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Capítulo 11: El peso de la balanza

AYClover
Pensamiento

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GasparLeon

La regla que sueltas al final es la que más me trabaja: cada vez que la Luna rompe una de sus propias leyes tiene que cobrarla por otro lado. Con eso el viento que arranca hacia el molino ya se lee como una cuenta que llega y no como el clima. Apuesto a q

La regla que sueltas al final es la que más me trabaja: cada vez que la Luna rompe una de sus propias leyes tiene que cobrarla por otro lado. Con eso el viento que arranca hacia el molino ya se lee como una cuenta que llega y no como el clima. Apuesto a que el que la paga es alguien del valle que no tuvo nada que ver, y si es así el doce va a doler más que este.

Contenido de la publicación

Stefan caminaba por el risco, sintiendo que el aire se volvía más denso a medida que se acercaba a la Cabaña de los Lamentos.

El zurrón, cargado con el fardo de ropa, comida y libros que la Luna exigía como ofrenda, hacía que su alma pesara el doble.

Y junto a ella, la culpa por aquel beso a Marta.

Si Lachi lo supiera, seguro lo utilizaría de cena para la manada.

«Tengo que limpiarme de Marta. Tengo que limpiar mi piel de su aroma», se repetía como una oración.

En su mente, la miel —dulce, pegajosa, dorada— era la respuesta.

Si en verdad la tuviera, podría aplicársela como una armadura contra el olfato de la hija del bosque.

Era un plan desesperado y cobarde.

Pero era el único que tenía.

El contraataque de Marta antes de salir lo había dejado contra la espada y la pared.

Al llegar al umbral, Stefan empujó la puerta de la Cabaña de los Lamentos.

El frío dentro era absoluto.

Una ausencia de calor tan densa que parecía tener peso.

La cabaña se veía abandonada. Olía a madera vieja y a la resina del ungüento gitano que Amaya se había aplicado semanas atrás.

Stefan dejó el zurrón sobre la mesa desvencijada con un golpe sordo.

«¿Dónde estará?», pensó, sintiendo que el estómago se le revolvía y que las manos le sudaban a pesar del frío.

El abrazo de Marta todavía le apretaba el pecho.

Sus manos temblorosas buscaron el pedernal.

Necesitaba calentar aquel lugar.

Golpeó una vez.

Dos.

La chispa atrapó la leña seca que quedaba y una lengua de fuego rojo comenzó a devorar la madera.

No era el fuego azul de la Cueva.

Este fuego era puramente humano: una llama que se consumía rápido y proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de troncos.

Stefan se arrodilló ante el calor, intentando anclarse a la realidad de la madera y el humo.

Esperaba que el fuego borrara el recuerdo del beso de Marta y el odio en el rostro de Amaya que lo había atravesado hacía un mes.

Al mismo tiempo, pero por el sendero inverso, Zaira ascendía.

Sus pies, envueltos en botas de seda bordadas en oro, resbalaban sobre el hielo.

Pero ella no lo sentía.

Ya había dejado de ser la esposa del Drao.

Ahora era una madre que había recuperado la lucidez y el valor para enfrentar a Yeray y a todo su campamento.

Extrañamente, los dos lobos que la guiaban no la llevaron a la Cueva del Olvido, como ella esperaba.

La condujeron hacia una cabaña.

«¿Ahí es donde... donde mi niña vivió todo este tiempo?»

Su corazón golpeó contra el pecho con la fuerza de un martillo de hierro.

Su esperanza cobró mayor fuerza al ver un tenue hilo de humo salir de la chimenea.

Entonces, el crujido de la nieve rompió el silencio del risco.

Stefan se tensó.

No era el andar ligero de un lobo.

Eran pasos torpes, urgentes.

El tropiezo humano de alguien que subía con desesperación.

La puerta se abrió de golpe.

Una figura entró en el círculo de luz del fuego.

Stefan se quedó mudo.

Frente a él estaba una mujer que desafiaba la lógica del bosque.

No vestía la ropa ruda de los molineros ni el cuero curtido de los mercaderes.

Su túnica de lino blanco, aunque manchada de barro y nieve en el dobladillo, parecía una mortaja de seda.

Sobre los hombros llevaba una capa pesada de color índigo, decorada con hilos de oro que formaban símbolos que Stefan no pudo descifrar.

Sus manos, aunque desgastadas por el tiempo como las de las ancianas, sostenían un fardo de ropa de seda bordada con el mismo orgullo con que un rey sostendría un cetro.

Pero lo que más impactó a Stefan fue la ornamentación de aquella mujer.

Sus accesorios eran un eco de la autoridad que él había visto en Yeray Zalazar.

Llevaba collar tras collar de pesadas monedas de plata, grabadas con crecientes y estrellas, idénticas a las que colgaban del pecho del Drao.

Sus orejas estaban adornadas con aretes de plata pesada y sus dedos, aunque ajados, llevaban anillos de plata gruesa que parecían pequeñas armaduras.

Olía a hierbas amargas, a resina y a una dignidad trágica que no pertenecía a aquel refugio ruinoso.

Era la versión femenina de la autoridad que Yeray ocultaba bajo su piel de oso.

Una reina exiliada buscando a su princesa.

—¿Dónde está ella, payo? —preguntó la mujer.

Su voz no era la de la Luna.

Era humana.

Ronca por el grito y la determinación.

—¿Dónde está mi niña de plata?

Stefan retrocedió con precaución, pegando la espalda contra una mesa contigua.

—¿Quién... quién es usted? —balbuceó.

Entonces hizo memoria.

Creía haberla visto entre los gitanos tiempo atrás.

—¿Yeray la envió por mí?

—A ese hombre no le haría ningún favor. Mucho menos rastrear a sus deudores, si es que lo eres —espetó ella con desprecio—. Soy Zaira Zalazar de los Bronce. Soy la que parió a aquella de quien tomaste aquella tela raída hace meses.

Zaira dio un paso adelante.

El sonido de las monedas chocando entre sí fue un presagio de violencia.

—Guíame hasta ella o te juro, por el metal que llevo encima, que esta será la última noche de tu vida.

Stefan sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

La madre de Lachi no era una diosa de la noche.

Ni una loba blanca.

Era una mujer de carne y hueso, vestida de seda y plata, que había subido hasta allí para reclamar lo que Yeray había enterrado.

Mientras la discusión comenzaba en el interior, un crujido seco y violento resonó en el techo.

Antes de que Zaira pudiera obligar a Stefan a responder, el aire de la cabaña cambió drásticamente.

Stefan y Zaira levantaron la vista al unísono.

La estructura de madera, vieja y debilitada por el invierno, vibró.

Fuera, un aullido de furia cortó la noche.

No era un aullido de caza.

Era un Iahk-mohn.

Un llamado de la Luna en la lengua de los lobos.

Y estaba delatando la presencia de los intrusos.

Lachi estaba arriba.

Había estado observándolos desde el tejado cubierto de nieve.

Había olido el aroma a pan de Stefan.

Y el aroma de Yeray en Zaira.

Amaya, eclipsada por el abandono y arrastrada por su propio instinto, había huido hacia la fiera.

Ahora la fiera no solo tenía hambre de carne.

Tenía hambre de venganza.

Un golpe seco.

Dos.

Y, de repente, con un estallido de madera y nieve, Lachi abrió un boquete en el techo de la Cabaña de los Lamentos.

Se dejó caer desde lo alto y aterrizó sobre las gruesas tablas con una agilidad siniestra.

Stefan retrocedió hacia el rincón más cercano al fuego, agarrando instintivamente el zurrón y utilizándolo como un escudo inútil.

Zaira, superando el terror que le provocaba aquella criatura, acarició la daga escondida bajo su túnica blanca.

Pero entonces vio los ojos de Lachi.

Una mirada que la reconoció.

Que la juzgó.

Y que, al mismo tiempo, la encontró culpable.

La nana de su infancia luchó por salir de su garganta.

Pero se convirtió en un nudo de hielo.

No podía mostrarse vulnerable.

No todavía.

Lachi, la fiera alimentada por el odio y el resentimiento, acorraló a Stefan y Zaira.

Tenía un intento de sonrisa cruel, demasiado humana para pertenecer a un animal.

Su pelaje plateado estaba apagado, gris como la ceniza.

Y sus garras delanteras estaban manchadas de sangre vieja, seca y oscura.

«Tú...»

La voz de Amaya surgió dentro de ella, arrebatada por el instinto.

«Hueles a traición, payo.»

La mirada de la fiera se desplazó hacia Zaira.

La sonrisa se ensanchó.

«Y tú... hueles a cobardía gitana.»

El desastre ya no era una posibilidad.

Era una certeza.

Lachi se inclinó hacia atrás, preparándose para saltar sobre el cuello de Stefan y cobrarle la ofensa de un mes atrás.

Pero en ese preciso momento...

El fuego de la cabaña se apagó en seco.

Una neblina gélida, espesa y antinatural inundó el espacio desde el hueco del tejado.

No era la luz de la mañana.

Era la misma Luna haciendo acto de presencia.

Lachi se detuvo en seco.

El pelaje se le erizó.

Y, de pronto, cayó pesadamente sobre las tablas.

Los gruñidos bajos no tardaron en llenar la cabaña.

Exigía su libertad.

Su desquite.

Su derecho a responder a la ofensa.

Pero su Madre de la noche no cedió.

Zaira cayó de rodillas, soltando el fardo de seda blanca que llevaba bajo la túnica.

Stefan, paralizado por la confusión, solo pudo aferrarse con más fuerza al suyo.

La voz de la Luna no se escuchó.

No hizo falta.

Su presencia puso orden.

En el lenguaje de las sombras, la voluntad divina se impuso sobre la fiera:

«No estás actuando según lo que eres. La loba no cazará al guardián por tu debilidad.»

La mirada de Lachi, cargada de furia, comenzó a quebrarse ante la verdad de su propia naturaleza.

El pelaje gélido empezó a retroceder.

La forma humana de Amaya volvió a aparecer.

No como refugio.

Como penitencia.

Porque la Luna no había venido a perdonarla.

Había venido a detenerla.

Lo que los humanos no sabían era que cada vez que la Luna intervenía contra una de sus propias leyes, debía cobrar el equilibrio de otra manera.

Nada era gratuito.

Ni siquiera un milagro.

Amaya yacía ahora sobre el suelo, ovillada sobre las tablas frías.

Su respiración era entrecortada.

La piel de porcelana recuperaba lentamente su lugar sobre los huesos.

La fiera se había ido.

Pero el odio seguía allí.

Latía en sus ojos abiertos, que se negaban a mirar a cualquiera de los presentes.

Zaira tembló.

Lentamente, estiró la mano y cubrió con la seda blanca aquel cuerpo que era suyo y, al mismo tiempo, pertenecía a nadie.

Su hija.

Su niña de plata.

Stefan, pálido como la cera, comprendió entonces que el silencio de la Luna era mucho más aterrador que sus palabras.

La neblina comenzó a desvanecerse por el boquete del techo, dejando que el frío real del invierno volviera a reclamar la cabaña.

El equilibrio había sido restablecido a la fuerza.

Pero el precio ya estaba marcado en las sombras.

Porque mientras en la montaña una madre recuperaba a su hija...

en el valle, el viento comenzó a soplar con una furia inusual hacia el molino.

La Luna no regala milagros.

Solo intercambia destinos.

Y aquella noche, para que el guardián y la Bari en la montaña siguieran vivos, algo en el mundo de los hombres debía empezar a morir.

Thoughts

  • CapituloTrasCapitulo

    Zaira subiendo el risco con las botas de seda resbalando en el hielo es justo lo que venía esperando desde el capítulo nueve, cuando la dejaste encerrada en el carromato. Y llega, y se encuentra a la hija con las garras sucias de sangre vieja. La nana que se le hace un nudo de hielo en la garganta me dolió más que todo lo demás, porque ahí ya no hay madre que valga.

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  • GasparLeon

    La regla que sueltas al final es la que más me trabaja: cada vez que la Luna rompe una de sus propias leyes tiene que cobrarla por otro lado. Con eso el viento que arranca hacia el molino ya se lee como una cuenta que llega y no como el clima. Apuesto a que el que la paga es alguien del valle que no tuvo nada que ver, y si es así el doce va a doler más que este.

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  • LauraLetras

    Zaira tapando a su hija con la seda blanca es lo que me llevo. Después de once capítulos de Amaya sola en esa cabaña, que alguien la cubra pesa mucho.

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  • pagina_rota

    A Marta la dejaste abajo con el viento arrancando hacia el molino y ahí queda un hueco del tamaño de una casa. Yo de costumbre me invento esa parte, pero esta vez prefiero esperarla.

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  • rellenoPuro

    Me entró completo en el hueco de la comida y me quedé con una duda de fechas: entre el beso a Marta y esta noche en el risco, ¿pasó un mes exacto o menos?

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  • NicolasBravo

    Yo venía del capítulo anterior y me salté partes, bro, culpa mía nomás. Igual con Zaira entrando a la cabaña me ubiqué al toque.

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  • RodrigoLezama

    Lo agarré tarde y no lo solté hasta el boquete en el techo, causa. Ahí ya no pude parar.

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  • Ovid

    La Luna que no regala nada y solo cambia un destino por otro me hizo pensar en que ya sabemos quién va a pagar esta, porque el viento arranca derecho hacia el molino apenas se apaga el fuego. Se nota que tenías el precio decidido antes de escribir la escena de la cabaña.

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  • Otilia

    ¡Qué mujer, la Zaira!

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