Cuando pierdes a un ser amado,
el mundo sigue andando,
pero tú te quedas quieto
en el instante en que se fue.
La casa conserva su silencio,
la mañana llega sin preguntarte
si estás listo para recibirla,
y hasta la luz parece extrañar
la vida que había junto a ti.
Yo conocí ese dolor.
Durante cinco años
llevé su nombre dentro del pecho
como quien guarda una llama
entre las manos,
temiendo que el viento
la apagara para siempre.
Hubo días en que respirar
era cumplir con una obligación;
no porque el amor hubiera terminado,
sino porque su ausencia
ocupaba todos los lugares.
Y aun así, seguí.
No porque dejara de extrañarla,
ni porque el tiempo borrara lo vivido,
sino porque su amor,
incluso desde la distancia,
todavía me enseñaba a caminar.
Comprendí que el corazón roto
no siempre queda vacío:
a veces se llena de recuerdos,
de lágrimas que dicen “te amé”,
de palabras que ya no alcanzamos a pronunciar
y de una ternura
que se niega a morir.
Por eso escribí su nombre
en las páginas de mi dolor,
y descubrí, con los años,
que no hay nada más entero
que un corazón roto
cuando, pese a todo,
sigue amando.
Dedicado a todos los que han perdido a un amor , está basado en mi propia pérdida cuando era joven.