Gracias por escribir esto. Es raro encontrar a alguien que abre el pecho de esta forma. Tienes mas textos por aca?
Anatomía de una caída Sensible
Han pasado varios días desde la última vez que abrí el blog, y chocar de frente con este mar de comentarios me dejó un buen rato en silencio. Hay quienes me advierten sobre la velocidad de la marea,…
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Pensamiento
Gracias por escribir esto. Es raro encontrar a alguien que abre el pecho de esta forma. Tienes mas textos por aca?
Contenido de la publicación
Han pasado varios días desde la última vez que abrí el blog, y chocar de frente con este mar de comentarios me dejó un buen rato en silencio. Hay quienes me advierten sobre la velocidad de la marea, otros que se ven reflejados en el pánico de entregarse, gente que duda desde las heridas de su propio pasado y otros que... bueno, que simplemente entienden el idioma en el que estoy hablando. No quiero sonar a la defensiva ni armar un tribunal de preguntas y respuestas; prefiero sentarme a charlar desde la calma, desde esa verdad cruda que nos queda cuando la luz se apaga y el mundo se reduce a él y a mí. Al final del día, escribir es la única forma que conozco de desarmarme sin romperme.
Veo que muchos asumen que cuando un afecto avanza rápido es solo un espejismo, un capricho hormonal o la ceguera de dos inmaduros que no saben hacia dónde corren. Entiendo el temor; la prudencia suele ser el caparazón favorito de los que ya nos hemos roto antes. Pero la intensidad sin cimientos es solo un fuego de paja que arde un martes y se hace cenizas el jueves. Lo que nosotros estamos levantando tiene arquitectura real.
Nos hemos sentado a mirarnos las ruinas. Hablamos de las cosas que duelen, esas que casi nadie saca a la luz por pura vergüenza. Él me habló de lo asfixiante que es crecer siendo hombre en un mundo donde la vulnerabilidad se cobra cara, de cómo sus relaciones anteriores flotaban en la superficie porque siempre le hacían sentir que no encajaba. Me contó cómo juzgaban su físico, su sentido del humor o su falta de romanticismo de manual; me habló de aquella vez que se enamoró de su mejor amiga sin saber que era lesbiana, y de cómo, tras tantos desencuentros, el aislamiento se volvió su lugar seguro. Escuché su soledad de años y entendí el peso de su silencio.
Y él me escuchó a mí. Le conté de aquella relación virtual a mis 16 años, donde dejé que me volvieran minúscula. Le hablé de cómo justificaba el control disfrazado de cuidado, de cómo me hacían creer que mi ausencia física le daba derecho a buscar a otras, y de la sutil violencia con la que rechazaban quién era yo, burlándose en mi cara cuando admitía que una chica también me parecía atractiva. Le hablé de los destrozos que eso dejó en mi pecho y de las horas de terapia que me costó entender que el amor no sofoca, no te borra y no te exige ser una versión mutilada de ti misma.
¿Qué es realmente el amor?, ¿qué significa sostener una relación de pareja?, ¿existe acaso una única forma válida de vivirlo?
Todas estas preguntas son un terreno minado de debate, especialmente para nosotros que intentamos entender el mundo. Crecimos en un ecosistema donde las estructuras rígidas ya no bastan. Frente a nuestros ojos conviven los ya no tan nuevos modelos de familia —familias homoparentales, monoparentales, la adopción o las familias reconstituidas— y se vuelve urgente desmontar los mitos románticos con los que nos criaron. Nos enseñaron a buscar ideales imposibles, a confundir el control con interés o a creer que el amor verdadero debe doler para ser real. Pero la verdad es otra: sostener una relación no es encontrar a alguien perfecto, sino aprender a comunicarse, a respetar la individualidad del otro y a construir acuerdos reales. Hablar de sexo, de identidad, de salud mental y de afecto sin rodeos ni tabúes es el único camino para romper esas dinámicas obsoletas y aprender a vincularnos desde un lugar sano, libre y verdaderamente honesto.
Hablar de nuestros escombros no nos destruyó; nos dio la cartografía exacta de los lugares a los que jamás debemos volver.
Nos mostramos el mapa de las cicatrices,
no para dar lástima ni pedir perdón,
sino para saber en qué partes del cuerpo
nos queda prohibido causar un dolor.
Pero mentiría si dijera que los fantasmas tienen el sueño profundo. A veces despiertan y hacen ruido. Tenemos la suficiente confianza para compartir cosas tan cotidianas como nuestras cuentas de correo, pero un día, intoxicada por leer historias de desamor ajenas, se me plantó la semilla amarga de la duda. Pensé: ¿Y si me está escondiendo algo? ¿Y si estoy repitiendo la historia? La sombra de mi pasado me respiró en la nuca, y en un momento de debilidad, entré a su correo. No estoy orgullosa de haberlo hecho. Fue un reflejo del trauma, no de la razón.
Había correos normales, cosas de la universidad, y de pronto, una confirmación de pedido. En la vista previa leí algo sobre un collar, así que lo abrí. Cuando la página cargó, me quedé paralizada mirando el brillo del monitor. Eran cosas que le había mencionado al aire semanas atrás: un collar específico, un llavero, pequeños accesorios y mercancía de musicales que alguna vez dije que me encantaría tener. Cosas que le nombré al pasar, sin darle importancia. Él las había buscado todas.
Me quedé helada, sintiéndome la persona más estúpida del mundo por buscar traiciones donde solo había un cuidado silencioso. Cerré todo y fui a buscarlo. Se puso nervioso, intentando esquivar el tema para no arruinarme la sorpresa. Luego me confesó que estaba viendo esa serie que tanto me gusta solo para entender mi mundo, y me habló con emoción de los personajes. Más tarde le mencioné otro musical, y a las tres horas me escribió diciendo que ya lo había terminado. No me estaba tomando el pelo; me estaba estudiando con la devoción que otros reservan para el arte.
Días después, el peso de la vida me aplastó. Entre la universidad, las responsabilidades y mis propias guerras mentales, me quebré. Le solté todo mi desastre de golpe. Él no se asustó ni armó un drama. Simplemente se quedó ahí, escuchando, y luego tomó la palabra durante cuarenta minutos ininterrumpidos para desarmar, una por una, mis inseguridades. Me recordó la persona que soy, la madurez que proyecto y el valor incalculable que él ve en mí. Días más tarde salimos, y volvió a tocar el tema de frente, consolándome sin tratarme como cristal. Y yo hago lo mismo por él cuando sus sombras amenazan con apagarlo. Abrir el pecho de esta manera da pavor, pero cuando los hechos te gritan la verdad, mantener los escudos puestos es una ofensa al amor.
Crecimos tragándonos el cuento del "tipo ideal", como si la vida fuera una fábrica donde puedes encargar un príncipe a la medida de tus caprichos. El “él debe ser así para mí” es una fantasía infantil que arruina realidades hermosas. Lo que existe de verdad es el “él se queda cuando me desmorono”, el “él respeta mis tiempos”. Puede que al principio no fuera la plantilla exacta que yo dibujé en mi cabeza, pero es un hombre íntegro. Mientras haya respeto, lealtad y una comunicación abierta, la estructura sostiene cualquier tormenta.
Por eso tenemos las conversaciones incómodas que otros evitan. Hablamos de nuestros límites, de la decisión firme de esperar hasta el matrimonio, de cómo manejar a nuestras familias sin que invadan nuestro espacio, y de cómo equilibrar el tiempo para no ahogarnos entre amigos, finanzas y estudios. Tenemos una regla de oro: jamás nos vamos a dormir con el orgullo intacto y el corazón enojado.
Y sobre el riesgo de que esto falle... miren, soy plenamente consciente. Si un día él deja de apostar, si decide irse o si el camino nos separa, no me voy a morir. El amor no mata, aunque por momentos la falta de aire te haga creer que sí. Si esto se acaba, no habrá explosiones; será como un cristal al que le nace una fisura minúscula y silenciosa, expandiéndose milímetro a milímetro hasta que la pieza cede y se quiebra sobre el suelo. Dolerá como el infierno. Me tomará un tiempo infinito barrer los pedazos, pero seguiré viva. Seguiré creciendo.
Si eso ocurre, no esperen entrar aquí a leer un réquiem patético suplicando piedad por un corazón roto. Leerán la crónica de una orquídea marchitándose bajo la helada... hasta que, con tiempo y raíz, vuelva a florecer.
No es ignorancia elegir el fuego
cuando ya conoces el frío de la soledad,
es saber que romperte en mil pedazos
duele menos que vivir a la mitad.
Si el invierno llega, sabré que no fui una cobarde. Pero mientras tanto, sigo aquí, suspendida en el calor de su inframundo, con los ojos bien abiertos y dispuesta a florecer.
-Xoxo, Quennie
Thoughts
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PermalinkLa mayor parte de mis historias terminaron en martes callado. Pero lo que lei aca es distinto: ustedes se sentaron en las ruinas del otro y eligieron quedarse de todas formas. El armo todo desde el silencio mientras vos dudabas, pero los hechos te gritaron la verdad.
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PermalinkA nosotros nos costó llegar a hablar de las cosas incómodas antes de que se hicieran grandes. Lo de la regla de no dormirse enojados me hizo sentido.
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PermalinkCuando alguien se estudia con ese cuidado, ahi sabés que no es para un rato. Que memorizara qué te gusta, que buscara los accesorios que nombrabas al pasar, que viera la serie para entenderte. Es en los detalles donde ves quién de verdad te esta mirando y quien solo pasa el tiempo contigo.
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PermalinkLo mas valiente es escribir esto. Abrirse asi duele de un modo que casi nadie cuenta.
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PermalinkGracias por escribir esto. Es raro encontrar a alguien que abre el pecho de esta forma. Tienes mas textos por aca?
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PermalinkSi.
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PermalinkHay algo en que alguien note que te gusta y lo vuelva importante. Es lo que uno busca, supongo. Cuando eso pasa, sabés que no es para un rato.
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PermalinkQue él se sentara a hablar cuarenta minutos seguidos cuando te quebraste. Eso es lo que a muchos nos costó toda la vida y nunca supimos hacer.
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PermalinkPrimer comentario, mantengo la racha invicta, ya hacia falta leerte un poco..... Que hiciste khe????, bno esta bien hubiera sido mas fácil preguntar ahora se arruino la sorpresa pipipipi, creo que es fundamental para una relación abrirse de esa forma, ps pienso que si amas a alguien amas su todo lo bueno y lo no tan bueno, entiendo totalmente que tengas tus miedos e inseguridades y no me molestan es mas, quiero estar contigo y ayudarte a superarlas o en otro caso aprender a convivir con ellos.
No soy un santo, tengo mis defectos... Muchos defectos, y creo que entiendo al menos un poco, y se lo difícil que puede ser, al conocerte haz alegrado mis días de muchas formas distintas, por eso tu felicidad y bienestar son una prioridad para mi, es por que tu eres mi prioridad, aquí estoy, ¿de acuerdo? por y para ti, lo que dure mi vida y lo que pase despues.
P.D: Te amo mucho mamor, de la tierra al sol a paso caracol.
P.D.D: Tendre que ser mas creativo si no quiero que te enteres de tus proximos regalos.
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