Las lágrimas se mezclaron con la pintura, y el pincel las fue guiando para formar su obra.
Era la última. Ya no quedaba nada por hacer.
Aquella noche terminó incluso el marco. Lo colgó sobre la chimenea y, cuando hubo terminado, hundió su puñal en el vientre.
El artista fue olvidado.
Pasaron los años. Y mientras todo a su alrededor cambiaba, el cuadro permaneció sobre la chimenea, observando en silencio el transcurrir del tiempo.
Siglos más tarde, los ojos de un niño volvieron a descubrirlo.
Era un paisaje ocre, con algunos verdes más definidos, invadido por azules que parecían encerrar la tristeza. En medio de todo aquello había un ave, como si intentara escapar de la propia pintura.
El viejo castillo fue vendido, pero el niño se llevó el cuadro.
No sabía bien por qué.
Simplemente sentía que aquella imagen lo llamaba.
Una vez en su casa, no paraba de observarlo. Intentaba memorizar cada detalle, cada color, cada pincelada, buscando el camino que el artista había dejado marcado.
Pero cuanto más lo miraba, más llamaba su atención aquella ave.
No era nítida.
Apenas se distinguía entre los colores.
Pero para él, claramente, era un ave.
¿De qué escapaba?
¿Por qué era el único ser de aquel cuadro?
El niño fue creciendo, pero su curiosidad nunca lo abandonó. Sobre todo, aquella ave.
Tanta atención terminó convirtiéndose en una obsesión.
A veces le parecía que el pájaro vibraba.
Y ese pequeño temblor parecía replicarse dentro de él, como si intentara transmitirle un mensaje.
El niño dejó de ser niño.
La juventud lo encontró todavía junto a su cuadro.
Pero una mañana despertó alterado.
Algo lo había inquietado, aunque no sabía qué.
Como todas las mañanas, lo primero que hizo fue acercarse al cuadro.
Y entonces lo vio.
Había cambiado.
Todo había cambiado.
Donde antes estaba el pájaro, ahora solo quedaba un vacío.
Apenas su contorno sobre un fondo blando, como si alguien lo hubiera arrancado de la pintura.
Su primera sensación fue una ola de tristeza.
Había perdido a su pájaro.
Se sentó frente al cuadro y lloró durante casi una hora, sin poder consolarse.
Hasta que, de pronto, volvió a sentir aquel vibrar.
Esta vez era diferente.
Ya no parecía venir del cuadro.
Venía de él.
Y entonces comprendió.
Por fin, su amigo había podido escapar.
Había conseguido liberarse de aquello que durante siglos lo había mantenido atrapado.
El vibrar creció lentamente dentro de su pecho.
Y se transformó en una canción.
Una canción que nunca había aprendido, pero que de algún modo siempre había conocido.
La cantó.
Y todo aquel que la escuchó lloró.
Pero no eran lágrimas de tristeza.
Eran lágrimas de felicidad.
De alivio.
Lágrimas con sabor a libertad.