Llegué a su vida para mostrarle un amor que quizá nunca había tenido, y terminó mostrándome por qué nunca lo había tenido.
Yo llegué sin saber todo lo que había vivido antes de conocerme. No sabía qué heridas cargaba, qué cosas había aprendido a normalizar ni qué tan acostumbrado estaba a recibir menos de lo que alguien podía darle.
Simplemente quise quererlo bien.
Quise demostrarle que también existía un amor que no necesitaba juegos, que podía hablar con sinceridad, que podía quedarse en los días difíciles y celebrar los buenos. Quise que supiera lo que se sentía ser escuchado, cuidado y tomado en serio.
Y durante un tiempo pensé que quizá estaba descubriendo algo nuevo conmigo.
Hasta que empecé a darme cuenta de que aquello que yo estaba intentando enseñarle también podía asustarlo.
Porque no siempre estamos preparados para recibir aquello que nunca aprendimos a dar.
A veces alguien llega y nos ofrece exactamente lo que siempre dijimos querer, pero cuando lo tenemos delante no sabemos cómo cuidarlo.
Y eso fue lo que más me dolió.
Descubrir que podía darle un amor sincero y aun así no ser suficiente para que aprendiera a corresponderlo.
Entonces entendí algo que me costó mucho aceptar:
yo podía mostrarle un amor diferente, pero no podía enseñarle a elegirlo.
Podía ser paciente, comprensiva y sincera, pero no podía hacer por él el proceso que solamente él podía hacer consigo mismo.
Y al final, terminó mostrándome por qué nunca había tenido ese amor.
No porque no lo mereciera, sino porque quizá todavía no sabía qué hacer cuando alguien decidió quererlo de verdad.
Y eso me dejó una lección que tardé en entender.
No siempre llegamos a la vida de alguien para quedarnos.
A veces llegamos para demostrarle que existe una forma diferente de querer.
Y a veces, tristemente, esa persona aprende la lección después de perderte.
Yo no me arrepiento de haberlo querido bonito.
Me dolió que no supiera qué hacer con ese amor, pero no voy a convertir mi manera de querer en un error solamente porque la persona equivocada no supo recibirla.
Porque yo llegué para mostrarle un amor que nunca había tenido.
Y él terminó mostrándome algo que yo también necesitaba aprender:
que no importa cuánto amor tengas para dar, nunca podrás hacer que alguien esté preparado para recibirlo.