El cálculo de Silas es lo que me quedó dando vueltas: cruzar el Salsebee porque en Middletown ya no había con qué pagar. Yo vi a varias familias hacer esa misma cuenta y vender lo poco que tenían por tierras que solo conocían de oídas. De cinco, tres volvieron peor de como se fueron.
ADANA, Capítulo 1 Sensible
LA HERENCIA DE CENIZA
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El cálculo de Silas es lo que me quedó dando vueltas: cruzar el Salsebee porque en Middletown ya no había con qué pagar. Yo vi a varias familias hacer esa misma cuenta y vender lo poco que tenían por tierras que solo conocían de oídas. De cinco, tres volv
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LA HERENCIA DE CENIZA
El sol se hundía tras las colinas de Middletown, tiñendo el cielo de un cielo de un púrpura herido que parecía anunciar desgracia. Para la familia Miller, aquel atardecer no era solo el final de un día, sino el comienzo de una huida. El carruaje, cargado con cofres de madera, sacos de grano y los pocos recuerdos que habían logrado salvar de su hogar, avanzaba con un traqueteo constante. Silas Miller, aferrado a las riendas con manos callosas, miraba hacia el norte. Más allá del gran río Salsebee, las tierras ricas prometían la fortuna que Middletown, seca y endeudada, les había negado.
—Ya casi salimos del valle, Elena —dijo Silas, intentando infundir una seguridad que no sentía.
Dentro del carruaje, Elena Miller no respondió. Se limitó a estrechar contra su pecho un bulto envuelto en mantas de lana: su hija, una pequeña de apenas tres meses que dormía ajena al destino.
Pero antes de la riqueza, estaba el bosque. Una muralla de robles retorcidos y pinos tan densos que parecían devorar la luz del día se alzaba ante ellos. Al entrar en la espesura, el aire se volvió pesado y gélido. Los dos caballos, que hasta entonces habían sido dóciles, empezaron a relinchar, sacudiendo sus cabezas con una inquietud animal.
A lo lejos, entre la bruma que empezaba a reptar por el suelo como dedos de espectro, apareció una silueta. Era una mujer. Su espalda estaba encorvada por el peso de siglos imposibles y vestía harapos que se confundían con la corteza de los árboles. La extraña anciana no se movió: simplemente los observaba con los ojos que parecían dos pozos de alquitrán, fijos en el carruaje que se aproximaba.
Cuando el carruaje estuvo lo bastante cerca, la mujer alzó lentamente una mano esquelética hacia el cielo gris. en su palma sostenía un puñado de arena fina. Con un gesto ritual, la lanzó al aire mientras sus labios pronunciaban palabras en una lengua que sonaba como el crujir de huesos secos bajo la tierra.
Al instante, el silencio del bosque fue roto por el galope de cascos metálicos. Delante del carruaje, bloqueando el camino como si hubieran surgido de las sombras mismas, aparecieron tres hombre. Eran bandidos conocidos en Middletown por su crueldad, buscapleitos con el alma tan sucia como sus ropas, bloqueando el paso con sus caballos encabritados.
—¡No te detengas, Silas!¡Sácanos de aquí! —gritó Elena, aferrándose a la bebé con terror.
Silas, con el corazón martilleando contra sus costillas, azotó a los caballos e intentó salir del camino para evadirlos por el borde del barranco. Fue entonces cuando la anciana volvió a aparecer, justo al borde de la ruta, frente a ellos. No se inmutó ante la velocidad del vehículo. Con un leve y elegante movimiento de su mano derecha, una rama gruesa de un roble centenario crujió y descendió con la fuerza de un mazo de asedio.
El impacto fue certero. Silas salió volando del pescante y los caballos, desbocados por el pánico, perdieron el equilibrio. El carruaje volcó, dando vueltas de campana por el barranco hasta quedar convertido en un amasijo de madera astillada y metal retorcido en el fondo de la hondonada.
La anciana descendió por la pendiente con una agilidad sobrenatural. Entre los escombros, Elena Miller gemía, atrapada bajo un eje roto. Su vestido estaba empapado en sangre, pero sus brazos seguían rodeando con fiereza a la pequeña. La bruja se detuvo frente a ella. No hubo lástima en su rostro, solo una curiosidad depredadora. Sin decir palabra, extendió su mano hacia la madre. Los dedos de la anciana se cerraron en el aire y, a metros de distancia, el cuello de Elena se quebró con un chasquido seco.
La anciana se inclinó y tomó a la niña de los brazos inertes.
—Adana... —susurró la vieja, y una sonrisa macabra surcó su rostro lleno de arrugas mientras el nombre se sentía como una marca.
Desde lo alto, Silas, ensangrentado y moribundo, vio cómo la anciana se desvanecía en la niebla con su hija en brazos, riendo con un eco que parecía multiplicarse en cada árbol. Segundos después, los bandidos llegaron al lugar. Remataron a Silas a balazos y prendieron fuego a todo, después de robar las pocas pertenencias de los Miller.
—Qué raro —dijo uno de los criminales, guardándose una sonaja de plata que encontró entre las cenizas —. Hay juguetes, pero no hay rastro de algún bebé. El fuego debió de consumirlo todo. Alejándose y riendo a carcajadas con los otros.
Thoughts
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PermalinkEl cálculo de Silas es lo que me quedó dando vueltas: cruzar el Salsebee porque en Middletown ya no había con qué pagar. Yo vi a varias familias hacer esa misma cuenta y vender lo poco que tenían por tierras que solo conocían de oídas. De cinco, tres volvieron peor de como se fueron.
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PermalinkAdana, el nombre dicho con esa sonrisa encima, es lo que hace que el capítulo pese más de lo que dura. Un rapto se puede deshacer, un nombre puesto por quien te robó ya no. Y antes de eso el puñado de arena en el aire, que es cuando aparecen los bandidos. La vieja no toca a nadie y aun así lo decide todo. Gracias por traerlo aquí!
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PermalinkChe, el que se guarda la sonaja de plata y dice que no hay rastro del bebé no sabe lo que acaba de hacer. Se llevó la única prueba de que Adana existió y encima se va riéndose. Me juego a que esa sonaja reaparece dentro de veinte capítulos y le arruina la vida a alguien. ¿Vas a subir el capítulo 2 por acá?
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PermalinkEste primer capítulo va con todo, una escena terrible lo de la bruja y los bandidos que atacaron a los Miller. cual sera el destino de Adana??? Muy buena!!!
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