Te busco entre escombros del terremoto que destruyó nuestras vidas y, no te encuentro. Alguna señal, un sólo rastro de un ápice de tu cuerpo blanco que iluminaba mis días.
Te busco con las fuerzas con las que debí detener tu partida que yo provoqué y, no te encuentro. El viento que acarició mi reloj por 3 años se llevó tus suspiros, secó tus lágrimas y te llenó de fé para continuar una vida sin mí y claro, yo me quedé encerrado en ese tiempo.
Te busco y grito tu nombre, con una voz ya apagada por la resignación de no volver a verte y, claro, no te encuentro.
Tal vez sea el vivo recuerdo de las tantas tardes que pasé a tu lado, viviendo una felicidad que yo creía incompleta pero que, juntos habíamos construido. Ese recuerdo me retrocede cada vez que avanzo hasta el año en que te conocí y me enamoré de ti, para siempre.
Te busqué tarde y no te encontré. Ya había tomado una decisión: mi corazón enceguecido miró al lado, quitó los ojos de enfrente y te perdí.
Entonces, ¿Por qué te busco wi la tragedia de esto que siento en mis venas correr la causaron mis ojos, en complicidad con el corazón? Mi cerebro y el resto de todo mi ser se quedaron atrapados en mi primera vida, en mi primera ilusión, repitiéndome cada 5 minutos si valió la pena saltar del barco o mejor intentaba una vez más, seguir remando.
Ahora, mis labios y los tuyos posan en cuerpos diferentes, extraños, buscando lo que tal vez nunca más encontrarán.
Tal vez te sigo buscando en unos escombros que ya no existen, pero ¿Cómo le hago entender a la razón que ya es tiempo de soltarte, que me duele tu recuerdo, que me duele ese terremoto, que me duele respirar ese mismo viento que se encargó de llevarte lejos? ¿Cómo le hago entender a mi alma que ya es suficiente con cargar la culpa del corazón y mis ojos?
Mientras busco esa respuesta, creo en la esperanza de volver a encontrarme contigo, Wendy, en mi siguiente vida, para nunca más soltar tu mano.