Vivir en lo invisible
Quisiera construir una escalera infinita
que tocara despacito las puertas del cielo,
para llegar hasta donde duermen los ángeles
y abrazarte otra vez, aunque fuera un momento.
Desde que te fuiste, papá,
el cielo tiene otro idioma.
Ahora miro las nubes
como quien busca un hogar perdido.
Cuando la lluvia golpea suavemente mi ventana,
pienso que quizás eres tú enviándome señales,
como si el cielo llorara conmigo
todo aquello que yo no puedo decir.
Yo sé que aún me miras.
Lo presiento en las noches más tristes,
cuando el alma se me llena de frío
y de pronto algo dentro de mí vuelve a abrazarse.
Todavía guardo tus palabras
como quien guarda pequeñas lámparas
para alumbrar los días oscuros
en los que la tristeza pesa demasiado.
Quizás Dios necesitaba un hombre bueno
para encender estrellas en el cielo,
y por eso te llamó tan temprano
cuando yo todavía necesitaba de tus abrazos.
Y aunque la vida siga avanzando,
hay ausencias que nunca aprenden a irse.
La tuya vive sentada en mi pecho
como el alma que aprendió a volar
Heredé de ti el amor por la música,
por las letras que nacen del alma,
y esa extraña sensibilidad
de sentir el universo dentro de una lágrima.
Porque hay personas que mueren…
y otras que se vuelven eternas.
Tú no desapareciste,
solo aprendiste a vivir en lo invisible.
Papito querido…
Cómo duele extrañar a quien se ama tanto.
Duele querer correr a abrazarte
y encontrar solamente el silencio.
Pero también entiendo
que algunas almas vienen al mundo
solo para enseñarnos a amar profundamente…
y luego regresan a las estrellas.
María Emilia Duarte González.