Tenía que compartir la vida con aquel extraño hombre.
Siempre cubierto por sus ropas, recorría aquel castillo semiderruido, cuidando lo poco que quedaba de su devastada tierra.
Alguna vez, ese lugar había estado lleno de vida y colores. Pero después de la llegada del monstruo, todo había quedado destruido.
Y aquel extraño hombre había sido el único capaz de detenerlo y atraparlo.
Eso decía la historia.
Pero nunca había logrado entender por qué, en lugar de matarlo, había decidido atraparlo.
Todas las noches, el hombre subía a la torre donde estaba encerrado el monstruo. Desde allí se escuchaban ruidos extraños que recorrían los pasillos del castillo.
Luego, por la mañana, volvía a bajar, siempre envuelto en su gruesa capa marrón, que ocultaba por completo su rostro.
Varias veces había insistido en ver al monstruo, pero el hombre de la capa marrón siempre se lo impedía.
Hasta que un día, cuando el misterioso hombre salió en busca de alimento, decidió que aquella era su oportunidad.
Se deslizó a toda prisa hasta la torre, atravesando lo que quedaba de los muros.
Entró por una pequeña ventana del segundo piso y, por fin, accedió a las escaleras del interior.
Comenzó a ascender, escalón tras escalón, en dirección a lo más alto.
De pronto, escuchó unos ruidos.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Seguramente el hombre de la capa marrón había regresado.
El miedo a ser descubierto estuvo a punto de vencerlo. Pero aquella extraña necesidad de ver al monstruo terminó imponiéndose.
No sabía por qué quería hacerlo. No sabía qué esperaba encontrar al verlo.
Pero algo en su interior lo empujaba a seguir.
Escalón tras escalón, los sonidos del exterior fueron apagándose.
Las voces también.
El aire parecía detenerse, como si el mundo entero se preparara para aquel encuentro.
Finalmente, llegó frente a la puerta.
Su corazón era el único sonido que podía escuchar.
Con las manos empapadas de sudor, tomó el picaporte y abrió la puerta de par en par.
La habitación estaba iluminada por el sol que entraba a través de las ventanas dispuestas alrededor de las paredes circulares.
En medio de la habitación había algo oculto detrás de una enorme tela gris.
El monstruo.
Tenía que ser el monstruo.
Se acercó lentamente.
Un paso.
Luego otro.
Hasta quedar frente a la tela.
Tomó uno de sus extremos y tiró de ella.
Hay momentos que duran toda una vida.
Eso fue lo que duró aquella tela mientras caía lentamente hasta el suelo, dejando al descubierto un antiguo espejo.
Su rostro apareció iluminado por el sol.
El reflejo se lo devolvió con absoluta claridad.
Bajo la vieja capa marrón estaba su propio rostro.
Y, así como llegó el reflejo, regresaron también sus recuerdos.
Todos.
De golpe.
No pudo hacer otra cosa que gritar ante aquella realidad.
Cubrió rápidamente el espejo y salió corriendo escaleras abajo.
Buscando escapar.
Buscando volver a olvidar.