AUNQUE ME ROMPIERA LA VIDA, SEGUÍ DE PIE
La historia de una mujer que aprendió a sobrevivir, amar y volver a empezar
Autora: Alma Lam
Nombre ficticio utilizado para proteger la identidad de la autora y de las personas que forman parte de esta historia.
A todas las mujeres fuertes.
A las que lloraron a escondidas para que nadie las viera.
A las que alguna vez sintieron que no podían más y, aun así, al día siguiente volvieron a levantarse.
A las madres que conocen el miedo.
A las mujeres que perdieron.
A las que tuvieron que aprender a vivir con heridas que nadie podía ver.
A las que alguna vez se preguntaron por qué les tocaba sufrir tanto.
A las que tuvieron que ser fuertes cuando lo único que querían era que alguien las abrazara y les dijera:
"Ya pasó. Ahora estás a salvo."
Este libro es para ustedes.
Para las que siguen luchando.
Para las que todavía están intentando reconstruirse.
Y especialmente para esa mujer que alguna vez fui yo: una niña que necesitaba amor, una madre que conoció el dolor y una mujer que, aun con el corazón cansado, decidió no rendirse.
Que ninguna mujer olvide que sobrevivir también es una forma de valentía.
Durante mucho tiempo pensé que algunas partes de mi vida era mejor dejarlas en silencio.
Hay recuerdos que duelen tanto que una aprende a guardarlos en lugares donde nadie pueda encontrarlos. Los escondemos. Los tapamos con años, con responsabilidades, con sonrisas, con hijos, con trabajo, con días que pasan demasiado rápido. Y creemos que, si no hablamos de ellos, algún día dejarán de doler.
Pero hay historias que no desaparecen.
Esperan.
Esperan hasta que una encuentra el valor para mirarlas de frente.
Esta es mi historia.
No la historia de una mujer perfecta. No la historia de alguien que siempre supo qué hacer. Es la historia de una mujer que muchas veces tuvo miedo. De una niña que conoció demasiado pronto el dolor. De una madre que aprendió que el amor puede ser inmenso y también puede doler de una manera que parece imposible de soportar.
Es la historia de una mujer que tuvo que despedirse demasiado pronto de alguien que apenas había llegado a su vida. De una madre que volvió a intentarlo aunque el miedo le gritaba que no lo hiciera. De dos niñas que se convirtieron en su razón para seguir. Y de un corazón que un día necesitó ayuda para continuar latiendo.
Cuando miro hacia atrás, veo muchas versiones de mí.
Veo a la niña que esperaba a Papá Noel.
Veo a la adolescente que intentaba hacerse fuerte.
Veo a la mujer que descubrió que iba a ser madre.
Veo a la madre que sostuvo un pequeño cuerpo de apenas novecientos gramos y después tuvo que aprender a vivir con una ausencia.
Veo a la mujer que volvió a quedar embarazada y pasó meses en una cama rogándole a la vida que esta vez fuera diferente.
Veo a la madre de dos princesas.
Y veo a una mujer acostada frente a una operación de corazón, preguntándose si volvería a casa para abrazar a sus hijas.
Todas esas mujeres soy yo.
Y quizás escribir este libro sea mi manera de abrazarlas.
Nací un 2 de abril, en un hospital de Buenos Aires, cuando todavía me faltaba tiempo para conocer el mundo.
Llegué a los siete meses.
Era pequeña. Demasiado pequeña para saber que la vida iba a pedirme tantas cosas.
Pero llegué.
Y quizás esa fue mi primera lección.
La vida no siempre espera a que estemos preparados. A veces simplemente nos empuja hacia adelante.
Éramos cinco hermanos: dos mujeres, dos varones y yo. Cinco chicos creciendo juntos, compartiendo una casa, una infancia y una cantidad de historias que con los años se transformarían en recuerdos.
Cuando pienso en aquella casa, la recuerdo única y hermosa.
No porque todo fuera perfecto. Sé que no lo era. Pero mi papá tenía una manera especial de hacer que nuestra casa se sintiera diferente. Siempre estaba haciendo algo. Arreglando, construyendo, inventando, transformando. Parecía que necesitaba dejar un pedacito suyo en cada rincón.
Mi papá era un hombre enorme para mis ojos de niña. Alto, de casi un metro noventa, con el pelo largo y una barba que parecía no terminar nunca.
No recuerdo haberlo conocido sin ella.
Para mí, mi papá siempre había sido ese hombre de barba y pelo largo.
Y quizás por eso, cuando llegaba Navidad, yo esperaba a Papá Noel con una ilusión que hoy me emociona recordar.
Yo creía.
Creía de verdad.
Recuerdo a mi hermana llevándome al baño para bañarme. Me decía que sacara la mano porque Papá Noel iba a venir a dejarme el regalo.
Yo obedecía.
Me quedaba ahí, esperando.
Y entonces escuchaba:
—¡Oh, oh, oh!
Mi corazón debía llenarse de emoción.
Yo pensaba que Papá Noel estaba en mi casa.
Y quería tocarle la barba.
No sabía que detrás de aquella barba estaba mi papá.
No sabía que aquel hombre que intentaba mantener viva mi inocencia estaba construyendo, sin saberlo, uno de los recuerdos más hermosos que iba a conservar durante toda mi vida.
Hoy pienso en aquella escena y me pregunto si él alguna vez supo lo importante que fue para mí.
Quizás nunca lo supo.
Quizás nunca imaginó que aquella Navidad iba a sobrevivir al paso de los años y que, cuando yo fuera adulta, todavía iba a poder cerrar los ojos y escuchar aquel "oh, oh, oh".
Hay personas que nos dejan regalos sin saber que están dejando recuerdos para toda la vida.
Y mi papá me dejó uno de los más hermosos.
Mi infancia, sin embargo, tuvo dos caras.
Había risas, hermanos, escuela, amigos de la cuadra, caminatas y momentos que todavía guardo con cariño.
Pero también había dolor.
No tuve buenos recuerdos con mi mamá y hubo cosas que me hicieron sufrir. Viví maltrato y situaciones que una niña nunca debería tener que atravesar.
Cuando sos chica no entendés por qué los adultos hacen ciertas cosas.
No tenés las palabras.
No sabés explicar lo que sentís.
Solamente aprendés a sobrevivir.
Y yo aprendí.
Aprendí a callar.
Aprendí a observar.
Aprendí a esconder algunas lágrimas.
Aprendí a hacerme fuerte.
Aunque, si soy sincera, muchas veces no estaba siendo fuerte.
Solamente estaba intentando no romperme.
Quizás por eso los pocos recuerdos felices de mi infancia tienen un valor tan grande.
Porque cuando una conoce la oscuridad, aprende a reconocer hasta la luz más pequeña.
Con el tiempo fui creciendo.
Y mientras crecía, también fui acumulando cosas que no sabía dónde guardar.
Dolores.
Miedos.
Preguntas.
Recuerdos.
Hasta que un día descubrí algo que cambiaría mi vida para siempre.
Iba a ser mamá.
No recuerdo haber amado de una manera semejante antes de conocer a mi bebé.
Era una vida que todavía no podía abrazar y, sin embargo, ya ocupaba todo mi corazón.
Imaginaba cómo sería.
Sus manos.
Su carita.
Su voz.
Sus primeros pasos.
Imaginaba tenerlo conmigo.
Y fui feliz.
Muy feliz.
Pero a los siete meses de embarazo mi bebé quiso nacer.
Era demasiado pequeño.
Cuando nació pesaba apenas novecientos gramos.
Novecientos gramos.
Era tan pequeño, tan frágil, tan indefenso.
Y aun así luchó.
Su pequeño corazón resistió tres días.
Tres días.
A veces pienso que para alguien que no ha vivido algo así, tres días pueden parecer muy poco.
Para una madre pueden convertirse en una eternidad.
Tres días pueden contener una vida entera.
En esos tres días conocí un amor que no sabía que podía existir.
Y después llegó la noticia que ninguna madre debería escuchar.
Mi hijo había muerto.
Hay momentos que dividen la vida en dos.
Antes.
Y después.
Después de perderlo, ya no fui exactamente la misma.
Una parte de mí se quedó en aquel lugar.
Durante mucho tiempo intenté entender cómo se hacía para seguir viviendo cuando la persona que esperabas ya no estaba.
No encontré la respuesta.
Pasaron dos años y medio.
Dos años y medio intentando sobrevivir.
Había días en que levantarse de la cama parecía una montaña.
Días en que los recuerdos llegaban sin avisar.
Días en que me preguntaba cómo podía seguir respirando cuando por dentro sentía que me faltaba algo para siempre.
Pero la vida, que tantas veces me había golpeado, también tenía preparada una nueva oportunidad.
Una mañana hice un test de embarazo.
Lo miré.
Dos líneas.
Positivo.
Lloré.
Grité.
Salté.
Por un instante fui solamente una mujer feliz.
Había vida nuevamente dentro mío.
Pero debajo de esa felicidad también había miedo.
Porque yo ya sabía que se podía perder.
Y amar después de una pérdida requiere un coraje diferente.
Quería disfrutar.
Quería creer.
Pero tenía miedo.
Mucho miedo.
A los cuatro meses sentí que algo no estaba bien.
Fui al médico.
Y escuché que estaba dilatando.
Mi bebé quería nacer.
Sentí que el pasado volvía a golpearme la puerta.
Otra vez las lágrimas.
Otra vez el terror.
Otra vez esa pregunta que tantas veces aparece cuando la vida parece ensañarse con uno:
"¿Por qué otra vez yo?"
Me internaron.
Y pasé meses en una cama.
Esperando.
Contando los días.
Deseando que mi hija se quedara un poquito más dentro mío.
Cada día ganado era una pequeña victoria.
Cada día que pasaba era una esperanza.
Yo le hablaba.
Le pedía que aguantara.
Le pedía que se quedara conmigo.
Y finalmente llegó el día.
La conocí.
Mi princesa.
Después de todo el miedo, estaba ahí.
Viva.
Conmigo.
La miré y volví a enamorarme.
La abracé con el alma.
Y en ese momento entendí que el corazón de una madre tiene una capacidad de amar que no se puede medir.
Prometí cuidarla.
Prometí hacer todo lo que pudiera para verla feliz.
Quizás porque yo había conocido demasiado dolor, quería construir para ella una infancia diferente.
Quería que tuviera recuerdos hermosos.
Quería que supiera que era amada.
Los años pasaron.
Ella creció.
Y yo también crecí con ella.
Porque ser madre significa aprender mientras tus hijos crecen.
Cinco años después apareció nuevamente el deseo de ser mamá.
Quería darle un hermanito o una hermanita.
Pero el miedo nunca se fue del todo.
Aun así, lo intenté.
Y nuevamente aparecieron esas dos líneas que podían cambiarme la vida.
Otra vez estaba embarazada.
Otra vez esperaba una vida.
Esta vez ya tenía una pequeña niña a mi lado.
Una niña que algún día iba a conocer a su hermanita.
Y llegó.
Otra princesa.
Otros ojos.
Otra sonrisa.
Otra pequeña vida que venía a llenar mi casa.
Mi castillo se llenó de dos pequeñas reinas.
Y yo sentí que quizás, después de tanta tormenta, finalmente había encontrado mi lugar.
Las miraba y pensaba que todo había valido la pena.
No el dolor.
El dolor nunca fue justo.
Pero sí había valido la pena seguir.
Porque ellas estaban ahí.
Mis dos hijas.
Mis dos razones.
Mis dos pedacitos de corazón caminando por el mundo.
Pasaron los años.
La mayor tenía ocho.
La pequeña, tres.
Yo las miraba y pensaba en todo lo que había atravesado para llegar hasta ellas.
Había perdido.
Había llorado.
Había tenido miedo.
Pero también había ganado dos amores inmensos.
Ellas eran mi mundo.
Yo quería verlas crecer.
Quería acompañarlas.
Quería estar cuando fueran grandes.
Quería verlas convertirse en mujeres.
Quería conocer sus sueños.
Sus primeros amores.
Sus logros.
Quería estar en cada cumpleaños.
En cada abrazo.
En cada problema.
En cada momento en que necesitaran a mamá.
Pero entonces empecé a sentirme mal.
Volvieron los médicos.
Los estudios.
La incertidumbre.
Hasta que apareció una palabra que me hizo sentir que el mundo se detenía:
corazón.
Tenían que operarme.
Necesitaban colocarme un aparato para ayudar a que mi corazón siguiera latiendo.
Y tuve miedo.
Pero no era solamente miedo a morir.
Era miedo a dejar de ser mamá.
Pensaba en ellas.
En sus caras.
En sus voces.
En sus abrazos.
Pensaba en todas las cosas que todavía no había vivido con ellas.
Quería estar.
Quería verlas crecer.
Quería acompañarlas cuando fueran adolescentes.
Quería discutir con ellas por cosas pequeñas.
Quería verlas enamorarse.
Quería conocer a las personas que algún día elegirían amar.
Quería estar cuando fueran mujeres.
Quería tener muchos años más.
Porque después de todo lo que había perdido, todavía había demasiado que quería ganar.
Y entonces comprendí algo.
Toda mi vida había estado luchando.
La niña que nació antes de tiempo había luchado.
La niña que soportó cosas que no merecía había luchado.
La mujer que perdió un hijo había luchado.
La madre que tuvo miedo durante sus embarazos había luchado.
Y ahora esa misma mujer estaba frente a una nueva batalla.
Pero esta vez no luchaba solamente por ella.
Luchaba por dos pequeñas manos que todavía necesitaban las suyas.
Por dos voces que todavía tenían que llamarla mamá.
Por dos corazones pequeños que habían aprendido a sentirse seguros cuando estaban junto a ella.
Y luché.
Hoy estoy acá.
De pie.
No intacta.
No sin heridas.
No sin recuerdos.
De pie.
Porque sobrevivir no significa salir de una tormenta sin mojarse.
Significa aprender a caminar aunque todavía tengas la ropa empapada.
Aprendí que ser fuerte no significa no llorar.
Significa llorar y continuar.
Aprendí que una mujer puede romperse y reconstruirse.
Puede perder.
Puede tener miedo.
Puede sentirse agotada.
Puede pensar que no puede más.
Y aun así encontrar una pequeña fuerza para levantarse una vez más.
Durante mucho tiempo pensé que sobrevivir era suficiente.
Después de todo lo que había vivido, despertarme cada mañana, preparar el desayuno de mis hijas, llevarlas a la escuela y volver a casa me parecía una victoria.
Pero un día, mientras las miraba dormir, me hice una pregunta que nunca antes me había animado a hacer:
¿Y yo qué quería para mi vida?
Me quedé sentada al borde de la cama.
Las miré.
La mayor dormía abrazada a una almohada.
La más pequeña tenía una pierna fuera de la sábana.
Sonreí.
Ellas eran mi mundo.
Pero por primera vez entendí que ser mamá no significaba dejar de ser mujer.
Yo también tenía derecho a soñar.
A querer.
A empezar de nuevo.
A tener una vida que no estuviera construida solamente alrededor de las heridas del pasado.
Aquella mañana agarré un cuaderno viejo.
En la primera página escribí:
"Todavía me queda mucho por vivir."
No sabía qué significaba.
Pero necesitaba creerlo.
Empecé a salir un poco más.
Una caminata.
Un café.
Alguna salida.
Y una tarde entré a un pequeño café del centro.
Yo solamente quería tomar algo y volver a casa.
Él estaba sentado cerca de la ventana.
No fue amor a primera vista.
Fue algo mucho más pequeño.
Una mirada.
Después otra.
Una sonrisa.
Cuando me levanté para irme, escuché:
—Perdón... ¿puedo invitarte un café?
Lo miré sorprendida.
Hacía muchísimo tiempo que nadie me hacía una pregunta así.
No porque no hubiera hombres alrededor.
Sino porque yo había dejado de verme como una mujer que podía volver a ser elegida.
—No —respondí.
Él sonrió.
—Bueno. Tenía que intentarlo.
Me fui.
Pero durante todo el camino de regreso me descubrí sonriendo.
Y esa noche pensé en algo que me dio miedo:
Quizás mi corazón todavía podía sentir algo más que dolor.
Su nombre era Mateo.
No llegó a mi vida como llegan los hombres de las películas.
No apareció con flores bajo la lluvia ni prometió cambiar mi mundo.
Simplemente estuvo.
Me escribía para saber cómo estaba.
Me escuchaba.
No intentaba arreglar mi pasado.
No me decía que olvidara lo que había vivido.
Una noche le conté que tenía miedo.
—¿De qué? —preguntó.
Me quedé callada.
—De querer a alguien otra vez.
Mateo no respondió inmediatamente.
Después tomó mi mano.
—No tenés que quererme hoy. Ni mañana. Ni nunca, si no querés. Solamente dejame demostrarte que no todo el mundo viene a lastimarte.
Sentí un nudo en la garganta.
Porque quizás eso era lo que necesitaba escuchar.
No una promesa de para siempre.
Solamente alguien dispuesto a quedarse el tiempo suficiente para demostrarme que podía confiar.
Pero amar nuevamente no significaba olvidarme de mis hijas.
Ellas eran mi prioridad.
Por eso Mateo tuvo que entender que mi corazón venía acompañado de dos pequeñas personas que eran parte de él.
Al principio yo tenía miedo.
Muchísimo.
No quería equivocarme.
No quería que ellas sufrieran.
No quería repetir historias.
Pero con el tiempo entendí que proteger a mis hijas no significaba cerrar todas las puertas.
Significaba enseñarles a reconocer cuáles personas merecían entrar.
Mateo no intentó ocupar el lugar de nadie.
Simplemente fue construyendo el suyo.
Con paciencia.
Con respeto.
Con pequeños gestos.
Hasta que un día mi hija mayor me preguntó:
—Mamá, ¿vos estás feliz?
La miré.
—Sí.
Sonrió.
—Entonces yo también.
Esa noche lloré.
Pero fueron lágrimas diferentes.
Eran lágrimas de alivio.
Una tarde volví a encontrar aquel cuaderno.
La primera página todavía decía:
"Todavía me queda mucho por vivir."
Debajo escribí:
"Y ahora quiero decidir cómo vivirlo."
Empecé a pensar en todas las cosas que había dejado atrás.
Quería estudiar.
Quería trabajar en algo que me hiciera sentir orgullosa.
Quería conocer lugares.
Quería aprender cosas nuevas.
Quería escribir.
Y entonces apareció una idea que al principio me pareció absurda.
Escribir mi historia.
Me reí.
¿Quién iba a querer leerla?
Después entendí que quizás no necesitaba que millones de personas quisieran leerla.
Quizás necesitaba escribirla para aquella niña que fui.
Para decirle:
"Sobreviviste."
Una noche escribí una carta.
No era para mis hijas.
No era para Mateo.
Era para mí.
"Querida Alma:
Perdón por todas las veces que pensaste que no eras suficiente.
Perdón por haber creído que merecías algunos de los dolores que te hicieron.
Perdón por haber pasado tantos años intentando ser fuerte cuando en realidad necesitabas que alguien te abrazara.
Mirá dónde estás.
Tenés cicatrices.
Sí.
Pero también tenés dos hijas.
Tenés recuerdos.
Tenés sueños.
Tenés un corazón que, después de todo lo que pasó, todavía late.
Y eso significa que todavía hay esperanza.
No puedo cambiar lo que te hicieron.
No puedo devolverte los años que perdiste.
No puedo traer de vuelta a quienes se fueron.
Pero puedo prometerte algo.
De ahora en adelante no voy a abandonar a la mujer que sos.
Nunca más."
Doblé la carta.
La guardé dentro del cuaderno.
Y lloré.
Pero esa vez no lloré por lo que había perdido.
Lloré por la mujer en la que me estaba convirtiendo.
Pasaron los años.
Mis hijas crecieron.
La casa comenzó a llenarse de amigas, música, discusiones, risas y puertas que se cerraban.
La mayor empezó a reclamarme independencia.
La pequeña todavía quería que me sentara a su lado antes de dormir.
A veces las miraba y no podía creer que esas dos niñas hubieran salido de mí.
Yo había tenido tanto miedo de no verlas crecer.
Y ahora estaban creciendo demasiado rápido.
Una noche la mayor se acercó y me abrazó.
—Mamá.
—¿Qué?
—Gracias.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Por no rendirte.
No pude responder.
Solamente la abracé.
Porque ella no sabía que esas palabras eran exactamente lo que necesitaba escuchar.
Y entonces comprendí que mi historia nunca había sido solamente una historia sobre el sufrimiento.
Había sido una historia sobre las veces que elegí volver.
Volví después de la pérdida.
Volví después del miedo.
Volví después de la enfermedad.
Volví después de cada noche en la que pensé que ya no podía.
No era una mujer rota.
Era una mujer reconstruida.
Cada cicatriz era una parte de mí.
Cada pérdida había dejado una marca.
Cada abrazo había dejado otra.
Cada lágrima había escrito una línea.
Y cada vez que había vuelto a levantarme, había escrito una página nueva.
Una tarde abrí el cuaderno.
En la última página escribí:
"No sé cuánto tiempo me queda. Pero sé que no voy a desperdiciar el tiempo que tengo."
Cerré el cuaderno.
Miré por la ventana.
Mis hijas estaban riéndose en el patio.
Mateo estaba preparando café.
El sol entraba lentamente por la ventana.
Y por primera vez entendí que la felicidad no siempre llega haciendo ruido.
A veces llega despacito.
Se sienta al lado nuestro.
Nos toma de la mano.
Y nos recuerda que después de una vida entera sobreviviendo...
también tenemos derecho a vivir.
Hoy tengo una certeza.
Mi historia no termina con todo lo que sufrí.
Tampoco termina con mi enfermedad.
Ni con las pérdidas.
Ni con los años difíciles.
Porque todavía no escribí la última página.
Y mientras exista una página en blanco, existe la posibilidad de empezar otra vez.
Quizás esa sea la verdadera victoria.
No olvidar lo que nos pasó.
Sino dejar de permitir que a