El Rey Búho, sin perder el tiempo, dividió a su guardia en tres grupos y les ordenó crear un perímetro defensivo alrededor de cada barco.
Le indicó a Garras mantener a los suyos fuera de la cubierta. Ocultarse de la mirada de los búhos y permanecer escondidos era necesario hasta que se les ordenara lo contrario.
Los gatos, anonadados, no entendían del todo las palabras del Rey Búho.
¿Por qué debían ocultarse?
¿Por qué volver a la oscuridad en las profundidades del barco?
¿Por qué no podían disfrutar de la luz del sol nuevamente?
—¡Dejen que los cachorros se oculten dentro de las naves! —anunciaban los centinelas.
Garras se acercó a otros felinos tan adiestrados como él para repartir labores y ayudar a que los felinos descendieran.
Miró a sus hermanos tropezar, empujándose entre ronroneos, gruñidos y arañazos para volver a habitar los estómagos de los barcos.
Observó al Rey Búho.
Inmóvil frente a la proa, bañándose con la brisa marina.
Parecía disfrutar del momento.
—¿Para miauuu qué hacen esto...?
El Rey Búho, sin darse la vuelta ni girar su cabeza, infló el buche y soltó el aire de golpe:
—Es para protegerlos de nosotros mismos. Ahora necesito que tú y los tuyos estén quietos. No se muevan o háganlo lo mínimo posible. Tenemos instintos depredadores y el movimiento brusco los activa. No quisiéramos que tu gente sufriera más pérdidas, así que es por su bien.
Garras ronroneó aliviado. Pareció sonreír. Sujetó la cruz en su cuello.
—Al parecer, miauuu, tenemos algo en común.
Las pupilas del Rey Búho volvieron a girar. Algo en la voz del gato comenzaba a ganarse su confianza.
Poco a poco, los barullos cesaron, hasta que solo reinó el ruido del oleaje contra las embarcaciones y el silbido de la suave brisa marina que se deslizaba por los cascos y las cubiertas, peinando las plumas de la guardia real.
El Rey Búho miraba al horizonte, esperanzado...
El sol ya coronaba el firmamento, llenando de luz y calor el panorama, cuando un eco sordo hizo retumbar el mar.
La onda se expandió más allá de ellos.
El Rey Búho ululó de forma alegre, admirando el horizonte.
—Ya está cerca —pensó.
Varios chirridos en la cubierta de un barco llamaron su atención, así como la de su guardia.
Eran ratones.
Debían medir más de un metro y corrían por todos lados sobre las cubiertas, deslizándose y tropezando.
Las pupilas de los búhos fueron atraídas por las criaturas.
Las múltiples posibilidades llamaron su atención, mientras el aroma que despedían hacía salivar sus picos.
Alzaron el vuelo por encima de aquella embarcación, lanzándose en picada, aprovechando su control del tiempo para atrapar a las criaturas de una embestida, clavando las garras sobre ellas y devorándolas, esparciendo un aroma a cobre oxidado por el ambiente, entre los chillidos de los roedores.
El Rey Búho, pese al aroma, no volteó la cabeza. Solo sonrió.
Se lo merecen. Ha sido un viaje largo. Todo parece ir bien.
Pronto se dieron cuenta de que los ratones provenían de las entrañas del barco, perseguidos por cachorros felinos, quienes, empujándose unos a otros, peleaban por alcanzarlos primero.
Uno llegó a morder la cola de otro, provocando que este se volviera y le siseara, advirtiéndole mientras le enseñaba las garras.
Garras se preocupó.
Quería acercarse a los cachorros, pero el Rey Búho lo detuvo con su ala, dejándolo observar la escena.
Tal parecía que los centinelas, al devorar a los roedores, no prestaban atención a las crías.
Hasta que uno de los pequeños gatos comenzó a molestar las plumas de la cola de un centinela.
Las plumas largas le parecían realmente atrayentes.
Intentaba tomarlas entre sus patas.
El centinela se volvió lentamente, clavando su ojo y sus pupilas en el pequeño, viendo todas las posibilidades de huida.
Aun así, el pequeño felino permanecía quieto, olfateando y acercando su nariz al ave.
El centinela volvió a darse la vuelta para terminar de consumir al roedor, agitando la cola nuevamente en el proceso.
El cachorro volvió a atraparla.
El búho dio un pequeño salto hacia adelante. El felino lo persiguió.
El centinela entonces se volvió para empezar a corretear al pequeño gato por la cubierta y hacerlo volver a las entrañas de la embarcación.
Pronto, otros cachorros comenzaron a hacer lo mismo, así como más centinelas comenzaron a unirse a la persecución de los pequeños, abandonando su visión temporal para solo centrarse en el juego.
Los centinelas intentaban mantener el perímetro que su rey había ordenado, mientras los pequeños jugaban alrededor de ellos.
La alegría se contagió a todos los círculos defensivos, quitando la tensión que se había creado.
Los guardianes parecían niñeros jugando con las crías gatunas, pese a conservar rastros de sangre de los roedores.
Garras y el Rey Búho contemplaban el panorama de forma sutil.
El Rey Búho apretaba un poco las garras de su pata, mordiéndolas y raspando su pico en la cubierta.
Garras, por su parte, permanecía de pie en sus dos piernas, mirando a los suyos mientras una de sus patas tocaba en su pecho la cruz de la mujer humana.
Tenías razón, pensó.
Por un instante, Garras ya no vio a los enormes depredadores bañados en sangre.
Recordó cuando él y sus hermanos apenas eran unos cachorros.
Los humanos solían jugar con ellos.
Algunos movían objetos frente a los pequeños felinos para hacerlos correr detrás de ellos. Otros simplemente los levantaban y los abrazaban, riendo cuando intentaban escapar de sus brazos.
Eran pequeños, torpes y adorables.
Y a los humanos parecía encantarles que fueran así.
Garras recordó aquellas manos acariciando su pelaje.
Recordó las risas.
Recordó cómo algunos humanos se quedaban mirándolos jugar durante largos ratos.
Por un momento, olvidó que aquellos mismos humanos también habían sido capaces de hacerles daño.
Solo recordó cuando eran cachorros.
El pequeño gato que jugaba con el centinela volvió a correr frente a él.
Garras sonrió.
Hay risas, cansancio, juego... algo poco probable entre depredadores, pensó.
Miró nuevamente a los cachorros jugando con los centinelas y, asintiendo, murmuró:
—Es un milagro.
El Rey Búho guardó silencio, observando a los cachorros correr alrededor de sus centinelas.
Entonces su memoria y visión lo llevaron a otro lugar, a otro tiempo.
Si tú y yo nos conocimos es un milagro, como dicen los humanos, ¿no crees?
La antigua Reina Búho corría hacia la playa en aquel recuerdo.
Por un momento, el Rey de los Búhos sonrió.
Parecía que su visión de un mundo más apacible y completo era posible.
Si los felinos y los búhos podían vivir juntos y jugar ignorando sus instintos, entonces todo era posible.
Una sacudida sacó a todos de su trance.
Algo agitó las aguas, haciendo tambalear los barcos violentamente desde las profundidades.
El Rey Búho miró bajo el agua.
Garras se acercó a la proa, sujetándose con fuerza del barandal para observar bajo el casco.
Se petrificó, horrorizado, al ver desde las profundidades del abismo de las aguas turbulentas dos orbes colosales, cargados de luz, comenzar su ascenso justo bajo las proas de los tres buques, sin prisa en su movimiento.
Un golpe desde las profundidades separó los barcos, agitándolos violentamente.
Algunos cachorros casi se deslizaron fuera de la cubierta, pero la rápida reacción de los guardias salvó a los pequeños felinos, quienes se abrazaron con fuerza a los plumajes.
Frente a ellos, con extraña quietud, el horizonte mismo se deformó.
El agua se estiró hacia el cielo, elevándose el mar y tensándose como un manto de líquido que envolvía con reverencia la silueta que emergía.
Formando una colina líquida frente a las tres naves, que comenzaron a elevarse suavemente sobre la base de la colina para después retroceder impulsadas por el agua, inclinando por un segundo las cubiertas en un ángulo solemne.
Poco a poco, a través de ese manto translúcido, el rostro de la serpiente se irguió frente a las embarcaciones.
El cuerpo del titán se deslizaba pausadamente hacia la superficie.
Al alcanzar su cénit, el agua perdió su agarre sobre las escamas del tamaño de escudos antiguos y se desgarró con el peso de una catedral derrumbándose.
Millones de litros de agua comenzaron a deslizarse por el rostro y el lomo de la serpiente, desprendiéndose en cascadas lisas y masivas.
El sonido que inundó el aire fue el estruendo de un diluvio cayendo sobre el mismo océano, un rugido que hizo vibrar el metal de los cascos y el pecho de los animales.
El coloso se alzó, magnífico y brillante bajo el cielo.
La masa de agua que se desplomó de sus costados golpeó la base de los buques con una marea concéntrica y pesada.
Los tres barcos comenzaron a balancearse de lado a lado, sin romperse ni hundirse, pero despojados de todo control.
Las proas se elevaron de golpe hacia las nubes y luego cayeron.
Garras se sujetaba con fuerza; sus garras tensas atravesaban la madera de la cubierta, al igual que las del Rey Búho y los centinelas.
El Rey Búho extendió sus alas hacia él, siendo rociado por la brisa de la consagración que emitía aquella criatura. Las embarcaciones también quedaron bañadas por aquel rocío salado.
—¡Ha llegado aquel que pondrá fin a los problemas y encontrará la solución!
Sus pupilas, afiladas como agujas, se ajustaron en una sola dirección, confirmándolo.
—¡El soberano del equilibrio! —proclamó el Rey Búho a los vientos.
Los centinelas extendieron sus alas para proteger a los pequeños con quienes jugaban; algunos cachorros saltaron asustados al sentir los turbulentos movimientos de la embarcación y el frío de la brisa marina.
Tan grande como medio barco, el rostro de la serpiente apareció por completo.
Su cuerpo continuaba desplazándose de forma infinita bajo el agua para mantenerse a flote, demostrando ser más grande que los tres barcos juntos.
Garras, abrumado por la impresión, no pudo hacer más que inclinarse ante la magnificencia de tan poderosa criatura, evitando mirarlo directamente.
Las profundas pupilas oscuras del soberano parecían devorar la luz y toda esperanza.
Como si fuera una coreografía ensayada, los demás gatos y búhos lo siguieron en perfecta sincronía. Poco a poco, todos cayeron ante la magnificencia de tan poderosa criatura.
El soberano del equilibrio exhaló, barriendo a todos en la cubierta con el calor de su aliento.
Algunos gatitos temblaban, hundiéndose más entre las plumas de los centinelas, apiñándose sobre sí mismos.
La criatura sacó su lengua, siseando y saboreando el ambiente. Sus pupilas rectas se centraron en el Rey Búho:
—¿Para qué me has llamado, soberano del tiempo?