Alguien vació el cuarto de Vaeloria antes que Tristan, plebe, y el mozo de los establos sabe quién. Ese no va a abrir la boca gratis con Lenessia en el trono.
Ardenia BYB Capitulo 3: Lenessia Sube al Trono
Pensamiento
Alguien vació el cuarto de Vaeloria antes que Tristan, plebe, y el mozo de los establos sabe quién. Ese no va a abrir la boca gratis con Lenessia en el trono.
Contenido de la publicación
La sangre del Rey Eterno aún no había sido limpiada de los escalones del trono cuando Lenessia Dawnmere ordenó que su voluntad fuese cumplida.
Percival había muerto.
Vaeloria también.
Y la mujer que ahora reclamaba el poder sobre Ardenia no tenía intención de permitir que nadie olvidara quién gobernaba aquellas tierras.
—Quiero que la cabeza de mi padre sea colocada sobre una pica en las puertas de Valedorn —ordenó Lenessia—. Que todos los habitantes de la capital la contemplen al pasar. Que comprendan que la antigua corona ha caído y que una nueva soberana ocupa su lugar.
Uno de los guardias vaciló.
—Majestad... ¿estáis segura de vuestra orden?
Lenessia lo miró con desprecio.
—¿Acaso he hablado en una lengua que no comprendéis?
El soldado inclinó inmediatamente la cabeza.
—No, majestad.
—Entonces cumplidla.
Polonio observaba desde el otro extremo de la sala. No intervino. Conocía suficientemente a Lenessia para comprender que, cuando tomaba una decisión, cualquier intento de disuadirla podía convertirse en una ofensa.
Lord Roderick Crane recibió la orden y dispuso que sus hombres despejaran la entrada principal del castillo.
Al caer la tarde, la cabeza del Rey Eterno fue expuesta sobre una pica, a la vista de todos.
Los habitantes de Valedorn quedaron horrorizados.
Algunos se persignaron. Otros apartaron la mirada. Hubo quienes lloraron en silencio, recordando al soberano que había gobernado Ardenia durante tantos años.
Nadie se atrevió a protestar.
Los soldados de Crane vigilaban la plaza, atentos a cualquier gesto de rebeldía.
La tiranía ya no necesitaba esconderse entre los muros del castillo.
Ahora se mostraba ante todo el reino.
Aquella misma tarde, Lenessia ordenó reunir a los escribanos de la corona.
Sobre una mesa de roble se extendieron los mapas de Ardenia y los pergaminos que debían llevar su sello. Los mensajeros aguardaban junto a las puertas, preparados para partir hacia las ciudades, fortalezas y territorios fronterizos.
La nueva reina se puso en pie.
—Escribid lo que voy a dictaros. No omitáis palabra alguna.
El escribano tomó la pluma.
Lenessia comenzó a hablar.
—Habitantes de Ardenia. Nobles, soldados y hombres de nuestra tierra. Mi era ha comenzado. La verdadera reina ha llegado al trono.
Hizo una pausa.
—Todo aquel que se oponga a mi voluntad encontrará la muerte a manos de mis hombres. Desde este día, Ardenia estará bajo mi autoridad y ningún señor, por poderoso que sea, podrá desafiarme sin sufrir las consecuencias.
Los escribanos continuaron anotando.
—Nuestro reino dejará de inclinarse ante las ambiciones de otros. Ardenia será más grande de lo que jamás fue. Y si para alcanzar esa grandeza debemos hacer la guerra, que así sea.
Polonio permanecía junto a ella, con las manos cruzadas a la espalda.
Lenessia prosiguió:
—Mi esposo, Polonio, será recordado como uno de los más grandes reyes que hayan existido. Juntos levantaremos un poder que nuestros enemigos aprenderán a temer.
Su expresión se endureció.
—Vaeloria y Percival pertenecen a la historia. Sus ideas, sus decisiones y sus debilidades no gobernarán nuestro futuro. Y mi madre, Dione, aprenderá cuál es su lugar bajo la nueva corona. Si debe servir en los aposentos reales como una simple criada, así será.
El escribano bajó la pluma por un instante.
Aquellas palabras iban dirigidas no solamente a los enemigos de Lenessia, sino también a su propia familia.
La reina lo advirtió.
—¿Hay algo que os impida continuar?
—No, majestad.
—Entonces terminad el documento.
Cuando los pergaminos estuvieron sellados, Lenessia ordenó distribuirlos por toda Ardenia y enviar copias a las cortes extranjeras.
Quería que todos los reinos conocieran su voluntad.
Y que ninguno pudiera alegar ignorancia cuando llegara el momento de enfrentarse a ella.
La noticia cruzó las fronteras durante los días siguientes.
En las plazas de Ardenia, los pregoneros leyeron las proclamas ante grupos de habitantes que escuchaban en silencio. Los soldados permanecían junto a ellos, vigilando cada reacción.
En las fortalezas fronterizas, los comandantes recibieron órdenes de reforzar sus posiciones.
Los mensajeros que partieron hacia los otros reinos llevaron consigo las palabras de Lenessia y las noticias sobre la ejecución de Percival.
La respuesta no tardó en hacerse sentir.
En Eryndor, los consejeros del rey Ulfric Stormgaard solicitaron una audiencia extraordinaria para discutir la nueva situación política de Ardenia.
En Velkaris, los comerciantes comenzaron a preocuparse por las amenazas contra las rutas comerciales y por la posibilidad de que una guerra interrumpiera el tránsito de mercancías.
En Soltherra, varios señores exigieron garantías de que sus tierras no serían arrastradas a un conflicto innecesario.
Pero fue en Dravengard donde la reacción resultó más peligrosa.
El rey Aethelgard Villagrís se encontraba en su sala del trono cuando recibió el informe de sus enviados.
El monarca era un hombre de temperamento severo, conocido por su desconfianza y por la dureza con la que trataba a quienes consideraba enemigos. Su casa había gobernado las fortalezas montañosas durante generaciones, y sus ejércitos eran célebres por su disciplina.
Aethelgard escuchó sin interrumpir mientras uno de sus emisarios relataba lo ocurrido en Valedorn.
Cuando terminó, el rey permaneció inmóvil.
—¿He entendido bien? —preguntó finalmente—. ¿La nueva reina de Ardenia ha permitido que mis enviados sean tratados como si fueran criminales?
—Así es, majestad. Se nos mantuvo bajo vigilancia y se nos impidió abandonar el salón hasta que los soldados consideraron oportuno hacerlo.
Aethelgard apoyó lentamente las manos sobre los brazos del trono.
—¿Y después de asesinar a su propio padre, esa mujer pretende amenazar a los cinco reinos?
—Su proclama habla de engrandecer Ardenia mediante la guerra, majestad.
El rey soltó una risa breve y carente de humor.
—Lenessia Dawnmere confunde la arrogancia con la fuerza.
Se levantó.
—He visto caer fortalezas que parecían inexpugnables. He enterrado hombres mejores que ella y he negociado con soberanos que comprendían el precio de una guerra. Pero jamás he conocido a un gobernante sensato que anunciara sus ambiciones antes de contar sus enemigos.
Se volvió hacia sus consejeros.
—Que nuestras guarniciones permanezcan alerta. Quiero informes de cada movimiento en la frontera con Ardenia. No atacaremos sin motivo, pero tampoco permitiremos que una reina recién coronada crea que puede humillar a la casa Villagrís.
Uno de los consejeros inclinó la cabeza.
—¿Debemos enviar una respuesta a Valedorn?
Aethelgard miró el pergamino de Lenessia.
—Sí. Decidle que Dravengard ha recibido su mensaje.
Hizo una pausa.
—Y que no olvide quiénes somos.
El consejero se retiró.
Aethelgard permaneció junto al trono, contemplando los estandartes de su casa.
No era un hombre bondadoso. Si consideraba que Ardenia amenazaba sus intereses, no dudaría en recurrir a la fuerza.
Lenessia había conseguido algo que pocos soberanos lograban en tan poco tiempo: convertir la muerte de un rey en un problema para todo el continente.
Y todavía no había comenzado una guerra.
En Valedorn, Sir Tristan Valewood contemplaba las nuevas proclamas desde una de las galerías del castillo.
Había leído las palabras de Lenessia dos veces.
La amenaza contra quienes se opusieran a su gobierno no lo sorprendía. Tampoco la ambición de Polonio. Pero la declaración de que Ardenia debía engrandecerse mediante la guerra le parecía una locura.
Los ejércitos necesitaban alimentos, caballos, armas y dinero. Las fortalezas requerían guarniciones. Los campesinos debían cultivar las tierras para sostener a quienes combatían.
Una guerra contra los otros reinos no sería una empresa gloriosa.
Sería una catástrofe.
Tristan sabía que Ardenia tenía soldados valientes, pero también sabía que los cuatro reinos restantes no permanecerían inmóviles si eran provocados.
—Majestad, con vuestro permiso.
Tristan se volvió.
Uno de los sirvientes de la corte le indicó que debía presentarse ante el consejo real.
—La reina os espera.
El caballero asintió.
Antes de abandonar la galería, volvió a mirar el pergamino.
Lenessia había ordenado colocar la cabeza de su propio padre sobre una pica.
Si podía hacer aquello con su familia, ¿qué haría con un caballero que cuestionara sus decisiones?
Tristan comprendió que debía ser más cuidadoso que nunca.
Su juramento público lo mantenía dentro del círculo de la corte, pero no podía permitir que sus verdaderas intenciones salieran a la luz.
Tenía que encontrar una manera de llegar hasta el secreto de Vaeloria.
Y para ello necesitaba una oportunidad.
El consejo real se reunió al anochecer.
En la cámara se encontraban Lenessia Dawnmere, ya reconocida por sus partidarios como reina de Ardenia; Polonio, proclamado rey junto a ella; Lord Roderick Crane, comandante de las fuerzas ardenianas; y los consejeros Daeron Talkej y Daivon Starke.
Sir Tristan Valewood ocupaba un asiento al extremo de la mesa.
Sobre el roble descansaban mapas de los territorios vecinos, informes de los puestos fronterizos y estimaciones de las fuerzas disponibles.
Lenessia fue la primera en hablar.
—Ardenia ha permanecido demasiado tiempo bajo el temor de ofender a sus vecinos. Mi padre aceptaba las condiciones de otros reyes y mi hermana creía que la paz podía conservarse mediante palabras amables.
Golpeó la mesa con la palma.
—No permitiré que sigamos siendo un reino que se conforma con lo que posee.
Crane observó los mapas.
—Majestad, nuestras fuerzas son suficientes para defender las fronteras, pero no para sostener una campaña prolongada contra varios reinos.
—¿Y quién ha hablado de combatirlos a todos al mismo tiempo? —preguntó Polonio.
—Nadie puede garantizar que una guerra permanezca limitada, señor. Si atacamos a uno, los demás podrían intervenir. Dravengard posee fortalezas difíciles de tomar. Velkaris controla rutas comerciales esenciales y Soltherra puede abastecer a ejércitos numerosos.
Crane señaló varias posiciones sobre el mapa.
—Una campaña mal calculada podría agotar nuestras reservas antes de obtener una sola victoria decisiva.
Lenessia lo miró con impaciencia.
—Siempre hay hombres dispuestos a enumerar razones para no actuar.
—Y es deber de un comandante advertir a su soberano cuando una decisión puede destruir su ejército —respondió Crane.
La temperatura de la sala pareció descender.
Polonio intervino antes de que Lenessia respondiera.
—¿Cuántos hombres podríamos reunir si fuera necesario?
Crane meditó unos instantes.
—Podríamos convocar nuevas levas, pero entrenar soldados lleva tiempo. Un campesino al que se entrega una lanza no se convierte por ello en un guerrero. Además, cada hombre enviado a la guerra es un hombre menos trabajando los campos o sosteniendo un taller.
Lenessia se levantó de su asiento.
—Mi padre y mi hermana nos enseñaron a conformarnos con la mediocridad. Yo no gobernaré de esa manera. Hay hombres suficientes en Ardenia para levantar un ejército más grande. Reclutaremos a quienes sean necesarios y construiremos las fuerzas que este reino merece.
Daeron Talkej, un consejero de rostro delgado y cabellos grises, decidió intervenir.
—Majestad, el tamaño de un ejército no determina por sí solo el resultado de una guerra. Necesitamos recursos, aliados y objetivos definidos. Una campaña contra Dravengard podría prolongarse durante años.
Daivon Starke, más joven que su compañero, asintió.
—Y los comerciantes de Velkaris podrían suspender los acuerdos con nuestras ciudades si consideran que amenazamos sus intereses. Las consecuencias alcanzarían a nuestros propios súbditos.
Lenessia volvió la mirada hacia Tristan.
—¿Y vos, sir Tristan? Habéis servido bajo el mando de mi padre. ¿También pensáis que Ardenia debe permanecer pequeña y temerosa?
Tristan mantuvo el rostro sereno.
—No, majestad. Pienso que Ardenia debe ser fuerte. Pero la fuerza de un reino no se demuestra únicamente conquistando territorios. También se demuestra conservando sus fronteras, alimentando a su pueblo y evitando guerras que no puede permitirse.
Lenessia lo observó con frialdad.
Tristan continuó:
—Antes de declarar una guerra, debemos conocer las fuerzas de nuestros adversarios y las consecuencias de una derrota. Los demás reinos tienen sus propios ejércitos, sus riquezas y sus ambiciones. No debemos suponer que permanecerán quietos mientras nosotros avanzamos.
Crane inclinó ligeramente la cabeza, en señal de acuerdo.
Daeron Talkej aprovechó la ocasión.
—El caballero habla con prudencia, majestad.
—Y yo os recuerdo que no he solicitado una lección de prudencia —replicó Lenessia.
Se hizo el silencio.
La reina contempló a cada uno de los presentes.
—Mi padre dejó que otros reinos crecieran mientras Ardenia se conformaba con preservar lo que tenía. Vaeloria continuó con esa política. Mirad adónde nos ha conducido.
Tristan sintió una punzada de indignación.
No podía aceptar que la muerte de Vaeloria fuese utilizada para justificar una guerra que ella quizá habría intentado evitar.
Pero no podía decirlo.
Lenessia apartó su silla.
—Cuando este consejo esté preparado para pensar en grande, volveremos a reunirnos.
Se dirigió hacia la puerta.
—Hasta entonces, espero que recordéis quién gobierna ahora Ardenia.
La puerta se cerró tras ella.
Durante varios segundos, ninguno de los consejeros habló.
Polonio permaneció sentado, observando a los hombres que todavía ocupaban la mesa.
Después se levantó.
—Quiero dejar algo claro.
Su voz era baja, pero cada palabra llevaba una amenaza.
—La reina ha hablado. Sus decisiones no son sugerencias que este consejo pueda aceptar o rechazar a voluntad.
Miró a Crane.
—Comandante, vuestra obligación es preparar las fuerzas reales para cumplir las órdenes de la corona.
Después se volvió hacia los consejeros.
—Daeron. Daivon. Y vos, sir Tristan. Quien se oponga a los designios de los soberanos será considerado enemigo de Ardenia.
Hizo una pausa.
—Y los enemigos de Ardenia serán ejecutados.
Nadie respondió.
Polonio abandonó la cámara.
Tristan permaneció inmóvil hasta que escuchó cerrarse la puerta del corredor.
La advertencia no podía ser más clara.
La reina estaba decidida a expandir su poder. El rey consorte amenazaba con eliminar a cualquiera que cuestionara sus planes y el comandante del ejército debía elegir entre su deber militar y su obediencia política.
Ardenia se encontraba al borde de una guerra que quizá no podría ganar.
Y Tristan necesitaba abandonar el reino antes de que sus investigaciones despertaran sospechas.
Aquella noche, el caballero regresó a las habitaciones de Vaeloria.
Esperó hasta que los corredores quedaron casi desiertos y avanzó por una escalera secundaria que los sirvientes utilizaban para transportar ropa y provisiones.
Conocía bien aquella parte del castillo.
Había acompañado a la reina en algunas ocasiones y recordaba que, junto a sus aposentos, existía una pequeña estancia donde ella guardaba documentos personales.
La puerta no estaba cerrada con llave.
Tristan entró.
La habitación permanecía tal como la habían dejado después de la muerte de Vaeloria. Una mesa, varios libros, un pequeño armario y una ventana que daba a los jardines.
El caballero examinó los estantes.
Nada.
Abrió los cajones.
Estaban vacíos.
Buscó detrás de los libros, bajo la mesa y en los compartimentos del escritorio.
No encontró el cofre.
Ni la carta que había esperado descubrir.
Ni siquiera quedaban algunos de los documentos que recordaba haber visto en aquella estancia.
Alguien se había llevado todo lo que podía resultar importante.
Tristan cerró los ojos durante un instante.
—¿Qué estabas buscando, Vaeloria? —susurró.
La pregunta quedó suspendida en el silencio.
Si los conspiradores habían registrado la habitación, era posible que conocieran el secreto de la reina. Y si lo conocían, quizá ya hubieran destruido las pruebas.
El caballero se acercó a la puerta y escuchó.
Voces lejanas resonaban en el corredor.
No podía arriesgarse a entrar en los aposentos privados de Polonio y Lenessia. Allí lo reconocerían de inmediato, y cualquier explicación sería insuficiente.
Necesitaba otra fuente de información.
Fue entonces cuando recordó una historia que había escuchado años atrás.
En las afueras de Velkaris vivía un hombre al que algunos llamaban brujo. Se decía que había estudiado manuscritos antiguos, que conocía las leyendas de los cinco reinos y que conservaba conocimientos que los eruditos de las cortes consideraban supersticiones.
Tristan nunca había tenido motivos para buscarlo.
Hasta ahora.
Si existía alguna posibilidad de encontrar una respuesta sobre la muerte de Vaeloria, aquel hombre podría conocer al menos una parte de ella.
El viaje a Velkaris estaba previsto para los próximos días. La corte necesitaba mantener sus relaciones comerciales, y Tristan había sido asignado para acompañar una delegación encargada de tratar asuntos con los mercaderes del reino.
Podía aprovechar aquella misión oficial para buscar al brujo sin despertar sospechas.
Pero tendría que actuar con cautela.
Si Lenessia descubría que estaba investigando la muerte de su hermana, no le permitiría regresar.
Y si Polonio sospechaba que pretendía encontrar una manera de devolverle la vida a Vaeloria, quizá ordenara su ejecución antes de que pudiera abandonar Valedorn.
Tristan salió de la habitación y cerró la puerta con cuidado.
Por primera vez desde la muerte de la reina, tenía un destino concreto.
Velkaris.
Allí comenzaría su búsqueda.
En los días siguientes, los preparativos para la delegación avanzaron con rapidez.
Se seleccionaron caballos, se revisaron las provisiones y se reunieron los documentos comerciales que debían presentarse ante las autoridades de Velkaris.
Tristan se aseguró de que su nombre permaneciera en la lista de viajeros.
Nadie encontró motivos para oponerse.
A ojos de la corte, era un caballero obediente que había aceptado el nuevo gobierno y continuaba cumpliendo sus obligaciones.
Lenessia lo consideraba un servidor útil.
Polonio, un hombre al que convenía vigilar, pero que todavía no representaba una amenaza inmediata.
Lord Roderick Crane tenía preocupaciones más urgentes: reorganizar las tropas y preparar las defensas ante las posibles represalias de Dravengard.
Ninguno de ellos sabía que Tristan había comenzado a buscar la manera de recuperar a Vaeloria.
La víspera de su partida, el caballero visitó por última vez los jardines del castillo.
Allí, entre los árboles que Vaeloria acostumbraba recorrer durante las tardes, se detuvo junto a un banco de piedra.
Recordó su voz, sus palabras y la forma en que había tratado a quienes acudían a ella en busca de ayuda.
Nunca le había confesado su amor.
Y ahora debía encontrar la manera de desafiar a la muerte para tener una segunda oportunidad.
Tristan apoyó una mano sobre el pomo de su espada.
—No sé qué encontraré en los cinco reinos —murmuró—. Pero te juro que no abandonaré mi búsqueda.
El viento agitó las ramas.
A lo lejos, las campanas de Valedorn anunciaron el cambio de guardia.
El caballero se volvió hacia el castillo.
Al amanecer partiría hacia Velkaris.
De cara al mundo, cumpliría una misión comercial en nombre de la nueva corona.
En secreto, buscaría al hombre que podía conocer la primera respuesta sobre la resurrección de Vaeloria.
La tiranía de Lenessia acababa de comenzar.
La guerra amenazaba con extenderse por el continente.
Y mientras los reyes calculaban sus fuerzas y los ejércitos se preparaban para nuevos conflictos, Sir Tristan Valewood emprendía el primer viaje de una misión que podía cambiar el destino de los cinco reinos.
La búsqueda de Vaeloria había comenzado.
Fin del capítulo 3.
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PermalinkAlguien vació el cuarto de Vaeloria antes que Tristan, plebe, y el mozo de los establos sabe quién. Ese no va a abrir la boca gratis con Lenessia en el trono.
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PermalinkDel consejo me quedé con Crane, el único que habla de comida, caballos y campos sin sembrar mientras la reina habla de grandeza. Ese tipo de hombre dura poco en una corte así: o se calla o lo cambian por uno más obediente.
Y lo de Dione sirviendo como criada es la señal más fea del capítulo. Quien humilla a su madre en una proclama ya no le rinde cuentas a nadie. Crane termina del lado de Tristan, vale.
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