Allá, en los ya ancestros de la cronología actual, no existe nada más que la nada primordial: un espacio liminal lleno de luz y oscuridad.
En un momento de la nada, un ser simiente nace de la luminosidad bendita, y la belleza se hace presente eligiendo a la luz. Él es padre y madre, mas no es definido por ningun y a la vez es monumento bendito en forma de obelisco, de la piedra más increada y pura de toda la existencia. Ella y él, él y ella, separan la tiniebla condensándola por debajo de la nada.
Pasan milenios, y Helebelum —Padre y Madre condensados en un solo ser, nombre nacido de la mezcla de las palabras árabes para padre y madre— expande su luz hacia diferentes seres: seres a los que nada define sino la luz interna que de él proviene.
De esa divina creación, uno de los primeros ángeles es creado sin nombre alguno, y sin nombre ha de estar hasta que la adama llegue a su concepción. Mas no, no es del perturbado por la tiniebla del que hablamos, sino de la escolta más fiel a Helebelum. Milenios y milenios pasan en el calmor de los inicios del celestial firmamentum. En ello viene a la vida una Serafín, no la primera, pero tampoco la última. Y después de ella, el lucero del amanecer, uno que codiciara. Ella, junto al fiel escolta, brinda honor a su creador.
Una tercera es necesaria: ella concibe a los demás ángeles de Helebelum. Perla Madre, que toma el género de la hembra mortal mas no es definida por ella —pues un término mortal jamás define lo sagradamente real, y así mismo es con cualquier ángel y criatura divina—, trae a la vida treinta y cuatro generaciones que se llaman archipiélagos, las cuales pueblan el firmamentum con seiscientas dos subgeneraciones que se llaman meridianos. Y de ellas surgen todos los ángeles.
Aquel primero, el perturbado por la tiniebla se vuelve el preferido de Helebelum, y es el corrompido por las tinieblas; su desobediencia se condena con el exilio a las catacumbas, por debajo del firmamentum y del firmamento de la nada. Su necedad es más fuerte que las palabras de Helebelum, que le dice que no intervenga entre el firmamentum y las tinieblas, pues nada bueno hay en aquellas tierras infraterrales. Aquella necedad del proclamado lucero del amanecer se propaga entre las pizarras fragmentadas de Perla Madre, descendiendo por la Perla Madre fragmentada y por los residuos iridiscentes de la misma, poblando la ingenuidad mas no el desconocimiento del exilio de Helebelum.
El fiel escolta, junto a la Serafín non primera y non última, predican la paz ante las siete naciones, y por encima del palacio de plata calman el desconocimiento inadquirido, para después hablar con Helebelum: el fiel escolta ha descubierto el abandono de fe y la traición del lucero. Está claro que caerán en bellum contra su misma gente.
Todos los Majané Elohim de Helebelum se preparan para el fatídico día en el cual caen generaciones enteras, hasta quedar apenas sus residuos en el gran gran mar de adamas. El fiel escolta pierde a su amado en batalla, perdido en el gran vacío al ser expulsado por la furia del mar. Devastado, se sume en un Cata-interituscan —el que provoca la destrucción total—, y es rescatado por la Serafín y por Helebelum. De las siete naciones arruinadas queda solo la mitad. Pasan más milenios, y de las siete naciones nacen las siete virtudes, que bendicen a cada una altruistamente.
Para entonces Helebelum ya ha terminado el curso de los mortales, al cual llama adama —distinto del gran gran mar de adamas—: un lugar abundante de simientes y de belleza cristalizada y condensada, todo a partir de un pequeño grano de polvo y de arena fina de ralladura de perlas y adamas. En ello son concebidas criaturas extrañamente conocidas, y con el aliento de vida todas cobran instinto.
Helebelum ve orgulloso su creación. Mas aún falta lo más importante. Ya tiene seguidores que lo conocen hasta el más mínimo detalle; falta un carácter divino que refleje su sabiduría y su creatividad, y que pueda señorear toda simiente presente en la adama.
El lucero turba este plan divino con su obra maligna: brinda el libertinaje al varón, que junto a su hembra se encuentra. Distintos de lo divino son, pero tan parecidos se ven que lo único que los distingue es su mortalidad.
Al llegar ese día, en el jardín del Edén, el aire se transmuta de calmor a quietud. Las criaturas instintivas ya nombradas retroceden, y jamás han de tomar de tal árbol prohibido. Pero ambos mortales, por desobediencia y por la misma curiosidad non apta, se apartan de Helebelum, y causan intenso dolor en su corazón. Se convierten en necios y exiliados; a la infertilidad de la simiente son expuestos, mas no abandonados, pues Helebelum jamás deja a sus amados.
Aquel martirio en vida obliga a los mortales a procrear generaciones, al igual que lo hizo Perla Madre. Así la adama se puebla inequívocamente.
Siglos después el mortal se torna impío e inmundo. Helebelum una vez más se ve decepcionado y con el corazón partido. Al no dejarle más remedio, del primer firmamento caen cristales líquidos de vital importancia para la vida, creando mares. Esa misma vitalidad causa la reducción de todo ser profano, dejando a pocos de buena fe.
Noé, sus hijos y sus esposas llenan de nuevas simientes la adama. Cuán equivocadas están aquellas criaturas.
Generación tras generación, hasta llegar al punto de partida, donde el orgullo puebla al hombre colectivamente. Una torre se alza para alcanzar el firmamentum: la soberbia interior del mortal desafía a Helebelum. No permite algo así; ofendido, confunde sus lenguas y sus cerebros para que ningún vocablo sea igual a otro, causando la separación. Así pasan las naciones en constante certamen.
La llegada del prometido al mortal. Llega él y ella, él y ella, en carne misma: un varón nacido en Nazaret. Crece la simiente directa de Helebelum, y realiza las obras más grandes y benditas, devolviendo las lenguas perdidas. Y el acto más brutal de todos: un sacrificio de amor por el mortal, que lo espera con vehemencia, mas aún herido por la tiniebla que lentamente va traspasando la tierra. Pues el mortal, hecho de pecado, es el que llama con tanta intensidad a las dos contrapartes. Desean y necesitan el calmor de Helebelum. La simiente sube y forman las tres esquinas.
Mientras eso ocurre, el firmamentum tiene paz. La crónica mortal sigue su curso.
Hasta que los firmamentos son desafiados por una criatura femenina en el ya perdido mundo. Irrumpe en el firmamentum: ella es el lucero de Helebelum, extensión de ella y de él; tal lucero es simiente del fiel escolta. Y desde tal acontecimiento los cielos se regocijan ante la adama que mantiene cautivo al lucero.