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Capítulo 1: Reino de Aricca

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A través de los parabrisas trizados y devorados por la costra de salitre, el conductor entornó los ojos. Forzó la vista hacia la imponente pared de piedra negra que cortaba el cielo gris como una…

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DaveOaks

Uff muy intenso… pensé que iban a morir todos .. pero no … aunque se me han despejado algunas dudas .. me surgieron otras… si este es el purgatorio.. quien comercia en el .. que hasta monedas hay

Uff muy intenso… pensé que iban a morir todos .. pero no … aunque se me han despejado algunas dudas .. me surgieron otras… si este es el purgatorio.. quien comercia en el .. que hasta monedas hay

Contenido de la publicación

A través de los parabrisas trizados y devorados por la costra de salitre, el conductor entornó los ojos. Forzó la vista hacia la imponente pared de piedra negra que cortaba el cielo gris como una guillotina mineral.

La roca no estaba desierta.

Suspendidas contra el acantilado vertical, recortadas apenas por la densa niebla marina, se balanceaban varias siluetas humanas. Colgaban en el vacío al extremo de cuerdas rústicas, desgastadas por el salitre, evitándose una caída mortal hacia el roquerío desolado. Sus movimientos eran rítmicos, encorvados sobre la roca viva, picando y extrayendo algo de las entrañas de la piedra con una insistencia ciega y mecánica. Un eco metálico —clinck, clinck, clinck— rebotaba contra la bruma y se colaba por las rendijas del vehículo.

El conductor tragó saliva, sintiendo cómo el frío helado de la cabina se le pegaba a las vértebras. Se dio la vuelta hacia el pasillo desgastado de la línea 500. Veintinueve pares de ojos inyectados en pánico —hombres, mujeres, ancianos— lo observaban en un silencio sepulcral, ahogados por el tufo a óxido y hierro podrido.

—Escuchen —dijo el joven. Su voz, rasposa y temblorosa, quebró la tensión—. Esas cosas, o lo que sean, están vivas allá arriba. Necesitamos saber dónde carajos estamos y cómo volver a Santiago, pero no podemos mover al grupo entero. Ir en masa a ciegas es regalarnos.

La discusión que siguió fue visceral, un hervidero de murmullos y sollozos reprimidos. Pero el sentido común terminó por imponerse sobre el pánico. Acordaron que solo tres personas abandonarían la relativa seguridad del metal oxidado: el propio conductor —el único que entendía el pulso de las máquinas y la orientación de las rutas—, un hombre de contextura firme y hombros anchos que se ofreció para dar soporte físico, y una profesora de lenguaje, cuya presencia aportaba una luz de calma analítica en mitad de la locura.

Al pisar el suelo, la realidad del Reino de Aricca los recibió con un zarpazo de viento húmedo. El trayecto no era una simple caminata; era un ascenso extenuante por un terreno traicionero. El sendero hacia la base de los acantilados estaba sembrado de piedras sueltas, filosas como esquirlas de vidrio, e intercalado por grietas profundas que la niebla ocultaba a traición. Cada paso exigía un cálculo meticuloso; un solo tobillo doblado en esa superficie resbaladiza significaba terminar destrozado en el fondo del barranco.

A medida que recortaban la distancia, los detalles de la cuadrilla helaban la sangre. Aquellas siluetas no vestían los cascos amarillos ni los jockeys estándar de las faenas santiaguinas. Sobre las cabezas llevaban un tocado extraño: sombreros cónicos tejidos con una paja vieja, descolorida y seca, carcomida por un sol que no pertenecía a este siglo.

El crujido de las botas del grupo sobre la gravilla terminó por romper el aislamiento. Un obrero suspendido en la pared interrumpió su golpe de pico. Se congeló. Su mirada, oculta en la sombra del cono de paja, se clavó en los tres intrusos. Con una agilidad felina, tensó sus cuerdas para estabilizarse y soltó una serie de voces secas hacia la cumbre. En cuestión de segundos, la cuadrilla entera detuvo la faena.

El aire se llenó de un rumor sofocante. No eran insultos ni modismos que la profesora o el conductor pudieran descifrar. Hablaban en un dialecto de cadencia rápida, seco, de tonos marcadamente nasales, extrañamente similar a una lengua oriental arcaica. Las palabras rebotaban contra la pared de piedra negra mientras los ojos tras los sombreros cónicos medían la vulnerabilidad de los recién llegados.

De pronto, la curiosidad de los mineros se pudrió. La atmósfera cambió sin transición; el aire se volvió pesado, denso, cargado de una electricidad agresiva que les erizó los vellos del cuello. La violencia no se insinuó: estalló.

—¡Nos volvemos! ¡Nos volvemos ya! —siseó el conductor, dando el primer paso instintivo hacia atrás.

No hubo tiempo para negociar. Desde la pared rocosa, las voces de la cuadrilla se elevaron en un bramido colectivo y ensordecedor. Soltaron las cuerdas y descendieron por la piedra con la soltura de arañas hambrientas. En mitad del descenso, las gargantas de los mineros retumbaron en un solo grito unísono y feroz:

—¡CHEI-CHI! ¡CHEI-CHI!

El grito rebotó contra los acantilados con la violencia de una sentencia de muerte. Apenas veinte metros de suelo pedregoso los separaban. Los obreros alzaron sus picos y herramientas oxidadas, y la retirada del grupo de avanzada se convirtió instantáneamente en una carrera frenética por la supervivencia.

Consciente de que la velocidad de la profesora no bastaría, el conductor tomó una decisión suicida: frenó su propio impulso y se dejó quedar atrás.

—¡Tómala de la mano! —le gritó al hombre fuerte—. ¡Llévatela!

Al convertirse en el último de la fila, el joven se transformaba en el único escudo entre las herramientas de la cuadrilla y los suyos.

A unos metros adelante, el hombre fuerte tomó aire y soltó un rugido feral hacia el vehículo, intentando alertar a la masa humana atrapada dentro:

—¡Atrinchérense! ¡Atrin-...!

El viento de la costa —denso, pesado, cargado de salitre— atrapó la vibración de su voz y la desintegró contra las olas del mar gris antes de que pudiera rozar los cristales del autobús. Nadie dentro escuchó el aviso. Estaban completamente solos.

El conductor corría sintiendo el corazón golpeándole la garganta. Su mente estaba fija en un solo punto: la cabina de la línea 500. Debajo del asiento del chofer guardaba un trozo de madera gruesa, un garrote pulido por años de patrullaje por las calles de Santiago. Ese pedazo de roble era su única fe en este infierno.

A sus espaldas, la cuadrilla tocó tierra firme. Rompiendo toda lógica biomecánica, los hombres de los sombreros cónicos comenzaron a sprintar con una agilidad macabra, repitiendo en un murmullo salvaje: ¡Chei-Chi! ¡Chei-Chi! Al mirar de reojo, el conductor les vio los rostros por primera vez: ojos desorbitados, inyectados en una rabia animal, desprovista de raciocinio.

Entonces, el desastre cobró su cuota.

El hombre fuerte, encandilado por el pánico, pisó directamente sobre una piedra rodante. El peso de su cuerpo y el impulso de la carrera conjuraron un crujido seco y espantoso. Su tobillo izquierdo se fracturó por completo, torciéndose en un ángulo antinatural. El alarido de dolor fue inmediato. Al caer desplomado, el tirón arrastró a la profesora, quien salió proyectada y golpeó su cabeza de lleno contra el suelo rocoso.

La mujer quedó aturdida, privada del aire. El conductor llegó hasta ellos un segundo después, con los músculos ardiendo. Sin mirar atrás para no medir a cuántos metros venía la horda, metió los brazos bajo las axilas de ambos y, mediante un tirón descomunal que casi le desgarra los hombros, los puso en pie.

—¡Arriba, carajo! ¡Muévanse si quieren seguir respirando! —les rugió en la cara.

Pero el hombre fuerte miró su propia extremidad destruida. La lucidez de la muerte lo golpeó con una frialdad absoluta. Con un manotazo violento, apartó al joven.

—¡Llévatela a ella! —ordenó, afianzando la pierna sana sobre la gravilla—. ¡Sácala de aquí! ¡Yo los aguanto! ¡Vete al bus!

El conductor no tuvo margen para el debate. Atrapó a la profesora, que avanzaba como un autómata con la frente abierta, y la arrastró devorando los metros finales. Cruzaron el umbral del autobús y azotaron las puertas neumáticas.

—¡Cierren todo! ¡Atrinchérense! —gritó el joven hacia el pasillo.

El caos estalló dentro del vehículo. Veintisiete pasajeros comenzaron a golpear las ventanas, a gritar y a amontonarse en el fondo. El conductor se abalanzó sobre la cabina, metiendo las manos a ciegas bajo su asiento hasta que sus dedos encontraron el tacto frío y familiar del garrote de madera.

Afuera, el tiempo se agotó.

El hombre fuerte apenas logró alzar los puños antes de que la marea de sombreros cónicos lo sepultara. Fue una carnicería primaria. Impulsado por la pura adrenalina, el sujeto logró desviar un par de ataques y romperle la nariz a uno de los mineros a puñetazo limpio, pero la masa era imparable.

Uno de los agresores alzó una picota corta. El metal oxidado bajó con fuerza descomunal, hundiéndose de lleno entre la escápula y el cuello del hombre.

El sonido del músculo desgarrándose fue acompañado por un borbotón aberrante: de la herida no brotó sangre roja. Brotó una sustancia negra, espesa y pesada como el alquitrán.

El hombre soltó un ahogo asfixiado. Continuó dando manotazos a ciegas, cubierto de su propio fluido viscoso, hasta que un segundo picotazo impactó en el centro exacto de su cráneo.

El cuerpo perdió la tensión. Cayó sobre las piedras como un fardo inerte. La cuadrilla, lejos de saciarse, se abalanzó en un frenesí bestial, clavando sus herramientas una y otra vez sobre la carne inmóvil al ritmo de un ronco ¡Chei-Chi! El fluido negro brotaba a borbotones, tiñendo las rocas y siseando al contacto con el aire salobre.

Dentro del autobús, el silencio se volvió tóxico. Veintinueve personas miraban por los vidrios rotos, paralizadas por la náusea. Todos comprendieron la verdad: la chatarra oxidada de la línea 500 no aguantaría un embate de esas herramientas.

Sin embargo, cuando la cuadrilla levantó la vista para avanzar hacia el vehículo, el entorno activó sus leyes.

Los restos del hombre fuerte comenzaron a vibrar. El cadáver perdió su solidez; la carne y los huesos crujieron, colapsando sobre sí mismos hasta derretirse por completo en el charco negro. En menos de diez segundos, la masa biológica desapareció. En el centro exacto del petróleo humeante, brillando con una luz pálida y limpia, quedó únicamente una tarjeta plástica negra con el número 43 grabado en blanco.

Al divisar el objeto, los hombres de los sombreros cónicos se congelaron.

El frenesí desapareció de golpe. Los pechos de los mineros subían y bajaban con violencia, pero sus ojos desorbitados se clavaron en el trozo de plástico con el respeto cerval de un animal que reconoce la marca de su amo. Las herramientas oxidadas bajaron lentamente.

El líder de la cuadrilla dio un paso al frente. Con una parsimonia que cortaba el aliento, se agachó y recogió la tarjeta con ambas manos. Luego, alzó la cabeza hacia el autobús.

Su voz ya no era el dialecto nasal. Usó un español seco, denso, cargado de una solemnidad colonial que retumbó en la cabina del bus:

—Hombres de Lynch.

La frase quedó suspendida en la bruma. Dentro del autobús, la confusión compitió con el pánico. Nacidos y criados en el Santiago del siglo XXI, ningún pasajero lograba procesar qué significaba esa sentencia ni qué clase de vínculo sangriento tenían ellos con un apellido de la historia escolar.

El líder de la cuadrilla sostuvo la tarjeta 43 a la altura del pecho.

—No sabíamos que eran hombres de Lynch —declaró, inclinando levemente el torso—. Les pido perdón en nombre de toda la faena. Hemos fallado a nuestro juramento del gallo. Pueden tomar nuestras vidas en compensación por la sangre derramada.

El conductor, parapetado tras la puerta del bus con el garrote de madera firme en la mano, sentía que la cabeza le iba a estallar. ¿Qué clase de demencia era esta? Hace diez segundos estaban descuartizando a un hombre y ahora ofrecían sus cuellos para ser degollados.

—Por favor, acérquese —insistió el líder—. No haremos más daño.

A una señal imperceptible, la cuadrilla completa soltó sus herramientas. El golpe del hierro contra las piedras sueltas sonó como un castigo. Los hombres de los sombreros cónicos se arrodillaron al unísono y pegaron la frente contra el suelo pedregoso, esperando la sentencia en absoluto silencio.

El conductor tragó saliva. El corazón le percutía contra las costillas, pero entendió que la amenaza inmediata había cesado. Abrió la puerta neumática, bajó el primer escalón sin soltar el trozo de roble y encaró al líder:

—¿Quién carajos es Lynch? —exigió con la voz temblorosa pero firme—. ¿De qué juramento hablas y qué demonios es este lugar? Explícame ahora mismo.

El líder alzó la mirada, manteniendo las rodillas sobre la roca viva.

—Nosotros somos los culíes —dijo el hombre, dejando ver bajo la sombra del sombrero un rostro surcado por cicatrices antiguas—. Esclavos traídos desde el otro lado del océano durante el siglo XIX. Hombres condenados a morir en las guaneras y las salitreras... hasta que el general Patricio Lynch nos liberó en plena guerra. Mi nombre de origen es Liu Xing, pero en estas tierras me conocen como Quintín Quintana.

El hombre hizo una pausa. Miró el charco de petróleo que aún no terminaba de ser absorbido por la tierra.

—Al terminar el conflicto, atrapados en una patria ajena y sin hogar al cual regresar, sellamos el juramento de sangre. Por eso, cuando entramos en batalla, nuestro grito es ¡Chei-Chi!, que exige venganza. Pero nuestras almas errantes cometieron una falta grave hoy al derramar la sangre de la gente del General.

Quintín Quintana extendió la mano hacia el conductor, ofreciendo el plástico negro.

—Ese error nos costó una vida inocente. No podemos devolver la carne que destruimos, pero en compensación, les entrego esto: una medalla de Lynch. En el futuro, cualquier entidad de estas regiones sabrá a quién pertenecen al verla.

El conductor extendió la mano con cautela y rozó la tarjeta.

Apenas sus dedos hicieron contacto con el plástico, la materia se desintegró con un siseo helado. El joven dio un brinco, soltando un ahogo al sentir cómo la tarjeta se multiplicaba y pesaba en su palma. El plástico se había convertido en veintitrés monedas de plata con forma de micro-cráneos humanos, tintineando con un sonido metálico y frío.

—Son monedas alma —explicó Quintín Quintana sin levantarse del suelo—. En las Regiones del Último Tormento, la plata es el único idioma universal. Las necesitarán para comprar objetos de supervivencia y para pagar el tributo en las puertas de las ciudades.

Finalmente, el oriental alzó un brazo flaco y señaló hacia el horizonte, donde la carretera costera se hundía en una grieta colosal entre los acantilados de piedra negra.

—Sigan esa ruta. Entren en la Quebrada de Camarones. Al fondo de ese cañón encontrarán el próximo asentamiento. Apúrense: la noche en este reino no tiene piedad con los que se quedan a la intemperie.

A una señal de su jefe, la cuadrilla se puso en pie y se replegó hacia la bruma marina. Sus figuras se desvanecieron entre la niebla densa como si jamás hubieran poseído un cuerpo sólido.

El conductor regresó al estribo de la línea 500 y cerró la puerta. Tenía la mano entumecida y los bolsillos pesados por el tintineo de las veintitrés monedas de plata. A su lado, la profesora de lenguaje se presionaba la herida de la cabeza con un pañuelo, mirando fijamente la medalla que ahora colgaba del espejo retrovisor.

En el pasillo, los veintisiete pasajeros guardaban un silencio absoluto, mirando fijamente las manos del joven.

El conductor soltó el freno de mano. El esqueleto de óxido del motor emitió un ronroneo profundo que vibró en el suelo del vehículo. El autobús comenzó a mover sus ruedas lentamente, adentrándose en las fauces oscuras de la Quebrada de Camarones, devorado por la niebla mientras la primera noche del purgatorio comenzaba a caer.

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  • DaveOaks

    Uff muy intenso… pensé que iban a morir todos .. pero no … aunque se me han despejado algunas dudas .. me surgieron otras… si este es el purgatorio.. quien comercia en el .. que hasta monedas hay

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