La casa de Ricardo y Elena no brotó de la tierra por obra de magia, sino a punta de cal, arena y el sudor de muchos domingos sin descanso. Se casaron una mañana de abril, sin más fiesta que la bendición del padre Héctor en la capilla comunal y un sancocho de gallina en el patio de Tomasita. No hubo vestido de seda para la novia, sino un traje de lino blanco cosido por las manos expertas de su cuñada, y Ricardo llevó prestados los zapatos del esposo de Tomasita, que le quedaban un dedo más grandes.
Se instalaron en un lote escarpado a las afueras del pueblo, donde el viento de la ciénaga pegaba de frente. Levantar las paredes fue un acto de terquedad compartida. Y en esa faena, los amigos de la infancia de Ricardo demostraron de qué estaban hechos. Esteban, Maicol y Julio se aparecían cada fin de semana con las camisas remangadas y el machete al cinto. Esteban preparaba la mezcla cantando vallenatos a grito herido, Maicol cargaba los bloques de cemento como si fueran de cartón, y Julio, siempre callado, se encargaba de que las paredes quedaran a plomo. Eran una hermandad forjada en los años de hambre, y con sus manos le construyeron a Ricardo el refugio que la vida le había negado de niño.
La familia Domínguez también había encontrado su propio equilibrio, aunque las cicatrices del destierro aún dolieran con los cambios de clima. Los domingos por la tarde solían reunirse en el corredor de la casa de Tomasita y su esposo. Era el único lugar donde todos cabían. Luis y Susana llegaban con su niño, que ya caminaba y tenía los ojos altivos de los Manrique. Luis trabajaba ahora en el aserradero; seguía siendo de pocas palabras y a menudo se le veía encorvado, como si cargara un peso invisible, pero la dulzura inquebrantable de Susana lo mantenía a flote. Delia y Moisés, los menores, estaban dejando de ser niños. Delia aprendía el oficio de la aguja junto a su hermana, y Moisés había conseguido empleo como aprendiz en el taller de mecánica del pueblo. Cuando Ricardo los veía a todos sentados alrededor de la mesa, compartiendo un plato de arroz con coco, sentía que los fantasmas de su padre Euclides y su madre Diana los miraban desde algún rincón, por fin en paz.
Pero la vida de Ricardo no era un cuento de santos, y el matrimonio pronto le demostró que el amor también raspa.
El mismo grupo de amigos que le había ayudado a levantar las paredes de su casa, era también su mayor punto de fuga. Esteban, Maicol y Julio eran hombres buenos para el trabajo, pero con una debilidad alegre por la parranda y el ron blanco. Ricardo, que había pasado toda su adolescencia partiéndose el lomo sin permitirse un solo respiro, descubrió en la cantina del pueblo una falsa sensación de libertad.
El primer gran choque con Elena ocurrió un viernes de pago, a finales de noviembre, cuando las brisas locas empezaban a levantar remolinos de polvo en las calles. Habían acordado juntar el dinero de esa semana para comprar las láminas de zinc que faltaban para techar el cuarto del fondo, porque las primeras lluvias estaban al caer.
A la salida del puerto, donde Ricardo ahora trabajaba como capataz de cuadrilla, Esteban le pasó un brazo por los hombros. "Venga, compadre, que el sol está rajando las piedras. Nos tomamos un trago helado en el estanco de Don Chepe y cada uno pa' su casa".
Ese primer trago se multiplicó. Al calor del ron, las risas y las historias de cuando eran muchachos, a Ricardo se le olvidó la hora. Se sintió el rey del mundo, invitando una ronda de su propio bolsillo. El niño que había tenido que tragar tierra y contar centavos para que no lo mataran a rejo, de repente sentía la arrogancia de tener billetes en la cartera y el derecho a gastarlos.
Llegó a su casa pasada la medianoche. El viento silbaba colándose por el techo a medio terminar. Ricardo tropezó con un taburete de madera en la sala oscura y soltó una maldición arrastrada.
Al instante, la luz de una lámpara de queroseno iluminó el cuarto. Elena estaba sentada en el borde de la cama, completamente vestida. No lloraba. Su rostro, curtido por años de lavar pisos ajenos, era una máscara de decepción y furia fría.
—Hueles a destilería barata, Ricardo —dijo ella, con una voz tan quieta que daba miedo.
Ricardo, aturdido por el alcohol, intentó poner una sonrisa torcida y se quitó el sombrero.
—Estaba con los muchachos, mija. Un ratico no más. Uno se mata trabajando toda la semana, ¿qué tiene de malo refrescarse la garganta?
Elena se puso de pie, se acercó a él y le extendió la mano con la palma hacia arriba.
—Dame la plata del zinc.
El silencio cayó pesadamente en la habitación. Ricardo sintió que el alcohol se le evaporaba de golpe, dejando paso a una vergüenza ardiente que rápidamente se disfrazó de rabia defensiva. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un puñado de billetes arrugados. Faltaba casi un tercio de lo que había cobrado.
Al ver la cantidad, Elena apretó los labios.
—¿Te tomaste el techo de nuestra casa, Ricardo? ¿Te lo tomaste con Esteban y Maicol, mientras yo estaba aquí asustada, pensando que te había pasado algo en el puerto?
—¡Yo soy el que trae la plata a esta casa! —estalló Ricardo, alzando la voz más de lo que quería, cegado por el orgullo—. ¡Me la gano sudando sangre! ¡No me vas a reclamar como si yo fuera un pelao irresponsable! ¡No soy mi hermano Luis!
La bofetada moral que Elena le devolvió no fue con las manos, sino con las palabras.
—No, no eres Luis —le contestó ella, clavándole una mirada que lo desarmó—. Eres peor, porque tú sí sabes lo que cuesta el hambre. ¿Tú crees que yo no me canso? ¿Tú crees que yo no quiero tirarme en una hamaca a no hacer nada? Me he roto las manos en casas ajenas desde los quince años, Ricardo. Yo me casé con un hombre de palabra, no con un muchachito que necesita ir a presumir billetes a una cantina para sentirse grande. Si quieres vivir como un soltero, la puerta es bien ancha. Pero a mí no me vuelves a faltar al respeto así.
Elena apagó la lámpara y se acostó dándole la espalda, envolviéndose en las sábanas. Ricardo se quedó a oscuras, solo, con los billetes arrugados apretados en el puño. El nudo en la garganta era el mismo que había sentido a los diez años, cuando le dio la empanada al perro callejero, pero esta vez sabía que el castigo no venía de una injusticia, sino de su propia estupidez.
Durmió en la hamaca del patio, castigado por los mosquitos y la resaca de su propia culpa. Al amanecer, cuando Elena se levantó para colar el café, encontró a Ricardo en el techo del cuarto del fondo. Había desarmado las tablas viejas que servían de cubierta temporal y estaba midiendo el espacio bajo el sol picante de las seis de la mañana.
No se hablaron en todo el día. Ricardo bajó al pueblo, buscó al dueño de la ferretería y le empeñó su propio reloj —el primer lujo que se había comprado con su sueldo de capataz— para completar la plata que se había bebido. Esa misma tarde, llegó a la casa con las láminas de zinc al hombro, sudando a mares.
Las clavó una por una, asegurándose de que ni la tormenta más brava pudiera arrancarlas. Cuando terminó, bajó del techo cubierto de polvo rojo y aserrín. Elena estaba apoyada en el marco de la puerta de la cocina, secándose las manos en el delantal. Le tendió un vaso de limonada fría.
Ricardo lo tomó, sintiendo el roce de los dedos de su esposa. Bebió un sorbo y agachó la cabeza.
—Fui un animal, Elena —murmuró, sin atreverse a mirarla a los ojos—. Me creí el cuento de que el cansancio me daba derechos. Tienes toda la razón del mundo. Perdóname.
Elena suspiró, le quitó una viruta de madera que tenía en el hombro y le acarició la mejilla áspera. No había rencor en sus ojos, solo un profundo alivio.
—Tus amigos son buenos hombres, Ricardo. Yo no te digo que no los veas —le contestó ella, en un tono suave pero innegociable—. Pero cuando pisas esa puerta para afuera, tú y yo somos uno solo. Lo que tú haces allá, lo siento yo aquí. No me vuelvas a dejar esperando en la oscuridad.
Ricardo la abrazó, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello. Ese día aprendió que ser un hombre no era traer la plata a la casa y exigir aplausos, sino tragar saliva, reconocer el error y tapar las goteras que uno mismo abría. El matrimonio, con sus raspones y sus reconciliaciones silenciosas, fue madurándolos a los dos. Las visitas a la cantina se volvieron escasas, y aunque Esteban o Maicol le hicieran burlas de vez en cuando, a Ricardo ya no le importaba. Había descubierto que ninguna parranda se comparaba con la paz de acostarse bajo un techo de zinc bien puesto, abrazando a la mujer que le había enseñado a no perderse de nuevo.