Coloqué el tabaco
entre mis labios.
Lo sostuve. Nunca le di
poder para dañarme.
Escribía. Retiraba el alquitrán
de entre mis dientes.
Inhalaba y expulsaba
un humo que no existía.
Con miedo, sin satisfacción:
estrés inmutable.
Sin cabeza para crear,
narrando sin pensar.
Anhelé el fuego, cedí
al fin.
Una dosis, un instante,
la promesa: nunca más.
Sabor amargo
en el humo de mi mente.
Bruma en el aire. La farola
refleja la niebla de mis manos.
Un golpe más. Comprendí, recordé:
llegó el mareo.
Las tripas lloran. Tras tanto,
su sabor no era tan bueno.
Una calada más. Pequeñas dosis
que llenan recuerdos:
amargos, dulces.
— Jorge Guzmán