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Capitulo 3.- EL PESO DE LOS PECADOS

CrimsonMoon21

Contenido de la publicación

El rey humano se postró ante él, incluso cuando sus ropajes arrastraban por el suelo mientras se acercaba, disculpándose por el tiempo perdido y lamentándose al comprender que no deseaba ninguna de las compensaciones ofrecidas.

—¿Por qué me has llamado? —preguntó.

El soberano del tiempo, mirando todas las posibilidades, parpadeó lentamente. Al observar al rey y a sus hijos, se dio cuenta de que no había nada. Sus probabilidades eran inexistentes, así que decidió olvidar el tema y ordenó al rey humano:

—Levanta la cabeza.

Mientras esperaba alguna respuesta, algo llamó su atención.

—Esa nana que cantan tus mujeres a los niños, ¿de dónde salió?

—¿Cuál?

—¿Harás que este soberano cante algo tan vulgar?

—Mi señor, todos los cantos que nos regala la tierra en su comunión con nuestro pueblo no son cantos vulgares.

Hizo una pequeña pausa antes de continuar.

—Así que discúlpeme, pero no entiendo cuál es el problema. Son las canciones del mundo y de la existencia misma.

—¿A qué te refieres? —preguntó el Rey Búho.

El humano, poniéndose en pie con pena, miró a la mujer que se encontraba detrás del rey búho. Ella arrullaba al infante con el pie, meciendo la canasta en la que se encontraba.

—Esa canción. Sí, esa canción. La canción que la tierra entonó el día que nos entregó su corazón. Los escribas descifraron el latido de la tierra. ¿Qué le parece, mi señor?

La vista del búho se centró en el rey.

Sus agujas se movieron en una sola dirección.

Pudo prever que, si bien el humano no mentía, había una sombra detrás de él.

Ocultaba algo, un secreto que no deseaba revelarle al soberano, y el tiempo mismo parecía tampoco querer mostrárselo.

El rey humano apenas sonrió y asintió.

—Es muy bonita, ¿no lo cree, mi señor?

—¿Tiene alguna continuación?

El rey humano pensó en las tres estrofas que recordaba.

«¿Y si esto molesta al Rey Búho?».

Pero, ante su mirada, no le quedó más que ceder.

—Si quiere, puedo cantarla completamente.

—Sí. Hazlo para mí.

Y el rey humano comenzó a cantar de la forma más afinada que podía.

Larga vida a las islas y sus guardianes.

Que cuidan del mundo en su dormir.

El mundo regaló su corazón a Shambala.

Una esfera de luz para el porvenir.

El rey humano detuvo de golpe su canto.

El rey búho lo observó mientras sus pupilas giraban lentamente.

—Es lo que cantaban tus mujeres. ¿Eso es todo? —preguntó con impaciencia—. ¿Dónde está lo demás?

El rey humano respiró profundamente.

No podía ocultarle la canción al Rey Búho, así que, sonriendo, continuó con las últimas dos estrofas, mientras intentaba mantener la calma ante los nervios que lo consumían:

Al principio, el Rey Búho escuchó la melodía, pero el sonido se perdió rápidamente.

El ruido a su alrededor comenzó a aislarse, al igual que el resto del plano.

Parpadeó una vez.

Algo ocurrió con la visión del Rey Búho.

Una visión.

La isla de las hadas se veía decadente.

La hierba alta cubría aquella meseta sobre las nubes.

Estaba desolada y seca.

Las hadas habían perdido su estilizada belleza.

Se devoraban entre ellas.

Sucumbiendo a una barbarie caníbal, donde muchas, ya mutiladas, hacían lo necesario para sobrevivir.

El árbol sagrado, del cual brotaban los capullos de la soberana de la verdad, solo era un tronco seco y gigantesco, carente de alegría y color.

En una de sus ramas, un capullo era devorado por las flores que brotaban del mismo, consumiendo la vida aún no nacida...

La isla de Uroboros, como si la calamidad se hubiera posado sobre ella, se hallaba derruida.

Los imponentes árboles estaban tirados, con los troncos astillados.

Muchos cuerpos de serpientes yacían esparcidos por el suelo.

La reina se protegía entre ellos, llevando consigo el huevo de un soberano no nacido.

Se acurrucaba junto a él, dispuesta a protegerlo de cualquier inclemencia con su propia vida, de ser necesario.

Y su propia isla...

La ciudad de los búhos era solo un avispero abandonado.

Donde ya nada resonaba y las larvas se acrecentaban, inundando todos los túneles.

Fuera, la playa se extendía por toda la isla, devorándola en un desierto blanco interminable donde la vida se esterilizaba.

Su sociedad se convertía en una orgía aberrante, donde los machos dominaban a los más jóvenes y débiles mediante la fuerza, sometiéndolos a los ritos de procreación.

Rompiendo y mancillando a los otros, sin conseguir descendencia.

La imagen de una de sus crías, aplastada bajo una oleada de aves hambrientas y ansiosas por procrear, lo devolvió a las cálidas antorchas de Shambala.

La canción entonces terminó.

El búho infló el buche agitadamente y miró las torres, la plaza, los centros de ceremonia y a la gente que habitaba Shambala.

Sus pupilas giraron, buscando algún rastro.

Algo que le dijera cómo impedir aquella pesadilla.

Hasta que volvió la vista al frente...

Pero solo veía al rey humano, tan virtuoso y alegre como siempre, reverenciándolo.

—¿Qué le pareció, mi señor? ¿Le ha gustado?

—Esa canción no es una ofrenda del mundo a sus soberanos. ¡Es una blasfemia! —graznó, molesto.

—Lo siento, mi señor —respondió el rey de los hombres—. Mi intención jamás fue molestarlo. Es lo que la tierra nos dio: su cantar, su voz.

El Rey de los Búhos lo sujetó con su garra contra el piso, como si fuera cualquier presa de la que pudiera servirse para sentirse satisfecho.

Los demás humanos solo miraban atónitos, sin entender cuál era el motivo del malestar del soberano del tiempo.

—Puedes tomar mi vida y la de mis hijos, si te hemos ofendido —las palabras del rey sonaron sordas, aplastadas directamente contra el polvo del suelo.

El Rey Búho entonces escuchó el llanto del infante, quien estaba siendo consolado en los brazos de su madre.

El búho lo miró detenidamente.

Sus pupilas giraron en todas direcciones.

Se dio cuenta de que las fluctuaciones del destino de aquella canción comenzaban en ese infante.

Así que se agazapó un poco y, justo cuando el rey humano iba a hablarle, el rey búho estiró el cuello, abrió el pico y devoró al infante y parte del cuerpo de la madre.

Dejando un charco de sangre que brotaba del cuerpo mutilado de la mujer, quien yacía desorientada en el piso, buscando a su hijo.

—¡No quiero volver a oír esa canción!

—Pero, mi rey —dijo el hombre—, ¡era un bebé!

—Comprende el daño que me has hecho —respondió el Rey Búho

Hizo una pausa antes de continuar.

—Rey de los hombres. No volveré a ser indulgente.

Y, diciendo eso, abrió su envergadura, agitó sus alas y emprendió el vuelo, desapareciendo del socavón del mundo.

Dejó atrás un paisaje desolado, con la adrenalina de la desgracia y el llanto de los humanos inundando la tierra sagrada.

Entonces despertó.

Pero evito agitarse en el nido para no despertar a nadie.

Vio entonces un par de luces que resplandecían en la oscuridad.

Una de sus crías humanoides lo observaba con sus enormes ojos.

—¿Estás bien, papi? —preguntó la niña.

—Así es, cielo. Solo fue un mal sueño —respondió el Rey mientras inflaba el pecho lentamente y mordisqueaba parte del nido para calmar los nervios.

—¿Extrañas a los humanos, papi? —preguntó la pequeña inclinando la cabeza.

—Sí, hija. A veces pienso que eran más pacientes y sabios que yo.

—¿Eso crees, papi? —replicó la cría.

—Sí. También creo que eran bastante ricos. Sobre todo sus crías; un manjar tierno y suave para saborear. Lamento que no puedas probarlo.

—Está bien, papi —dijo la niña—. Si tú dices que era un manjar, entonces lo creeré.

El rey se movió gentilmente para acurrucar de nuevo a su cría, acomodándose en el nido, y comenzó a tararear aquella canción maldita que alguna vez le había parecido muy bella.

Y, a la mitad, se detuvo en la estrofa:

«Una esfera de luz para el porvenir».

La cría había vuelto a dormir.

La tercera mañana después del insomnio y los nervios, el Rey decidió ir al socavón que se encontraba en medio de las islas, el nacimiento de las corrientes que protegían el archipiélago.

Al regresar a Shambala, la ciudad se extendía alrededor del socavón como un enorme círculo de piedra y tierra, construida sobre las terrazas naturales de la isla.

Sus edificios se elevaban unos sobre otros, unidos por escalinatas, puentes y pasadizos que serpenteaban entre las viviendas y los templos.

Aún quedaban las huellas de quienes la habían habitado.

Había pequeñas casas de piedra con sus puertas abiertas, talleres donde las herramientas permanecían abandonadas sobre las mesas y plazas donde alguna vez se habían reunido cientos de personas.

Las telas que adornaban los edificios se habían vuelto pesadas por la humedad, y algunas colgaban de los balcones, moviéndose lentamente con el viento.

En el centro de la ciudad se levantaban las torres ceremoniales, rodeando los templos donde los humanos habían dejado ofrendas a la tierra.

Algunas vasijas permanecían intactas. Otras estaban volcadas, cubiertas por una fina capa de polvo.

No había voces ni pasos.

No había cantos.

Ni siquiera llantos.

Caminó entre las calles, mirando dentro de las casas, los templos y los antiguos lugares de reunión. Sus garras golpeaban la piedra mientras avanzaba.

Nada.

Solo el sonido de sus propios pasos y el murmullo lejano de las corrientes que nacían en el socavón.

El aroma de la humedad y el polvo se acrecentaba.

Buscaba en todos los lugares, sin encontrar nada.

Se detuvo frente a una de las plazas.

Allí todavía había restos de una celebración. Algunas flores secas cubrían el suelo y, sobre una mesa de piedra, alguien había dejado una pequeña figura tallada con forma humana.

Él la observó detenidamente.

La tomó cuidadosamente con una de sus garras y la giró.

Era uno de los juguetes que los humanos daban a sus crías.

La dejó en su sitio.

Continuó caminando.

Shambala seguía tan hermosa y colorida.

Pero ya no estaba viva.

Solo era el fantasma de lo que alguna vez fue.

Entonces, evitando que la brisa se robara sus palabras, pensó:

«Te extraño, rey de los humanos. Tal vez debiste hablar con el mundo un poco más. Hace milenios los dioses dejaron de hablar conmigo, pero tú nunca dejaste de hablar con la tierra».

El rey búho escuchó un ululeo, apenas perceptible.

Al fijar la vista en el templo, vio cómo se derramaba un río de sangre, seguido por un ululeo de dolor.

Una de sus crías se desangraba en el suelo, sin que él pudiera hacer nada.

Abrió su envergadura para volar hacia allí, pero entonces la cría desapareció.

Lo entendió.

Solo era una de sus visiones.

El rey temió que, al estar vacía la ciudad, aquel hecho pudiera llegar a suceder.

Infló su buche hasta parecer una rana y soltó el aire de golpe, mareándose, pero recuperando la cordura.

Ya no estaba el aroma de la ciudad en el aire, pero sí el de sus hormonas, disparadas por el miedo.

Temió tanto que volvió a su isla solo para darse un baño en la arena de la playa, como si quisiera eliminar de su cuerpo el aroma de aquella ciudad, ahora maldita.

Sus crías lo habían estado buscando. Al observarlo, se revolcaron en la arena con él, devolviéndole la confianza en que todo estaría bien.

Se retiró con ellas al caer el sol para acurrucarse en el nido.

Pese a estar más en calma, sus pensamientos lo carcomían.

«Necesito más guardianes».

En sus memorias, las visiones volvían a él una y otra vez mientras permanecía dando vueltas en el nido.

«Necesito más centinelas».

Thoughts

  • Zacarias

    Desde la nana del prólogo vengo con la espina, y ahora el que me deja pensando es el rey humano: ofrece a sus propios hijos y luego se pone nervioso por una canción. Para mí sabía lo que decía el final de la nana y la cantó igual, porque fue su arma desde el principio.

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  • Ovid

    El rey búho tarareando la nana a su cría y parando justo en la esfera de luz me recuerda a esas canciones de cuna que por dentro cuentan algo terrible. Sospecho que esa estrofa vuelve cerca del final, y que quien la cante entera ya no será un humano.

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  • selva_

    Shambala vacía, con las telas pesadas de humedad colgando de los balcones y ni un llanto. Ese silencio asusta más que la visión, ya pe.

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