Un vomito incorrecto de palabras sin contexto,
la rabia y las pasiones se adueñan de mi garganta hasta el punto climax de las emociones desbordantes.
Lo que dije en aquel estado no era yo, o lo era pero no quería serlo. Mi ego intenta ocultar aquellas actitudes que parecen contrariar a mi ser habitual.
¿Soy yo esa rabia? ¿Esos celos? ¿Esos ojos apagados? Prefiero no ver, no estar, no existir.
No necesité estimular ningún punto g para que mi mente eyaculara cúmulos de información desastrosos. Porque en los ojos de las emociones todo se ve diferente, todo se siente diferente. Pero todo es igual. Las acciones fueron las mismas, pero entre un estado y otro danza la confusión y el entendimiento de esta. Necesito ver mis acciones enojadas cuando estoy en la calma para entenderla, necesito ver mi alegria en mis tristezas para poder abrazarlas.
No sé estar neutra, no nací callada y probablemente muera durmiendo en la serenidad de un letargo que no me merecía.
Mi cabeza —y yo.— nos esforzamos tristemente en seguir adelante cuando ninguno quiere, cuando queremos dejarnos caer en el abismo del olvido.
—Recuérdame, aunque quiera ser olvidada.—
Serían mis últimas palabras, de entre amores y rabias, entre confusiones y comprensión. Entendí que sola no estoy mejor, pero acompañada si estoy peor. ¿Que hacer entonces?