurre con él?
—Quiero que lo protejan y le proporcionen lo necesario: alimentos, medicinas, seguridad y dinero.
El secretario frunce el ceño.
—¿Tiene alguna relación con ese lugar?
Pienso en Eunji aferrada a mi pantalón y en Seolhwa extendiéndole la mano, esperando que fuera la niña quien decidiera tomarla.
—Ahora sí.
El presidente lee la dirección.
—¿Por qué es tan importante para usted?
—Eso no es relevante. Considérenlo una condición personal del acuerdo.
Los observo a ambos.
—Yo recordaré el favor.
Intento sonreír para aliviar la tensión.
No funciona.
El secretario empieza a sudar todavía más. Quizá mis sonrisas dejaron de ser tranquilizadoras hace unos cuantos siglos.
El presidente dobla la hoja y se la entrega.
—Ponga el lugar bajo protección discreta. Nada de soldados entrando por la puerta y asustando a los niños.
—Sí, señor.
Asiento y vuelvo a dirigirme hacia la salida.
—Una cosa más.
Ambos levantan la mirada.
No puedo explicarles cómo lo sé ni hablarles con libertad de la línea temporal anterior. Tampoco conozco el límite exacto de esa extraña restricción. Por eso elijo las palabras con cuidado.
—El segundo piso podría aparecer antes de lo que esperan.
El presidente entrecierra los ojos.
—¿Qué tan pronto?
En mi primera vida transcurrió cerca de un mes. Ahora, con el cronograma alterado, ese recuerdo ya no es una certeza.
—No puedo darles una fecha exacta —respondo—. Actúen como si solo dispusieran de unas semanas.
El secretario toma una hoja nueva.
—¿Qué debemos preparar?
—Personas capaces de luchar, equipos médicos, alimentos, armas y lugares donde reunir y entrenar a los despertados.
Abro la puerta. En el pasillo, los guardias que había dejado inconscientes ya están recibiendo atención. Varios soldados levantan sus armas al verme salir, pero ninguno dispara.
—Señor Kim —me llama el presidente desde la oficina.
Giro ligeramente la cabeza.
—¿Realmente puede garantizar que Corea sobrevivirá al segundo piso?
No puedo.
El futuro ha cambiado. Los despertares comenzaron antes y el sistema adelantó su cronograma por mi regreso. Darle una garantía sería mentir.
Pero tampoco necesita una promesa vacía. Necesita saber si vale la pena actuar.
—Si cumplen su parte del acuerdo —respondo, apoyando una mano sobre la espada—, haré todo lo que esté en mis manos para cumplir la mía.
Luego salgo al pasillo, entre armas que todavía me apuntan y hombres que ya han empezado a prepararse para una guerra que aún no comprenden.
Thoughts
-
PermalinkPasó la página cuarenta. Pasó en silencio, pero pasó. Si el siguiente capítulo llega mañana, no voy a poder esperar a que termine mi turno.
-
Permalink¿Por qué a las dos de la mañana alguien que no puede garantizar nada me convence de que todo saldrá bien? No puedo dormir sin el próximo capítulo.
-
PermalinkLo que no me queda claro es si confían en él o si le tienen miedo. Dice que colabora no obedece y el presidente lo deja irse. Eso no suma.
-
PermalinkEl momento en que el presidente se queda sin palabras. Ese silencio. Once minutos de mi descanso y no me arrepiento de nada.
-
Permalink¿Ese sistema que despierta las habilidades es inteligencia artificial? ¿Controla el cronograma de todo o ya estaba planeado antes?
-
PermalinkMil doscientas cuarenta y siete. Eso es más que mi tienda el viernes 13.
Related posts
-
Capítulo 42: Misión erradicación (1)
Así pasan los días.
-
Capítulo 63: calma (3)
Al leer la frase, me quedo en silencio.
-
Capítulo 21: Preparación
Kwon decidió equiparse con todas las recompensas antes de comenzar nuestra segunda sesión de entrenamiento.
-
Capítulo 68: El cielo ha regresado (1)
Miro hacia arriba.
-
Capítulo 7: Piso 1 (parte final)
Al pasar entre los goblins que ya no querían pelear y huían hacia los bosques aledaños, vi a dos caballeros cubiertos de sangre.
-
Capítulo 48: recuperación (3)
Y así pasan quince días más.
-
Capítulo 69: El cielo ha regresado (2)
Cuando Jang llega al callejón, se detiene apenas cruza la barrera policial improvisada.
-
Capítulo 18: Piso 1 abierto (2)
Con el paso de las horas, no me quedé esperando frente a la entrada a que Kwon regresara.
Mientras hablaba con el presidente, empecé a escuchar cada vez más ruido en el pasillo.