Las raíces han degradado la roca y han ascendido hasta el plano terrenal, cubriéndolo con su iniquidad oscura la que se eleva como un velo, invadiendo a los hombres y corrompiéndolos, volviéndolos instrumentos del inexplicable.
En el primer cielo, donde habitan las aves y las criaturas, lo inexplicable existe. En el segundo cielo, entre luceros y cuerpos se desconoce otra vida, no se sabe si exista el inexplicable.
En el tercer cielo no tiene lugar alguno lo ya mencionado, si se atreve, degradado o hasta ser destruido. Allí se alzan siete naciones, resguardadas por las siete contrapartes, y en ellas habitan criaturas inexploradas e inciertas, trasciéndenos toda comprensión mortal.
A veces, al caer en un sueño profundo o mediante visiones, se desconoce la carne y se es conducido a los dos caminos dependiendo de que quiera ser revelado.
Más allá, los palacios eternos y el de plata recubren la inmensidad, donde los seres transitan sin barreras entre los cielos, aunque jamás viceversa para lo inexplicable.
En el centro de todo se sienta Helebelum, contemplando, oyendo y sintiendo cada movimiento, mientras los cielos tiemblan y la tierra aguarda.