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Yo creo que tu

Lowe3113
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Se conocieron formalmente semanas antes, en la primera reunión del proyecto, entre veinte personas más y una carpeta de power points sobre metodología. Alguien los presentó por nombre y apellido, en…

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Pensamiento

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pasaporteVencido

Qué peligro, Loures.

Qué peligro, Loures.

Contenido de la publicación

Se conocieron formalmente semanas antes, en la primera reunión del proyecto, entre veinte personas más y una carpeta de power points sobre metodología. Alguien los presentó por nombre y apellido, en una ronda rápida donde todos dijeron qué carrera cursaban y por qué habían elegido el tema. Ninguno de los dos recordó después ni una palabra de lo que el otro había dicho.

No hablaron directamente esa tarde, ni la siguiente. Se cruzaron un par de veces en los pasillos de la facultad, se saludaron con la cabeza, nada más. Si algo sintieron el uno por el otro en esas primeras semanas, fue exactamente nada: dos compañeros de proyecto más, entre tantos, sin ningún motivo todavía para prestarse atención.

## I.

La reunión no tenía nada que ver con el proyecto, al menos no oficialmente. Alguien del grupo —una chica de Trabajo Social que vivía con dos compañeras más cerca de la facultad— había propuesto juntarse un viernes, "para conocernos mejor, ya que vamos a pasar meses juntos". Todos habían aceptado. Era la excusa perfecta para tomar algo un viernes a la noche y llamarlo trabajo en equipo.

El departamento estaba lleno de gente sentada en el piso, en el sillón, apoyada contra las paredes con un vaso en la mano. Música baja, suficiente para hablar por encima pero no tanto como para tener que gritar. Damian llegó tarde, después de una práctica de natación que se había extendido más de lo previsto, y entró todavía con el pelo húmedo y esa energía nerviosa de quien llega a algo ya empezado.

La vio enseguida, sentada en el brazo del sillón, riéndose de algo que había dicho otro. Hasta ese momento solo la conocía de las presentaciones grupales del proyecto —un par de intervenciones inteligentes, una carpeta prolija, poco más. Nunca le había hablado directamente.

Se acercó, con la mejor de sus sonrisas, la que usaba siempre y que nunca le había fallado.

—Hola, Lourdes.

Ella lo miró. Algo en su expresión cambió, apenas, una fracción de segundo antes de que la sonrisa volviera a su lugar.

—Loures.

—¿Qué?

—Me llamo Loures. No Lourdes.

—Ah, perdón, no sabía. —Damian se rio, incómodo—. Qué distinto.

—Sí —dijo ella, y no agregó nada más.

Damian se sentó en el piso, cerca del grupo, sin darle mayor importancia al error. Al fin y al cabo, era solo un nombre.

## II.

No le dio importancia porque no podía imaginar cuánta le estaba dando ella.

Loures llevaba el nombre mal pronunciado como una cuenta pendiente, algo que en cualquier otra circunstancia hubiera dejado pasar sin pestañear, pero que esa noche, por algún motivo que ni ella misma se hubiera molestado en explicar, decidió no dejar pasar.

Empezó despacio. Cuando Damian hablaba con alguien del otro lado del círculo, ella subía la voz apenas lo suficiente para taparlo, sin que pareciera intencional. Cuando él le hacía una pregunta directa, ella tardaba un segundo de más en contestar, o simplemente miraba hacia otro lado, como si no lo hubiera escuchado. En un momento, sirviéndose una cerveza, "sin querer" volcó un poco sobre los zapatos de Damian.

—Uy, perdón —dijo, sin sonar demasiado arrepentida.

Damian se limpió con una servilleta, murmurando que no era nada. Pero algo en él ya empezaba a incomodarse con ella —esa sensación difusa de estar siendo provocado sin poder señalar exactamente cómo ni por qué. Para cuando llegó la segunda ronda de bebidas, ya la detestaba un poco, aunque todavía no supiera bien el motivo.

## III.

Fue Loures quien propuso el juego. Se paró en el centro del sala, con el vaso en alto, y anunció las reglas con la autoridad de quien ya lo había jugado muchas veces antes.

—Se llama "Yo creo que tú". Es simple: alguien hace una afirmación sobre otra persona del grupo. Algo del tipo "creo que tú..." y lo que sea. La persona sobre la que se dice tiene que confirmar si es verdad o mentira. Si es verdad, bebe quien fue señalado. Si es mentira, bebe quien inventó la afirmación.

Hubo risas, algún abucheo de broma, alguien que ya estaba pidiendo ser el primero.

El juego arrancó liviano. Alguien le dijo a otro que creía que nunca había visto el mar; era mentira, y el acusador bebió entre risas. Alguien más acertó que una chica del grupo todavía tenía una foto de su ex de perfil.

Cuando le tocó a Loures, eligió a Damian.

—Creo que tú vives con tus papás.

Damian se quedó quieto un segundo.

—Es verdad.

Bebió. Nadie le dio mayor importancia; la mitad del grupo también vivía con sus padres todavía, era una respuesta normal para veinticinco años en esta ciudad.

Loures sonrió, apenas, y esperó su turno de vuelta.

—Creo que eres un niño de mamá.

Más risas, algo más incómodas esta vez. Damian sintió que la sangre se le subía a la cara.

—Supongo que es verdad —admitió, tratando de sonar despreocupado.

Bebió de nuevo.

Cuando le tocó otra vez a Loures, hizo una pausa antes de hablar, como si estuviera calculando el peso exacto de lo que iba a decir.

—Creo que no puedes mantener una relación con nadie.

El grupo se rio, pero algo en el tono de Loures ya no tenía la liviandad del resto del juego. Damian sintió que todos esperaban su respuesta con más atención de la que hubiera querido.

—Verdad —dijo, más bajo.

Bebió por tercera vez.

La última afirmación llegó sin que nadie —ni siquiera Loures, todavía— supiera del todo cuánto iba a pesar.

—Creo que eres virgen.

El sala se quedó en un silencio raro, ese tipo de silencio que se arma solo cuando todos entienden al mismo tiempo que el juego dejó de ser un juego.

Damian miró el vaso en su mano. Podía mentir. Nadie tenía forma de comprobarlo. Pero algo en él —tal vez el orgullo, tal vez el simple cansancio de fingir toda la noche que nada le molestaba— lo empujó a decir la verdad.

—Verdad.

Bebió despacio, sin mirar a nadie en particular, mientras alguien soltaba un "uh" a modo de burla cariñosa y otro cambiaba de tema rápido, como quien intenta tapar un silencio incómodo con ruido.

Damian levantó la vista y encontró los ojos de Loures. No había burla ahí, o no toda la que él hubiera esperado. Solo la miró, molesto y un poco triste, y ella le sostuvo la mirada sin decir nada más.

La odio, pensó, con una claridad que lo sorprendió incluso a él. No era la irritación difusa de antes, la de la bebida volcada y la voz tapada. Era algo más limpio, más definido: odiaba exactamente a esa persona, por exactamente lo que acababa de hacerle, delante de exactamente esa gente. Nunca había odiado a nadie con tanta precisión.

## IV.

La fiesta siguió, como siguen siempre estas cosas: alguien puso otra canción, alguien más contó un chiste malo, el grupo se reacomodó en subgrupos más chicos. Pero algo entre Loures y Damian había cambiado de lugar.

Ella dejó de provocarlo. Ya no le tapaba la voz, ya no volcaba nada sobre él, ya no le sostenía la mirada con esa intención filosa de antes. En un momento, cuando él se sirvió otro trago, se acercó.

—Perdón por lo del juego —dijo, con una sinceridad que a Damian le costó ubicar dentro del resto de la noche—. Se me fue de mano.

—Está bien —mintió él.

—No, en serio. —Le tocó el brazo, apenas, un segundo—. A veces se me da por incomodar a la gente y después no sé cuándo parar.

El roce fue breve, casi nada, pero Damian sintió su perfume por primera vez en toda la noche —afrutado, dulce al principio, frambuesa quizás, con algo más oscuro debajo, un toque de pimienta rosa que no hubiera esperado de ella— y por un instante no supo si seguía enojado con ella o no.

No dejó de odiarla. Eso no había cambiado. Pero algo se le sumó encima del odio, algo que todavía no tenía nombre y que lo incomodó más que el odio mismo: la posibilidad de que las dos cosas pudieran convivir en el mismo cuerpo, al mismo tiempo, sin que ninguna cancelara a la otra.

—No hay problema —dijo, esta vez con un poco más de verdad.

Ella sonrió, y por primera vez esa sonrisa no le pareció a Damian un arma.

## V.

Decidió irse poco después. Ya era tarde, tenía práctica temprano al día siguiente, y la vergüenza de esa última ronda todavía le pesaba lo suficiente como para no querer quedarse a que se le pasara delante de todos.

Loures lo vio juntar sus cosas desde el otro lado del sala, y en ese momento, sin que nadie más lo notara, tomó la decisión que llevaba toda la noche construyendo sin ponerle nombre todavía. Ahí estaba: inocente hasta un punto casi ofensivo, virgen a los veinticinco, incapaz de mentir ni siquiera cuando mentir lo hubiera salvado de la vergüenza, criado por unos padres que le habían allanado cada centímetro del camino. Un material sin tocar. Perfecto, en su exacta imperfección, para lo que ella tenía en mente.

Damian, mientras tanto, no podía dejar de mirarla. Lo intentó —apartó la vista dos, tres veces, se concentró en guardar sus cosas, en despedirse del resto— pero sus ojos volvían solos, sin permiso, a la curva de su espalda apoyada contra la pared, al pelo cayéndole sobre un hombro, a la forma en que sostenía el vaso como quien nunca tuvo que sostener nada con cuidado en toda su vida. La odiaba. Y sin embargo no podía dejar de mirarla, y eso lo enojó todavía más que el juego, más que la bebida derramada, más que la vergüenza de hacía un rato.

Loures lo descubrió mirándola. No apartó los ojos de inmediato, como hubiera hecho cualquiera sorprendida así; al contrario, sostuvo la mirada el tiempo justo para que Damian entendiera que lo había visto, y después la bajó despacio, un gesto pequeño y deliberado que no dejaba lugar a dudas: sabía exactamente lo que él acababa de sentir, y quería que él supiera que ella lo sabía.

Damian sintió que la cara se le encendía. Apartó la vista de golpe, demasiado tarde para que sirviera de algo.

Y sin embargo, mientras terminaba de guardar sus cosas, no pudo evitar preguntarse si había algo más en esa mirada además de la cacería. Un segundo antes de bajar los ojos, ¿no había algo ahí que no era solo control? No sabía si se lo estaba inventando, si necesitaba creerlo para no sentirse tan expuesto, o si de verdad había visto lo que creyó ver. No tenía forma de saberlo. Y esa misma incertidumbre, más que la vergüenza, fue lo que se le quedó dando vueltas el resto de la noche.

No supo nombrar todavía qué era exactamente lo que tenía en mente. Solo supo que lo quería a él.

—¿Ya te vas? —preguntó alguien del grupo, y después, dirigiéndose a los demás, medio en broma—: Estos dos deberían juntarse a trabajar aparte, para limar asperezas después de lo de hoy.

Hubo risas. Loures se rio también, seca, sin comprometerse del todo con la broma.

—Estaría bueno —dijo, sin embargo, mirando a Damian.

Damian sintió las miradas del grupo puestas en él, esperando una respuesta, y contestó lo único que en ese momento le pareció posible decir sin quedar peor de lo que ya había quedado.

—Sí, dale.

—El sábado hay lugar en la biblioteca de la facultad —dijo Loures—. A las seis, si te sirve.

—Me sirve.

—Ah, una cosa. —Se acomodó la cartera al hombro, ya de pie—. No soy puntual. Pero no te voy a dejar plantado. Tarde, pero llego.

Damian asintió, todavía sin saber muy bien qué acababa de aceptar, y salió del departamento con el frío de la calle recibiéndolo como un alivio después del calor incómodo de adentro. Caminó dos cuadras dándole vueltas a la misma pregunta sin resolver: si esa mirada había sido solo un arma apuntándole, o si también tenía algo suyo adentro. No llegó a ninguna respuesta.

Pensó en ella todo el camino a su casa, aunque no lo hubiera admitido si alguien se lo preguntaba.

Ella, en cambio, no tuvo ninguna duda que resolver. Lo pensó a él toda la noche con una claridad exacta, sabiendo perfectamente por qué.

Thoughts

  • TintaYMadrugada

    El juego va subiendo como una escalera: casa con papás, niño de mamá, ninguna relación, virgen, y en cada escalón él bebe y dice la verdad. Me deja inquieto la parte V, cuando ya sabemos que ella lo eligió como material sin tocar; desde ahí Damian va un paso atrás del lector todo el tiempo. Apuesto a que en la biblioteca ella llega tarde a propósito y él ya lleva media hora contando minutos. ¿El sábado lo vamos a ver desde los ojos de ella o seguimos con él?

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  • pasaporteVencido

    Qué peligro, Loures.

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  • Ovid

    Que todo arranque porque él le dice mal el nombre me suena muy real: hay gente que se pasa la vida corrigiendo lo mismo, sonriendo igual, hasta que una noche ya no. Apuesto a que Loures lleva años con esa cuenta pendiente y Damian solo tuvo la mala suerte de ser el número cien. Me quedé con ganas del sábado a las seis en la biblioteca.

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  • guardiaAbierta

    Fíjese que Damian pudo mentir con lo de virgen y no quiso. Con todo respeto, ese muchacho va a llegar puntual el sábado y ella no.

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