No tengo cabeza para pensar en Cristo, y pienso tanto en Él que no tengo cabeza para pensar en Cristo.
Pienso, y pienso, y pienso. Me calmo y comienzo a hablar durante horas sobre Él. Imagino un público pequeño, que no sea capaz de incomodarme, y comparto mis ideas. Muevo las manos de un lado a otro, formulo preguntas con semillas de respuestas, y pongo mi cerebro a funcionar. Siento paz. Siento terror. Siento ira. Los dolores de parto comenzaron hace años, y el milenarismo es justo ahora. Y yo aún no me he arrepentido.
Leo por aquí, leo por allá, y adquiero un conocimiento decente que no es capaz de hacerme levantarme de la cama, ni capaz de hacerme dejar de hablar solo. Y lo más importante: no es capaz de arrodillarme a arrepentirme. Cuando quiero hacerlo, mi boca se abre y se queda sin aliento, sin palabras, sin ganas de querer ser perdonado. Mi corazón se ha endurecido tanto que ya no tengo miedo de quien alguna vez amé. Y me pregunto: ¿por qué?
Y continúo hablando solo. A veces sentado, otras acostado, otras caminando por toda la habitación. Le hablo al espejo de mi mente, y el espejo me responde interrogándome constantemente con preguntas cuya respuesta me es desconocida. Y Él lo sabe: sabe que no lo sé, y por eso me pregunta. Y nada… nada, nada, nadaaa, na-da, hace que me vuelva al Señor.
Y ahora, desde la lejanía… ¿quién habló de comodidad? ¿A quién siquiera se le ocurre que estar lejos de Dios es cómodo? He vivido el infierno mismo desde que me alejé. Mi ansiedad ha crecido como crece la hierba salvaje, y mi esperanza se ha ido porque yo lo quise así. A veces creo que el infierno no es el fuego, ni dolores físicos, sino esto: la oportunidad de haber podido ser salvado y perdonado por quien te ama, y sin embargo no hacerlo. Es decir, la incapacidad de sentir ese amor.
Pero mis acciones me han llevado a esto: a las oraciones sin arrepentimiento, a hablar desde los dientes y no desde el alma, a la distancia, a la soledad. Que a falta de amor, hoy he creído que me aman aunque me lastimen, aunque no me llenen. Y no quiero escuchar sobre el pecado —mi pecado más grande fue haber alejado a Dios cuando más lo necesitaba—, ni sobre el ayuno, ni sobre la Biblia. Quiero escuchar sobre el amor, y sobre lo que queda en el alma después de haber hecho todo lo anterior. Comí tantas hojas que nunca practiqué una sola. Me llené de tanta sabiduría que el resultado fue que, al final, nada sabía. No sé nada. Y saber que nada sé, me hace sentir… absolutamente nada.
Tan solo quisiera un abrazo del Señor.
— Jorge Guzmán