Mañana es Día de Muertos.
Tengo el altar listo desde hace horas. Las flores de cempasúchil dibujan un pequeño camino por la sala. Las veladoras esperan apagadas. Sobre la mesa está su fotografía, la misma que elegí porque fue tomada antes de que la enfermedad comenzara a borrarlo poco a poco.
Este año será el invitado de honor.
Me sorprende pensar eso.
Todavía me cuesta hablar de él en pasado.
A principios de año murió mi papá.
Después de tanto tiempo viéndolo sufrir, imaginé que cuando todo terminara encontraría algo parecido al alivio. No fue así. Lo que llegó fue el silencio.
Un silencio extraño.
El del Día del Padre.
El de las reuniones familiares.
El de las llamadas que ya no se hacen.
El de mi cumpleaños.
Tres años atrás, antes de enfermar prometió que para mi cumpleaños iríamos de paseo. Ya habíamos ido muchas veces ese lugar. Ni siquiera era algo extraordinario. Solo era una promesa sencilla entre un padre y un hijo.
Luego llegaron los hospitales.
Y la promesa se quedó esperando un mañana que nunca llegó.
Esta noche, antes de dormir, me quedé mirando su fotografía.
Pensé en lo mucho que lo extrañaba.
Pensé en todo lo que no alcanzamos a vivir.
Y luego me dormí.
Soñé con él.
No apareció joven.
No apareció sano.
No apareció como los muertos suelen aparecer en las historias.
Estaba cansado.
Delgado.
Como lo recuerdo al final.
Sentado en silencio.
Por un instante sentí tristeza.
Porque esa imagen había vivido demasiado tiempo dentro de mí.
Pero cuando levantó la vista entendí que algo era diferente.
La enfermedad seguía allí.
Pero el sufrimiento ya no.
Me acerqué.
No hablamos.
Ni él ni yo parecíamos tener algo pendiente que decir.
Entonces me senté a su lado y lo abracé.
Lo abracé como no pude hacerlo el día que murió.
Como si todos los meses que habían pasado desde entonces se hubieran acumulado en mis brazos.
Sentí su abrazo de vuelta.
Y nada más.
No hubo mensajes.
No hubo despedidas.
No hubo revelaciones.
Solo ese instante.
Solo mi padre y yo.
Solo un abrazo.
Cuando desperté estaba llorando.
Lloré varios minutos sentado sobre la cama.
La habitación seguía oscura.
La casa seguía en silencio.
Mi papá seguía muerto.
Y, sin embargo, algo había cambiado.
No sé explicarlo.
La tristeza seguía ahí.
Pero ya no estaba sola.
Era como si durante años hubiera cargado con la imagen de sus últimos días y, por fin, alguien hubiera venido a llevársela.
Me levanté y caminé hasta el altar.
Encendí una veladora.
La llama tembló unos segundos antes de quedarse quieta.
Me quedé observándola.
Dicen que esta noche los muertos regresan a casa.
No sé si sea verdad.
No sé si mañana mi padre cruzará un camino de flores para visitarme.
No sé si los sueños son puertas o simplemente recuerdos disfrazados.
Lo único que sé es que anoche pude abrazarlo.
Y que, por primera vez desde que se fue, cuando pensé en él no recordé el día en que lo perdí.
Recordé el momento en que lo encontré.