Antes de que existieran los reinos, antes de que el cielo tuviera nombre y de que las estrellas aprendieran a arder en la inmensidad, solo había existido Caos: una presencia primordial, un abismo sin forma en el que nada poseía todavía un lugar definido.
Y entonces, en medio de aquella vastedad sin límites, apareció Gea.
La Tierra surgió como el primer fundamento del mundo, inmensa y poderosa, una presencia capaz de sostener aquello que aún no había nacido. No llegó acompañada de ejércitos ni coronada por la gloria; su grandeza residía en algo mucho más antiguo que cualquier trono: ella sería el suelo sobre el cual descansaría toda existencia futura.
Sin embargo, el nacimiento de Gea no significó que el universo estuviera completo.
La oscuridad todavía se extendía sobre el abismo. No había un cielo que contemplar, ni montañas que se alzaran contra las nubes, ni mares que reflejaran la luz de astros inexistentes. La Tierra permanecía solitaria en aquella inmensidad, como un palacio recién construido cuyas habitaciones aguardaban a sus primeros habitantes.
Pero en su interior dormía una fuerza extraordinaria.
Gea no era una tierra muerta. Era una divinidad primordial, una esencia viva en la que comenzaban a reunirse las posibilidades de todo cuanto podría existir. En ella descansaba la promesa de los bosques, el rugido de las tormentas, el nacimiento de los animales y el florecimiento de incontables generaciones.
Y aunque todavía no había nadie que pudiera escucharla, el silencio estaba a punto de cambiar.
Gea contempló la extensión de su propio ser.
Allí donde su cuerpo se prolongaba, la materia comenzaba a adquirir consistencia. En sus profundidades se ocultaban fuerzas que ni siquiera el tiempo, aún inexistente, habría podido medir.
No necesitaba compañía para ser poderosa. Sin embargo, el mundo no podía permanecer eternamente incompleto.
Así que, desde su propia esencia, comenzó a dar origen a nuevas presencias.
La primera de ellas fue Urano, el Cielo estrellado.
Gea lo engendró para que la envolviera por completo, para que se extendiera sobre ella como un manto infinito. Urano surgió majestuoso, vasto e inmensurable, destinado a cubrir cada rincón de la Tierra y a convertirse en la bóveda bajo la cual se desarrollaría la vida.
Por primera vez, la existencia tuvo un arriba y un abajo.
El Cielo se extendió sobre la Tierra, y ambos quedaron unidos en una inmensa armonía primordial. Aunque todavía no brillaban las estrellas como lo harían después, el firmamento ya poseía su lugar en el universo.
Gea había dejado de estar sola.
Pero aquel nacimiento sería apenas el principio de una historia cuyos acontecimientos transformarían para siempre el destino de los dioses y de los mortales.
Porque Urano no sería únicamente el compañero del mundo que lo había engendrado.
Llegaría a ser también su esposo.
Y de la unión entre la Tierra y el Cielo nacerían seres de un poder tan extraordinario que incluso los dioses posteriores recordarían sus nombres con temor.
Los Titanes.
Los Cíclopes.
Y los Hecatónquiros, criaturas de cien brazos y cincuenta cabezas cuya fuerza parecía desafiar los límites de la creación.
Pero esos hijos todavía aguardaban en el misterio del porvenir.
Por el momento, la Tierra descansaba bajo el inmenso abrazo del Cielo, sin saber que en el corazón de aquella unión germinarían tanto la grandeza como la tragedia.
El universo había encontrado sus primeros pilares. Ahora estaba a punto de conocer a sus primeros hijos.
Y con ellos comenzaría una era en la que el poder sería heredado, la soberbia reclamaría su precio y hasta los seres inmortales descubrirían que ninguna corona puede proteger a quien teme perderla.