Hay amistades que no terminan con una pelea.
No hay un “no quiero hablar más contigo”.
No hay un último mensaje.
Simplemente, un día dejan de buscarte tanto.
Y vos también dejás de insistir.
Al principio pensás que es por estar ocupados.
Después pasan días.
Después semanas.
Y cuando te das cuenta, esa persona que antes sabía absolutamente todo de vos ya no sabe ni qué estás haciendo.
Y lo más raro es que todavía se quieren.
O al menos eso creo.
Pero ya no es igual.
Antes podíamos hablar durante horas sin quedarnos sin cosas que decir.
Ahora pensamos demasiado antes de mandar un mensaje.
Antes cualquier cosa nos hacía acordar al otro.
Ahora pasan cosas importantes y ni siquiera pensamos en contarlas.
Y creo que eso es lo que más duele.
No perder a alguien de golpe.
Sino darte cuenta de que lo estás perdiendo poquito a poquito mientras los dos siguen fingiendo que todo está normal.
A veces entro a conversaciones viejas y me da una nostalgia horrible.
Porque ahí todavía somos nosotros.
Todavía nos reímos por cualquier cosa.
Todavía hacemos planes que nunca imaginamos que no íbamos a cumplir.
Todavía existe esa versión de nuestra amistad que yo sigo extrañando.
Y me pregunto en qué momento cambió todo.
Quizás nadie hizo nada malo.
Quizás simplemente crecimos.
Quizás nuestras vidas empezaron a ir por lugares diferentes.
Y supongo que eso también pasa.
Hay personas que llegan para quedarse muchos años.
Y hay otras que llegan para acompañarte durante una etapa que, aunque termine, siempre va a significar algo.
Pero ojalá nadie me hubiera enseñado que algunas personas pueden convertirse en desconocidos después de haber sido tu lugar seguro.
Porque todavía hay días en los que quiero mandarte algo.
Algo tonto.
Algo que solamente vos entenderías.
Y después recuerdo que ya no somos como antes.
Entonces borro el mensaje.
Y sigo con mi día.
Como si no me hubiera dolido.