Otra vez me pasó lo mismo en aquel lugar que frecuentaba los días sábado. Sentada en la última silla cerca de un gran ventanal, donde podía ver la solitaria calle. Luego de una hora aproximadamente, se abre la puerta e ingresa el mismo hombre al que siempre veía. Dirigió una mirada hacia las personas que se encontraban aquí, como si buscara a alguien. Finalmente, detuvo su vista en mí. Su mirada era fría causando escalofríos en mí, tenía la sensación de que él me conocía y sabía lo que ocultaba. Al principio lo ignoré como aquellas noches, pero después mis ojos estaban sobre él. Fue diferente esta vez, porque sintió mi mirada, me sonrió y levantó su copa en forma de saludo. Incómoda, me levanté del asiento y apresuré mis pasos hacia la salida del bar.
Mientras caminaba en la calle, escuché un ruido y cuando giré el hombre estaba ahí. Se acercó, y todo sucedió tan rápido, sus manos ya estaban presionando con mucha fuerza mi cuello, cada segundo que pasaba me resultaba imposible respirar. Entonces recordé de quien se trataba. Él estuvo observando todos estos años en que lo creí muerto y no lo reconocí hasta ese momento.