Hay colillas, cenizas y prendas con mis espermas por los suelos. De no ser por la pornografía, mi vida no tendría ningún tipo de placer. Me masturbo en múltiples ocasiones y al terminar prendo un cigarro, mientras escucho a alguna persona por el móvil. Hablo solo o con chicas que me contestan cuando les apetece, sin esperar nada de ellas: ni su oído, ni su calor. A menudo me ofrecen sexo, pero yo soy más del amor, aunque mis actitudes no demuestren tal cosa. Prefiero un abrazo de verdad a una vagina jugosa, aunque a veces quiero más un coño a un beso, o una felación a un consejo.
Fumo porque me gusta el tabaco, me hace sentir acompañado, le da validación y aún más misterio a mi búsqueda del existencialismo. En el vitropiso hay una prenda de tirantes y un short color azul marino. La camiseta posee un color amarillo de tanto semen que hay en ella. Guardé algunos encajes, brasieres e hilos de las mujeres con las que he estado. Hay un Calvin Klein color blanco con dibujos de corazones rojos que suelo oler y con el que me masturbo mientras lo hago.
A veces el sexo me gusta más que una buena compañía, aunque al terminar echo de más la compañía y termino echando a patadas a la mujer que está a mi lado. No he tenido sexo hace más de tres años y medio, aunque las mujeres me lo ofrezcan, así sean mayores o menores. Hace días y semanas, dos de ellas deseaban verme, pero yo rechacé sutilmente, anhelando amor más que cualquier otra cosa. Entonces me arrepiento cuando siento ganas y me pregunto por qué, si puedo hacerlo, no lo hago; es decir, basta con que lo diga para que se me conceda. Dios paró de buscarme hace tiempo por mis actitudes y, sinceramente, lo comprendo. Tengo la capacidad de regresar a Él, así como de tener relaciones con las mujeres que sé que atraigo. Deseo más una buena mujer que un buen rato de sexo. Creo que ha quedado claro.
Cuando la madrugada aparece, solamente escucho el ruido de la calle y la carretera de alta velocidad que está detrás de mi casa; oigo los frenos de los camiones, las patrullas y a los gallos. Y cuando la mañana me alcanza, solo veo la luz del sol y a los pajarillos que revolotean entre mis palmeras.
Me siento como un psicópata cuando veo a una mujer. Primero asumo que es bella meramente por su figura, si la veo por detrás; cuando es de frente, asumo que es bella por sus facciones. Después miro su trasero y, al final, les sonrío. La mayoría de las veces me devuelven la sonrisa sin saber que ya las he deseado, las he imaginado a cuatro patas y con ellas he hecho el amor mil veces de mil formas en mi mente.
Luego vuelvo a pensar en sexo, pero no puedo hacerlo. No porque no pueda conseguirlo, sino porque me parece terrible estar con ellas solo por eso. Las mujeres merecen un trato digno y yo solo quiero follármelas. Quiero hacer el bien y termino haciendo el mal. No hago el bien que quiero, sino el mal que detesto. Y si no cambio mi forma de ser, terminaré en condenación, y aún peor, solo para siempre.
— Jorge Guzmán